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Cultura 11 de febrero de 2023

Los pasos perdidos de Borges en Mar del Plata: cómo fueron sus clases de 1966

Todos los lunes, el ya célebre escritor venía a la ciudad a dictar Historia de la Literatura Inglesa y Norteamericana a apenas ocho estudiantes, quienes terminaron siendo la primera promoción de graduados de Letras de la Universidad Católica. Los recuerdos de dos alumnas y el estudio de la investigadora marplatense Mariela Blanco para reconstruir al Borges profesor.

Fotomontaje: Diego Romero.

Por Dante Galdona y Rocío Ibarlucía

Entraba al aula, colmada de gente, se sentaba, colocaba sobre el escritorio nada más que un reloj enorme de bolsillo, de esos antiguos, y empezaba a hablar durante tres horas, de memoria, sin libros ni fichas. Recitaba poemas en inglés antiguo, los volvía a recitar en inglés moderno y los traducía al español en el momento. Cada tanto, levantaba su reloj y se lo apoyaba en el único ojo del que veía algo para calcular el tiempo. Hablaba muy bajito y lento, con una voz algo monótona y un ritmo cortado, como la respiración, pero después continuaba. Nadie se animaba a hacer ruidos, comentarios o preguntas.

Así describen a Jorge Luis Borges sus alumnas de las clases de literatura inglesa y norteamericana dadas por el escritor entre abril y septiembre de 1966 en la Universidad Católica de Mar del Plata, entonces ubicada en el Instituto Santa Cecilia. Apenas ocho estudiantes, de los cuales eran siete mujeres y un varón, tuvieron el privilegio de tener a Borges de profesor, todos los lunes durante seis meses. Dos de ellas, Beatriz Inchausti y Marta Villarino, quienes fueron docentes de la carrera de Letras de la UNMdP hasta hace poco tiempo, recuerdan en charla con LA CAPITAL sus experiencias de ese curso que Borges dio ya siendo una figura reconocida a nivel nacional e internacional.

Pocos alumnos, muchos oyentes

“Las clases de Borges eran más bien conferencias. Éramos muy poquitos quienes estábamos cursando la materia, pero el aula se llenaba de alumnos y docentes, especialistas en lengua y literatura inglesa, de Mar del Plata y de la zona, era impresionante. Nosotras odiábamos eso porque queríamos tener un contacto más humano, pero no podíamos hacer nada. Hasta una vez aparecieron Silvina Ocampo y Bioy Casares a escucharlo”, cuenta Beatriz Inchausti.

Borges, que tenía entre 66 y 67 años, se alojaba en un hotel por una noche porque al día siguiente debía estar de regreso en Buenos Aires. Venía en tren, solo, toda una proeza ya que desde 1955 era ciego, aunque algo de visión en el ojo izquierdo le quedaba, lo que le permitía leer la tapa de un libro o consultar la hora. En Mar del Plata lo esperaba un viejo amigo de la vanguardia llamado Homero Guglielmi, “su lazarillo”, un intelectual que fue profesor en la UBA antes de 1955 y que, seguramente por adscribir al peronismo, tuvo que irse de la academia y recomenzar su vida en Mar del Plata, donde publicaba en el diario LA CAPITAL.

La investigadora marplatense Mariela Blanco realiza un minucioso trabajo para reconstruir las clases de Borges en Mar del Plata.

La investigadora marplatense Mariela Blanco realiza un minucioso trabajo para reconstruir las clases de Borges en Mar del Plata.

Recién este año, gracias a los estudios de la investigadora marplatense Mariela Blanco, podremos acceder a sus clases de la UCA, cuyas transcripciones serán publicadas en el transcurso del 2023 en un libro editado por la Biblioteca Nacional. Este trabajo nace en el marco de un proyecto sobre las conferencias de Borges que la doctora en Letras, docente de la UNMdP e investigadora de Conicet viene desarrollando formalmente desde 2015, en conjunto con la Biblioteca Nacional, el Borges Center de la Universidad de Pittsburgh y su grupo de estudios “Escritura e invención” que dirige en el Inhus.

La producción oral de Borges

“Las primeras conversaciones se dieron en 2012 con dos colegas de la Biblioteca Nacional, que son Laura Rosato y Germán Álvarez, que habían hecho la enorme tarea de encontrar, buceando en las estanterías de la biblioteca, y luego recopilar los libros que Borges había leído. Y también encontraron, para su sorpresa, que había dejado anotadas 20 conferencias que había dado entre 1949 y 1955. Como para ver la envergadura que fue cobrando el trabajo, que tuvo que volverse grupal e interinstitucional, hoy en día ya estamos en alrededor de 300 conferencias, es decir, partimos de 20 y llegamos a eso, solamente contando las que dio hasta 1955”, explica a LA CAPITAL Mariela Blanco sobre los orígenes de sus estudios acerca de la producción oral de Borges.

