Charlie López: “Todos somos supersticiosos, aunque no lo sepamos”
En “Todo tiene su historia”, el escritor, docente e historiador reconstruye el origen de creencias, costumbres y objetos de la vida cotidiana, y revela los entramados políticos, económicos y religiosos que se esconden detrás de ellos. “Nada de lo que hacemos es porque sí”, dijo en entrevista con LA CAPITAL antes de su exitosa presentación en el Festival Penguin Libros.
Charlie López escribió libros como “Detrás de las palabras”, “¿Por qué decimos?”, “Somos lo que decimos” y “De dónde vienen”.
Por Rocío Ibarlucía
¿Por qué brindamos chocando las copas? ¿Por qué no se pasa la sal de mano en mano, se besa el pan antes de tirarlo o se evita abrir un paraguas bajo techo? ¿Por qué todavía le tememos al martes 13, al gato negro o a romper un espejo? En “Todo tiene su historia” (Aguilar, 2025), Charlie López se propone responder esas preguntas –y muchas más– para demostrar que nada de lo que hacemos en la vida cotidiana es producto del azar.
Docente, escritor y divulgador de la historia de la lengua y la etimología en diversos medios –conduce el popular programa “El baúl de Charlie López” en TN y “Palabras con historia” en Canal (á)–, López despliega en su nuevo libro una investigación tan rigurosa como amena sobre el origen de las supersticiones, los usos y costumbres y los objetos que nos rodean. A partir de ejemplos sorprendentes, el autor reconstruye cómo fueron moldeados por intereses económicos, disputas religiosas y transformaciones sociales profundas.
El libro está organizado en tres partes. La primera se detiene en el origen de las supersticiones, esas creencias que, según explica, nacieron de la necesidad humana de darle sentido a lo inexplicable y que siguen vigentes a pesar de los avances científicos. Allí reconstruye, por ejemplo, por qué el martes 13 quedó asociado a la desgracia desde la Antigüedad romana hasta hoy, “al punto tal que existe un término específico: ‘tricitabomarteofobia’. Sí, ¡acuñaron la palabra! Es la patología que sufren quienes le tienen pánico al martes 13 y ni siquiera salen de su casa”.
La segunda parte se concentra en los usos y costumbres, es decir, las reglas no escritas que se transmiten oralmente para organizar la vida social y preservar la identidad cultural, que pueden ir desde gestos tan naturalizados como aplaudir, chocar los cinco y estrechar las manos hasta los rituales de celebración de cumpleaños, bodas y funerales. Brindar, por ejemplo, tiene un origen marcado por la desconfianza: “Originalmente era una forma de demostrarle al invitado que no iba a ser envenenado, porque ese era un método habitual entre los antiguos griegos y romanos”, cuenta el autor a LA CAPITAL.
En el tramo final, el libro se sumerge en la historia de los objetos cotidianos para mostrar cómo incluso los elementos más banales condensan transformaciones morales, de género y de clase. El recorrido va del tenedor al inodoro, del lápiz labial a los tacos altos, cuyo origen sorprende: “Es muy curioso saber que los tacos fueron originalmente masculinos para elevarse sobre la mugre de la vía pública y, tiempo después, se pusieron de moda por Luis XIV, quien, por su baja estatura, los usaba para verse más alto”.
Con un estilo didáctico y cercano, tal como lo demostró en la charla que dio en el Festival Penguin Libros la tarde del miércoles en Villa Victoria, Charlie López invita a mirar lo cotidiano con otros ojos y a reconocer en cada gesto una huella del pasado. Porque entender de dónde vienen nuestras cosas, creencias y costumbres también ayuda a comprender quiénes somos y por qué seguimos haciendo, casi sin pensar, lo que hacemos todos los días.

—¿En qué momento notaste que temas como las supersticiones, las costumbres y los objetos que tenemos en nuestra vida cotidiana, tan naturalizados, merecían un libro propio?
