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Cultura 4 de octubre de 2026

Ana Suy, psicoanalista: “Buscar amor y toparse con la soledad es una condición de la vida humana”

La escritora brasileña conversa con LA CAPITAL sobre la fantasía de la “media naranja”, las apps de citas, la lógica del consumo y los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres, y plantea por qué aceptar la diferencia es una condición para amar.

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Ana Suy es psicoanalista, docente universitaria, investigadora y escritora.

Por Rocío Ibarlucía

¿Será que el amor es regalar al otro la propia soledad?”, reflexiona Clarice Lispector, la escritora favorita de Ana Suy. La pregunta aparece al comienzo de Buscamos el amor y nos topamos con la soledad (Paidós), el libro en el que la psicoanalista brasileña explora una paradoja que atraviesa la experiencia amorosa: buscamos a alguien para dejar de estar solos, pero la soledad no desaparece cuando llega el otro.

El amor contiene soledad se titula, justamente, el primer capítulo. Desde allí, Suy se propone revisar algunas de las ideas más arraigadas sobre los vínculos, pero lo hace lejos de un lenguaje académico. “Escribo como hablo”, dice, y el libro adquiere así la forma de una conversación en la que conceptos del psicoanálisis se entrelazan con escenas y experiencias de la vida cotidiana.

La literatura y la música son parte fundamental de ese diálogo. Clarice Lispector, Charles Baudelaire, Caetano Veloso, Nando Reis, Lewis Carroll, Luís de Camões y Marguerite Duras, entre otros, aparecen a lo largo de las páginas para pensar aquello que las palabras del psicoanálisis intentan nombrar. Pero es Lispector, con su manera lúcida de pensar el amor, la autora a la que Suy vuelve una y otra vez.

La soledad, desde esta perspectiva, no es necesariamente aislamiento ni sufrimiento. Es una experiencia inevitable de la vida humana: podemos estar solos aun estando con alguien. Reconocerlo, sostiene Suy, no empobrece el amor, sino que permite pensarlo de otra manera. Quizás por eso propone “rimar amor con soledad, y no amor con dolor”.

Resultado de su tesis doctoral y bestseller en Brasil, el libro también pone en cuestión la fantasía de la “media naranja”, la búsqueda de una pareja que llene aquello que nos falta y la idea de que existe alguien capaz de despertar nuestra “mejor versión”. Frente a esas expectativas, Suy plantea que amar supone encontrarse con un otro que no somos nosotros, y que esa diferencia puede resultar incómoda, frustrante y, al mismo tiempo, necesaria.

A propósito de la presentación del libro en la Argentina, junto a Gabriel Rolón, Suy conversó con LA CAPITAL sobre las formas contemporáneas de vincularnos y de la necesidad de aceptar que el otro es precisamente otro.


“En el amor necesitamos soportar la diferencia para poder crear una relación con el otro. El otro es otro y tiene que seguir siendo otro”.


—¿En qué momento de la investigación comprendió que la soledad no era lo contrario del amor, sino una parte constitutiva de esa experiencia?

—En el psicoanálisis es un concepto muy diseminado, como si fuera algo bastante obvio, a diferencia de lo que existe en la cultura, que ahí sí es una novedad. Entonces fue uno de los disparadores de mi deseo de escribir y busqué una forma de comunicar todo esto más accesible para el público amplio. En la teoría lacaniana, él lo describe así: la relación sexual no existe. Y los psicoanalistas se pasaron años y años estudiando esta afirmación sin entender a qué se refería. Para mí, una buena forma de decir eso era el propio título del libro: Buscamos el amor y nos topamos con la soledad. El libro básicamente lo que hace es explicar el título, porque el título es un spoiler. Lo que se concluye con la lectura del libro es justamente el título. Ahí está la broma, en ese doble sentido. Cuando empezás a leer parece que es una pena: “¡Oh, pobrecitos nosotros que necesitamos amor y nos topamos con la soledad!”. Pero al final esto gana otro significado, de una manera más simple: buscar amor y toparse con la soledad es una condición de la vida humana.

Buscamos el amor

—De hecho, el libro nos hace entender que no necesariamente es algo malo. ¿Qué perdemos cuando pensamos que estar solos es malo?

—Yo creo que perdemos la vida, porque estar solo es algo que nos pasa todo el tiempo, incluso podemos estar solos estando con alguien, y a veces estamos solos solos. Y a veces es con sufrimiento, otras veces no. Pero cuando entendemos que estar solos no es una opción, incluso estando con otro o no, eso cambia no solo la relación que tenemos con la soledad, sino especialmente la relación que tenemos con el amor. Y parece que esto puede ser que el amor quede más triste, pero la verdad es que hace que el amor quede más feliz.

