Cultura

Capitán (un cuento campero)

Por Jorge Luis Manzini

Arreboles. Silencio de las bestias, silencio del viento. La bola de fuego cayendo por el borde de la pampa, en  “La Clementa”, un típico establecimiento rural del norte santafesino: ciento cincuenta hectáreas de mala tierra y monte bravío, unas cien “holandos”, un tambo precario, algunos caballos y animales de granja, las casas, las máquinas y herramientas… Atardecer del sábado; momento propicio para el balance del día, para el mate compartido, para la confidencia y la charla sosegada que va trayendo recuerdos, anécdotas…

Mientras circula el amargo se habla del calor, que no cede ni a la madrugada; de “la Porota” a la que se le atravesó el ternero y hubo que ayudarla, aunque al final le nació muerto (aquí las vacas tienen nombre, y vienen  cuando se las llama); del barro que había en el camino en la curva del baño de las vacas por la lluvia del día anterior, y de las zanjas, costrones y cascotes que habría ahora, por el paso de los carros y camionetas, después de los treinta y ocho grados y el sol recalcitrante de ese día; del rinde de la estancia vecina, esa misma  en la que, en noches negras como ésta, se veían las luces en el horizonte, como centellas, aunque no hubiera tormenta, hasta que a la difunta le hicieron el mausoleo como ella había dicho; del finadito, que el tractor le pasó por encima…

Así se amasaban estos sucesos, recuerdos y datos, entre todos y a menudo, lo que los mantenía vivos, frescos y completos en la memoria colectiva. Siempre había alguien que tenía algo para preguntar, y alguien que respondiera. Es que en “La Clementa” convivían tres generaciones.

Ya era la hora del guiso generoso, y de ver las noticias por la tele. “Ver” era un modo de decir, porque la alta antena no alcanzaba a contrapesar la distancia desde la repetidora, y lo que se veía en el televisor era más bien una serie de líneas y puntos entre los que se adivinaba alguna imagen,  con la guía de lo que se escuchaba.  Por suerte se escuchaba bien. Como lo que se escuchaba antes, que  era la radio. Y en los radioteatros también había que adivinar las imágenes. Antes también era la lámpara de querosene, reemplazada ahora por la luz eléctrica, de 32 voltios, de las baterías cargadas durante el día con el motor gasolero de la ordeñadora (algún día, cuando hubieran juntado la plata, iban a traer los 220 y cambiaría todo). Más antes, había sido el arado mancera y el lavarropas a manija.

De repente, la menor de las hijas vio las luces de un automóvil acercándose por el camino alto. Bajo la mirada atenta de todos, giró hasta que las luces se vieron de frente como los ojos de un enorme gato; se detuvo para abrir y cerrar la puerta a su paso, y enfiló directamente hacia las casas. ¿Quién podía ser? Empezaron las conjeturas, porque no esperaban a nadie.

Y ya hubo cierto clima de fiesta (en el campo, cualquier visita es ocasión de fiesta). El guiso quedó por el momento en la olla sobre la cocina económica a la que le sacaron un poco de fuego para que no se pasara, la mesa puesta y la tele apagada. Las mujeres buscaron chorizo seco y más vino y más pan, por supuesto amasado y horneado en casa,  para estirar la cena. Nadie preguntó si los que venían se quedarían a comer: esa es la costumbre.

Al fin iban llegando. El auto era desconocido. ¿Quién los había orientado para llegar de noche, con lo complicado que era embocar la calle de las casas?

Pronto se aclaró la incógnita. Era el padre Crescenzi, el cura del pueblo, al que traía en su auto otro cura, de Buenos Aires, que estaba de paso, y venía a pedirle al viejo que lo ayudara en la primera misa del día siguiente, porque a Don Emilio, el sacristán, venían de dejarlo en el hospital retorciéndose del dolor al hígado que, según había dicho el doctor Díaz, capaz que lo iban a tener que operar.

