Gabriela Exilart: “La novela histórica romántica no necesariamente es una lectura femenina”
En “Tierra herida”, su nueva ficción que presentará este sábado en Mar del Plata, la exitosa autora reconstruye la vida de los picapedreros de Tandil a comienzos del siglo XX. En entrevista con LA CAPITAL, habla sobre las luchas sociales que atraviesan el libro, los prejuicios que aún pesan sobre las escritoras de novelas románticas y su intención de contar episodios poco conocidos de la Historia argentina.
Gabriela Exilart es autora de 14 novelas, que la han convertido en una de las autoras más leídas del género histórico romántico de la Argentina. Fotos: Alejandra López.
Por Rocío Ibarlucía
Mientras Buenos Aires se adoquina, se ilumina y se transforma en la gran capital moderna que la élite argentina soñaba exhibir en los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, en las canteras de Tandil hombres, mujeres y niños sobreviven a jornadas extenuantes, de sol a sol, para extraer las piedras que sostienen ese ideal de progreso. Allí, a principios del siglo XX, los trabajadores, en su mayoría inmigrantes, viven encerrados en campamentos alambrados, cobran con “plecas” –fichas que solo pueden usar en el almacén del patrón– y enfrentan accidentes cotidianos, explotación y pobreza. En ese escenario de contrastes sociales, donde la modernización convive con formas de trabajo casi esclavas, nace también la organización obrera: en 1906, los picapedreros de Cerro Leones fundan la Sociedad Unión Obrera de las Canteras.
Ese período histórico es el que reconstruye Gabriela Exilart en “Tierra herida” (Plaza & Janés), su nueva novela, en la que las luchas sindicales se entrelazan con historias de amor, desarraigo, discriminación y de mujeres que intentan desafiar los límites impuestos por la época.
La autora retoma en esta historia a los personajes de su novela anterior, “El secreto de Azucena”, en especial a aquellos niños atravesados por la brutal masacre de Tata Dios cometida el 1 de enero de 1872 en la que asesinaron a 36 inmigrantes por un supuesto enviado divino. Con este nuevo libro, conocemos sus vidas décadas después, ya convertidos en adultos, aunque marcados por heridas que todavía persisten.
Abogada, docente de la Facultad de Derecho de la UNMdP y una de las autoras más leídas de la novela histórica romántica argentina, Exilart vuelve a explorar en esta obra algunos de los grandes temas que atraviesan buena parte de su narrativa: las luchas obreras, la violencia contra los sectores marginados y la presencia de mujeres que luchan por mayores derechos.
En esta entrevista realizada durante la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde presentó oficialmente la novela, Exilart compartió con LA CAPITAL su mirada sobre los prejuicios que aún recaen en la narrativa histórica romántica, reivindicó el valor de la literatura popular al acercar la historia argentina a un público amplio y defendió la lectura como “un acto de resistencia contra todo lo rápido, urgente y líquido que sucede afuera”.
La autora presentará “Tierra herida” este sábado 23 de mayo, a las 18, en Espacio Fray, la sala cultural de la librería Fray Mocho (Bartolomé Mitre 1836), donde conversará con la periodista Tatiana Fontana y se reencontrará con sus lectores marplatenses.
“Las canteras de Tandil era un submundo donde vivían adentro trabajando de sol a sol para un empresario que se encargaba de llevar las piedras que estaban embelleciendo a Buenos Aires”
—¿Qué te llevó a continuar la vida de los personajes de “El secreto de Azucena” en “Tierra herida”? ¿Qué sentías que todavía quedaba por contar sobre ese Tandil atravesado por tantas tensiones sociales a fines del siglo XIX y principios del XX?
—Cuando estaba investigando para “El secreto de Azucena”, me entero de la historia de los picapedreros y la vida en las canteras hacia el 1900, el trabajo esclavo, las huelgas, sus reclamos. Pero, como excedía el marco de la masacre de Tata Dios, no podía narrarlo todo en una misma novela, porque iba a ser una mezcolanza de temas que no iba a tener sentido. Entonces pensé que el tema de los picapedreros daba para contarlo en otra historia. Y los niños de “El secreto de Azucena” me servían para llevarlos en el tiempo, transformarlos en hombres y mujeres, y que fueran ellos los que vivieran la vida de los picapedreros. Podría haber inventado otros personajes, pero me había encariñado mucho con estos chicos, y tenía ganas de saber qué pasaba con ellos, cómo continuaban esas vidas tan difíciles, atravesadas por la orfandad y la violencia.