Seguramente por problemas de salud vinculados con la ceguera, Borges no pudo terminar las pocas clases que le quedaban en la Católica. Recuerda Beatriz Inchausti: “Prácticamente terminó el curso, le quedarían dos o tres clases, pero no tomó los exámenes, no le gustaba. A nosotras nos hubiera encantado rendir con él. Dicen que jamás desaprobó a un alumno, supongo que nadie se presentaría sin haber estudiado”.

Por eso, de literatura norteamericana llegó a hablar solamente de Nathaniel Hawthorne y de Edgar Allan Poe. “Este dato -agrega la investigadora- nos permite otra constatación que es que estas clases son la continuación de lo que fueron las conferencias. Porque él en 1949 dio una conferencia sobre Hawthorne, que fue la primera dada en el Colegio Libre de Estudios Superiores, después la publicó en ‘Otras inquisiciones’ y en el ’66 la trasladó a un ámbito universitario más formal. Borges a veces convertía las conferencias y las clases en ensayos, por eso nuestro error inicial fue pensar que iba de la escritura a la oralidad, cuando a veces era al revés. Creo que es más interesante ir de la oralidad a la escritura, como en este caso”.

Una de las alumnas de las clases de Borges en la Universidad Católica, Beatriz Inchausti, junta a la investigadora Mariela Blanco.

Una de las alumnas de las clases de Borges, Beatriz Inchausti, junta a la investigadora Mariela Blanco.

Los rastros de sus clases

Cada uno de los ocho estudiantes transcribió las grabaciones de sus clases, sobre las cuales Inchausti comenta: “Nosotros grabábamos con cinta y después cada uno tenía la responsabilidad de escribir a máquina toda la clase que se había dado. Era una tarea ardua porque como recitaba mucho en inglés, teníamos que buscar los poemas para no cometer errores”. “Las grabaciones no quedaron y eso tiene que ver con lo que se dice en el libro ‘Borges profesor’ (de Martín Arias y Martín Hadis), que es que si tenías una cinta, la regrababas para otras clases. Además, si bien en 1966 Borges era famoso, no era la figura mediática que explotaría en los ’80. Por eso, es interesante pensar qué era ir a escuchar a Borges en el ’45, qué quiere decir escuchar a Borges en el ’66 y qué quiere decir en el ’86”, aclara Mariela Blanco.

En ese grupo de alumnas estaba Graciela Mazzanti, la madre de Mariela Blanco, quien además se desempeñó como correctora de este medio hasta su jubilación. “Para mí, esta investigación tiene una carga emotiva súper fuerte por eso. Crecí escuchando a mi mamá hablando de las clases de Borges, pero como esas cosas que están ahí, como el camello en el Corán, nunca había pensado nada particular para hacer con ese dato, hasta que vino Germán Álvarez una vez y me dijo ‘cómo no buscás las clases de Borges en Mar de Plata’”, comparte, emocionada, la investigadora.

Así empezó la búsqueda de los rastros que quedaron de su curso en Mar del Plata. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca de la Universidad Católica, que aunque ya no existe se conserva su archivo. Sin embargo, no tuvo suerte: no quedaron registros y hasta le dijeron que Borges nunca había estado en la Católica. A pesar de esta decepción, su segundo paso fue ponerse en contacto con las excompañeras de su mamá, que habían sido profesoras de ella en la UNMdP o a quienes conocía desde muy chica. Una de ellas, Celia Pérez Mathiasen, tenía las transcripciones de las clases conservadas de forma muy meticulosa.



Blanco pudo recuperar que Borges tenía “una retórica mucho menos trabada en relación con las primeras conferencias. Acá encontramos una explotación de la oralidad muy linda. Usa muchos coloquialismos, apela a la repetición, que me hace acordar a estos temas que tanto le gustaban de las ‘kenningar’. Tiene una hiperconciencia de la oralidad, porque ya también la ha estudiado en las literaturas anglosajonas que le interesaban”.

Borges profesor

“Como yo también soy docente, lo primero que me pregunté es cómo preparaba sus clases Borges. Y las preparaba como un lector crítico, como un lector-escritor preocupado por sus obsesiones. Es decir, él tiene varios ensayos dedicados a cómo crear realismo, cómo crear verosimilitud y habla de los detalles circunstanciales, por ejemplo, en ‘El arte narrativo y la magia’. Él para sus clases también buscaba en cada texto esos mismos detalles y los exponía. Entonces, se ven esas conexiones entre el Borges lector, el Borges escritor que crea una teoría de la ficción y que también la aplica en su modo de leer y compartir lecturas con los estudiantes. Esto marca que no es tan escindible el Borges conferencista del Borges profesor o del Borges que crea ficciones. Él estaba en una búsqueda y era una sola”, dice Mariela Blanco para explicar la red de conexiones entre oralidad, escritura y lectura.