Tras los saludos y las presentaciones de rigor, aceptados el pedido y la cena, se sentaron alrededor de la enorme mesa de roble que alcanzaba para toda la familia, en las épocas en que vivían todos los hijos aquí (¡quince habían tenido Antonio y Clementa!). Y siguió el diálogo, ahora ampliado por el número de los participantes y la condición de sacerdotes de los invitados. Que cómo anda la iglesia, y Doña Mercedes, la encargada, que qué macana lo de Don Emilio,  que cómo está Buenos Aires, esa ciudad que para estos colonos friulanos es algo así como un gran palomar donde una enorme cantidad de gente vive toda amontonada y haciendo ruido, y la madre de todos los vicios.

Después vino el infaltable truco, lleno de picardía atizada por el vino que ya les había pintado de rosado la nariz y los cachetes. El cura foráneo sabía jugar, así que era inevitable tratar de hacerlo perder, para salvar el honor local; que al final y al cabo, a más de cura es porteño, y como todos, debe creer que somos tontos y atrasados…Técnicamente hubo empate, y ya se iba haciendo tarde para los que a las cuatro se tienen que levantar a ordeñar, así que la velada fue tocando a su fin. Los acompañaron hasta el auto, y se fueron todos a dormir.

A la mañana, Don Antonio, primero en dejar la cama, como era habitual, se encontró con que las vacas no estaban. Luego se enteraron que de comedido, porque era más joven, el cura forastero era quien se había bajado a abrir la puerta entre la calle y el camino, y la había dejado abierta después que pasaron. Según el párroco dijo después, le pareció ver que alguno de las casas venía atrás, se lo dijo al otro y éste contestó que seguro que era para cerrarla, por lo que siguieron viaje.

El asunto era que a las vacas había que ir a buscarlas, y afortunadamente era temprano y no debía haber pasado nadie por el camino, porque hasta podían tener una denuncia por animales sueltos. Luego de tomarse su tazón de medio litro de mate cocido con leche, con pan  y manteca hecha con la crema batida a mano, el hijo menor montó el tordillo, le silbó al Capitán, el “lassie”, buen pastor, y allá empezó el rodeo. Fue trayendo a las vacas y sus terneros al corral del tambo, y con las primeras luces del alba estaba la familia, salvo los más chicos, lavándoles las ubres para  enseguida zamparles las pezoneras, luego de irlas llamando y cerrando la cadena del brete, y la ordeñadora zumbaba, haciendo fluir el blanco líquido tibio por las cañerías de plástico transparente hasta ser recogido en los tachos.

Para Antonio ya era hora de rumbear para la iglesia.

Mañanita pesada, húmeda, silenciosa lejos del industrioso tambo. El viejo se lavó, se puso las pilchas domingueras, el sombrero de paja  que llevaba más bien para el sol del regreso, por la pelada, y, dado el barro y el rocío,  las botas de goma, porque decidió ir a pata, ejercitando los músculos. Total, cruzando campo era poco más de una legua. Nada como para hacer recular a un gringo curtido. En un bolso tipo marinero que cargaba sobre el hombro  agarrándolo del cordón que lo cerraba, iban un par de medias limpias y los zapatos bien lustrados. Le serviría además para ir poniendo las prendas que de seguro se iba a ir sacando a la vuelta, cuando calentara el sol.

Capitán, sabiendo que su tarea había terminado por el momento, lo acompañó en el paseo. Allá iba Don Antonio, con una sonrisa a flor de labios, disfrutando como sólo quien ha vivido así sabe hacerlo, del contacto con esa su tierra, sin límites, con sus olores, sus bichos, plantas y árboles, el rumor de la vertiente… Los alambrados, decorados con malezas altas, como los “cercos vivos” que se ponen en la ciudad a un lado de un alambre tejido, porque la cosechadora no llegaba a pasar tan cerca, eran sólo estaciones, como puertas, que había que pasar, saltándolos o agachándose y pasando por entre los hilos, pisando con la bota el de abajo, y con cuidado de no engancharse con las púas,  de un potrero al otro, propio o ajeno, daba igual, porque todos se conocen y nadie va a decir nada…

Llegó a la iglesia, todavía vacía. Fue encendiendo las velas, la gran lámpara central, y preparando los ornamentos del altar, asegurándose de disponer bien las vinajeras, el cáliz, la patena y la hostia para consagrar.

