Itinerarios de lectura: entre el horror y la belleza
En esta edición de la columna de Nomi Pendzik, se analiza la importancia de las descripciones en la narración.
Retrato de Alejandro Dumas hijo (1824-1895), del pintor Georges Clairin.
Por Nomi Pendzik
Lean esta barbaridad, producto de la mente de una autora de cuyo nombre no quiero acordarme: “Los ojos se le dilataron, pulsando para adentro y para afuera igual que pequeñas olivas feroces”.
¿Ojos pulsando? ¿Aceitunas feroces? La descripción es uno de los procedimientos más difíciles con que nos desafía la escritura, especialmente dentro de una narración. En parte, “detiene”: la acción es uno de los más importantes elementos de un relato, porque nos hace seguir en la lectura; queremos saber qué pasa, qué harán los personajes en la siguiente escena. Y, como eso muchas veces provoca que los lectores voraces tiendan a saltearse las descripciones, estas deberían ser atrapantes, imprescindibles. Y tampoco es fácil su construcción: conviene seleccionar los elementos a describir y estudiar el orden en que se presentan esos elementos.
En este sentido, el retrato, como descripción física, es todavía más difícil. Por un lado, configura los rasgos físicos específicos del personaje para que los lectores podamos formarnos una imagen mental que lo diferencie de cualquier otro. Y por otro, el retrato transmite además rasgos de carácter o personalidad. Incluso muchas veces el retrato se supera, incorporando el efecto que produce el personaje retratado en otro que lo describe.
Y ese es el caso que les presento hoy: dos retratos tomados de la novela La dama de las camelias de Alejandro Dumas, hijo (1824-1895), que dio origen a la famosa ópera La Traviata de Verdi y a muchas adaptaciones (inolvidable, en cine, la Greta Garbo en Camille, de George Cukor, 1936, por citar sólo una de ellas).
Dicen las malas lenguas que La dama es una despiadada autoficción: el detalle con que Dumas la cuenta hace pensar que él mismo vivió los hechos. ¿Será verdad?
Para seguir conjeturando, les propongo leer estos dos magistrales retratos de Margarita, la cortesana protagonista. El primero transmite la impresión que le causa al narrador la inolvidable figura de esa mujer. Elige caracterizarla con algunos elementos que exhiben la clásica belleza de la heroína: la actitud general que la destaca, la vestimenta, los ojos, las mejillas, los labios, los dientes. Percibimos la velada admiración con que el texto acaricia a Margarita, sospechamos cuánto la ama quien así la retrata.
El segundo fragmento, que aparece unas treinta páginas más adelante en la novela, describe a una Margarita ya muerta, el cadáver exhumado. Resulta muy interesante ver cuáles son los rasgos que se destacan en la segunda descripción, y compararlos con la primera.
Cuánta pasión expresan estos dos retratos escritos por Dumas, ¿verdad? No sólo pensamos en el fatal desenlace de la pobre Margarita y en el desconsuelo de su amante y de su amigo, sino que además compartimos ese dolor. El tópico de la belleza efímera nos invita a medir el valor de lo perdido y experimentar la conciencia de nuestra propia finitud.
La dama de las camelias
de Alejandro Dumas (hijo)
Capítulo II
Recordaba haberme encontrado frecuentemente en los Campos Elíseos con Margarita, a donde acudía casi diariamente un pequeño tílburi azul, arrastrado por dos soberbios caballos bayos, llamándome la atención su aire distinguido y poco común en las mujeres de su especie, aire que realzaba su clásica belleza.
Cuando estas desdichadas criaturas salen de casa, acostumbran ir acompañadas de quien nadie conoce. Como no hay quien se permita revelar en público el amor nocturno que les dedica, y ellas aborrecen la soledad, se hacen acompañar de las que, menos afortunadas, no tienen carruaje, o por alguna vieja elegante, cuyo lujo no tiene origen conocido, y a la que puede todo el mundo dirigirse, en la seguridad de que obtendrá las noticias que le convengan acerca de la mujer acompañada. Con Margarita sucedía lo contrario.
Siempre iba sola a los Campos Elíseos, ocultándose cuanto podía en el fondo de su carruaje, envuelta en cachemires en invierno, y vestida en verano con elegante sencillez; y por más que en su paseo favorito se encontrase con muchos conocidos, si sonreía alguna vez al saludarles, era con una sonrisa visible únicamente para el interesado, y tan distinguida, que se la podía tomar por una duquesa.