—En realidad, tengo una mente curiosa que me llevó a querer averiguar el origen primero de las palabras y después de las frases. Y las frases me llevaron a la historia y ahí, de una manera casi natural, fui a parar a las supersticiones, a las creencias, a los usos y las costumbres. Siempre me generó mucha curiosidad saber el origen de cosas que habíamos naturalizado. No entendía por qué la gente se saluda con la mano de la manera que lo hace, por qué se brinda, por qué se tapa los bostezos, o por qué el gato negro tiene que pagar las consecuencias de vaya a saber qué. Eso, de a poquito, me hizo empezar a leer sobre estos temas.
—¿Y cómo fue el desplazamiento de estudiar la historia de la lengua a la historia de la vida cotidiana? ¿Qué nuevos enfoques o desafíos aparecieron?
—Son temas que se fueron cruzando mientras escribía otros libros y un día se me ocurrió por qué no poner las supersticiones, los usos y costumbres y los objetos todos juntos en un libro que, por suerte, parece que a la gente le gusta. Por ejemplo, cuando yo estaba escribiendo “De dónde vienen”, analicé la expresión “pájaros de mal agüero”, que se utiliza para aquellos que tiran mala onda ante una idea. Y me pregunté: ¿por qué un pájaro? Ahí me entero de que los romanos convocaban a los augures, los adivinos, para decidir si debían emprender batallas, negocios o lo que fuera. Ellos miraban al cielo y, si aparecían pájaros negros, decían que era un mal presagio. Entonces el pájaro de mal agüero existió. Y si los pájaros aparecían por la izquierda, era peor. En latín, izquierda es ‘sinistra’, de donde viene la palabra ‘siniestro’. Así, la etimología y el origen de las frases me llevaron a las supersticiones y las costumbres.
—Y las supersticiones, ¿de dónde nacen? ¿Cuál es su origen común?
—El origen de las supersticiones tiene que ver con el Homo sapiens, que necesitaba encontrar señales para comprender cosas que no tenían explicación. El ser humano quiere encontrar una explicación a todo. Había catástrofes, accidentes, desastres naturales y no sabían por qué pasaban. Entonces empezaron a asociar lo que ocurría con personas, animales u objetos que estaban cerca. Si eso se daba dos o tres veces, por ejemplo con los pájaros, decían: “Cuando hay pájaros viene un terremoto”. En realidad era al revés: los pájaros volaban porque ya estaban sintiendo el terremoto. Necesitaban encontrar razones que explicaran lo que pasaba. Ahí nace la superstición.
Y son tan fuertes que no creo que haya una persona en el mundo que pueda decir que no es supersticiosa. Todos somos supersticiosos, aunque no lo sepamos. Disimulamos: decimos que no pasamos la sal de mano en mano porque al otro le cae mal, o que no abrimos el paraguas porque el dueño de casa cree que le va a pasar algo.
Yo tengo algo inculcado por mi madre, que es que no puedo tirar un pedacito de pan sin besarlo antes. Ese gesto tiene una justificación histórica en todas las culturas: es un homenaje a la subsistencia, un reconocimiento al trabajo y al sacrificio del ser humano, un respeto por los que sufren hambre, un agradecimiento a la divinidad. Poner el pan boca abajo era un escándalo en mi casa, porque se consideraba una irreverencia. Así nacen las supersticiones, que no se deberían mezclar con las costumbres.
—¿En qué se diferencian?
—Las costumbres no necesitan justificación; las supersticiones son ilógicas, irracionales y obedecen al pensamiento mágico. Las costumbres arraigan valores e identidad y se transmiten de generación en generación. Muchas supersticiones se aplicaron a costumbres para darles más fuerza y otras, con el tiempo, quedaron solo como costumbre.
—¿Por ejemplo?
—Un ejemplo es el paraguas. Se hace popular en Inglaterra en el siglo XVIII. Si bien se venía usando el paraguas como parasol desde el antiguo Egipto y otros lugares, los ingleses le ponen una tela impermeable y las clases más acomodadas lo compran. En ese momento eran armazones de metal, grandes, difíciles de abrir. En consecuencia, se producían accidentes cuando se los abría dentro de la casa, a veces le pegaban en la cara con la punta metálica al que estaba al lado, rompían un jarrón de la dinastía Ming, cualquier cosa. Bueno, por estos inconvenientes se empezaran a abrir afuera. Era una razón meramente económica, y es ahí cuando se adosó la superstición y la superstición le dio fuerza a la costumbre.

