Waterland, el “Disney marplatense” que deslumbró en los ’80 y hoy está en ruinas
Revolucionó el entretenimiento de la ciudad con toboganes gigantes, Frisco Bay y recitales inolvidables en la ruta 88. Su historia quedó atravesada por versiones sobre filtraciones de gas en un predio que había funcionado como basural, la crisis económica de Venturino Eshiur y la muerte del hijo del dueño. Hoy sólo quedan ruinas y estructuras oxidadas..
Una extensa pileta y, al fondo, la montaña con toboganes. Waterland en su esplendor. Foto: archivo LA CAPITAL.
Por Juan Miguel Alvarez
Los toboganes de Waterland se llenan de gritos mientras Frisco Bay vibra con la música de los ’80. Hay bares flotantes, espectáculos de clavadistas, un lago artificial y leones enjaulados. Charly García compone y ensaya sentado en una reposera; a pocos pasos, Soda Stereo enloquece al público y toma impulso hacia la fama mundial. Lo que parece un verano eterno quedará marcado por una tragedia familiar y, con el paso de los años, aquel paraíso terminará en ruinas.
Waterland fue, entre 1982 y 1988, uno de los proyectos más ambiciosos que tuvo Mar del Plata: un parque de atracciones con toboganes gigantes, recitales, discoteca y miles de visitantes por temporada, en un predio que había sido un antiguo basural.
Tras esa imagen idílica convivieron relatos sobre la presencia de gases bajo tierra y el deterioro económico de Venturino Eshiur, una de las empresas de recolección de residuos más importantes de la ciudad. A eso se sumaron tragedias familiares que condicionaron el futuro del emprendimiento impulsado por Luis Rubén “Chiquito” Venturino.
El episodio más doloroso, y el que muchos señalan como un antes y un después para el proyecto, ocurrió en 1985, cuando murió Leandro, el único hijo varón del propietario, tras sufrir un accidente dentro del complejo. Tenía apenas 15 años.
Cuatro décadas más tarde, el predio permanece abandonado y, entre la vegetación, todavía sobresalen estructuras oxidadas, restos de hormigón y sectores derruidos de aquel lugar concebido para convertirse en el “Disney marplatense”.
La idea nació después de varios viajes de Luis Venturino al exterior, donde quedó impactado por los parques acuáticos de Orlando. Según recuerda Rodolfo Usuna, yerno del dueño y gerente de Waterland, todo comenzó tras su fascinación por Wet ‘n Wild.
“Volvió preguntándose por qué no podía hacerse algo así en Mar del Plata. Él sentía que, como empresario, había recibido mucho de la ciudad y quería retribuirlo. De un día para el otro empezó la obra. Se trabajó las 24 horas y se hizo en seis meses“, relata.
“Deseo que Mar del Plata llegue a comprenderlo y quererlo”, declaró Venturino durante la inauguración, el 5 de diciembre de 1982.
Un paraíso en la ruta 88
Waterland funcionaba como una pequeña ciudad recreativa levantada sobre más de seis hectáreas a la vera de la ruta 88. El complejo combinaba parque acuático, centro deportivo, espacios gastronómicos y alojamientos. Había restaurantes, pubs, salas de juegos, un anfiteatro y hasta un pequeño shopping, además de transporte exclusivo desde el centro marplatense.
“Fui el primer gerente. Todos querían conocer Waterland. Muchos días de verano no podíamos dejar pasar más gente. Cuando se llegaba a las 2.500 personas, teníamos que cerrar las puertas”, rememora Fabián Lescano.
La postal más recordada era la montaña artificial de unos 20 metros recorrida por enormes toboganes azules que descendían entre curvas, túneles y cascadas. También tenía una pileta tropical de 2.600 metros cuadrados con isla central y bar dentro del agua, además de sectores infantiles, hidromasajes y una pileta cubierta climatizada.
Gracias a su propuesta deportiva, el complejo operaba todo el año, con canchas de tenis, fútbol, vóley y básquet, además de esquí acuático, equitación y golf.
En verano también funcionaban un mini club infantil, exposiciones de arte y el “Mundo Animal” de Jorge Cutini, una especie de zoológico con chimpancés, leonas africanas, un cóndor andino y ejemplares sueltos en el predio.
