Cultura

Con tener talento no te alcanza: Abriendo el paraguas

Capítulo 58 de la columna de Marcelo di Marco.

Por Marcelo di Marco (*)

—Buena pregunta —repitió Tío Marce—, y una respuesta posible tal vez sintetice todo este libro que vamos escribiendo juntos. Como bien dijo Guadalupe Losada, una alumna que aterrizó hace muy poco en el Taller de Corte y Corrección, “Hay distintos grados de naranjez”.

—Adivino qué quiso decir con eso, máster. Y es que hay palabras más exprimibles que otras, ¿verdad?

—Exactamente, las hay. A pesar de su reciente ingreso a mi escudería, Guadalupe cazó al vuelo esa enseñanza. Tiene que ver con aquello que explicaba Fernando Sorrentino cuando lo trajimos al capítulo 52.

La cuestión de los hiperónimos y los hipónimos. Me dejaron pensando esas palabras.

—¿En qué?

—En que no tengo la menor idea de qué significan.

—¿Y por qué no me preguntaste, abrazafarolas? ¿Por no pasar por estúpido? Sabé que la única pregunta estúpida es aquella que no se formula.

»Por empezar, tenés que imaginarte un paraguas gigante. Una sombrilla, digamos. Y te lo digo porque en semántica lingüística se los llama así a los hiperónimos: términos paraguas; también se los llama términos baúl, y enseguida vas a darte cuenta de por qué.

—La verdad, máster, algo voy adivinando. El paraguas es una especie de símbolo de la protección frente a los conflictos, ¿verdad?

—¿De dónde sacaste eso, Pukkitas?

—Una vez una psicóloga me hizo dibujar a un hombre bajo la lluvia.

—Ah, nada que ver, olvidate. Eso es un test que sirve para evaluar cómo reacciona uno frente a las presiones. La lluvia representa las presiones del ambiente, y la forma en que vos dibujes al paraguas muestra cómo te plantás frente a las situaciones no deseadas. Y decime: ¿cómo le dibujaste el paraguas a la psicóloga, lo coronaste con un pico?

—Recuerdo que sí, Tío. Pero por qué lo pregunta.

—Porque dicen que si a la copa del paraguas la dibujás terminada en un pico o en una punta, significa que sos un tipo agresivo. O, por lo menos, que respondés con agresividad a los conflictos.

—¡Pero, máster, todos los paraguas terminan en un pico o en una punta!

—Cosas que tiene la psicología, Pukkas, y no me respondas con tanta agresividad porque te rajo. Mejor imaginate que esa sombrilla que te planté recién en la cabeza tiene impresa la palabra animal, y esto lo digo sin alusiones personales. ¿Ya está? ¿Ya le imprimiste la palabra animal a la sombrilla?

—Ya está, máster. Seré agresivo, pero por ahora puedo imaginarme cosas.

—Bueno, no te calentés, era una broma. Ahora imaginá que bajo ese paraguas que tiene impresa la palabra animal caben ardillas, conejos, vacas, monos, dragones de Komodo, colibríes, carpinchos, elefantes y todos los animales que quieras.

—¿Puedo también incluir a algún gobernante bajo ese rótulo?

—Como está el mundo, Pukkas, creo que para tal fin necesitarías, más que una sombrilla, la cúpula del Movistar Arena. Pero no te distraigas y pensá en esto: todos los animales que, con tu imaginación, vos agregaste bajo la sombrilla vendrían a ser los hipónimos de ese gran hiperónimo que es la palabra animal. Que a su vez cabe bajo una sombrillota más grandota que puede tener impresa en su copa la expresión seres vivos.

—Algo parecido pasa entonces con las palabras mueble y sillón, ¿verdad?

—Exacto, Pukkas. Mueble es el hiperónimo, y sillón, cama, aparador, banquito vendrían a ser los hipónimos.

—Que a su vez estarían bajo el paraguas gigantesco que lleva por rótulo la palabra cosas. Según lo que dijo su alumna Guadalupe, cosas vendría a ser una palabra con un grado enorme de naranjez.

—Veo que lo entendiste todo perfectamente. Ahora estás en condiciones de poder deducir, por contexto, los significados de las palabras hiperónimo e hipónimo. “Hiper-” es un prefijo que significa “por encima de”.

—¿Como, por ejemplo, en “hiperinflación”?

—Exacto. La hiperinflación propicia nuestra hipertensión y nos pone hiperactivos a la hora de buscar el mango. En cuanto al segundo elemento que compone la palabra, sabé que “nimo” quiere decir “nombre”.

—O sea que un hiperónimo vendría a ser un “nombre” que está “por encima de”. Por encima de otros nombres, ¿no es cierto?