Contra la ilusión de la “media naranja”

—Hay una idea muy instalada de que una pareja debería venir a completar aquello que nos falta. ¿Por qué nos cuesta tanto abandonar esa ilusión de la “media naranja” y qué efectos tiene sobre nuestras relaciones seguir buscando en el otro aquello que sentimos que nos falta?

—Es difícil abandonar esa idea porque la gente abandona con ella la idea de que podríamos ser completos. Pero no sabemos lo que sería ser completos. Es una ficción que construimos, como los cuentos de hadas que apuntan a que existe esa idea del “fueron felices para siempre” y la historia termina ahí. Pero nuestra vida continúa. No es que los “felices para siempre” no existan, es que la historia sigue, entonces el “para siempre” deja de existir. Si vamos a seguir con una historia, necesitamos nuevos problemas, nuevos dilemas para justificar la historia. Yo creo que también es algo que viene de la imaginación, especialmente cuando hablamos de las niñas, de las mujeres de nuestra generación, que escuchaban las historias de las princesas de Disney, como Cenicienta, Blancanieves, La Sirenita, La Bella Durmiente, que en Disney muchas veces es una relectura de las historias originales, justamente para traernos esta idea de que estaríamos totalmente completas cuando el príncipe se enamorara de nosotras.


“Vivimos en una sociedad en la que ya no existimos como sujetos, como personas, sino como consumidores”.


Y hoy es distinto respecto de las historias que las niñas y niños tienen acceso, porque hoy hacen otras cosas de sus vidas, no solo quedarse esperando que venga el príncipe. Incluso, en Shrek, Fiona elige ser ogra en vez de ser princesa. Y eso le permite tener ese amor por el otro y tener hijos ogritos. Por eso no tenemos solo una versión de la película, sino dos, tres, cuatro porque la historia continúa. Entonces, si queremos que nuestra historia continúe, tenemos que soportar esa falta de completitud.

El amor en la era del consumo

—En el libro aparece una crítica a la lógica contemporánea que convierte el amor, la salud mental y hasta los vínculos en objetos de consumo. ¿De qué modo impacta la cultura del consumo en nuestras maneras de amar?

—Sí, este es un problema gravísimo que ni siquiera sabemos actualmente cómo resolverlo en su totalidad. Tal vez si pudiéramos al menos estar levemente advertidos al respecto, esto podría darnos algún margen de libertad para cada uno de nosotros, un poquitito aunque sea. Porque vivimos en una sociedad en la que ya no existimos como sujetos, como personas, sino como consumidores. Solo valemos si consumimos, entonces nos identificamos con eso y nos relacionamos con el otro, buscando al otro como un producto que pudiéramos consumir y nos ofrecemos como un producto a ser consumido por el otro. Y lo que consumimos se termina, se consume, ya está. Entonces eso se transforma en un problema de objetivación de las personas, un problema de discurso, de lenguaje amoroso, en el que creemos que el otro tenía que ser alguien que iba a despertar nuestra mejor versión, que yo pudiera ser alguien que despertara la mejor versión, ignorando que en el amor nos vamos a encontrar con ambivalencias.

El psicoanálisis dice que no existe amor sin odio. No existe amar y ser completo porque amar de alguna manera también es odiar. El tema es que odiamos muy mal. Porque la diferencia no tiene ese espacio en nuestra cultura. Entonces, cuando aparece la diferencia, se da la cancelación, cuando se bloquea el otro, cuando se dice “¡ay, qué horror, no puedo hablar con esta persona!”. Y en el amor necesitamos soportar la diferencia para poder crear una relación con el otro. Y esto es trabajoso porque es estar advertidos de forma constante de que el otro es otro y tiene que seguir siendo otro. Porque si el otro se reduce a un objeto para mi propia satisfacción, por más que yo pueda querer eso y pedir eso, en efecto, lo que sucede es que se termina el amor. Porque amamos con el inconsciente. Entonces, muchas veces puede no gustarnos la persona que amamos y eso es un problema terrible. Pero somos humanos y tenemos inconsciente y con él amamos.

—Apps de citas, redes sociales, algoritmos y vínculos cada vez más mediados por pantallas: ¿estas nuevas formas de relacionarnos modificaron el modo en que toleramos la incertidumbre y la espera que requiere el amor?

