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La Ciudad 29 de abril de 2026

La Universidad al tope de la confianza, un marplatense en la mesa de designación de jueces y el Mundial que a todos distrae

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

La confianza no se fue, cambió de domicilio. Hay datos que no hacen ruido, pero dicen todo. En el último monitoreo de opinión pública de la consultora Management & Fit, que conduce la marplatense Mariel Fornoni, aparece una radiografía incómoda para la política: en Mar del Plata, la confianza no está en crisis. Está mudándose. ¿A dónde? A lugares bastante lejos del poder. Las universidades públicas (Universidad Nacional de Mar del Plata) encabeza el ranking con un 83,8 % de confianza. Las empresas privadas le siguen con más del 70 %. Es decir, conocimiento y mercado, arriba. Bastante arriba. ¿Y la política? Abajo. Muy abajo. La gestión municipal apenas supera el 23 % de confianza. Traducido: menos de uno de cada cuatro marplatenses cree en quienes administran la ciudad. Y si se baja un escalón más, el panorama es todavía más crudo: los sindicatos cierran la tabla con apenas 13,8 %. No es apatía. No es indiferencia. Es otra cosa.

 

 

La sociedad no está desconectada, está seleccionando. Confía, pero elige en quién. Y en esa elección, la política pierde. Hay algo más profundo que un mal momento de imagen. Lo que aparece es un cambio de época: la legitimidad ya no viene del cargo, sino del desempeño, y en ese examen cotidiano la política local está desaprobando. El dato tiene una consecuencia directa que en los pasillos del poder todavía se subestima: gobernar con baja confianza no es lo mismo que gobernar con rechazo activo. En el primer caso hay margen; en el segundo, hay fragilidad. Porque cuando la confianza cae a estos niveles, cada decisión pesa el doble, cada error se amplifica y cada conflicto prende más rápido.

 

El informe también deja otra pista interesante: no hay una grieta marcada en estos números. Mujeres, varones, jóvenes o mayores… todos, con matices, coinciden en el diagnóstico. La desconfianza en la política no es patrimonio de un sector, es transversal. Y ahí aparece el dato más incómodo de todos. Porque si la sociedad marplatense confía en universidades, en empresas, incluso en organizaciones intermedias, pero no en su dirigencia política local, la pregunta ya no es qué le pasa a la gente. La pregunta es qué le pasa a la política. En otras palabras, el problema no es la falta de confianza. Es haberla perdido en el lugar donde más se necesita. Y como suele pasar en estos casos, la confianza no se rompe de golpe. Se desgasta en silencio. Hasta que un día, cuando se mide, ya es tarde para mirar para otro lado.

 

 

Fútbol, fútbol, fútbol… Hay algo casi científico –una vieja ley no escrita del poder– que se activa cada cuatro años, cuando la pelota empieza a rodar y el país entra en modo pausa emocional. Esta vez no será la excepción: desde el 11 de junio al 16 de julio, con 102 partidos en agenda, el mundo mirará la pantalla… y la política mirará para otro lado. O, mejor dicho, hará. Porque mientras el hincha le prenda velas a Lionel Messi, a Julián Álvarez o al marplatense Emiliano Martínez, en algún despacho con aire acondicionado alguien firmará, moverá, negociará o ajustará. Sin ruido. Sin foco. Sin ‘trending topic’. No es nuevo. Pasó en Brasil 2014, pasó en Rusia 2018, pasó en Qatar 2022. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, pero el reflejo es el mismo: aprovechar la anestesia colectiva.

 

 

El Mundial funciona como una cortina perfecta. No una conspiración –sería demasiado sofisticado–, sino una oportunidad. La agenda pública se achica, los medios aflojan la presión, la oposición entra en modo comentario de café y hasta los propios oficialismos se permiten decisiones que, en otro contexto, abrirían un incendio. ¿Reformas incómodas? Puede ser. ¿Decretos sensibles? También. ¿Nombramientos que generarían ruido? Ideal. ¿Ajustes que conviene que pasen desapercibidos? Mejor todavía. Todo entra en esa ventana donde la atención está puesta en otra cosa. En la Argentina, donde la política vive en estado de campaña permanente, el Mundial es uno de los pocos momentos en los que la sociedad baja la guardia. No desaparece el conflicto, pero se corre del centro de la escena. Y ahí es donde algunos ven la oportunidad.

 

 

El Gobierno –este o cualquiera– sabe que durante esos días el termómetro social mide distinto. La tolerancia sube un poco, la bronca se diluye, la urgencia se posterga. No porque los problemas desaparezcan, sino porque hay algo más fuerte compitiendo por la atención. Y la oposición tampoco está exenta. Criticar fuerte en medio de un partido clave puede sonar fuera de tono. Nadie quiere quedar como el aguafiestas nacional. Nadie quiere interrumpir un gol de la Scaloneta con un comunicado incendiario. Entonces, se arma una especie de pacto tácito: bajar el volumen. Pero ojo, porque mientras baja el volumen… sube la acción. Radio Pasillo ya empezó a escuchar algunos movimientos en ese sentido. Proyectos que estaban cajoneados y que podrían ver la luz en esas semanas. Decisiones administrativas que “casualmente” quedarían firmadas en días de partido. Algún rediseño de áreas sensibles que todavía no tiene fecha, pero sí ‘timing’. Y otras movidas por el estilo. Nada confirmado. Todo en estado embrionario. Pero con una lógica clara: si hay que hacerlo, que sea cuando todos estén mirando otra cosa. “Es ahí o nunca”, refuerza un viejo “lobo de mar” de la política provincial. Después, cuando el Mundial termine y la realidad vuelva a ocupar toda la pantalla, vendrá el momento de explicar lo que ya está hecho. Porque esa es la clave: no es lo que se anuncia, es lo que ya no tiene vuelta atrás. Algo va a salir. Siempre sale. La pregunta no es si va a pasar. La pregunta es qué.