No paseaba Margarita desde la entrada de los Campos a la plazoleta, como sus colegas; iba directamente al bosque y allí se apeaba del carruaje, paseando cosa de una hora. Después volvía a subir al tílburi, dirigiéndose rápidamente a su casa, donde entraba al trote de sus caballos.
Los expresados detalles, de que yo había sido testigo distintas veces, reflejábanse en mi imaginación y me hacían deplorar su muerte como si se tratara de la destrucción de una obra artística, pues era difícil, si no imposible, encontrar una hermosura más seductora que la de Margarita.
Delgada y alta hasta el límite de lo bello, poseía en sumo grado el secreto de salvar esta exageración de la Naturaleza, que armonizaba perfectamente con su manera de vestir. Su gran cachemir, cuya punta besaba sus huellas, contrastaba artísticamente con los largos pliegues de su vestido de seda, por entrambos lados, y el manguito en que guarecía sus aristocráticas manos y que apoyaba siempre contra su pecho, aparecía orlado de pliegues con tanta habilidad combinados que el dibujante más escrupuloso nada hubiera podido corregir.
Su cabeza parecía modelada por la coquetería misma. Era graciosa y pequeña como la de un niño, y parecía que su madre, como diría Musset, no podía haberla hecho mejor para hacerla con esmero.
Coloquemos en un óvalo de indescriptible rasgo, dos grandes ojos negros bajo unas cejas tan gallardamente arqueadas y finas, que parecían obra de un pintor; velemos estos ojos con largas y sedosas pestañas, que al bajarse sombreen el rosado matiz de sus mejillas; dibujemos una nariz recta, espiritual, cuyas ventanas algo abiertas indiquen una sensualidad ardiente y exquisita; pintemos una boca regular, cuyos labios entreabiertos, con gracia singular, contrasten perfectamente con unos dientes blancos como la leche; esmaltemos el cutis con el sutil aterciopelado del melocotón no tocado por la mano del hombre, y tendremos una idea de aquella cabeza seductora.
Tenía una cabellera negra como el azabache, ligeramente ondulada por la Naturaleza, y que se dividía sobre su frente para enlazarse de nuevo sobre la nuca, dejando al descubierto la parte de oreja necesaria para mostrar la belleza de su pequeñez y hacer ostentación de dos diamantes estimados en ocho o diez mil francos.
El desenfreno de su vida no robaba a Margarita el tinte virginal y hasta infantil de aquel rostro admirable, cosa que jamás pude explicarme.
Poseía un magnífico retrato suyo, trazado por Vidal, cuyo pincel era el único que podía reproducirla.
Después de su muerte he tenido en mi poder este retrato, cuya extraordinaria semejanza me ha suministrado cuantos detalles me negaba la memoria.
Capítulo VI
Cuando el ataúd quedó enteramente descubierto, el comisario dijo a los sepultureros:
—Abrid.
Obedecieron aquellos hombres como si se tratase de la cosa más sencilla del mundo.
La caja era de roble. Principiaron por introducir una palanqueta en la juntura. La humedad había enmohecido los tornillos, y después de muchos esfuerzos saltó la tapa: exhalóse un olor fétido, a pesar de las plantas aromáticas de que estábamos rodeados.
Hasta los sepultureros apartaron la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Armando y palideció más.
Un lienzo blanco cubría el cadáver, dibujando vagos contornos. El sudario estaba carcomido en uno de sus extremos, y dejaba ver un pie descarnado.
Confieso que sentí frío y desfallecimiento, y a la hora en que escribo estas líneas aún me parece ver aquella escena en su imponente realidad.
—Concluyamos—dijo el comisario.
En seguida uno de aquellos hombres alargó la mano, descosió parte del sudario, y agarrándolo por la punta, pegó un tirón y descubrió el rostro de la difunta.
Horrorizaba el verlo; horroriza el contarlo.
Los ojos no eran más que dos cavidades negras; los labios habían desaparecido, y los dientes blancos estaban como unidos unos a otros.
Los largos cabellos negros y secos estaban como amasados y pegados a las sienes velando en parte las verdosas cavidades de las mejillas, y, sin embargo, en aquella enmohecida calavera reconocí el rostro blanco, rosado y alegre que tantas veces había admirado.
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