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Opinión 3 de junio de 2020

Humanización, pandemia y cuidados paliativos: enfrentando nuestros miedos

El rol de los profesionales de la salud.

Foto: EFE | Juan Ignacio Roncoroni.

Por Marianela Balanesi (*)

El Covid-19 tomó al mundo entero desprevenido. Pocas certezas y muchas dudas. La comunidad científica de todo el mundo se encuentra abocada a develar sus misterios. Algunos estudios van arrojando evidencia concluyente. Otros, no tanto. Nos falta algo clave: tiempo para constatar datos. Como dice Ciruzzi (2020) ‘Estamos haciendo camino a ciegas (…)’.

A ciegas, sin tratamiento curativo y debiendo conciliar intereses individuales y colectivos. Escenario complejo, por donde se lo mire: con un sistema sanitario con déficits históricos y postergados y una realidad socio-cultural-económica de enorme inequidad, también histórica. Grupos crecientes de personas con derechos vulnerados, sin acceso o acceso deficiente a derechos mínimos indispensables que garantizan una vida saludable, se están viendo particularmente impactados por la pandemia.

En las magistrales palabras del filósofo coreano contemporáneo Byung-Chi-Huan ‘‘(…) La muerte nunca ha sido democrática. La Covid-19 no ha cambiado nada al respecto. La pandemia, en particular, pone de relieve los problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad. Con la Covid-19 enferman y mueren los trabajadores pobres de origen inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades. Tienen que trabajar (…) Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas en el campo’

Abundan los análisis de los sanitaristas y expertos en la materia al respecto. Los mismos resultan indispensables si se busca captar el fenómeno desde una perspectiva amplia. Aquí intentaremos someramente, abordar otra perspectiva que nos interpela: la urgente necesidad de humanizar la asistencia sanitaria, necesidad que esta pandemia con su abrupta e inesperada aparición potencia y acelera.

La evidencia científica respecto de los resultados de la implementación de un cuidado humanizado es contundente. Beneficia a los usuarios del sistema de salud, claramente, pero también a los propios profesionales, confiriéndoles una primera línea de inmunidad contra el desánimo y la pérdida de motivación.

La humanidad como concepto no admite graduaciones (o se ‘es’ humano, o no y el solo hecho de serlo lleva implícita la cualidad ‘dignidad’ y el derecho a que se la respete). No obstante, con meridiana claridad, y absoluta convicción, podemos afirmar que nuestras intervenciones en el ámbito de la atención de la salud pueden ser más o menos humanizadas. Los matices son infinitos: cada gesto, cada palabra, cada acercamiento, suma, o resta. Y en general, no contagia.

‘Humanizar es hacer una realidad mas humana, menos cruel, menos dura para las personas’. Un sistema sanitario humanizado se encuentra ‘al servicio de la persona, pensado y concebido para las personas (…) Dolor evitado, sufrimiento prevenido, capacidades recuperadas, alegría recobrada. Humanización no es tanto un proceso de estructuras y mecanismos, es mas de actitudes (…)”(Raventós, F, 2016)

Este tiempo de anticipación debiera ser también aprovechado como una oportunidad para reflexionar acerca de este tipo de cuestiones, anticipar escenarios, y formular políticas. Evitar que se vuelva a fragmentar nuestra mirada. No solo se trata de evitar los contagios: hay una vida con múltiples dimensiones detrás de esas personas cuya enfermedad queremos y debemos prevenir.

Si bien todas las especialidades de la medicina están implicadas, creemos no obstante, que los cuidados paliativos y todo su acervo de experiencias, conocimientos y habilidades, aparecen en este escenario como una de las especialidades que más herramientas puede venir a sumar. De esta disciplina hemos aprendido, o debiéramos hacerlo, que la muerte es un proceso natural, que debe trabajarse al interior de cada uno para poder acompañar en ese tránsito a otras personas y la importancia de despojar al concepto de su tradicional connotación tabú (individual y cultural).

También se ha destacado y ahondado en la importancia (tanto para la persona muriente como para su familia) de morir acompañados siempre que la persona así lo desee. Muerte digna. Un concepto que esta pandemia vuelve a poner en el centro de nuestra atención. Los equipos de cuidados paliativos recogen esta necesidad, la implementan, la adecuan a las diferentes realidades, crean espacios adecuados, abren el juego a la infinita posibilidad de expresiones que adopta en las personas murientes y sus allegados, este momento trascendente y único como es el final de vida.

Acerca de la muerte, la soledad y el miedo:

El Covid-19 puso patas para arriba todas esas enseñanzas. Además de sus aún no develados misterios, trajo consigo una pretensión inédita: la de exigir a sus víctimas una muerte en soledad, alejadas de sus afectos y rodeadas de extraños cubiertos de equipos que impiden todo tipo de conexión a través del gesto o la mirada.
Una breve consideración previa: en 2016 murieron 5,6 millones de niños antes de cumplir los cinco años y más de la mitad de esas muertes prematuras se deben a enfermedades tratables o evitables con acceso a intervenciones simples y asequibles. Esto solo se comunica en algunos pocos medios, no masivos. Esto solo parece preocupar a unos pocos.