Charlie López, en un momento de su presentación dentro del Festival Penguin Libros, que culminará este miércoles a las 19 con Gabriela Exilart.
—En el libro se muestra que algunas creencias fueron funcionales a intereses políticos o económicos, como este caso, o religiosos, como el miedo a los gatos negros y su uso para las “cazas de brujas” hacia el 1600. ¿Hasta qué punto la superstición puede ser una herramienta de disciplinamiento social o moral?
—Exactamente, es así. En el Medioevo inglés, muchas mujeres viudas fueron acusadas de brujería, y se las veía muchas veces al lado de gatos, dándoles de comer, y algunos serían negros. El negro siempre fue un color asociado con lo negativo. Entonces, a algún iluminado se le ocurrió que esas mujeres se transformaban en gatos para deambular por las calles durante la noche sin que nadie se diera cuenta. Y ahí es cuando el gato negro terminó adquiriendo la reputación que tiene hasta hoy. Además, son animales independientes, sigilosos, que caen de un techo y no les pasa nada. Entonces, se creía que estaban poseídos por el demonio. En su momento el miedo a los gatos negros resultó funcional para condenar a mujeres a la hoguera.
—A partir del ejemplo incluido en el libro de que el presidente Figueroa Alcorta decide apadrinar al séptimo hijo para romper con la superstición del séptimo varón como lobisón, se deja entrever qué tan lejos puede llegar una creencia popular, al punto tal de condenar socialmente a una persona.
—Es terrible el ser humano cuando es ignorante. El ser humano primero tiene que reconocer “solo sé que no sé nada”. Tiene que saber que aunque parezca que sabe mucho, no sabe nada. Si empezamos por ahí, ya a lo mejor estamos en presencia de lo que puede ser un sabio, o sea, una persona que reconoce que lo que pueda saber, aunque para los demás sea mucho, dentro del conocimiento universal no es nada, es un grano de arena en el desierto. Pero cuando es muy ignorante, el humano puede convencer, con algún buen discurso, a otro que alguien pueda ser dañino, como pasó con los considerados “mufas” o con la figura del “lobisón”.
El tema del séptimo hijo varón está inspirado en el hombre lobo europeo, que ya existía, pero acá se le sumaron creencias de los pueblos originarios. Acá se creía que el séptimo hijo varón consecutivo tenía varias posibilidades de convertirse en lobisón, pero sobre todo si había luna llena, un viernes a la noche, cuando se empezaba a sentir mal, se alejaba, y se transformaba. Ahora, ¿qué pasa? La estigmatización era tan grande que estos chicos sufrían acoso de distinta índole, de sus compañeros, los vecinos, la familia, hasta que Figueroa Alcorta toma esa sabia decisión, que no era ley, era parte del derecho consuetudinario, de los usos y costumbres aceptados. Hasta que se firma un decreto en 1974, en el cual por ley el presidente es el padrino del séptimo hijo varón consecutivo, y le garantiza una beca hasta que termine la facultad, le da un certificado, una medalla, etcétera. Bueno, eso ayudó a frenar esa superstición. Aparte en esa la época que se tenían muchos hijos, había más posibilidades, hoy ya siete hijos varones consecutivos no es tan fácil de encontrar.
—Respecto de los objetos cotidianos, ¿cuál es la historia que más te sorprendió en el proceso de investigación, o la que más te guste contar, por lo que revela sobre nuestra vida cotidiana?
—Me encanta la historia de ese marido cariñoso que, a fines del siglo XIX, velaba por la salud de su esposa, propensa a sufrir accidentes domésticos de manera constante. La mujer se cortaba, se quemaba, se caía, se torcía el pie. Hasta que el marido, que trabajaba en un laboratorio, decidió inventar, para las cortaduras y las quemaduras, una especie de apósito. Se lo dejaba preparado y le decía: “Ante cualquier cosa, ponete esto”. Así nacieron las curitas. El laboratorio se llamaba Johnson & Johnson. Cuando se enteraron de que él las había inventado, pensaron que no podían comercializarlas, pero finalmente salieron al mercado: en inglés se las llamó ‘Band-Aid’, algo así como “banda de ayuda”, y acá se las conoció como curitas.