 

En el Senado se acomodaron las piezas y no fue un movimiento menor. El marplatense Maximiliano Abad se quedó con la vicepresidencia de la Comisión de Acuerdos, una de esas sillas que no hacen ruido mediático, pero donde se decide buena parte del poder real. Está donde se decide quién entra a la Justicia. Con más de 100 pliegos en juego y un sistema judicial lleno de vacantes –Mar del Plata incluida–, el radical ahora tiene algo más que discurso: tiene incidencia. La preside el libertario Juan Carlos Pagotto, con Martín Goerling Lara como secretario. Pero el dato político es otro: Abad, radical, marplatense y con terminal directa en el territorio, se mete en el corazón del filtro que define quién entra y quién no al sistema judicial, diplomático y militar. En pocas palabras, empieza a jugar en la liga donde se firman –o se cajonean– los pliegos. Y no es un detalle menor en este momento. El Gobierno ya mandó más de 100 nombramientos al Senado, 30 de ellos en las últimas semanas. Jueces, fiscales, defensores. Todo el andamiaje que sostiene (o traba) el funcionamiento real de la Justicia.

 

 

 

Ahí es donde aparece la clave local. Porque mientras en Buenos Aires se habla de reordenamiento judicial, en Mar del Plata la situación lleva años en modo parche. Vacantes sin cubrir desde hace más de una década, juzgados funcionando a media máquina y una Cámara Federal que sobrevive con estructuras incompletas. No es un problema técnico, sino político. Cada pliego que pase por esa comisión puede impactar directamente en ese esquema que hoy funciona con respirador asistido. Y ahí Abad no es un actor más: es, probablemente, el dirigente con mayor capacidad de traducir esa necesidad local en presión concreta dentro del Senado. Habrá que ver si usa ese lugar para empujar los nombramientos que la ciudad necesita o si la lógica nacional –siempre más áspera– termina imponiendo otros tiempos. Porque en la Comisión de Acuerdos no solo se discuten antecedentes y currículums. Se negocia poder. Y Abad, ahora, está sentado en esa mesa.

 

 

Mientras La Libertad Avanza intenta avanzar con su propio esquema judicial, el radicalismo –y Abad en particular– tiene territorio, estructura y algo que el oficialismo todavía no construyó: volumen político en la provincia de Buenos Aires. Ahí entra Mar del Plata. Una Justicia federal vaciada, con vacantes que llevan más de diez años y un sistema que funciona a los tumbos. No es nuevo, pero ahora hay una diferencia: los cargos están en la mesa. Abad tiene la llave para empujar. También tiene el riesgo de quedar atrapado en la negociación más grande. Porque en la Comisión de Acuerdos nadie regala nada.

 

 

La vitalidad de Milei en X se desplomó 87 %. El presidente ya no domina la conversación en su antigua fortaleza. QSocial Big Data, a través de su sistema de monitoreo estratégico QMonitor, presentó una nueva edición del Panorama digital argentino, un análisis en profundidad de la conversación digital en el país que combina etnografía digital y análisis de grandes volúmenes de datos. Uno de los hallazgos más contundentes del informe es la fuerte caída de la vitalidad digital del presidente Javier Milei en la plataforma X. En diciembre de 2023, el presidente acumulaba 3,1 millones de acciones mensuales en su antigua fortaleza digital. En marzo de 2026, esa cifra se redujo a apenas 400.000, lo que representa un desplome del 87 % en 27 meses. X, concluye el informe, dejó de ser el territorio presidencial por excelencia. Paradójicamente, durante ese mismo período, el ecosistema de influenciadores libertarios en X multiplicó sus publicaciones.

 

Sin embargo, el informe advierte que esos esfuerzos se utilizan mayoritariamente para consolidar identidad interna y atacar adversarios, no para captar nuevos votantes. La comunidad oficialista habla cada vez más para adentro. El cruce entre módulos del informe arroja un dato llamativo: el presidente registra un sentimiento más positivo cuando la conversación digital gira en torno a la economía que cuando se refiere a la política. En la agenda del módulo político, su sentimiento es 56 % negativo. En cambio, en el módulo económico, ese balance se invierte y alcanza un 55,6 % positivo. El gobierno logra instalar relatos de logro en el terreno económico –fallo YPF, datos de pobreza, reconocimiento internacional–, pero pierde la batalla simbólica en el plano político cotidiano. 

 

economias

 

Los influenciadores oficialistas generan el doble de acciones que los opositores: 48,9 millones contra 21,7 millones. La brecha no es ideológica, sino infraestructural: detrás hay comunidades organizadas, pauta digital, procesos automatizados y conducción política con objetivos claros. En TikTok, la diferencia es de 6 a 1. La oposición no pierde la batalla de las ideas: pierde la batalla de la distribución. La economía es, de hecho, el único tema donde la oposición empata al oficialismo (39 % contra 37,5 %), y lo hace con un solo recurso: el testimonio, que derrota sistemáticamente al formato estadístico. Un dato sorprendente es la práctica desaparición del dólar de la conversación digital, con apenas 16 publicaciones en todo el mes. En un país donde el tipo de cambio fue históricamente el termómetro del ánimo social, su ausencia es noticia. No porque el problema se haya resuelto, sino porque la relativa estabilidad cambiaria removió el detonante.