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Cultura 17 de mayo de 2026

David Toscana, premio Alfaguara 2026: “La literatura es un arte de ciegos”

En la novela “El ejército ciego”, el escritor mexicano convierte una masacre del imperio bizantino en una fábula poética para los derrotados, escrita con humor negro y lirismo. “Esta es una literatura de los vencidos que, a diferencia de la Historia, sí les da la posibilidad de una revancha”, dijo en entrevista con LA CAPITAL.

David Toscana ha publicado novelas como El último lector, El ejército iluminado, Evangelia, Olegaroy y El peso de vivir en la tierra, por mencionar solo algunas. (Foto: Ulf Andersen)

Por Rocío Ibarlucía

Año 1014, Constantinopla. El emperador bizantino Basilio II, en castigo a su ejército enemigo, ordena arrancar los ojos a quince mil soldados búlgaros. De ese episodio brutal de la historia medieval nace El ejército ciego, la nueva novela de David Toscana, ganadora del Premio Alfaguara 2026, que convierte el horror en leyenda sin renunciar al humor negro ni a la belleza de la poesía.

La novela le da voz a los derrotados: hombres condenados a regresar a casa guiados apenas por un tuerto cada cien soldados. Una vez de vuelta en su tierra, esos sobrevivientes deberán aprender nuevas maneras de percibir el mundo. Sin embargo, Toscana no se regodea en la tragedia. Por el contrario, mezcla lo grotesco y lo lírico con una naturalidad deslumbrante. Frente a la tortura, sus personajes todavía encuentran espacio para el juego: hacen malabares con sus ojos arrancados, se los arrojan con la boca o los guardan en los bolsillos por si algún milagro decide devolverles la vista.

A lo largo de esta novela coral desfilan ciegos memorables. Apóstol se coloca alas de espantapájaros y “la gente simple jura haberlo visto volar”; Bromo vuelve a la granja familiar y se metamorfosea lentamente en cerdo; Sóndok finge leerles a los niños una historia de asesinatos cuando, en realidad, sostiene entre sus manos una escritura sagrada. En el universo de Toscana, el pueblo búlgaro convierte la condena impuesta por Basilio en imaginación, supervivencia y resistencia.

Con una prosa cercana a la oralidad –como si cada capítulo naciera alrededor de una mesa de taberna– y las fábulas medievales, El ejército ciego convierte la ceguera en una metáfora de la literatura. Y la literatura, en un territorio donde la imaginación todavía puede disputar sentido frente a las versiones oficiales del poder.

“La literatura ha sido más cariñosa con los vencidos que la propia Historia”, dice Toscana en esta entrevista con LA CAPITAL, realizada durante su visita a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.


“Esta es una literatura de los vencidos que, a diferencia de la historia, sí les da la posibilidad de una revancha”.


—¿Cómo llegó a este episodio de la Bulgaria del siglo XI y qué le atrajo como para llevarlo a una novela?

—Encontré este episodio en un compendio de historia universal y me interesó mucho por lo especial, lo trágico, lo violento, lo cruel del acontecimiento y mi primer interés fue histórico. Yo quería saber más sobre esto, pero me di cuenta de que no había información. Los historiadores bizantinos no habían escrito sobre la suerte de los ciegos y los historiadores búlgaros de la época simplemente no existían. Y ningún escritor búlgaro lo había escrito tampoco. Entre tanto buscar, llegué a un historiador que escribió que esto no era material para un historiador, sino para un novelista y empecé a maquinar la idea de escribir una novela.