Detrás de la montaña se distribuían los bungalows tropicales, mientras que el restaurante principal tenía capacidad para 150 personas. El proyecto incluso contemplaba futuras ampliaciones, como una pileta con máquina de olas y un hotel cinco estrellas.
“Era un parque con todos los lujos. Hasta el personal estaba vestido de Adidas”, evoca Omar Bautista Gelsumino, uno de los trabajadores históricos del lugar.
Durante las temporadas altas, llegó a tener 240 empleados. Gelsumino trabajó allí desde la inauguración hasta el cierre y todavía tiene grabada una de las imágenes típicas del complejo: “Con la entrada tenías la mesa y la Copa Waterland, que era un melón con helado, whisky o jugo”.
Aunque apuntaba a un público amplio, para muchos seguía siendo un privilegio difícil de alcanzar. “Algunos gastaban en un día allí lo que yo ganaba por mes”, señala Gelsumino.
El impacto, sin embargo, fue enorme. “Recuerdo la primera vez que entré. Mis abuelos habían viajado al exterior y dijeron: ‘Esto es Estados Unidos’“, cuenta Hernán De Filippis, visitante de aquellas temporadas. “Los parques acuáticos que hay actualmente en la ciudad no están ni cerca de aquello. Era otra cosa”.
Debajo, la basura
Debajo del predio donde se levantó Waterland seguía activo un fenómeno cuyo alcance nunca terminó de comprenderse del todo: la descomposición de toneladas de basura enterradas allí pocos años antes, cuando la zona funcionaba como área de disposición final de residuos.
Aunque luego el terreno fue cubierto con tierra y nivelado para desarrollar el complejo, con el tiempo crecieron versiones sobre filtraciones de metano, rajaduras y movimientos provocados por la inestabilidad del suelo.
Lescano, quien participó de la etapa inicial, sostiene que la montaña artificial de los toboganes se construyó “sobre residuos cubiertos con una gran capa de tierra“. Y agrega: “En ese momento no se pensaba que eso se iba a reducir”. Según explica, aparecieron pequeños problemas estructurales y se colocaron chimeneas de venteo para liberar el gas acumulado. En la misma línea, indica que “hubo que derrumbar algunos bungalows porque aparecieron rajaduras”.
Gelsumino cumplió diversas tareas y aporta una imagen más cotidiana del fenómeno. Asegura que nunca vio “catástrofes” como se dijo después, aunque confirma la presencia de gas en la montaña: “Clavábamos una barreta en la tierra y, si acercabas un fósforo, salía una pequeña llama como un soplete”, recuerda. También menciona un par de bungalows “que se quebraban porque se movía el piso”, aunque lo atribuye más a “un tema de construcción”. Y agrega un dato sobre las piletas: “Hubo algunas rajaduras, pero por falta de mantenimiento. Lo digo porque con el tiempo hice cientos de piletas de natación”.
Usuna tiene otra explicación. “La montaña de los toboganes se creó a base de tierra compactada, no de basura”, asegura. Y sostiene: “Las construcciones no se hicieron sobre el sector donde habían quedado enterrados los residuos. En la parte de atrás del predio estaba la basura”.
Entre rumores y denuncias
Alrededor de Waterland crecieron relatos sobre el tema. Lescano menciona un fogonazo menor dentro de un baño, supuestamente cuando un visitante encendió un cigarrillo. “Con los años se magnificó“, opina.
Usuna considera exageradas o falsas muchas versiones: “El parque tuvo un alto nivel de seguridad“, enfatiza. Según explica, Venturino tenía una mirada adelantada sobre el tratamiento de residuos y reciclaje. “Fue de los primeros en obtener una concesión privada de recolección y disposición final a nivel nacional y viajaba a convenciones en Estados Unidos para interiorizarse sobre el tema”, señala. “Waterland implicó una inversión de millones de dólares y siempre se cuidó todo”, completa el yerno del propietario.
Aun así, el tema llegó a generar actuaciones en el ámbito municipal. Norberto Pérez, quien ingresó en funciones como prosecretario del bloque radical en diciembre de 1983, recuerda haber visto documentación al respecto en sus primeros días de trabajo. “En una especie de placard encontramos expedientes con el nombre ‘Waterland’. Me quedó grabado por la foto de una mujer con la cara y las manos quemadas“, relata.