“De hecho, en 1966 dio simultáneamente las clases en Mar del Plata y en la UBA (donde enseñó entre 1956 y 1966) y en ese mismo año publicó ‘Introducción a la literatura inglesa’, que es más semejante a las clases de Mar del Plata que a las de Buenos Aires”, advierte y agrega: “Entonces, cuando uno dice cómo pudo hacer tanto, al pensarlo como un escritor que está trabajando siempre en un mismo proyecto, entiende cómo fue posible. Y eso es lo interesante ahora de poner a dialogar todos los materiales en simultáneo o, mejor, primero juntar las piezas y ahora empezar a armarlo”.

Por otro lado, también Borges dejó escritas las estructuras de algunas de sus clases: “Como sabía que se iba a quedar ciego -resalta Blanco-, lo que él hacía muy detalladamente antes de 1955 era dejar la estructura de las clases que después repetiría y también las fuentes que consultaba. Con lo cual ahora se puede reconstruir la biblioteca de Borges, sin especular, desterrando ese mito falso de la crítica de las citas apócrifas, lo que abre un nuevo campo de estudios que obviamente nos excede y que va a llevar años y años”.

“Borges empezó a escribir a los 7 años y ya lo hacía bien, tradujo, escribió cuentos, ya era el Maradona de la escritura. Pero en la oralidad no pasó lo mismo. Pensemos: Borges empieza a dar conferencias a los 46, 47 años. Tenía miedo a hablar en público, hasta cierta tartamudez, por lo que hace psicoanálisis para vencer el miedo. Pero él se puede desarrollar como orador, lo que le permite hacer otras cosas que antes no hacía, como ser conferencista y, después, convertirse en el Borges profesor”, agrega Blanco.

El desafío de hablar en público

El camino que Borges emprende como orador comienza en 1946, cuando renuncia a su cargo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané a causa de su oposición a la presidencia de Juan Domingo Perón y, por necesidades económicas, se ve obligado a enfrentar los desafíos de un nuevo trabajo, que es hablar en público.

En sus primeras conferencias, las dadas antes de 1955, el grupo de investigación “Escritura e invención” confirmó que Borges de manera alegórica exponía su oposición al peronismo. En este caso, en 1966 también hay un diálogo con el contexto político, aunque de una forma muy diferente, como aclara Blanco: “Pasamos de tener un intelectual polemista con el régimen peronista a ser el intelectual orgánico después de la ‘Revolución Libertadora’, del nombramiento en el ’55 como director de la Biblioteca Nacional. Entonces, en el ’66 ya tenemos a un señor que es una institución, así que obviamente su lugar era muy distinto y tampoco olvidemos la proyección internacional. Cambia mucho la dinámica del ’60 en adelante, cuando dará clases en universidades de Estados Unidos, acá y en la UBA. Y empieza a tener premios hasta que renuncia a la Biblioteca Nacional y ese es otro gesto evidentemente político. Yo creo que la política nunca está desvinculada de cada cosa que Borges hace, pero obviamente no la lleva con ese grado de lo contestatario que tenía con el peronismo”.

Además de las clases de Mar del Plata que van a salir en formato libro, el resto de las conferencias estarán disponibles en centroborges.bn.gob.ar (Centro Borges de la Biblioteca Nacional) y en borges.pitt.edu (Universidad de Pittsburgh). Actualmente, ya pueden consultarse en ambos sitios las conferencias relevadas hasta 1955.

También, desde los proyectos de investigación dirigidos por Mariela Blanco, lanzaron el año pasado un casting destinado a oyentes de las charlas de Borges, trabajo que se podrá ver en un documental realizado en conjunto con la Biblioteca Nacional.

Yo escuché hablar a Borges

Si asististe a las clases de Borges en la Universidad Católica en 1966 o lo escuchaste hablar en otras conferencias, podés colaborar compartiendo tu experiencia a través del correo [email protected].

 

“Yo me escapaba de otra clase para escucharlo”

Entre los asistentes a las clases de Borges en la Universidad Católica, estaba Marta Villarino, una alumna de otra promoción que prefirió escaparse del curso de literatura italiana para escuchar al autor de “Ficciones”. En entrevista con LA CAPITAL, recuerda qué temas desarrolló, cómo era su voz y cuánto impactó en su experiencia docente.

-¿Cómo fue su experiencia como alumna de Borges?