Es que así funcionamos los seres humanos a veces. Solo ‘enfocamos’ en aquello que pensamos que puede afectarnos, como si todo estuviera separado, o como si la responsabilidad por lo que ocurre allí fuera siempre es atribuible a alguien más que no soy yo mismo. No los cinco millones y medio de niños que mueren alrededor del mundo. Eso no me incumbe. Esta lejos. Pero esto sí. Me puede tocar. A “MI.” O a “los míos”. Pero este, claro, es otro tema.

Lo cierto es que en este contexto, los medios se empeñan en que enfoquemos nuestra atención en esa particular muerte que tiene como agente etiológico al virus Sars-Cov 2. Nos vemos casi forzados a poner allí nuestra atención: nuestros mapas mentales se configuran de manera tal que nos sentimos verdaderamente amenazados. Se activa entonces la más arcaica de las emociones: el miedo. Y nos paralizamos.

Miedo a morir.
Miedo a morir solo.

Miedo a que uno de ‘los míos’ enferme y no lo vea más. A que la puerta de un hospital en el que intentarán salvar su vida, se cierre para no volver a abrirse nunca más.

El miedo paraliza. Nos lleva a tomar decisiones poco inteligentes o creativas, porque esa es su función: hacer que no pensemos para ‘reaccionar’ mejor. El miedo ya se instaló entre todos: en la comunidad, en los profesionales de la salud, en los enfermos. Pero corremos con la ventaja de poder recoger la experiencia de otros países y anticiparnos.

Es momento de ser muy creativos en nuestras intervenciones. Tenemos el miedo, pero también tenemos la posibilidad de anticipar algunas situaciones y pensar antes que las situaciones ocurran.

Como afirma Ciruzzi (2020) “Algo anda muy mal en nuestro sistema de salud cuando discutimos la necesidad de garantizar el acceso a un respirador a cada paciente y no podemos garantizar la presencia de la familia al lado de la persona muriente”

A continuación, proponemos algunas intervenciones que se han venido utilizando para que el acompañamiento y la comunicación no sean habilidades que se asuman como inaplicables en el contexto del cuidado de pacientes Covid-19. Como bien afirma Spinelli, lo urgente suele hacer desplazar lo importante en el contexto de atención de la salud. A modo de recordatorio, vayamos pensando en las siguientes cuestiones:

• Uso de la tecnología para mantener a las personas internadas comunicadas con sus familias. Protocolos y políticas claras al respecto.
• Soluciones creativas para lograr que nuestros pacientes nos identifiquen debajo de esos trajes de astronauta que son los EPP (equipos de protección personal)
• importancia de incrementar la comunicación sistemática con los familiares para pasar información relativa al estado del paciente. (llamados telefónicos en horarios pautados, haya o no habido cambios en el estado del paciente, posibilidad de que enfermería realice llamados por las mañanas antes de las rondas médicas para informar sencillamente como pasó la noche la persona, uso de imágenes, notas de voz, etc.)
• Utilización de formularios a llenar por las familias al ingreso del paciente en los cuales en los cuales se recojan datos biográficos de la persona enferma (gustos, familia, hobbies, en definitiva, algo que nos informe acerca de cómo le gustaría ser tratada)
• Fotos del paciente en su contexto –con su familia, realizando su hobbie, en el trabajo, algo que represente al ser humano que esa persona es, como recordatorio al personal de salud de que esa persona es más, muchísimo mas que una víctima más de esta cruel pandemia.

Como puede verse, todas estas son medidas sencillas, de bajo costo, que pueden implementarse, protocolizarse y consensuarse al interior de los equipos de salud. Se trata de una cuestión de voluntad y prioridades. ‘Humanización no es tanto un proceso de estructuras y mecanismos, es mas de actitudes’. Es un momento en el que las soluciones creativas deberán adquirir protagonismo. Es momento de buscar alternativas sin aumentar el riesgo de contagio. No todo lo que hacemos contagia. Las palabras no contagian. La comunicación no contagia aún cuando el tiempo apremia. Ya lo sabemos.

Quizás, por fin, una vez finalizada la pandemia, empecemos a abarcar esta cuestión como una parte indispensable de nuestro accionar profesional, no exclusivo de los paliativistas. Quizás asumamos de una vez por todas la conciencia acerca de nuestra propia finitud, la vulnerabilidad que compartimos como seres humanos. Sería un golpe magistral a cierto remanente de ese ego profesional que tan a menudo, a la par de los avances tecnológicos y científicos, y con nuestros delantales blancos -que nos distinguen de los comunes mortales-, nos hace creer que tenemos el poder de curarlo todo.

(*) Abogada (UNMdP) . Lic. en Enfermería (UNMdP) / Miembro del Comité de Bioética HIGA-HIEMI de Mar del Plata / Docente de “Salud del Niño, Niña y Adolescente” de la carrera de Medicina de la Escuela Superior de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata.



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