Por Alberto Farías Gramegna (*)
“El hecho confronta al derecho”. – Xavier Cazoleta Orosco (parafraseando a José Ingenieros).
“Ceder, cuando no afecta mi dignidad, es enfatizar la propiedad del hecho sin aludir por necesidad a mis legítimos derechos. (…) Si algo define en esencia éticamente al Poder Legítimo, en el sentido que le da Max Weber a este adjetivo con mayúscula (en cualquiera de sus manifestaciones sociales, políticas y culturales) es la posibilidad de renunciar voluntariamente a hacer lo que de hecho se podría hacer, aún por derecho. Así, por ejemplo, el mero uso de la fuerza, no refleja el Poder sino más bien la carencia del mismo”. – Ataulfo Relmú.
***
La contracara del Poder es la Barbarie. En otras palabras, “quien puede lo más puede lo menos” dirían los juristas. No es poderoso en sentido genuino quien abusa discrecionalmente de su capacidad de dominio, prioridad o influencia, sino quien pudiendo aprovecharse de ese privilegio renuncia a él y lo administra en relación al impacto sobre el otro semejante, que no dispone de ese mismo poder. No se trata de renunciar a nuestros derechos, sino de advertir cómo, en la vida cotidiana, el “hecho del otro” nos confronta desde otras variables humanas, que se extienden allende los códigos normativos: el dolor, la libertad, la carencia, la ignorancia, etc.
Que se entienda bien: el Derecho es la base de la Sociedad Abierta. El ser esclavos de ley nos hace libres. De lo que estamos hablando es de la posibilidad ética de ceder voluntariamente una prioridad de derecho ante un hecho que consideramos convocante de nuestra moral, nuestros principios, nuestra sensibilidad o nuestra educación.
Ceder ante el débil, ceder ante el desprotegido, ceder ante el ignorante, ceder ante el ingenuo, es considerar que no es ético actuar ante lo asimétrico, lo desparejo, como si no lo fuera.
También puedo ceder por el placer de hacer un homenaje al otro o simplemente por esa actitud que hoy pareciera pieza de museo: la cortesía.
Actitudes poderosas
El poder del empleador, por ejemplo, no consiste en mandar sobre el miedo del empleado sino en motivarlo para que lo pierda y así pueda involucrarse en el logro de la calidad de su tarea.
El poder del adulto no consiste en someter a su arbitrio a un niño, sino en protegerlo.
El poder del maestro no consiste en solazarse con la ignorancia del alumno, sino en alentarlo en el amor a la sabiduría.
En suma, el poder legítimo es siempre otorgado por el mutuo respeto y el consenso con el otro. Bien se podría decir que el poder es un “contrato”, tanto tácito como expreso.
Por eso ceder ante el otro involucrado en ese “contrato” -siempre que en ese gesto no esté en juego una cuestión grave, ética, ilegal o ilegítima- es una muestra de poder personal que coadyuva a sostener la convivencia a partir de considerar la existencia de deseo del otro.
Y eso no es un derecho sino un hecho. Insistimos en decir que ceder, tal como lo estamos planteando aquí, no es negar el propio deseo, ni desconocer o despreciar las necesidades propias en aras de algún altruismo romántico o beneficencia que tranquilice mí conciencia moral.
Nada más alejado de estas hipocresías. Estamos hablando de postergar el humano impulso de “primeriar” (válgame el vulgarismo), en aras de un interés común: cooperar a la convivencia civilizada. Y esto porque al ceder “obligo” al otro a devolver agradecido el gesto, lo que refuerza la comunicación gestual positiva, ya que lo ubico en el lugar del receptor de mi homenaje.