-Se supo a principios de la cursada que Borges había sido contratado para dictar literatura inglesa. En el horario en que daba clases Borges, yo cursaba literatura italiana, procuraba que no me viera el profesor y me escapaba. El curso estaba atiborrado. Se publicitó en toda Mar del Plata y la zona y además corría de boca en boca porque fue en un momento en que Borges tenía una difusión internacional muy importante, estaba consiguiendo premios, publicaba mucho, llamaba la atención. Fue realmente una experiencia rarísima porque yo no era su alumna, iba como oyente, con muchísima curiosidad para escuchar de qué hablaba. Algunos grababan con el Geloso (antiguo grabador de cinta), ponía el micrófono y aparecían otros que se iban colgando a la red y era una maraña de cables, y el pobre hombre tenía siete u ocho micrófonos delante.

-¿Quién hizo los arreglos para que venga?

-Lo llevó el rector de ese momento que era el doctor García Santillán y que habían sido amigos desde la juventud, iban a ver teatro juntos, a reuniones literarias. García Santillán creo que era mayor, era un maestro, una delicia de persona. La primera vez lo presentó como su amigo poeta y lo dejó. Me dio una impresión muy extraña porque se lo veía muy frágil, con bastón, muy elegante, muy bien peinado como las típicas fotos con el pelo hacia atrás. Nos saludó y dijo: “Yo no los veo pero sé que están ahí”.

-¿Qué recordás de las temáticas de esas clases?

-Era desde el primer libro de la literatura inglesa que es el “Beowulf”, el poema épico, hasta escritores contemporáneos de principios del siglo XX. Siempre contaba un poco la biografía pero sobre todo la obra. Era un maestro enseñando porque realmente a uno le despertaba la curiosidad por saber quién era esa persona, qué había escrito, por qué lo mencionaba Borges. Porque si lo mencionaba era por algo particular, o era una imagen, a veces las palabras, el uso del lenguaje, el ritmo. Y su ritmo era un poco extraño, como vemos en los videos que hay, un poco anhelante y siempre esperando respuesta.

Marta Villarino fue alumna de Borges en Mar del Plata y recuerda aquellas clases magistrales.

Marta Villarino fue alumna de Borges en Mar del Plata y recuerda aquellas clases magistrales.

-¿Le ayudaron las clases de Borges para su profesión?

-Yo no seguí literatura inglesa, me dediqué a literatura española. Dicté clases veinticuatro años en la ENET Nº1. Imaginate ir a un curso de electromecánica, de química o de electrónica a dar dos horas semanales de literatura. ¿Cómo incentivarlos en la lectura? ¿Cómo hacerles disfrutar? Cuando empecé un curso, un alumno empezó con que él quería ser mecánico, que para qué servía la literatura, decía cosas como “seguro nos va a hacer leer a Borges” y yo “sí, claro” y él “que ese viejo…” y yo “momentito, que fue mi profesor”. Ahí empezaba la curiosidad y les contaba la historia.
Un año particularmente complicado, porque daba clases los viernes en la última hora, llevé bolsas con todos los libros de cuentos que había en mi casa. La consigna era que lean, que eligieran lo que quieran. Había desde los cuentos más simples hasta toda la obra de Borges. “¿Quién se anima?” Y el chico que menos esperaba, que era el que más le costaba, me dice “profe, deme algo de Borges, pero algo liviano porque ya sabe cómo soy yo que mucho no entiendo”. Le di algo para empezar, estuvo todo el viernes leyendo, llega el miércoles y otra vez las bolsas con los libros. “¿Qué nos va a pedir?”. “Ustedes lean. Lo mismo o elijan otra cosa”. Y el alumno me pide el mismo libro. Y ahí empezó con los compañeros: “Mirá, tenés que leer esto”. Un lector que se apasionó por Borges, entendiéndolo seguramente a medias, pero no me importaba porque después multiplicaba las lecturas.

Eso para mí fue muchísimo, al punto que un año, no me acuerdo si fue ese grupo u otro, me piden que los acompañe a la Feria del Libro. En un momento, aparecen dos chicos corriendo, desbocados y me llevaron corriendo a la salida: venía Borges caminando del brazo de una señora que yo no conocía. Yo lo miraba pasar como un dios, viendo un prócer, un mito. Uno de los chicos me pide que le hable y como yo no quería, me empujaron. Quedé en frente de Borges, así que le tuve que hablar: “Profesor, ¿cómo está? Yo asistía a sus clases de literatura en la Universidad de Mar del Plata”. Me dijo: “Los recuerdo con tanto afecto”. Era una persona normal, eso es lo que veían los chicos también, que no era un bronce. También me dijo que ese día firmaba ejemplares y me preguntó por el rector y no me animé a decirle que ya había muerto. Cuando vamos a la Feria, estaba firmando libros Borges solo. Yo había comprado el libro que escribió con Sábato (“Diálogos”). Le pasé el libro y él con la mano aplanó la hoja y dibujó una firma, era un gesto que siempre hacía. Eso para mí fue histórico.