En aquella época, las páginas de LA CAPITAL también se ocuparon del parque acuático. En 1985, un artículo reveló inspecciones municipales e intimaciones “bajo apercibimiento de clausura”, mencionó posibles deficiencias constructivas y también una denuncia judicial por un siniestro ocurrido en un bungalow en agosto de 1984. Según este diario, “los damnificados, asesorados por una arquitecta, llegaron a la conclusión que el complejo carecía del indispensable venteo para evacuar el metano formado por la transformación de los residuos orgánicos”.
La misma cobertura también dio cuenta de la verificación de las piletas de natación, donde “se registraron al menos dos casos de asfixia por inmersión que provocaron la muerte de menores”.
Los cuestionamientos también alcanzaban el consumo de agua subterránea necesario para abastecer las piletas y atracciones. Productores quinteros de la zona aseguraban que afectaba las napas utilizadas para la actividad.
Lo cierto es que si existieron expedientes relacionados con estos episodios, desaparecieron. O al menos no pudieron ser hallados para la realización de esta nota. En cualquier caso, los protagonistas coinciden en que los problemas vinculados al terreno no fueron recurrentes ni la causa del final del proyecto.
Frisco Bay, recitales y furor nocturno
El lugar también se convirtió en punto de referencia en la vida nocturna y artística marplatense. Al principio funcionó “El Centro del Paraíso”, un boliche montado dentro de una carpa inflable en el sector de una cancha de básquet.
En 1984, en una construcción especialmente diseñada en el complejo, se inauguró Frisco Bay, con capacidad para unas 1.200 personas, una de las discotecas más convocantes de la ciudad en la época. Allí tocaron Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada, Enanitos Verdes, Los Twist, Miguel Mateos, Fabiana Cantilo y Celeste Carballo, entre otros.
“Frisco era de avanzada por cuestiones de audio. Tenía pantallas con proyecciones en vivo, algo que no existía entonces”, recuerda Usuna, parte fundamental de la organización y también DJ del lugar. “Por la cuestión Malvinas se pasaba mucho rock nacional en ese momento, pero nosotros también incorporábamos música internacional. Eso marcó una tendencia”.
Soda Stereo se presentó allí pocos días antes de su histórica actuación en el Festival de Viña del Mar de 1987. También se hospedó durante un mes Charly García, mientras que por el predio pasaron figuras como Alberto Olmedo, Jorge Porcel y Amadeo Carrizo, entre tantos.
Otra persona asociada a Frisco Bay es Amado Boudou. Mucho antes de llegar a vicepresidente, “Aimé” era un conocido DJ de la noche marplatense y trabajó en la discoteca del complejo. Con el tiempo también forjó un vínculo cercano con la familia Venturino y la empresa.
Aquella etapa marcó el punto más alto de la vida del establecimiento. Con el correr de los años, sin embargo, el modelo empezó a mostrar sus límites.
El derrumbe del paraíso
El funcionamiento del complejo implicaba costos cada vez más exigentes, en un contexto de deterioro económico de Venturino Eshiur.
“Venturino se descapitalizó con Waterland. Era rentable solo en verano. Si se hace un análisis a la distancia, era una locura tenerlo abierto todo el año“, resume Lescano.
Usuna coincide en el peso de la estructura: “El mantenimiento era costoso. La pileta cubierta era calefaccionada. La de afuera, a veces, también. Había un costo energético grande. Además, necesitaba de muchos empleados“.
Pero el quiebre más profundo no fue económico. El 8 de mayo de 1985 murió Leandro Venturino, el hijo del empresario, tras un accidente dentro del predio con un “arenero” (especie de karting muy usado en la época).
“Se vino abajo todo. Siguió un tiempo más, pero ya no era lo mismo”, recuerdan quienes trabajaron allí.
Usuna reconoce el impacto que provocó aquella pérdida: “Sintió muchísimo el fallecimiento de Leandro, eso lo debilitó. Era padre de cinco hijos: cuatro mujeres y él, que era el menor y único varón. Pero siguió adelante. Tenía mucha fuerza interior”. La admiración todavía se percibe en su voz.