O la historia curiosa de la comida enlatada: por supuesto, las primeras latas eran mucho más gruesas, cilindros con una tapa arriba y otra abajo. Lo llamativo es que el abrelatas se inventó unos cincuenta años después de la comida enlatada. Entonces surge la pregunta: ¿cómo las abrían? Se enviaban a los soldados durante las guerras y las abrían a los balazos; los obreros lo hacían con herramientas. El abrelatas apareció medio siglo después que la lata, y eso también resulta interesante.
También me gusta mucho otra costumbre, para observar cómo funcionan las tendencias. Hoy lo vemos con las redes sociales, pero estamos hablando de 1923 o 1924. Un personaje ya famoso en París viaja a la Riviera Francesa y, en una época en la que la alta sociedad buscaba la blancura, no le importó nada: volvió a París con un bronceado increíble. En ese entonces, los bronceados eran para los obreros o los campesinos, expuestos al sol, y la alta sociedad no quería ser confundida con ellos. Sin embargo, cuando ella regresó y todos la vieron así, el bronceado se puso de moda. Esa mujer era Coco Chanel.
“El pensamiento mágico no lo vamos a poder erradicar nunca, porque es parte de nuestra condición animal”.
—Después de investigar todas estas creencias y costumbres, ¿ha cambiado tu propia relación con lo cotidiano, tu percepción? No sé si eras o sos una persona supersticiosa…
—Mirá, yo me defino como no supersticioso, pero me di cuenta que es mentira, porque no puedo dejar de besar el pan cuando lo tiro, lo que implica de alguna manera que algo me hace ruido. Hay cosas que no me importan para nada. Pero, yo creo que mi mundo, a partir de toda esta investigación, se dividió en dos partes, lo racional y lo irracional, y yo lo racional lo entendí, y lo irracional, por las dudas, lo sigo practicando (risas).
—“Todo tiene su historia” invita a mirar con otros ojos lo que hacemos todos los días. Si el lector se queda con una pregunta después de cerrar el libro, ¿cuál te gustaría que fuera?
—La verdad es que hay una pregunta para la que no tengo respuesta, y tiene que ver con esto: ahora que conocemos las razones de las supersticiones –algunas inventadas por la gente, otras de origen económico o religioso–, ¿qué hacemos con ellas? ¿Dejamos de ser supersticiosos? Mi respuesta es no. Cada uno debería hacer lo que lo haga sentir más cómodo. Yo no puedo contestar eso por nadie, porque es algo muy personal y muy importante. Incluso uno puede inventar sus propias supersticiones. Pensá, por ejemplo, en cuando fuiste a rendir un examen y ese día te pusiste un vestidito rosa que a nadie le gustaba, pero a vos te fue bárbaro. Si después tenés otro examen y eso te hace sentir segura, ¿por qué no hacerlo?
—Por más explicación racional o científica que hayamos encontrado, ¿por qué creés que persiste este tipo de creencias a lo largo de los siglos?
—Porque existe el pensamiento mágico. Los seres humanos convivimos con él desde que aparecimos sobre la Tierra. Siempre hubo supersticiones y no vamos a poder erradicarlas. Yo hago un programa de televisión en Canal 13, en TN, y ahí hablo con gente que es realmente supersticiosa, de verdad; no lo podés creer. Se tocan distintas partes del cuerpo para contrarrestar ciertas creencias. Yo nunca llego a ese extremo, pero, de algún modo, todos tenemos un poco. Y creo que el pensamiento mágico no lo vamos a poder erradicar nunca, porque es parte de nuestra condición animal.
***
La próxima y última charla del Festival Penguin Libros será con Gabriela Exilart. La escritora marplatense presentará su novela histórica “El secreto de Azucena”, este miércoles a las 19 en Villa Victoria, con entrada libre y gratuita.
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