Pero me quedé varios años con la idea en la cabeza puesto que no sabía cómo se cuenta una novela sobre 15.000 ciegos. O, de otro modo, cuál es la novela que está detrás de este hecho histórico. Hasta que por fin me llega la idea de que una tragedia de este tamaño no la puedo contar como una tragedia. Empecé a jugar con distintas posibilidades hasta que di con el modo de que los ciegos no estuvieran derrotados, sino que tuvieran mucha fortaleza, que tuvieran hasta voluntad de reírse de lo que les estaba ocurriendo. Empecé a descubrir ese mundo de posibilidades con otra percepción y sentir que la vida todavía les tenía una revancha por delante, que pese a la crueldad podía haber belleza y que pese al posible aplastamiento del espíritu, podía rescatar esta famosa condición humana que siempre trata de sobrevivir.

—¿Y cuánto de su lugar de origen y su percepción de mundo como mexicano, como latinoamericano, cree que atraviesa el modo de contar la historia del ejército ciego?

—Pues sí, yo creo que mucho, porque comprendí que los búlgaros no lo habían escrito precisamente porque para ellos es una piedra histórica muy pesada, es parte de su martirología, es casi un evento sagrado. Y aunque no lo cuentan ni los novelistas ni los historiadores, simplemente saben que un día miles de los suyos pasaron por ese castigo.

El mexicano suele desacralizar las cosas –tenemos pocas cosas sagradas, dicen que solo la Virgen de Guadalupe–, pero siempre hemos tenido novelistas que cuentan la historia y la cuentan de manera diferente. Ya sabemos que una es la historia verdadera, pero otra tiene que ser la verdad literaria, novelesca. Por eso creo que tuvo que venir un mexicano o al menos un extranjero a contar esta historia. No sé todavía cómo la recibirán los búlgaros, sé que los lectores búlgaros que tengo, alrededor de diez, la han celebrado, a tal punto que dentro de 15 días aparece la edición en búlgaro. Pero estos son cierto tipo de lectores, traductores, editores, académicos. Cuando se abra la novela al público en general, pues ya no respondo de que sea tan bien recibida.

—El jurado del Premio Alfaguara ha descrito este libro como “una gran épica de los vencidos”. ¿La narración de los derrotados también puede ser otra forma de resistencia frente al poder?

—Sí, me gustó la expresión “épica de los vencidos” a la que llegó el jurado, porque siendo vencidos también tienen esta fortaleza épica. Estamos acostumbrados a que se diga que la historia la escriben los vencedores y en este caso es verdad, los vencedores tenían cronistas e historiadores: los bizantinos tenían la tradición de la cultura griega, ya tenían siglos escribiendo historia y, en cambio, los búlgaros no. Sin embargo, conocemos muchas historias también escritas por los vencidos. La memoria que han hecho los judíos acerca de los campos de concentración por supuesto que es una historia de los vencidos y con este ejemplo tenemos muchos. Pero la literatura se ha ocupado desde siempre de los vencidos. La obra más antigua que sobrevive del drama griego es Los persas, en la que los persas, vencidos por los griegos, regresan a casa. Comenzamos la tragedia griega con vencidos. Tenemos también el ejemplo muy claro de Las troyanas y podemos enumerar muchos otros. La literatura ha sido más cariñosa con los vencidos que la propia Historia. Y, en este caso, tengo estos 15.000 vencidos que la historia los pinta como derrotados. Sabemos que después de que los 15.000 soldados sin ojos regresan a Bulgaria, el imperio búlgaro se desmorona y cae en manos de los bizantinos. Es una historia de los vencedores acerca de los vencidos y esta es una literatura de los vencidos que, a diferencia de la historia, sí les da la posibilidad de una revancha.

La novela fue declarada ganadora por el jurado compuesto por Jorge Volpi, Agustina Bazterrica, Brenda Navarro, Camila Enrich, Óscar López y Pilar Reyes (con voz pero sin voto).

La novela fue declarada ganadora por el jurado compuesto por Jorge Volpi, Agustina Bazterrica, Brenda Navarro, Camila Enrich, Óscar López y Pilar Reyes (con voz pero sin voto).