Empezaron a llegar algunos fieles, la mayoría viejas desocupadas que vivían en el pueblo, unas veinte personas en total. Se fue para la sacristía donde se encontró con el párroco; charlaron, compartieron unos amargos cebados con el agua caliente de la negra pavita sobre el brasero, lo ayudó a revestirse, y allá fueron. El cura porteño debía estar todavía durmiendo, porque no apareció.

Fue una misa rutinaria. El padre Crescenzi no estaba muy inspirado, fuera por la larga velada de la víspera, por el poco interactivo auditorio, o porque el sacristán no era el titular.

Don Antonio saludó a las vecinas, volvió a calzarse las botas, y emprendió el camino de  regreso acompañado  a la par por Capitán, que se había quedado todo el tiempo dormitando en el umbral de la puerta de la sacristía esperando a su amo.

Ya el sol había empezado a trepar. Se levantaba la neblina, el aire estaba más espeso, algo cargado. Empezaba a hacer calor. Un alambrado, dos… Estaban en el bajío. Cuando fue a pasar la pierna por arriba del tercero, bajando los hilos con la mano, sintió un ruido inusual, como un chasquido entre los pastos linderos. Pero ya estaba con una pierna de cada lado del alambrado. Capitán levantó el hocico husmeando, se le adelantó, apenas empezó a chumbar, y mortífera, fulminante, la yarará le clavó los dientes en una de las patas delanteras. Entonces empezó a gemir, se tiró en el suelo y no paraba de lamerse. Se notaba que le dolía mucho. Todo había sucedido en menos tiempo que el que lleva contarlo.

El gringo quedó como paralizado.  Era una yarará grande, que asustada por el ruido de los pastos, o vaya a saber por qué, atacó y enseguida desapareció. ¡Esos dientes envenenados eran para él, y el Capitán lo había salvado!

Ahora había que salvarlo. Con el pañuelo le hizo un firme torniquete, lo levantó en brazos, y lo más rápido que pudo fue llevándolo hacia las casas, con esfuerzo (era cruza de collie vaya a saber con qué, grande, como de cuarenta quilos). Llegó sudoroso, desesperado,  y con el perro sangrando de la nariz y con la pata que daba lástima,  hinchada, medio negra. Se fue derechito al galpón, donde guardaba el suero antiofídico, y se lo aplicó como le había enseñado el doctor Baigorria, el veterinario; le higienizó la pata con un trapo limpio humedecido en fluido Manchester, y se la vendó cuidadosamente con otro trozo del mismo trapo.

Luego le acomodó con mucha diligencia una cucha en la frescura de la galería, y ahí se quedó, mirándolo, secándole la sangre que le brotaba de la nariz y de la boca, ofreciéndole agua; recordando seguro la infinidad de aventuras que habían corrido juntos.

El perro casi ni se movía; ni siquiera se lamía la pata vendada; a las horas, empezó a ponerse fláccido y como dormido; le costaba respirar… Al final se fue al cielo de los perros. Cuando el viejo, confundido, buscó los anteojos y trabajosamente leyó la etiqueta del frasco de suero, resulta que estaba vencido hacía dos años. Claro, los accidentes con víboras no son frecuentes allí…

Lo enterró al lado del maldito alambrado, ahí mismito donde se había aparecido la víbora. Siempre que  pasaba vertía alguna lágrima. Si se cruzaba con alguien le decía: -¡flor de perro, cómo me juntaba las vacas!

 

 

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