—Yo creo que las apps, en términos generales, hicieron que las personas se vuelvan adictas de encuentros imposibles. Entonces muchas personas hacen muchos encuentros que terminan siendo encuentros vacíos porque simplemente confirman: “no, este no es, este no es, este no es”. Y acaba no siendo porque ya tienen la próxima cita preparada y la próxima y la próxima. Entonces termina siendo casi imposible que las personas puedan involucrarse de verdad. Además, hay una otra satisfacción que va más allá del encuentro carnal, que es ese placer de estar ‘escroleando‘. A veces nos quedamos dos horas buscando qué película ver el viernes a la noche y al final no ves nada y te quedás con esa sensación de que no hay nada para ver. En las apps de citas muchas veces pasa lo mismo. La captura está mucho más marcada por la idea de que vas a encontrar a alguien que del propio encuentro. Porque el encuentro tiene que ver con la realidad y la realidad siempre es limitada. La fantasía es muy seductora porque el otro es maravilloso y es difícil salir de eso. Y el amor, en cuanto a realización amorosa, se diferencia de la fantasía amorosa. Ese es un gran problema que tenemos de poder vivir el amor porque vivir el amor implica poder perder la fantasía de lo que el amor era.

Mujeres, autonomía y nuevas formas de vincularse

—¿Cómo ha cambiado el amor con la conquista de los derechos de las mujeres en los últimos años, cuando, por ejemplo, empezamos a poder elegir no quedarse en una relación por mandato o romper con “hasta que la muerte nos separe”?

—Yo creo que ese es un problema óptimo. Obviamente, no deja de ser un problema ni un sufrimiento. Es un gran tema que nadie sabe cómo resolver, pero yo prefiero ese sufrimiento al sufrimiento de vivir una vida que no elegiste en primera persona, que fue decidida por otros y que muchas veces ni siquiera pasaba por la cabeza de las mujeres que querían otra cosa. Por eso yo creo que el psicoanálisis nos ayuda tanto a pensar en el amor porque el psicoanálisis nació a partir de la escucha de Freud de esas mujeres que se referían al sufrimiento que tenían en el cuerpo, porque ni siquiera podían darse cuenta de saber racionalmente qué es lo que les estaba pasando. Ni siquiera podían decir que querían separarse, por ejemplo. Y el psicoanálisis nació para que ellas pudiesen saber qué les estaba pasando, qué estaban pensando, qué deseaban y que pudieran con esto darle otro destino a sus vidas.

Y hoy en día incluso el psicoanálisis sirve mucho en ese sentido para ayudarnos, no solo a mujeres por supuesto, a darnos cuenta de qué queremos para nuestra vida, porque la forma en la que constituimos la idea de quiénes somos se hace a través del lazo con otros. Entonces no podés separar completamente lo que el otro quiere para vos, lo que la sociedad quiere para vos, de lo que vos de hecho querés para vos, porque nuestro propio querer está hecho también de esos otros quereres.

Y con la llegada de las mujeres al mercado de trabajo y la posibilidad de tener acceso al mundo financiero, al capital, a los apellidos paternos-maternos, a tener la opción de elegir o no casarse, a tener una relación heterosexual, a ser o no madre, a llevar una maternidad sola o en pareja. Parece muy bueno porque tenemos muchas opciones, pero al mismo tiempo no es verdad porque no tenemos tantas opciones. Primero, porque la sociedad sigue estando marcada por el machismo y, segundo, porque nuestro cuerpo también es limitado, nuestras condiciones biológicas son limitadas. Aunque la ciencia y la tecnología avancen, la vida humana sigue siendo limitada. Entonces hemos descubierto una serie de angustias nuevas, por eso decía que creo que es un problema pero es un problema que no deja de ser bueno.

—¿Qué aspectos crees que todavía debemos cambiar de la educación sentimental tradicional que hemos recibido?

—Yo creo que estamos caminando en esa dirección. El problema de la vida humana es que cuando damos un paso para adelante, siempre hay alguien que quiere dar el paso para atrás, o mejor, das un paso adelante y hay gente que nos empuja para dar dos pasos para atrás. Aun así, yo creo que hemos avanzado en ese sentido porque muchos de los hombres se preguntaron cuál es el lugar de la mujer en su vida e intentaron sacar a la mujer de ese lugar tan objetificado, como si vivieran solo para seguir cuidando de la existencia de ellos.

