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Opinión 5 de marzo de 2022

Ay de ti, amada y criminal Rusia

Por Favio Farinella

El asesinato de Fiodor Dostoyevsky a manos de las fuerzas zaristas hubiera privado a la literatura universal de una de sus expresiones más humanas y lúcidas. Su crimen: pertenecer a un grupo literario crítico del régimen. Nuestra suerte: su pena es conmutada por una estadía en Siberia minutos antes de la ejecución. Memorias del subsuelo (The House of the Dead) fue su novela donde relata los años de castigo por pretender ejercer la libertad.

El gran poeta Alexander Pushkin fue también un reformista social y como tal, enviado varios años al exilio. Aún con el perdón del Zar, no podía viajar donde quisiera. Su crimen: sus poemas eran leídos por los revolucionarios de 1825. Hace pocos días, Yelena Osipova, una ciudadana rusa común, de no ser por su edad -92 años- y ser sobreviviente de la batalla de Stalingrado fue detenida en San Petersburgo. Su crimen: manifestarse en contra de la guerra, portando una pancarta casera.

La democracia verdadera, no la que solo se declama sino la respeta verdaderamente las libertades individuales y los derechos humanos de todas las personas, no posee la velocidad de reacción frente a un grupo de personas que deciden cambiar radicalmente el plan de vida de muchos millones de propios y extraños. Independientemente del estado mental de Vladimir Putin y sus ministros, su ambición patológica o aún su megalomanía, el primer eslabón de esta cadena de irracionalidades, es que una sola persona pueda decidir sobre la muerte o la muerte -porque no hay vida en la guerra- de millones de seres humanos. El segundo eslabón genera angustia: el derecho internacional no tiene forma de proveer respuestas efectivas. Esta impotencia atroz tal vez genere un cambio o sume un clavo más en su ataúd -que ya cuenta con varios-.

Cómo no valorar una tierra de incesante cultura, o respetar a un pueblo que ha pasado por sufrimientos indecibles bajo el zarismo, bajo el comunismo, bajo la invasión y ocupación nazi. Cuando tibios aires de libertad comenzaban a sentirse, el frío del autoritarismo llegó para perpetuarse. La reforma constitucional promovida por Putin en junio de 2020, le otorga la posibilidad de permanecer en el poder hasta el año 2036, cuando muchos de quienes lean estas líneas ya no estarán y por supuesto, tampoco los ya cientos de víctimas civiles incluidas niñas y niños -que deben ser protegidos y no ser objeto de ataque militar según el derecho internacional humanitario- que ya han muerto desde la ilegal invasión. Con la ayuda circunstancial de opositores detenidos o muertos, la seguridad de perpetuarse en el poder, probablemente colaboró en la decisión de Putin de continuar el plan de anexión de Ucrania iniciado materialmente con la también ilegal anexión de Crimea en 2014.

Posiblemente el pueblo de Dostoyesky, de Pushkin, de las abuelas Osipova y de tantas otras y otros miles no sea el invasor de Ucrania. Lo hace un ejército profesional que obedece órdenes internacionalmente ilegales y eventualmente criminales que generarán responsabilidad internacional de la Federación Rusa en la medida que la Organización de Naciones Unidas tenga algún grado de intervención efectiva y de sus líderes criminales, si así lo decide la Corte Penal Internacional.

Cronos el dios de la mitología Griega devoraba a sus hijos por miedo a perder el poder. Ay de ti Rusia!, que comes a hijos propios y extraños solo para conservar el poder -mientras la biología humana colabore-. Mientras tanto, las potencias muestran empatía declarativa, la sociedad civil internacional ayuda como puede, las organizaciones no gubernamentales colaboran efectivamente en el campo y los muertos, los muertos que nos lastiman, ellos son sólo ucranianos.