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Opinión 22 de enero de 2018

El turista y las vacaciones

por Alberto Farías Gramegna

“Vacación: suspensión temporal (vacancia) del trabajo, del estudio o de otras actividades habituales para descansar”

Las vacaciones -con o sin turismo- son una ruptura con las secuencias de comportamientos socio-laborales rutinarios en los que, por defecto, nos refugiamos, regulando así la cuota de ansiedad frente a lo nuevo, como inevitable resultado de adaptación social que nos provee identidad local y de rol.

Se supone que cada uno de nosotros buscará en sus vacaciones el encuentro con momentos de disfrute a través del contacto con nuevos ambientes urbanos y paisajes naturales, que con frecuencia idealizamos como pasajeros de turismo. Las vacaciones son propicias para el esparcimiento y la distensión, el placer de pasear o conocer lugares y personas, practicar el deporte favorito, la lectura o realizar tareas hogareñas postergadas, para los que se quedan en la casa.

En sentido estricto, para la mayoría, las vacaciones cobran una dimensión totalizante y genuina cuando se acompaña con el turismo, la “gran industria contemporánea sin chimeneas”.

Viajar e instalarse en otros lugares, sin obligaciones laborales y con planes de excursión, descanso o conocimiento libre, va acompañado de fantasías de ponerse a salvo de las tensiones más crueles de la vida cotidiana. Hoy es frecuente que jóvenes, recién llegados a la adolescencia salgan solos o en grupo de vacaciones, con la mochila al hombro y una carpa o a la búsqueda de un alojamiento económico, llenos de ansiedad por la aventura que inician lejos del hogar y que es sin dudas una forma de probarse en sus autonomías y capacidades de decidir; un desafío que exigirá autorregulación y prudencia para resultar una experiencia exitosa que ayude al crecimiento.

Para la mayoría de ellos, vacacionar como turistas, es exigirse a pleno, probarse en el desafío de la conquista amorosa que les mostrará las delicias de los amores de verano, habitar el ruido de los boliches y seguirla hasta la madrugada en algún fogón improvisado junto al mar o en el café o la cervecería de moda. Trepar algún sendero de montaña o recorrer en moto los circuitos silvestres. También es el reencuentro con los amigos del año anterior y la ilusión de tragarse el mundo en pocos días, a mil por hora. “En vacaciones soy omnipotente y todo es posible”, parece que nos dijéramos al oído cuando subimos al vehículo que nos habrá de llevar a la meta dorada.

Las vicisitudes del turista

Pero las “vacaciones”, al ser ruptura de lo cotidiano y cambio de roles, es también aparición de nuevas tensiones derivadas de la pérdida de las defensas psicológicas habituales que utilizamos para comunicarnos y sostener formas de relación a las que nos hemos acostumbrado dentro y fuera de nuestros grupos familiares. Es también el surgimiento de momentos de confusión y desorientación o de sensaciones temidas por desconocidas o por expresar partes negadas de nuestra personalidad.

La ruptura de lo cotidiano, del marco que nos hemos construido con nuestras rutinas y compromisos, genera en un principio, cierta desazón o ansiedad, con motivo del cambio de secuencias de comportamiento articuladas mecánicamente: hora de levantarse, desayuno familiar, salida al trabajo, al estudio, tareas programadas, vuelta a casa, ver el programa favorito, etc.

Es cierto que las circunstancias psicosociales, con su carga de preocupación económica y crisis de las creencias tradicionales, constituye de por sí -y a diferencia de épocas más estables- un nicho de factores estresantes que hacen de lo cotidiano una secuencia de incertidumbres, que terminan debilitando la fortaleza emocional y la continuidad de la propia identidad.

No obstante las vacaciones y el turismo asociado a ellas son una discontinuidad de lo previsible y recurrente.

La primera necesidad que aparece cuando empiezan las vacaciones es “buscar qué hacer”, y cómo hacerlo, programando paradojalmente una “rutina del ocio”. El no hacer nada, el vagar sin reloj al encuentro de lo nuevo o interesante, no resulta fácil para todo el mundo. Esta tendencia a rutinizar las vacaciones, -además de ser estimulada por la industria de la diversión- obedece primordialmente al temor de experimentar un “vacío de acción” propio de una cultura que promociona la acción emotiva impulsiva como valor “per se” en desmedro de la razón, la contemplación o el pensamiento como antesala y guía del acto material. Y una excesiva rigidez en la planificación de las vacaciones podría desembocar en una sensación paradójica de aburrimiento. Sin embargo, simultáneamente, el cambio de ambiente con sus estímulos quizá vertiginosos y la circunstancia de no ser conocidos en el lugar turístico, con la “protección” que da el anonimato, aumenta nuestra sensación de libertad interior y hasta la idea insensata de ser inmunes al dolor o la desgracia.

La caída en la desmesura

La filosofía de la civilización griega clásica desaconsejaba los excesos, la caída en la desmesura (“hibris”), que no refiere a un impulso irracional, sino al intento de trasgredir “los límites impuestos por los dioses” Y es precisamente esa conducta desmesurada ante la Ley y el respeto de la convivencia, lo que observamos cuando el turista pierde el control y no evalúa las consecuencias de sus acciones, que mudan en irresponsabilidad temeraria.

Se bebe hasta la náusea, se come hasta sentirse reventar, casi no se duerme, se corre a velocidades mortales o se intentan actividades para las que no se está entrenado debidamente o sin tomar los recaudos de seguridad que impidan la mutación de una diversión en una tragedia: de año en año, las rutas turísticas son fuentes de accidentes motivados por la imprudencia derivada de la sensación de ser omnipotentes. Vemos también en nuestras calles cómo el estar de vacaciones parece entenderse como un permiso para no respetar semáforos, subirse a las veredas con el vehículo o estacionar en doble fila. Por suerte, sin embargo, una porción significativa de personas logran equilibrar adecuadamente los cambios de rutinas con la prudencia y el límite racional que nos preserve de lo desagradable y nos haga disfrutar con alegría de las tan ansiadas vacaciones.

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