—En la novela, el escriba reprocha a los historiadores por no hablar de “lo que en verdad deben conocer las generaciones por venir”. En otra escena, un ciego aparenta leer ante niños una hoja que es en realidad una sagrada escritura, pero les cuenta una historia de asesinatos. De cierto modo, profana lo sagrado. Entonces, ¿puede pensarse la ficción como una relato que se desvía de los discursos consagrados, sea historiográficos, sea religiosos?

—Sí, lo dijiste muy bien con esto de “relato desviado”. En este caso particular, que no existe nada, no sabría ni siquiera de dónde desviarme, pero por supuesto que me estoy desviando de cierta lógica histórica. ¿Qué es lo que puede llegar a decir un historiador? Pues va a suponer que cuando llegan estos 15.000 ciegos a casa, hay una escena terrible. Ya sabemos que el zar los ve llegar y se muere. Y que de pronto una ciudad medieval, que tendría cierta cantidad de miles de habitantes, se ve poblada por 15.000 ciegos que tienen hambre, que están pidiendo dinero, que no los reciben ni siquiera en los monasterios. La lógica histórica tendría que ir más o menos por esa línea. Y mi narrativa no tiene que ver con crear una tragedia encima de otra tragedia, relatarte algo donde parece que no puedes respirar el espíritu humano. Ahí me divorcio de la lógica y empiezo a contar algo que yo le llamo “la leyenda de los ciegos”. Cualquier búlgaro que lo lea va a saber que esto no ocurrió así, pero bien se pudo haber relatado de este modo. Las leyendas tienen este sello, enaltecen las cosas, las tuercen, porque la leyenda es un relato que va pasando de boca en boca. En muchas ocasiones, es obvio que el narrador no pudo ser testigo de lo que está contando, lo cual significa que se lo contaron y quizás después de que lo contaron y lo contaron y lo contaron. De esa forma, empieza a llegar deformado, vaya uno a saber si de veras Bromo se convirtió en un cerdo o no, si en realidad pasaron estas cosas. Es lo que hacen las leyendas: cuentan algo que, aunque lo reconocemos como improbable, entra dentro de lo posible y, sin embargo, tampoco importa tanto. Lo que importa es que es una historia que vale la pena contarse. Cuando vienen los etnólogos y los arqueólogos y los historiadores a decirnos lo que en verdad ocurrió, no queremos la verdad, preferimos la leyenda.

—¿Y por qué los pueblos necesitamos de las leyendas? Kozaro, el escriba, desea que los búlgaros usen su alfabeto para la literatura y lucha por escribir su leyenda de los ciegos.

—A ciencia cierta, te voy a decir no sé, pero es un hecho que desde siempre los pueblos se han fundado en una serie de leyendas. Los griegos tenían toda su mitología y yo creo que era muy difícil creer en ella, pero finalmente era lo que se compartía: la cultura, lo que le daba unidad a la gente, a las tradiciones y a muchas cosas. Todos las hemos tenido, los mexicanos por supuesto que tenemos nuestras leyendas. A ver quién se cree la leyenda de la fundación de Tenochtitlán. Pero es una leyenda fundacional que la seguiremos contando aunque estrictamente sea inverosímil, no importa, es una bonita historia y hasta la tenemos en el escudo nacional.

Los búlgaros necesitaron la escritura cuando se convirtieron al cristianismo. Se convierten, hacen su alfabeto y lo empiezan a dedicar casi exclusivamente a asuntos eclesiásticos. Lo que hace Kozaro es decir: tenemos que escribir otras cosas y, entre ellas, habría que escribir las hazañas de los ciegos. Los búlgaros, podemos decir con certeza, que tenían poesía, puesto que todos los pueblos tenían poesía, pero no sobrevive ni un solo verso escrito en esta época. La lamentación de Kozaro es que se debió utilizar el alfabeto para otro tipo de textos.


“Si hubiese querido caricaturizar a Basilio II como Donald Trump, habría empobrecido la novela”.


