Cultura

Belén Torras: “Porque el olvido trabaja cotidianamente es importante contar historias todos los días”

La narradora oral visitará Mar del Plata para participar de las Jornadas Literillia 2023 con un taller y el espectáculo "Los hilos de la memoria". En charla con LA CAPITAL, analiza el oficio ancestral de contar cuentos, destaca su importancia en la sociedad actual y adelanta detalles de su obra sobre identidades recuperadas.

Por Rocío Ibarlucía

Solo una voz que cuente historias y alguien dispuesto a escuchar es lo necesario para que ocurra el acontecimiento: personas en un mismo tiempo y espacio cautivadas por el arte del relato oral. Gestos, miradas, silencios, entonaciones y movimientos acompañan esa voz para dar vida a las historias escritas por otros. La narración oral es una forma de compartir la literatura, de salir de la soledad del libro para convidar textos en comunidad. Con ingredientes de las letras, el teatro y el cine, el lenguaje del narrador crea y recrea mundos imaginarios para conmover a sus oyentes, despertar curiosidad, invitar a la lectura y hacer memoria.

A este ritual ancestral de la narración oral, inherente a la necesidad humana de comunicar y compartir la palabra poética con otros, dedica su vida, con pasión, Belén Torras, quien además es formadora de docentes, especializada en literatura infantil y juvenil. Durante el 31 de agosto, 1 y 2 de septiembre estará en Mar del Plata para participar como invitada en el Primer Encuentro Nacional de Narración Oral, en el marco de las Jornadas Literillia 2023, donde estará dando la conferencia de apertura, dictando un taller y presentando su obra teatral “Los hilos de la memoria”, el viernes 1 de septiembre a las 22 en el Séptimo Fuego (ver más información en “Llegan las Jornadas Literillia”).

Estrenado en 2014, el espectáculo de narración oral protagonizado por Torras teje una trama a partir de textos literarios de las autoras argentinas María Teresa Andruetto, Paula Bombara, Mercedes Pérez Sabbi e Iris Rivera. Las historias escogidas, que abordan la restitución de identidades desde una mirada infantil, cobran protagonismo gracias a una puesta en escena despojada para darle prioridad a la palabra. Como describe la propia actriz, “una escenografía tejida, tres sillas y unos ovillos es todo lo que vas a ver. El resto lo crea la voz desde la silla, porque la escuela de narración de la que yo vengo y propongo tiene que ver con la silla como espacio creador. Desde una silla puedo crear todo el universo”.

En entrevista con LA CAPITAL, Belén Torras explica, con voz pausada, honda y a la vez conmovedora, los motivos por los cuales elige el arte de la narración como modo de vida, como medio para incentivar la lectura a chicos y grandes, como “espacio para ser” y como sostén de la memoria de un pueblo, que necesita seguir escuchando “historias” en lugar de “discursos”.

Escena del espectáculo “Los hilos de la memoria”.

-¿Cómo empezó tu acercamiento al mundo de la narración oral?

-Fue a través de los libros. Trabajaba en una editorial como asesora pedagógica y parte de mi tarea era capacitar a las docentes sobre los libros de texto y también lo hacía con los libros de literatura. Obviamente, los leía primero para después contar de qué iba cada novela y me daba cuenta de que los docentes cada vez escuchaban más las historias que otra cosa. Un día en el Malba la editorial hizo entrega del premio Barco de Vapor a Laura Escudero, escritora cordobesa. Y en esa ocasión, en el escenario apareció una mujer vestida de negro, una sillita y una luz, empezó a contar y se hizo silencio. Fue tan emocionante escucharla, recuerdo aún hoy el pedacito que ella narró, que le dije al gerente que estaba al lado mío: “Yo quiero hacer eso”. Ya había estudiado teatro, clown, guion cinematográfico, caracterización en el Teatro Colón, pero no encontraba mi lugar en el mundo. Y cuando la vi a Ana María Bovo supe que quería hacer eso. Me fui a estudiar con ella y desde entonces empecé a contar cuentos.

-¿Por qué elegiste este lenguaje frente a tantos otros que venías estudiando, como el teatro, el cine, la escritura? ¿Qué es lo que te cautivó de la narración oral?

-Me impactó emocionalmente. Supe que era el espacio para ser. Era y es la narración el espacio perfecto, porque está a medio camino entre el teatro, el cine y la literatura, es el espacio donde la historia, como en ningún otro lugar, cobra vida, tiene sentido. En la escena la voz toma el mando, desaparece la persona y aparece la historia. Cuando se está en escena contando, lo único que es válido es la historia. Es necesaria la complicidad del oyente, porque se necesita tanto de quien cuenta como de quien escucha para que la historia funcione.