—La novela muestra la contracara del progreso argentino de principios del siglo XX: mientras Buenos Aires se moderniza, los picapedreros de Tandil viven en condiciones esclavas. ¿Qué descubriste sobre este contraste que llevó a los trabajadores a la organización sindical?
—Las huelgas, el movimiento obrero, la organización sindical son temas que había tratado en otros libros aunque situados años después, como las huelgas patagónicas de 1920-1922 que escribí en “Por la sangre derramada”, las huelgas en Chaco en 1924 que conté en “Napalpí”, los reclamos de los trabajadores de la yerba mate hacia 1930 en “Los hijos de la cosecha”. Entonces, ya lo venía trabajando, pero no a principios del siglo XX. Es decir que este movimiento viene mucho antes en el tiempo, de manera incipiente, llegado de la mano de inmigrantes que traían ideas revolucionarias y conocían otras formas de trabajo. Son los que, en definitiva, empiezan a fogonear para salir de esa vida esclava dentro del encierro de las canteras. Porque además del encierro geográfico, provocado por el marco natural, ellos sufrían un encierro físico, las canteras estaban alambradas y había un candado que les impedía entrar y salir, no manejaban dinero, se les pagaba con plecas y dependían de los almacenes de la cantera. Era un submundo donde vivían adentro trabajando de sol a sol para un empresario que se encargaba de llevar las piedras que estaban embelleciendo a Buenos Aires y preparándola para los festejos del centenario. Así que hay mucho contraste entre la gran ciudad que se iluminaba y adoquinaba, y esta gente que trabajaba como esclavos.
“Lamentablemente, la discriminación racial es algo atemporal y no sé por qué los seres humanos no nos podemos sacar eso de nuestros genes”.
—En esta historia aparece también la discriminación al inmigrante, en el contexto de la Ley de Residencia, y circulan en Tandil discursos xenófobos que hacen recordar a la masacre de Tata Dios. Así como se entablan relaciones en la novela entre 1872 y 1906, ¿encontraste diálogos entre esa Argentina y algunos discursos actuales contra los inmigrantes?
—No, porque cuando estoy con una novela histórica, el foco está puesto en el pasado. Trato de no salirme del contexto histórico, de no dejarme llevar por las cuestiones actuales y trato que no haya ningún comentario de la voz narradora, que sería lo más cercano a mí. Yo me meto en esa época y no pienso en el hoy, son dos mundos escindidos, no mezclo el pasado con el presente cuando escribo. Pero sí, claro, lo podemos transpolar al hoy. Es un tema que se ha mantenido con mayor o menor intensidad a lo largo de las épocas, la discriminación racial siempre ha estado, y también los problemas que eso genera y que han generado últimamente con casos que han resonado a nivel internacional. Por ejemplo, la abogada acusada de racismo en Brasil por tratar de manera discriminatoria a alguien de color. Lamentablemente, es algo atemporal y no sé por qué los seres humanos no nos podemos sacar eso de nuestros genes.
—El racismo, la xenofobia vuelve a aparecer en esta novela a través de la figura del indio Catriel.
—Sí, es el distinto en la cantera, pero eso también viene de la novela anterior, con los malones. Pensemos en este pueblo de frontera que estaba en defensa contra el indio. Este personaje que queda huérfano, también por parte de la violencia de los blancos, tiene que insertarse en este contexto de inmigrantes, con su cara marcada, con un hijo que al principio es, no digo repelido, pero observado, hasta que logra de alguna manera asimilarse un poco más.
“Las escritoras del género nos hemos abocado a dar a conocer muchos hechos que no han sido contados”.
—Una de las heridas que acarrea Tandil podría pensarse que es la violencia hacia los otros, como los indígenas y los inmigrantes. ¿Qué otras heridas ha sufrido esta tierra, como sugiere el título de la novela?
—“Tierra herida” evoca dos cuestiones: la tierra rota, partida, por estas explosiones, en el sentido literal, para sacar la piedra, pero también las heridas de los personajes, porque en definitiva, todos tienen una marca que los atraviesa desde la infancia. Tanto Ani como Catriel y Miguel fueron niños violentados, niños a los que se les robaron la identidad, niños que perdieron a sus familiares por actos de violencia. Todas esas heridas se vienen arrastrando y lamentablemente son marcas que quedan en la faz constitutiva del ser humano, y que las transforman en los hombres y mujeres que son hoy, como nos pasa a todos nosotros. Las heridas de la infancia son las que nos definen. Lamentablemente, la mayoría de estos personajes tienen heridas de la infancia o de la juventud, como Azucena que tiene su herida cuando le roban a su hijo. Celestina tiene su herida de su nacimiento, en el sentido de que ella es hija de una relación fuera del matrimonio. Y creo que esas heridas es lo que los enriquece también, porque, por más que la cicatriz quede ahí, hay que seguir adelante.

