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Cultura 8 de julio de 2019

Soy paranoico, pero a veces me persiguen

por José Santos

Amanece y ni Martin ni su esposa durmieron. Sobre las calles del country la seguridad recorre las calles. Sofía se niega a hablar y Martín se hunde en su apocalipsis. Como un sonámbulo, se encierra para revisar el fideicomiso de petróleos que Morando hará con inversores peruanos. Suena su teléfono, es un whatsapp de su padre.

“Hijo, encontré la caja de Pandora. Y está rebalsando”.

Lee, pero le cuesta descifrarlo. Sigue aturdido, lento. Se da cuenta de que el fideicomiso, ahora mismo, le importa una mierda. Juega con la cuchara del café, dando vueltas alrededor del perímetro del pocillo, una y otra vez, como si no encontrase por sí misma, la salida de la taza. Las imágenes sucesivas de Sofía, Morando, Perú, el tumor, se aglutinan en su mente. Abandona la tarea. Busca en su placard una camisa. Solo usa camisas blancas o negras. En realidad, toda su ropa es blanca o negra. Cuando se hace el nudo, de nuevo el temblor en su mano que aparece y desaparece. Después pasa por la habitación de Francisco, le da un beso en su frente. Emprende el camino hacia las oficinas de Morando Investement.

En días lánguidos como éste, prefiere el camino largo, por la ruta 11 que bordea la costa. En la radio suena Calamaro.

Flaca no me claves / tus puñales /por la espalda/ tan profundos…

Desde la costa, el viento marino empuja arena hacia el camino.

Eran tiempos dorados de un pasado mejor…

Martín conduce como un autómata, hasta que divisa por el retrovisor un Nissan azul. Tiene la sensación de haberlo visto con anterioridad. No recuerda cuando ni dónde. Solía tener memoria fotográfica, ahora son todos olvidos. Vigila al Nissan. Nada cambia. Y eso lo perturba. El resto de los autos se adelantan o son adelantados.

Otra vez, piensa para sí. Hace días comenzó a sentirse confuso. Los sonidos ambientales se deforman en sus oídos.

Otras veces escucha voces que murmuran, dando la sensación de que hablan de él. Entonces descubre que le echan una ojeada al paso o lo miran con fingido disimulo. Al principio pensó que estaba sugestionado por la inseguridad que sufre Mar del Plata. Ahora duda. Acaso, en efecto, lo estén persiguiendo.

El Nissan azul se mantiene sin otro movimiento extraño más que permanecer detrás. Acelera su Camaro ZL1. Su mente comienza a despertarse. Son las 8.55 de la mañana y avanza a 140 kilómetros por hora. Vuelve a sentirse ágil y deja su somnolencia. Repasa su día. Amaneció mirando el cielorraso. Con sus músculos agarrotados y la vista irritada. Ni siquiera sabía si había dormido. La noche se le pasó entre imágenes de su esposa y el dolor de la herida. Hundido en el colchón, pensando en el divorcio. 160 kilómetros por hora, 5000 rpm. Aparece el recuerdo de Annalisa. Escucha el rugir del motor. Mercados en crisis. Gordos gitanos a su alrededor. Annalisa esfumándose.

Un cerebro que estalla en sangre. Una explosión silenciosa se eleva en forma de hongo en el espacio. Esta despierto cuando la alarma del reloj suena. La señal lacera sus oídos. Y la cefalea insidiosa que no da respiro. Toma doble analgésicos. Mareado golpea la puerta de su esposa. Sofía no contesta. -Sofi, hablemos…-Insiste. Nada. Repite la maniobra. Intenta abrir la puerta, pero tiene traba.

175 km por hora, 6000 rpm y el V 8 se despereza. Martín lleva sus ojos en la ruta y su mente en su casa. Vuelve a golpear la puerta del dormitorio. Sofía entreabre, despeinada, ojerosa, le dice:

– ¿Hablar? Ahora no quiero-. El contenido, seco y tajante, coincide con la forma.

215 km por hora. El Camaro avanza frenético zigzagueando autos, aproximándose a Punta Mogotes. Su mente se enfoca en el fideicomiso. Desde que a su padre lo desplazaron del directorio, Burt Thomas lo hostiga diariamente.

Por ahora solo le queda permanecer alerta y cumplir órdenes al pie de la letra.

Entonces se da cuenta de que el mundo se ha congelado.

El escenario estático, solo él es quien se mueve. La razón es que avanza a 215 km por hora por el boulevard de Punta Mogotes. A la salida de la curva observa un camión detenido sobre el carril rápido. No aminora la velocidad. Acelera. 230 km/h. El camión obstruye el carril. Es una cisterna de combustible. Le viene el deseo de embestirlo y terminar en una deliciosa explosión magistral. Acelera más. El motor alcanza las 8000 rpm. Ruge. A menos de 100 metros, el camión se agiganta. Es cuando resuena la voz de su hijo, que le hace hundir su pie en el freno. El Camaro se aplasta, arrasa los neumáticos humeantes e irá a estrellarse irremediablemente contra el cisterna. Pero no. Por magia de los frenos Brembo pasa de 230 a cero deteniéndose a menos de un metro.

0 km/h. El chofer del camión queda espantado con la frenada. Martín respira de nuevo. El chofer también. Cruzan miradas. Después Martín vuelve la vista al retrovisor, y se da cuenta que detrás, no hay ningún Nissan azul. Sus manos tiemblan sobre el volante. Su cuerpo está invadido por un fino temblor. Pone el guiño, cambia de carril y se acusa a sí mismo: “Enloqueciste” .

Piensa en ese impulso de acelerar contra el cisterna. Piensa en el Nissan. ¿Lo perseguía? ¿Son ideas de su cabeza enferma? No. Descarta que sea solo una idea, porque “sabe” que está ahí. No puede definirlo. Es algo. Que está cerca. Que lo sigue. Que más tarde o temprano lo va a atrapar.

El perfecto caos de sus sentidos comenzó hace semanas, aunque recién hoy se hizo peligrosamente notorio. Baja al estacionamiento y busca su lugar en la cochera. Puede que todo sea pura paranoia. Es cierto que hace días no se siente bien, pero hay alguien que lo persigue y es Burt Thomas. Deja el auto y sale a caminar para despejar su mente. Sin darse cuenta está dirigiéndose a la oficina del Dany Pogolotti, su eterno amigo incondicional. Necesita contarle lo que le sucede. Entiende que hoy perdió el control, aunque no sabe por qué quiso estrellarse. Dos opciones, está enloqueciendo o es culpa del tumor. O las dos juntas. Llega a la oficina. Pogolotti cambió la placa en la puerta de ingreso. También pintó los marcos. Dr. Daniel Pogolotti. Abogado. Asesor financiero. Consultor inversionista.

Ingresa. Encuentra a Pogolotti hundido en su sillón relajante electrónico. Aun lleva puesto su short floreado, ojotas verdes y un casco masajeador electrónico. Lo llama, pero Pogolotti no responde, parece no respirar. Ve una botella de whisky sobre el piso y junto a ella, un blíster vacío. Le grita, lo zamarrea. Pogolotti no reacciona, y ni siquiera da señas de notar su presencia. En realidad, parece estar muerto.