Al ceder concedo y así al dar recibo. Doy consideración, ofrezco cortesía y mi gesto recibe el agradecimiento, la sonrisa del otro, lo que a la vez conforta mi autoestima. Me siento poderoso, en el buen sentido que hemos comentado. No se trata de “buscar recompensa”, solo que, al ceder desde la posibilidad de un poder fáctico, el otro queda por defecto en “deuda de actitud”, lo que felizmente me hace ahora acreedor de su estima. La persona sociable, el hombre educado, ante un gesto de consideración del semejante responderá con un “Gracias” o un “Muy amable” o tal vez “Por favor, pasé usted primero”.
Cedo, luego soy
Lamentablemente hoy observamos en nuestras agresivas calles, muchos ciudadanos carenciados de normas -que suelen confundir con su rechazo a las reglas- y afectados del “síndrome del apático”: no responden ni siquiera a un simple saludo ante el contacto visual. En leguaje coloquial mi abuela los llamaría “gente grosera”.
Pero hay otro problema vinculado con “ceder el paso”, ya no por mera cortesía sino por desconocimiento, por agresividad o por simple desconsideración del semejante: la prioridad en la circulación del tránsito vial, tanto para vehículos como para peatones.
En nuestras calles la mayoría de los vehículos, además de no respetar las velocidades máximas, no respetan la prioridad de paso del que viene por la derecha, y tampoco la prioridad del peatón, si es que está cruzando por la senda demarcada. Cierto es que la anarquía muchas veces implica también al peatón, cruza sin mirar o por lugares incorrectos.
En una sociedad donde impera la transgresión cultural, se impone el “yo primero y como quiero”. Al adelantarme oportunistamente en la fila de un comercio o en el ascenso al trasporte colectivo demuestro ignorar y despreciar al otro, desinterés por su presencia. Hoy, lamentablemente, en el mundo de las redes sociales y en la vida cotidiana en general se ha puesto de moda cierta idea de que la grosera descalificación “del otro” paga bien. La historia universal a la larga demuestra lo contrario.
Una vez más: al ceder, en cambio, le indico al otro que lo tengo por semejante, que sé lo que siente al percibir mi homenaje. Nuestra estima se agiganta cada vez que somos tenidos en cuenta por quien no está obligado por derecho a hacerlo.
Es algo parecido a la sensación de “ser querido”. Como dijimos al inicio de la nota, ceder es enfatizar la propiedad del hecho sin aludir por necesidad al derecho. No cedo entonces “porque” una causal compulsiva me lo pide, sino “para” mantener mi dignidad como ser moral. Tengo pues la mirada en el motivo en el que creo.
Ceder es finalmente, respetarme al respetar. Es sentir que no estoy solo y por tanto soy, porque solo se es en la mirada del otro. Ceder es renunciar al precio de ganar por prepotencia y pagando por paradoja cualquier precio, como el Rey Pirro de Epiro, a quien se le atribuye la frase “Con otra victoria como esta, estaré perdido”, en relación al costo en vidas humanas luego de su victoria sobre los romanos. De allí deriva la expresión cotidiana “Victoria pírrica”.
Ceder es también inteligir la duda del que espera. Es saber que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Por eso amigo lector, cuando llegue al cruce de la próxima esquina, por favor…ceda el paso.
(*) Psicólogo UBA. Consultor en Psicol. Organizacional, del Trabajo y RRHH. Prof. UMDP e invitado Univ.de Murcia.
Lo más visto hoy
- 1Emiten alerta amarilla por tormentas fuertes para este lunes en Mar del Plata « Diario La Capital de Mar del Plata
- 2Palito Ortega repasó su vida musical con un celebrado recital « Diario La Capital de Mar del Plata
- 3Lunes sin actividad comercial por el Día del trabajador mercantil « Diario La Capital de Mar del Plata
- 4Bianco: “Neme no responde los mensajes y Montenegro dejó el municipio en banda” « Diario La Capital de Mar del Plata
- 5Más de 7.000 personas visitaron la exposición de autos clásicos por el centenario de la Base Naval Mar del Plata « Diario La Capital de Mar del Plata