-¿Cómo definirías el arte de narrar?

-Creo que la narración oral es el arte más antiguo, es el arte primero, el que permite contar lo que no está ahí. Y permite que quien escucha vea lo que no existe. Es un estadío maravilloso porque tanto quien cuenta como quien escucha están en un tiempo y en una historia que no está ahí. Se está construyendo un tiempo distinto.

-A diferencia de la lectura que es un acto intimista y solitario, la narración oral le da un sentido colectivo a la literatura. Tiene algo del ritual del encuentro que genera el teatro, ¿no?

-Tiene el convivio propio del teatro. La narración rompe con ese acto intimista porque le da a la lectura un destino escénico, por eso es necesario el trabajo sobre el texto para la edición, porque ese pacto intimista que supone la lectura tiene un tiempo interno en el que el lector puede ir y venir sobre el texto. En cambio, cuando se lleva el texto a escena, hay que editarlo para la oralidad, para que ese texto sea susceptible de ser puesto de escena. Así como se edita para llevarlo al teatro, al cine, también se edita para narrarlo.

“Creo que la narración oral es el arte más antiguo, es el arte primero, el que permite contar lo que no está ahí. Y permite que quien escucha vea lo que no existe”.

-¿Cómo se adapta un texto para ser narrado?

-Lo primero que hay que entender es que el lenguaje literario para ser representado en forma oral requiere de cierta adecuación, pero utilizando las mismas palabras del autor. Hay que tomarse el tiempo para contar de forma tal que quien escucha pueda ir construyendo aquello que voy contando. Hay que trabajar cierta linealidad, la aparición de los personajes, se debe dosificar el panorama de la conciencia, hay que poner una dosis adecuada de descripción y acción, que es lo que tracciona la historia hacia adelante. Un oyente no puede escuchar cuatro minutos de descripción. Abelardo Castillo decía que toda sintaxis es una concepción del mundo. Hay que fijarse que en la oralidad la sintaxis funciona distinta a la destinada a la escritura. Hay que ver que se priorice el objeto o la persona, esa enunciación también es importante. Ciertas palabras escritas funcionan de una forma pero en la oralidad funcionan de otra. Por ejemplo, Borges tiene un cuento donde dice “Ella ya no era la que sería”. Si yo lo leo, es precioso; pero si yo digo oralmente “ella ya no era la que sería”, quien escucha enseguida piensa en “quesería”, en friambrería. Entonces, es importante cómo funcionan las palabras en la escucha. También se hace un trabajo de adaptación de los diálogos. Ursula Le Guin decía que hay diálogos que son una sucesión interminable de rayitas. Virginia Woolf, por ejemplo, cuando escribía los diálogos los decía en voz alta, ella se bañaba y decía los diálogos en voz alta y bajaba y le preguntaba a la sirvienta si el diálogo se entendía.

-Entonces, ¿el narrador es un intérprete, un adaptador y al mismo tiempo un creador, porque está generando un nuevo texto?

-Sí, sobre todo es un respetuoso, es muy importante esta palabra, porque si yo voy a trabajar la edición para la oralidad, voy a respetar la pluma, la poética del autor, el tiempo. Si la historia sucedió en Francia en 1800, no sucede en Santa Teresita en 1973.

El narrador busca escuchar, mirar y pensar la palabra en la escena, la esencial, poética o reflexiva. Las palabras nos dan la posibilidad de comprender aquello que nos rodea y la escena es uno de sus espacios naturales. Se narra con la voz, la mirada, el cuerpo, las manos. Todo nuestro cuerpo cuenta.

La edición es una tarea compleja y sutil. Tenemos ante nosotros una pieza literaria y tenemos que elegir qué parte del texto va a ser contado, qué parte de él va a ser pasada al campo de lo escénico o corporal, cuánto del texto quedará como sustrato, qué parte dejaremos para que sea completada por el espectador. La narración para mí está a medio camino entre el teatro, el cine y la literatura. Gustavo Fontán, que fue el adaptador de Juan José Saer al cine, decía que toda adaptación implica un doble signo: un acto de amor hacia un texto literario y un acto violento por el rompimiento que se necesita para convertir el texto en otra cosa.

“Me parece que contar memoria es en mi caso una obligación, una deuda moral con nuestra historia”.

-¿Cuál creés que es el rol del narrador en nuestra comunidad y sobre todo durante la infancia?