Exilart fue distinguida con premios como Alfonsina y Lobo de Mar a la Cultura y fue declarada “Vecina Destacada” por la Municipalidad de General Pueyrredon.
—Ani encarna una concepción muy moderna de la educación: rechaza el castigo físico, promueve el pensamiento crítico y apuesta también a la formación de las mujeres. ¿Qué te interesaba explorar sobre ese momento de transformación pedagógica en la Argentina a través de ella?
—Me interesaba evocar a las maestras que trajo en su momento Sarmiento. Ani viaja a la ciudad de Buenos Aires a estudiar en la Escuela Normal N° 1 pero elige volver a Tandil para llevar esas ideas renovadoras en torno a la educación y transmitirlas a las mujeres que trabajan en la cantera. A su vez, quise mostrar las contradicciones que tiene este personaje, que viene con todos estos aires de libertad o modernismo, pero, puertas adentro, ella no puede modificar su realidad, su entorno violento con su marido. Hay una contradicción constante entre lo que quiere predicar y lo que le pasa adentro de su casa. Es algo que nos ha pasado a muchas de nosotras, esto de tener un discurso, pero por dentro estar vivenciando algo contrapuesto a ese discurso y no poder revertirlo. Y cómo quedamos atadas a veces a un machismo o a un hay que ser. Eso es lo que quise mostrar con este personaje que quiere llevar todas las ideas que aprendió en la Escuela Normal a su mundo y no es tan fácil como pareciera en la teoría.
—Además, a través de Ani, introducís reclamos de las mujeres de la época, que abogaban por su independencia económica, hablaban de salud reproductiva, hasta de regularización de la prostitución. ¿Qué te sorprendió sobre las discusiones feministas de principios del siglo XX?
—Claro, que era tan necesario para evitar enfermedades y evitar también el trabajo clandestino y todo lo que pasaba con la prostitución. Bueno, eran ideas que ya se venían discutiendo. Pensemos también en las mujeres que venían de España con su lucha feminista por el voto, que es algo que ya narré en “El susurro de las mujeres”, cuando se realizó el Congreso de Libre Pensamiento. Esta historia es medio contemporánea con la época, si bien son escenarios distintos, ya todo ese movimiento estaba llegando a la Argentina. Y Ani, por su formación docente y por todas sus inquietudes, no es ajena a eso. Entonces, se va relacionando con este movimiento que viene de Europa y que va llegando en pequeñas oleadas a la Argentina.
“Me molesta muchísimo el encasillamiento y el prejuicio hacia la novela histórica romántica escrita por mujeres. (…) El rótulo de ‘literatura menor’ parte del desconocimiento”.
—El hecho de que en tus novelas haya personajes femeninos que se resisten a quedar atrapados en roles tradicionales, como en este caso Ani, Celestina y Azucena, ¿es todavía una forma de revisar críticamente el lugar marginal que la narrativa histórica ha dado a las mujeres?
—Yo creo que ya hace unos cuantos años que la mujer está siendo narrada desde otro lugar y se está mostrando su verdadero rol en la historia. Pensemos que antes la mujer estaba narrada, en general, por el hombre: se narraba la vida pública del hombre y no demasiado lo que pasaba puertas adentro, ni la vida de todas esas mujeres que acompañaban o que, a su vez, tenían sus propias luchas individuales y colectivas. Ya hace unos cuantos años eso se está contando y hemos sido las mujeres las que nos encargamos de visibilizar todo lo que atravesaba a las mujeres de época: sus rebeliones para poder salir de esos cánones impuestos por una legislación machista y patriarcal.
Creo que ya hay un gran revisionismo de la historia que está mostrando, gratamente, la vida de todas estas mujeres que tuvieron un rol fundamental en los cambios, porque esos cambios no se generaron solamente de la mano de los hombres, sino que muchas mujeres estuvieron acompañando o embanderando sus propias luchas. Así que celebro esta nueva literatura, que alguien ha llamado “literatura femenina”, porque pone a la mujer en otro lugar y la saca de ese sitio pasivo.

Algunas de las novelas de Gabriela Exilart.
—En la apertura de la Feria del Libro, Leila Guerriero, Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara cuestionaron la etiqueta de literatura femenina, muchas veces utilizada en términos peyorativos para poner a todas bajo un mismo rótulo, sin atender la diversidad de estilos y temas que cada una desarrolla. ¿Vos cómo vivís este tipo de clasificaciones?
