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Cultura 25 de julio de 2016

Diario de lector: Qué hacer con King Kong

Por Gabriela Urrutibehety

www.gabrielaurruti.blogspot.com.ar

El lector que escribe un diario lee “Días de Nevada”, del escritor vasco Bernardo Atxaga. Una novela compuesta de fragmentos ordenados en torno a la estadía de un escritor vasco con su mujer y sus dos hijas en Reno, Nevada, Estados Unidos. Diez meses que quedan registrados en una especie de diario que, sin embargo, recoge no solamente la impresión del visitante.
El movimiento del relato es, a la vez, geográfico -las descripciones de las zonas que van conociendo- y temporal, porque cada tanto se consignan breves escenas de la niñez o adolescencia del narrador, así como referencia a las historias de ciertos personajes famosos -los boxeadores Paulino Uzcudun o Ringo Bonavena, Marilyn Monroe o John Huston- así como las de anónimos pastores vascos que emigraron a la zona.
Además está el presente que llega desde lo que les sucede al protagonista y su familia, aunque también del Reno-Gazette Journal. Y los personajes que en ese aquí/ahora provocan la narración son los compañeros de la universidad que ha invitado al escritor para una residencia de 10 meses, los habitantes de los lugares que recorren o Hillary Clinton y Obama en plena campaña electoral.
Todo esto cuenta para la geografía norteamericana. Pero además, está el país vasco, tanto el que llega a través de las desvariadas conversaciones de la madre como el de la familia y los amigos del pasado.
La técnica que utiliza Atxaga, piensa el lector que escribe un diario, provoca un efecto de laxitud y genera un tono moroso –a veces excesivo, aunque de ese riesgo lo rescata la brevedad-, de divagación anárquica –aunque de eso lo rescata la habilidad narrativa de Atxaga- que no es tal, porque dos hilos, uno a cada lado del Atlántico, unen los fragmentos.
El primero, el caso del violador serial –“profesional”, se lo llama en la novela- que aterra Reno durante la estadía de la familia vasca y se resuelve en el post scriptum. Esto le da un aire de policial al relato, en correlación con el episodio de los presos picapedreros en la visita al desierto y la búsqueda del desaparecido aventurero Steve Fossett.
El otro hilo es el de la historia de Adrián y Nadia que cruzan el océano para asistir al funeral de Policarpo, otro de los vascos emigrados. La presencia de Adrián y Nadia hace efectiva la ligazón que el escritor ha estado armando entre sus memorias, los correos electrónicos a L. y las llamadas a su madre, meros artefactos discursivos a una sola voz que se afianzan con los personajes “de cuerpo presente” y la voz que, cara a cara, narra uniendo los tiempos y los espacios.
Por ahí ha leído el lector que escribe un diario que el estilo de Atxaga no juzga; sin embargo, una recopilación de subrayados –frases sueltas por aquí y por allá- le sugieren al lector lo contrario. Puede que no juzgue a sus personajes pero sí cuando anota que “hacia 1980, estando en una cafetería de la ‘calle del oro’ de Nueva York, el camarero me tomó por latino y se dirigió a mí en español: ‘¿Cómo pueden ser ellos tan ricos y nosotros tan pobres? ¿Cómo puede consentirlo Dios?’”.
O el relato de la participación de emigrados chinos en la construcción del ferrocarril que culmina con la reflexión: “En general nunca se dice nada de los que más sufren. O se dice algo, pero con engaño, suavizando, sin mención a lo espantoso de su historia (…) A nadie importaba, ni siquiera a los partidos y sindicatos socialistas, porque los chinos eran considerados una subespecie humana y habían sido apartados de la sociedad por la Exclusion Act de 1867”.
No es de acusación el tono de la novela, aunque sí hay un quieto sentimiento de dolor ante lo que no anda como debería, un poco más allá del “bienpensamientismo”, un poco más acá de la denuncia airada. Así funcionan, como parte del mundo en que se vive, las noticias sobre la guerra en Irak o el relato de la llegada de los blancos al oeste y la guerra contra los pueblos originarios.
Algo para lo que no se tiene demasiada respuesta, como las lágrimas de la pequeña Sara frente a la injusticia de la muerte de King Kong, que aparece a poco de iniciada la novela. Y las preguntas –sin respuestas- que enuncia poco después el narrador: “¿qué nexo debe haber entre la justicia y la compasión? ¿Hasta qué límite puede llegar la sociedad a la hora de defenderse? ¿Qué debe hacer la ciudad con King Kong?”.
Y no más allá, no más allá.