La huella de Leandro Luis Venturino permaneció en la familia. Dos años después, Rosana Venturino y Rodolfo Usuna llamaron del mismo modo a su hijo: el reconocido “Lele” Usuna, dos veces campeón del mundo de la ISA y primer surfista olímpico argentino.
La pérdida de Leandro se sumó a otros episodios dolorosos que habían marcado a la familia por entonces. Poco antes, el padre del empresario había fallecido de manera repentina en uno de los bungalows del complejo, durante su noche de bodas.
El final del proyecto
El parque dejó de funcionar hacia 1988, aunque algunos sectores, como Frisco Bay, intentaron mantenerse activos un tiempo más. No hubo anuncios ni despedidas públicas: después de temporadas cada vez más apagadas, simplemente dejó de abrir sus puertas.
La crisis de la empresa se profundizó durante los años siguientes. En 1995, la Municipalidad rescindió la concesión del servicio de recolección de residuos a Venturino Eshiur por “incumplimientos contractuales e irregularidades en la adjudicación”. El conflicto judicial se extendió y tuvo resolución recién en 2011, en el marco de la quiebra del grupo.
Luis Venturino, quien llegó a construir uno de los negocios más importantes de Mar del Plata, murió en 2012 en un departamento prestado que compartía con su esposa. “Se fundió junto con su empresa, algo poco común. Yo creo que merece un monumento”, considera Lescano.
El predio de Waterland pasó a manos vinculadas al Sindicato de Camioneros por las deudas millonarias acumuladas por Venturino Eshiur. Sin embargo, nunca volvió a desarrollarse otra actividad en el lugar. En el interior del antiguo complejo en ruinas todavía sobreviven los toboganes oxidados y las estructuras de hormigón invadidas por la maleza.
Waterland fue un proyecto adelantado a su época y concebido con una ambición inédita en Mar del Plata. Cuatro décadas después, entre ruinas y memoria, persiste la historia de un paraíso que se derrumbó junto con el imperio que lo hizo posible.
*****
La noche que Charly empujó un colectivo encajado en el barro
“Charly García estuvo un mes alojado en Waterland. No tocó en vivo, pero iba a todas las fiestas y al pub. Estaba en un sector de bungalows más alejado de la gente, reservado. “Recuerdo que estaba en la reposera, con su guitarra amarilla, un parlante chiquito y componía permanentemente. Yo pasaba porque me encantaba verlo”, narra Rodolfo Usuna.
“Una noche -recuerda- salimos en un ómnibus de Waterland y, cuando volvíamos, quedó estancado en una zona de barro. Eran caminos difíciles de transitar cerca del predio. Y Charly terminó empujando el colectivo“, cuenta entre risas.
“Parezco un helado granizado”, decía el músico, flaquísimo y cubierto de barro después de que las ruedas giraran en falso y lo salpicaran por completo.
Noche de descontrol
En pleno auge de Waterland, la revista Siete Días organizó una fiesta llamada “Una noche en el paraíso”, que reunió a buena parte de la farándula y el espectáculo argentino.
Estuvieron Susana Giménez, Ricardo Darín, Carlos “Carlín” Calvo, Juan Carlos Calabró, Víctor Hugo Morales y la actriz mexicana Verónica Castro.
Aunque el evento había sido pensado para unas mil personas, la concurrencia prácticamente se duplicó y el desborde comenzó a generar problemas durante la madrugada.
Uno de los episodios más comentados ocurrió cuando el embajador de Nigeria -que había realizado una donación de mil dólares para el Hogar Madrecitas- fue arrojado a una pileta por una persona, en medio de un juego denominado “hombre al agua”.
El diplomático abandonó el lugar indignado, entre protestas, mientras la fiesta empezaba a transformarse en un caos. Horas después, incluso una columna de alumbrado cayó dentro de una pileta y obligó a cortar la energía para evitar una tragedia. Al día siguiente, LA CAPITAL resumió aquella madrugada así: “Un gran escenario con un gran lunar”. Frase que, con el tiempo, funcionó casi como metáfora de toda la historia del complejo.
Fotos aéreas: Pablo Funes @dronmardelplata
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