-Yo creo que hoy es un rol fundamental. La oralidad es un saber general, que se ejercita desde la infancia. Hoy creo que hay cierta pérdida de la oralidad, se aprecia sobre todo en las primeras infancias, en el vocabulario que utilizan, que es pobre y neutro. Como decía María Elena Walsh, se ha dejado a las infancias al cuidado de una niñera perversa que no conoce de poética: la televisión. Se ha perdido el encuentro con la palabra en ciertos hogares y las personas somos seres hablados, contados.

Michèle Petit dice que en todas las culturas se aprende primero la música de la lengua, es la más temprana adquisición del lenguaje. También dice Yolanda Reyes que la primera lectura es con las orejas, que todo camino lector comienza con una cuna, una voz que cuenta y tres palabras mágicas: “había una vez”.

Hoy hay algo de la recuperación de ese rol histórico que los narradores tenían en la antigua Grecia y hablo en masculino, dado que las mujeres aún éramos consideradas res- (cosas). Eran oradores altamente entrenados en una técnica muy compleja y cantaban las primeras epopeyas dentro de los banquetes aristocráticos.

-¿Por qué creés que resurge hoy la narración oral con tanta fuerza, incluso por fuera de las aulas? ¿Tal vez tenga que ver con una necesidad de volver a lo vivo y lo colectivo frente al avance de la virtualidad y el individualismo?

-Contar historias es una de las prácticas más estables de la vida social, estamos siempre convocados a contar, es una de las grandes exigencias sociales. Todas las personas ejercemos la oralidad y el relato social, pero sabemos distinguir cuando alguien narra, cuando alguien nos cuenta un buen relato. Un buen relato, una historia es aquella que interesa no solo a quien la cuenta, sino también a quien la recibe. La gente colabora con la historia que escucha porque usa su imaginario, va creando y le va dando cuerpo a lo que esas palabras dicen. Yo digo, por ejemplo, “Era una mujer increíble, tenía la capacidad de crear con su voz los objetos, ella los nombraba y aparecían. Hablaba de una lámpara y una lámpara plateada aparecía frente a ella”. Cuando yo digo una lámpara plateada, vos te imaginás una lámpara y el que tenés al lado se imagina otra. Hay un imaginario que pone en acción, que colabora con la historia, que hace visible lo que no está ahí. Al menos la forma de contar con la que yo acuerdo y promuevo es sin libro, sin títeres, sin ningún objeto, sin vestuario llamativo. No creo en la narración con objetos porque todo objeto que se ponga en escena es un limitante al imaginario. Yo cuento con la voz.

-A Mar del Plata venís a presentar “Los hilos de la memoria”, ¿es una obra teatral que toma elementos también de la narración oral? ¿Qué nos vamos a encontrar?

-Es una obra de narración oral que toma elementos del teatro. Una escenografía tejida, tres sillas y unos ovillos es todo lo que vas a ver. Todo el resto lo crea la voz desde la silla, porque la escuela de narración de la que yo vengo y propongo tiene que ver con la silla como espacio creador. Desde una silla puedo crear todo el universo. Hay espacios chiquititos en cada silla, donde cada historia va a ocurrir. Son historias de identidades recuperadas, ficcionalizadas por la pluma de escritoras mujeres. “Los hilos de la memoria” está creado por una mujer, montado por una mujer, sobre historias escritas por mujeres, dirigidas por una mujer. Elegía autoras mujeres, porque creo que la pluma femenina es fundamental para la amorosidad al momento de contar.

-¿Sentís que está adquiriendo otras resonancias tu obra a 40 años del retorno de la democracia y en este contexto social en el que circulan posiciones políticas negacionistas y discursos del olvido?

-Por eso es fundamental hacer “Los hilos de la memoria”. Yo entendí la importancia de la obra un día que estaba de gira en Lobería en una escuela agrotécnica, de posicionamiento claramente muy distinto a quienes creemos en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. Cuando termino de hacerla, muchos alumnos se pusieron a ayudarme a destejer la escenografía. Y entre ellos había un muchachón enorme, de unos 18 años, que lloraba. Me acerqué, le dije si necesitaba un abrazo y me dijo “yo lloro porque ahora entendí”. Ese día yo prometí que no iba a dejar de hacer “Los hilos de la memoria” nunca, porque si con cada función una sola persona entendía cabalmente de qué se trataba, estaba completa mi misión. Hago “Los hilos de la memoria” porque el olvido trabaja cotidianamente, por eso es importante contar historias todos los días, para que nuevas generaciones, nuevas personas puedan escuchar historias y no discursos, historias que cuenten cómo fue el horror, esa noche tan oscura que vivimos. Las historias no pagan peaje emocional, van directo a la emoción. Me parece que contar memoria es en mi caso una obligación, una deuda moral con nuestra historia.

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