—Quisiera preguntar por el narrador: por momentos se emplea un nosotros, en otros se habla desde un yo, en otros hay una tercera que sabe todo sobre los soldados. ¿Cómo fue el proceso de trabajo con estas voces y qué buscaba con esa variación?

—Así como te decía que se iba creando la leyenda, para mí las voces tenían dos posibilidades: que tuviéramos varias voces en la narración o que tuviéramos una que estuvo recopilando las otras. Creo que cualquier lectura se puede hacer y yo lo pensaba como si nada estuviera escrito. Todos son relatos de taberna. Por eso las anécdotas van saltando, no tenemos una linealidad, sino que un día alguien platica sobre lo que ocurrió cuando salieron de Constantinopla y los cuervos les picaron las cuencas, más adelante alguien platica cuando se metieron al mar y otro platica sobre la llegada de Igorón a su casa. Ahora, ¿quién vio a Igorón llegar a su casa? Cualquiera que esté conversando en una taberna sabe que hay un poquito de realidad, un poquito de chisme, un poquito de “me contaron” y entonces vamos formando una historia que, aunque da saltos hacia atrás y hacia adelante, de algún modo va avanzando.

—Sí, además pareciera que uno está escuchando más que leyendo.

—La lectura de esta novela es una fantasía porque al final queda muy claro que nunca se escribió nada. Tenemos que imaginar que cuando nos llega la novela es porque algún eco a través de la historia lo llevó a nuestro entendimiento, pero tomando en cuenta que aunque estamos viendo el texto escrito, ciertamente la literatura se escucha o los ciegos la pueden tocar. Estamos acostumbrados al verbo leer y relacionarlo con los ojos, pero la literatura y sobre todo en aquella época tendría que ser algo para el oído y no para la escritura.

—¿Piensa que la lectura tiene relación con la ceguera? Porque en el acto de leer, tampoco vemos, lo imaginamos.

—Sí, al escribir esto, terminé concluyendo que la literatura es un arte de ciegos porque aún cuando vemos la palabra, no vemos lo que está más allá. Y ya te digo, la palabra se puede leer, escuchar o tocar. Entonces, la lectura o la escritura no es algo que de entrada privilegie al ojo. Durante siglos fue para el oído, después fue para algunos pocos ojos que sabían leer y ahora es tan fácil imprimir libros que ya pensamos en la lectura para el ojo. Pero sí, es un arte para ciegos porque no vemos, tenemos que imaginar, comprender, descifrar, recordar. No toda frase nos lleva a una imagen, hay muchas cosas que están hechas para el entendimiento, las emociones, la sensibilidad y otras cosas, pero aún cuando nos pudiese llevar a una imagen, tenemos que pensar que la literatura también la pueden asimilar los ciegos de nacimiento.

—En la novela pareciera que los ciegos logran un entendimiento más profundo sobre lo real y la naturaleza humana que los que pueden ver. Siguiendo esta analogía entre literatura y ceguera, ¿el arte literario también nos abre la posibilidad de ver el mundo de una manera más profunda, sobre todo en un tiempo dominado por el ojo y las imágenes?

—Hay que pensar que estamos hablando de hace mil años y hace mil años también la relación con la vista era distinta. Por supuesto, no existía ni el cine ni la televisión ni tanto que hace que nosotros dependamos ahora del ojo. Ellos iban a la iglesia, veían los iconos y les provocaba maravilla acercarse a ese mundo de color, de arte y sentir que era una ventana hacia el más allá. Tenían sí algunos estímulos visuales y por supuesto que el ojo siempre se necesitó para trabajar, para ser herrero, panadero, para ver el campo y demás, pero no tenían tanta información a través del ojo como hoy, cuando incluso la noticia la hace la imagen. En aquel entonces la música era que alguien tomara un instrumento y cantara, pero ahora la música es un espectáculo: es de faldas cortas, es de bailables, es de efectos especiales. Hasta la música necesita imagen el día de hoy.

