Catalina Méndez: “Quería explorar cómo la mirada del mundo sobre los artistas los vuelve un producto”
En su segunda novela, “Las mujeres de Leli White”, la escritora marplatense narra la historia de una reconocida pintora cuyos retratos cobran vida. En esta entrevista reflexiona sobre el proceso creativo, su relación con la pintura, la identidad, el realismo mágico y el mercado del arte.
Catalina Méndez es escritora, docente y licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes.
Por Rocío Ibarlucía
En su segunda novela, Las mujeres de Leli White (Odelia), Catalina Méndez propone una historia que cruza el realismo con lo fantástico para indagar los límites de la creación artística y la identidad. La protagonista es una reconocida pintora que regresa a su ciudad natal para inaugurar una muestra compuesta por doce retratos de mujeres. Poco después, esas figuras comienzan a aparecer en las calles, como si hubieran abandonado los lienzos para reclamar una existencia propia.
Con guiños que van de Alejandra Pizarnik a Roland Barthes, de Mary Shelley a Taylor Swift, la escritora marplatense construye una trama de misterio y tensión atravesada por reflexiones sobre el mercado del arte, el peso de la mirada ajena y la emancipación de la obra de su creador.
En esta entrevista con LA CAPITAL, la licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes, docente y autora de Un mundo como este habla sobre el origen de la novela, los vínculos entre pintura y literatura, y las preguntas que atravesaron un proceso de escritura que se extendió durante más de siete años.

La autora con la portada de su segunda novela.
—Leli cuenta que las doce mujeres de sus retratos nacieron a partir de una escena cotidiana observada en la calle y que luego las fue construyendo con fragmentos de distintas personas, recuerdos y colores. ¿El proceso de escritura de tu novela tuvo también un punto de partida semejante? ¿Hubo una imagen o una escena que funcionó como disparador de la historia?
—Hace tanto tiempo que esta historia convive conmigo que ya no podría señalar su génesis. El recuerdo más antiguo y más nítido que tengo sobre esta historia es de hace más de diez años, garabateando empecé a escribir una idea sobre una mujer cuyas pinturas cobraban vida, pero eso es un recuerdo, no, como decía, su punto de origen. En este sentido, sí puedo decir que mi proceso creativo es largo, nutrido de muchas otras cosas, más de la experiencia que de otras formas de ficción o de ideas, siempre abstractas. No estuve en todos los lugares donde la historia transcurre, ni viví las mismas cosas, ni conocí a estas personas, pero en un cierto sentido sí lo hice. La literatura es el encuentro del interior y el exterior, donde una intenta poner la experiencia en palabras. Lo que existe en esta novela existió, primero, afuera. Esta historia nació y creció en conversaciones de taller, en caminatas con amigas, desde una inocencia y una curiosidad genuinas e irrecuperables.
—La novela tiene como epígrafe el poema “Solo un nombre” de Alejandra Pizarnik (“alejandra alejandra / debajo estoy yo / alejandra”), un poema que remite a una identidad escindida. ¿Qué encontraste en ese poema que dialogara con la historia de Leli y que pueda ofrecernos una clave de lectura? ¿Qué preguntas sobre la identidad buscabas explorar en la novela?
—El encuentro con ese epígrafe vino años más tarde que el resto de la novela (todo tiempo es largo en la literatura). La identidad del personaje es uno de los temas que se juegan en la historia: Leli White rechaza su pasado a tal punto que huye de él, cruza el mar, cambia su nombre, se construye una identidad que es puro artificio. En la escritura de Pizarnik también se juega el valor de la identidad, en este poema el sujeto lírico parece hundido u oculto debajo del peso de su nombre, habitado por otra persona, la persona que otros conocen, a quien pueden leer e interpretar, pero no es Alejandra, a pesar de que se llama Alejandra. Leli se entrega a un juego similar: es y no es aquellas personas. Su nombre, como decís, la deja fuera de sí misma. Le pertenece a alguien que no es ella.
La historia de Leli White “es sobre la huida de la mirada de los otros, del público bendito, que comería su cuerpo y bebería su sangre si las tuviera a disposición”.
—Cuando le preguntan con cuál de las doce mujeres Leli se identifica más, la artista responde: “Estas mujeres no soy yo”. Como escritora, ¿cómo es el vínculo con tus personajes?