—Es cierto, Pukkas. Tan cierto como que un hipónimo es un nombre que está por debajo de otros nombres.

—Porque “hipo” es…

—… lo que está abajo.

—Como en la palabra “hipotermia”.

—Tal cual, Pukkas.

—Podría decirse entonces que un hiperónimo es un nombre genérico, y que un hipónimo es una palabra que está incluida en ese nombre genérico.

—Nunca mejor dicho, considerando que un hipónimo es una palabra cuyo significado está incluido en otra. “Colibrí” y “mamífero” son hipónimos de “animal”, pero “colibrí” no es hipónimo de “mamífero”, que vendría a ser hiperónimo de “vaca”, “mono” y “gobernante”. Por eso en nuestro capítulo 52, Sorrentino dice que él trata de usar siempre “la palabra que signifique menos cosas”. Él se toma “la precaución de utilizar el vocablo más específico y rehuir el más genérico”.

—¿Tiene un ejemplo aplicado a la literatura, máster?

—¿La frase “La gente salía del lugar” te dice algo?

—¿Qué gente, máster, qué lugar?

—¿Ves? En esa oración no podés imaginar nada de nada. Es una simple información sin alma. ¿Qué gente tengo yo en mi cabeza? ¿Qué lugar? Si es cierto lo que dice Stephen King en ‘Mientras escribo’, acerca de que la escritura es un acto telepático, en tanto que el escritor le “envía” por escrito al lector una imagen determinada, y el lector la ve “con los ojos de la mente”, como dice Alicia Steimberg en su libro ‘Aprender a escribir’, nuestra comunicación telepática autor-lector ha fallado olímpicamente.

—Entiendo. Su oración no muestra nada. Por eso le preguntaba, máster, de qué gente y de qué lugar me está hablando. Recuerdo aquello de las primeras notas, cuando Borges explicaba que hay palabras que le corresponden más al lector que al autor. “La gente salía del lugar” parecería ser una conclusión a la que el lector llega después de ver salir a… ¿A qué gente y de qué lugar?

—Por ahí va la cosa, Pukkas. En un reciente programa publicado en el canal de YouTube que lleva su nombre, Nicolás Amelio-Ortiz evocó una clase nuestra de hace años en la que hablam…

—… pare un poquito, máster, qué me está diciendo. ¿Que uno de los más famosos y basados youtubers de la actualidad es o fue alumno suyo? ¿El director y protagonista de un documental tan recopado como es ‘Cine en la vida real’, el mismo chabón que hizo una serie para Disney, pasó por el Taller de Corte y Corrección?

—Exactamente, Pukkitas, y es todo un orgullo para mí responderte afirmativamente a esa pregunta. Nico Amelio-Ortiz pasó por mis garras de terciopelo.

—¡Rayos, tengo esperanzas entonces!

—Por supuesto que sí, porque más de una vez me demostraste que talento no te falta. Pero acordate: sin el trabajo, el talento no es nada. Todo radica en que sumes conocimientos esenciales, en el prepotente amor al trabajo y en la disposición, la expertise y la perseverancia que les pongas a tus proyectos para que se realicen del mejor modo posible.

—Siempre caemos en el título de este libro, máster. Usted quiere decirme que Nicolás vendría a ser una muestra viviente de que con tener talento no te alcanza.

—Efectivamente, y por eso te lo traigo de ejemplo acá; recordá de nuevo la bajada de nuestro libro: “Ética de la escritura”. Ninguno de sus logros le vinieron servidos en bandeja a Nico. Su estilo de poner en acción el talento que Dios le dio consistió en ir aprovechando experiencia tras experiencia a medida que iba creando sus primeros cortos a base de ensayo y error. Recuerdo con todo cariño la esperanzada humildad con que visitaba el dimarkenbúnker de la calle Borges, allá en Buenos Aires, para mostrarnos a Nomi, a las chicas y a mí lo que llevaba filmado de su ópera prima, ‘El bosque de los sometidos’, estrenada hace casi quince años. Además (y esto, en nuestro ámbito, aplicalo a la lectura), desde mucho antes de iniciar su brillante carrera supo ver cine con la sagacidad propia del cinéfilo que vive deseoso de conocer, mejorar y perfeccionar su arte.

»Pero no nos distraigamos. Te estaba contando que hace poco recordó Nico en un video una enseñanza mía que tiene que ver con aquello de los hiperónimos y los hipónimos. En aquel programa, él hablaba de la importancia capital de ser preciso en la escritura del guion, porque toda la producción depende de lo que esté escrito en esas páginas, en ese pre-texto. Aunque pienso que será mejor que veamos juntos el programa, que nuestros lectores pueden encontrar a continuación:

—¡Grande, Tío, vamos a la compu!


(*) Los capítulos anteriores pueden leerse haciendo clic acá

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