“La literatura ha sido más cariñosa con los vencidos que la propia Historia”, definió Toscana.

“La literatura ha sido más cariñosa con los vencidos que la propia Historia”, definió Toscana.

—En su novela no falta el humor negro. ¿Cuáles fueron los límites (y las posibilidades) al hacer ingresar la risa a la hora de contar una tragedia?

—Es mi forma natural de narrar. Siempre, desde mi primera novela, el humor negro está ahí. No es lo mismo el evento que el relato del evento. El evento puede ser trágico, pero su relato, a través de esta magia de la literatura, se puede convertir en algo muy diferente. Lo terrible se puede volver bello, lo cruel se puede volver gracioso, siempre podemos brincar de un lado a otro. Yo pensaba, cuando escribía, que si vamos caminando por un parque y vemos un cuervo picoteándole las cuencas a alguien, pues nos va a provocar repulsión, porque, otra vez, es el ojo el que está ahí. Y el ojo tiene su forma de ver, pero, a través de las palabras, eso que no vemos, lo convertimos en otra cosa. Y puede ser hasta gracioso, hasta bello, ligero, simpático, de muchas formas. Claro que si yo describo la imagen, tengo también un recurso para ser gore y empezar a hablar del momento más terrible, que es cuando le sacan los ojos, ese me lo paso por alto. ¿Para qué hablar de todas estas cosas sanguinolentas y terribles, si el ojo se despega o no se despega? Esto creo que no era parte de la novela. Entonces, tienes estas formas de obviar algunas cosas, de usar ciertas palabras para otras y convertir el evento en algo distinto a través del relato del evento.

—También, así como la novela tiene pasajes grotescos, como el juego del arrojarse ojos con la boca, es profundamente poética.

—Sí. Esta novela me exigió cierto lenguaje distinto a otras novelas que he escrito. Es un lenguaje mucho más concentrado, más esencial. Por supuesto que se recurre poco a imágenes, si el narrador ya no ve. Por eso hay un momento donde dice “voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche”. Hay un trabajo en el lenguaje para volverlo más esencial. Y para poder contar tantas historias. Yo pensaba que la novela iba a tener mil páginas cuando la comencé, pero al final me di cuenta que debía reducirla a la esencia. La edición terminó siendo de 200 y tantas páginas y me encantó que fuera así.

—En un presente atravesado por guerras, polarización y discursos cada vez más violentos, ¿la literatura todavía puede ayudarnos a pensar o incluso desmontar estas nuevas formas de ceguera?

—Hay distintas formas de acercarse a eso. Yo, como mexicano, celebro a algunos colegas que están escribiendo sobre la actualidad mexicana, la violencia, el narcotráfico, los feminicidios, la cantidad de desapariciones que hay. Así, hay una forma de hablar más o menos directamente del presente. A mí me atrae el pasado para novelar. Pero cuando un contemporáneo mira hacia atrás, también está hablando de su propio tiempo, solo que a través de analogías. Sé que cuando un contemporáneo voltea hacia atrás, siempre está hablando también de su realidad, pero a través de analogías y de lecturas que cada lector completa de manera distinta. Hubo búlgaros que leyeron en mi novela la resistencia de su pueblo frente a la Unión Soviética. Yo les estaba escribiendo sobre un hecho de hace mil años, pero ellos vieron ahí la lucha del fuerte contra el débil. Quizá en Argentina remita a otras formas de crueldad. Y mucha gente me ha hablado también de las guerras actuales en Ucrania, Irán, Israel o Gaza. La posibilidad de que una novela tenga varias lecturas está, a veces, en no darle una agenda demasiado específica. Si yo quiero ser sincero al contar la historia de unos ciegos de hace mil años, esa sinceridad puede abrir muchas interpretaciones. Si hubiese querido caricaturizar a Basilio II como Donald Trump, pues habría empobrecido la novela, porque sería apenas una caricatura y no un Basilio II que puede ser muchas otras cosas.