—Del mismo modo: Leli White c’est pas moi (‘no soy yo’). Mis personajes podrían ser rejuntes y collages de muchas cosas, como las mujeres de Leli. Pienso, primero que nada, en términos de mundos narrativos, después pienso en los cuerpos que van a habitar esos mundos, les doy un nombre y un rostro y los echo a andar. En ese andar los cuerpos van cobrando vida, descubren sus caprichos, qué desean y qué están dispuestos a hacer para conseguirlo, encuentran su voz propia.
—La novela es muy visual, no solo por el tema, sino por el trabajo con las imágenes visuales y la mirada puesta sobre los colores. ¿Qué relación tenías con las artes visuales antes de escribirla y cómo fue para vos entrenar el ojo para tratarlo en la escritura?
—La pintura me atraviesa en realidad por algo familiar, porque mi padre pinta. A lo largo de mi infancia y adolescencia siempre visité museos. La casa donde crecí es una pequeña galería de arte, también, llena de cuadros, de esculturas; mi hermana es música: el arte atraviesa a toda mi familia. Entonces yo ya tenía un conocimiento muy amateur, pero un conocimiento, al fin, de la pintura y de la escultura, que también aparece y que creo que me gusta más que la pintura. Cuando estuve en Florencia hace unos años, fui a ver al David en persona y me sentí tan sobrecogida, tan admirada de estar en presencia de semejante hazaña… Fue un poco el ímpetu que quise transmitir en la novela: saberse en presencia de algo trascendental. Por eso mostré estos cuadros, que hacen lo que otros parece que hacen: cobran vida, trascienden el lienzo, dicen o hacen ese “algo más” que el arte también dice y hace cuando prestamos atención.
—¿Y cuánto creés que comparte la escritura con la pintura?
—Creo que todas las disciplinas artísticas son ramas del mismo árbol, y, como decía recién, el origen de todo está en la observación, en estar atentos al mundo que nos rodea. Después vemos qué hacemos con eso, a qué otro lenguaje queremos trasladarlo. El arte viene de la experiencia, que no tiene que ver con el famoso “escribí de lo que conocés” (un consejo absurdo), sino con la experiencia humana, con estar atentos, escuchar, ver, tocar: eso es lo que después se traslada a la música, a la pintura. Hay que estar atentos.
“El arte viene de la experiencia, que no tiene que ver con el famoso ‘escribí de lo que conocés’ (un consejo absurdo), sino con estar atentos, escuchar, ver, tocar”.
—Leli sostiene que siempre quiso que su obra hablara por sí sola. Y uno de los grandes temas de la novela podría ser la separación de la obra del artista. ¿Creés que llega un momento en que una obra deja de pertenecerle a quien la creó y empieza a tener vida propia en los demás? ¿Esa es una experiencia que también viviste como escritora?
—Celebro el momento en que una obra llega a puerto y puede liberarse de las manos que le dieron forma, y también lo espero ansiosamente cuando estoy en el proceso de creación. Es en el encuentro con los otros donde el texto cobra vida verdadera, cuando alcanza, digamos, su forma “final” y marcha a la impresión, en realidad está en camino a metamorfosis múltiples. Cada lector renueva su vida, le da sentidos y propósitos. ¿Para qué usamos la palabra, si no es para tender puentes hacia otros? ¿Para qué escribiríamos, si no es para dejar registro?
—La novela parte de un universo completamente reconocible y, de pronto, introduce un elemento fantástico: las mujeres retratadas cobran vida. ¿De dónde nace tu interés por la literatura fantástica/realismo mágico y qué desafíos te planteó escribir dentro de ese registro?
—Voy a citar a otros: en América Latina el realismo mágico es solamente realismo.
—Hay un momento en que la historia remite a “Frankenstein”: seres construidos con fragmentos que terminan emancipándose de quien los creó. ¿Qué otras obras acompañaron la escritura de este libro y de qué manera?