—A mí me molesta muchísimo el encasillamiento y el prejuicio que existe en torno a la novela histórica romántica que escriben las mujeres. Yo creo que la novela histórica romántica encierra mucho más de lo que se cree, porque aborda un sinfín de temas y no necesariamente es una lectura femenina. Aborda muchos hechos históricos, muchas luchas, muchos temas sociales, políticos, culturales, que son leídos también por hombres, pero se les pone este rótulo de literatura femenina, a veces sin conocimiento de qué hay dentro de este tipo de novelas. Yo sé que por una cuestión comercial hay géneros literarios, como novela romántica, novela policial, novela histórica, novela contemporánea, y me parece bárbaro que exista esta diferenciación por una cuestión de dónde ubico el libro en la librería o en el catálogo editorial. Pero el encasillamiento o el rótulo de ‘literatura menor’, o que directamente no sea literatura, me parece que parte del desconocimiento de lo que hay dentro de los libros.
—¿Y creés que una literatura popular y masiva, como es tu caso, puede ser una forma de acercar hechos históricos que, de otro modo, tal vez permanecerían desconocidos para muchos lectores?
—Sí, totalmente. Yo sé que el bestseller no se considera literatura. Nunca una novela romántica va a ser objeto de una crítica literaria. Pareciera que lo masivo no tiene valor en sí mismo, pero son cuestiones de tipo estructurales, que vienen más de la academia, que vaya a saber por qué cuestión no se pueden interiorizar por este tipo de literatura. Es una pena, pero lo importante para mí, como siempre digo, es que el libro circule en otros ámbitos y que tenga su difusión y que podamos ir llegando a más lectores que se interioricen por la historia argentina, que es en definitiva nuestra base y lo que nos ha formado como sociedad. Nosotros somos esto que somos hoy por todo lo que ocurrió en el pasado, y creo que las escritoras del género romántico histórico nos hemos abocado a dar a conocer muchos hechos que quizás no han sido contados. A la vez, una novela, además de enseñarte, te puede entretener, hacerte soñar y hacerte creer un poquito más en ciertas cosas.
“Leer un libro es un acto de resistencia contra las pantallas, contra todo lo urgente y lo líquido que sucede afuera”.
—¿Qué te gustaría que genere “Tierra herida” en los lectores?
—Para mí, la lectura es, en principio, recreativa, como lectora hablo. A mí me gusta leer un libro y meterme tanto en la historia que no tenga que ir a mirar el celular cada cinco minutos. Entonces, que el lector pueda sumergirse en estas páginas y meterse en este contexto histórico, en este lugar, y vivir a la par de sus personajes y sentir la emoción, me conformo. En la feria, una de las chicas del club de lectura me dijo que cuando leyó un capítulo en el que uno de los personajes, un niño, dice “sentí un calorcito en el pecho”, se le cayeron las lágrimas. Y yo le decía que cada vez que corregía esa parte, yo también lloraba. Entonces, que el libro despierte alguna emoción o resuene en el otro, o que cuando lo cierren sigan pensando en algún personaje o en alguna escena, para mí ya es un regalo.
—Bueno, la literatura, en un contexto de tanta sobreestimulación digital, IA y falta de concentración, termina siendo un acto de resistencia o un espacio de refugio, al generar, como decís, ese “calorcito humano en el pecho” cuando uno puede conectar con una historia. ¿Te ha pasado esta sensación con algún libro últimamente?
—Como lectora, a veces me pasa y a veces no. Hay momentos en los que no logro entrar en una historia, pero hay otros libros que sí me atrapan y no puedo salir de ahí. Uno de los últimos libros que leí fue “La niña salvaje” de Kristin Hannah. Y si bien no me pareció una novela tan poderosa como otras que había leído de ella, como “Las mujeres de la guerra”, que fue tremenda, sí fue una novela que me mantuvo ahí adentro, imaginando a esa niña salvaje y su entorno. Me atrapó y no me dejaba ir al celular, que es algo a lo que voy a cada rato. Entonces, cuando un libro logra eso, ya está: misión cumplida.
Y como escritora, si no me pasa eso mientras estoy escribiendo, es que la novela no está funcionando. Si no funciona para mí, algo no está bien. Pero es como decías: leer un libro es un acto de resistencia contra las pantallas, contra todo lo urgente y lo líquido que sucede afuera. Poder quedarse en una historia es un premio.