Entonces es un tema delicado. Hay mucha angustia también en ese camino, pero hemos podido hablar con los niños y niñas, y decirles que existen diferentes formas de vivir. Y lo más importante es que los niños y niñas también están viendo a los adultos vivir de otra manera. Una mujer que sale de un matrimonio malo ya no tiene que explicarle tanto a su hijo o hija, porque lo ve, porque es testigo de estos cambios que van surgiendo.

“Vivimos en una sociedad en la que ya no existimos como sujetos, como personas, sino como consumidores”.

Ana Suy: “Tanto Freud como Lacan dicen que a donde llegaban con el psicoanálisis, un poeta ya había estado allí antes que ellos”.

El amor también tiene que incomodar

—Frente a los discursos que prometen vínculos “sanos”, “seguros” y libres de conflicto, el libro reivindica cierta infelicidad o incomodidad en una relación. ¿Por qué necesitamos recuperar el derecho a que el amor también nos incomode?

—En este sentido, Freud dice que el amor aparece en un segundo tiempo. En un primer tiempo lo que aparece es el odio y él dice esto para referirse a la constitución de nuestro psiquismo, porque cuando nace el bebé no sabe que él y el otro son personas separadas. Para construir la idea de quién es él y quién es el otro, va a tener que reconocer una separación y esto no se da de forma placentera. Por eso Freud dice que el odio es anterior porque primero tengo que separarme y el odio es una forma de separación. Y es sólo a partir de ahí que el amor empieza a tener sentido porque el amor es el deseo de hacer uno. Yo solo puedo desear eso si yo no soy uno con el otro. Entonces en el amor no sabemos de esa diferencia. En el amor yo creo que el otro soy yo. Y cuando me siento amado, el otro también piensa que soy parte de él y me cuida por eso y esto es hermoso. Pero el amor hace parecer que el odio fue eliminado, lo cual es una ilusión porque el odio es un nombre para la diferencia. En algún momento el otro me tiene que mostrar que está ahí todavía, que no se convirtió en yo.

Entonces ahí empezamos este embate porque yo quiero que el otro piense como yo, me trate como yo lo trataría a ese otro y yo soy otro para ese otro también. Pero estamos en una versión del amor como si de alguna manera fuéramos uno con el otro, entonces cuando aparece una diferencia, es porque no era amor, es porque fracasó. Vivimos en un lugar donde no hay intercambio porque uno finge que era lo que quería el otro y el otro era lo mismo. Entonces a fin de cuentas te quedas con una sensación de vacío. Si yo finjo que soy algo para ser amado, aunque sea amado, yo no me voy a sentir amado porque no estoy siendo amado por mi manera de vivir; estoy siendo amado por un esfuerzo que estoy haciendo, no por lo que soy de hecho. Y cuando el amor se balancea, ahí aparece el odio y parece que el amor se transformó en odio.

Pero Freud señala que el odio siempre estaba ahí, pero el amor hace que no te des cuenta que estaba ahí el odio. Y cuando aparece el odio, no sabemos lidiar con él, porque no es algo a lo que le prestamos atención. Creo que muchas veces el odio se vuelve insoportable, se queda algo desconectado y se transforma en violencia. Necesitamos intimidarnos con el odio para poder hacer de él palabra, para poder encadenarlo al lenguaje, hacer algo con él. Ahí es productivo.

“Nadie lo plantea mejor que los poetas”

—Cada capítulo de tu libro empieza con citas de la literatura, la música. ¿Qué te ha ofrecido el lenguaje de la poesía para pensar el amor?

—Tanto Freud como Lacan dicen que a donde llegaban con el psicoanálisis, un poeta ya había estado allí antes que ellos. Entonces el psicoanálisis tiene una relación muy íntima con el arte, con un intento de hacer una cierta ciencia del arte. Porque en el arte va a existir un vacío, los artistas hacen que exista un cierto vacío. El amor también es eso que hace existir cierto vacío. Queríamos llenar ese vacío, pero lo que tenemos que hacer es darle un contorno a ese vacío para los encuentros amorosos. Y nadie lo plantea mejor que los poetas. Por eso yo suelo decir que aprendo mucho del psicoanálisis leyendo literatura, especialmente a mi escritora favorita, que es la brasileña Clarice Lispector. En el texto El huevo y la gallina, ella dice que el amor es no tener, es pobreza, el amor incluso es la desilusión de lo que se pensaba que era amor. Yo creo que esta es una clave de lectura excelente para poder vivir las relaciones, para poder desapegarse de la fantasía imaginaria de completitud y poder soportar la frustración que es la realidad, que es condición para disfrutar de las alegrías de la vida, sobre todo en el amor.