—Tengo y no tengo referentes. Soy una lectora muy anárquica y olvidadiza. Me encargué, caprichosamente, de incluir a Roland Barthes, cuya crítica siempre está presente. Hay alguna influencia de Sylvia Plath; algún tinte de María Gainza y de Patti Smith (más que nada porque las leí en la época del primer borrador, allá por 2019); el murmullo lejano de Borges y Bioy Casares, que inundan Buenos Aires; canciones varias de Taylor Swift. Pero, otra vez: hay y no hay referentes, tendría que nombrarte todos los libros y todas las películas y todas las canciones y todos los lugares y todas las personas a las que me crucé en los siete años que hubo desde la primera mayúscula hasta el último punto. Siempre estoy atenta, las cosas vienen de todas partes y, a la vez y por lo tanto, de ningún lugar.
“Estos cuadros cobran vida, trascienden el lienzo, dicen o hacen ese ‘algo más’ que el arte también dice y hace cuando prestamos atención”.
—El circuito del arte aparece desde una mirada crítica: se deja ver el esnobismo y los intereses económicos más que artísticos de las galerías, los coleccionistas, los críticos, el público. También recupera esa vieja asociación entre los genios del arte y la locura. ¿De dónde viene tu interés por explorar estos temas? ¿Creés que sigue condicionando la manera en que pensamos a los artistas?
—Quería explorar y criticar cómo la mirada del mundo sobre los artistas los transforma en otras cosas, les quita humanidad y los vuelve a ellos mismos un producto (vuelvo a la importancia de separar obra y artista, vuelvo a Barthes, que nos mató a todos). No creo que hoy se siga creyendo realmente en el vínculo locura-genialidad-arte, a lo sumo será más un relato colectivo o una forma de simplificar o explicar lo incomprensible. Pero sí existió el prejuicio, y sí es algo a lo que Leli, más por figura intrigante que por hechos empíricos, se enfrenta. Su historia también es sobre la huida de la mirada de los otros, del público bendito, que comería su cuerpo y bebería su sangre si las tuviera a disposición. La huida es el eje de su supervivencia.

El libro anterior de Catalina Méndez es Un mundo como este, de ciencia ficción.
—La novela también pone en juego experiencias específicamente femeninas: los mandatos, la culpa, las expectativas sociales. ¿Cuánto pesó esa dimensión en la construcción de Leli y de la historia?
—Es un personaje muy caprichoso y egocéntrico, que siempre está defraudando a los demás. No cumple con nadie, solo consigo misma. En un momento su juventud ocurre un quiebre y Leli dice: “No quiero ser lo que otros esperan de mí”. Y luego de eso se pasa toda su vida huyendo de las expectativas ajenas, para bien y para mal, porque es bueno no atarse la expectativa del otro, pero tampoco cumple con la gente inmediata que la rodea, ni con su mano derecha, Carolina, ni con su otro aliado, que es Navarro Torres, el galerista. Creo que sería capaz de armar los bolsos y abandonarla a Carolina, su amiga más fiel, si un día se despertara de ese humor.
No quiero detenerme demasiado porque creo que se transparenta en la lectura, pero sí decir que Leli tuvo una crianza de bordes rígidos, cargada de mandatos familiares y de culpa católica, y por más que una quiera negarlo, las semillas de eso quedan en algún lado del cuerpo.
Este rechazo a lo que otros esperan de ella hizo que la escritura fuera impredecible, porque los personajes proyectaban cosas que luego la protagonista no podía cumplir. Me estuve peleando con el texto hasta el final, porque había decantado por una solución que, si bien podía “satisfacer” al lector, y era, si se quiere, “lo que tenía que pasar”, contradecía lo que Leli había dicho y hecho toda la novela. Pensé que “tenía” el desenlace y dos meses más tarde dije: “Leli no haría eso”. Tuve que desafiar lo que el lector esperaría, yo también tenía que defraudar a alguien.
—¿Y ahora hacia dónde sentís que se dirige tu escritura? ¿Hay temas, formas o géneros que te interese explorar próximamente?
—Este invierno hay algo que me murmura al oído, el clima gris y la garúa, las tardes ansiosas de domingo, la espera. Regida por los calendarios académicos desde que tengo uso de razón, me cuesta mucho escribir durante el año, siempre estoy esperando al verano. Quisiera decir que se vienen cuentos, pero el año pasado, luego de publicar Un mundo como este, dije lo mismo, y llegó esta novela.
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