Capítulo 67 de la columna de Marcelo di Marco.
Por Marcelo di Marco (*)
(Charla en La Anita, con mate lavado y tarde cansada)
—Tío Marce, ¿arrancamos?
—Arrancamos, Pukkitas, pero dejame cebar primero. Porque hablar de hipálage con la boca seca es como hablar de Borges sin haberlo leído: se puede, pero no conviene.
—Bueno. Entonces empiezo yo. ¿Qué es la hipálage?
—Ajá. Así, directo al hueso. Como si estuviéramos en un parcial. Mirá… ¿ves esa tarde allá, la que se está cayendo detrás del galpón?
—Sí. Está linda.
—Para Borges estaría cansada. Y ahí ya tenés la mitad del asunto.
—Pero una tarde no se cansa.
—Exacto. Ahí entra el problema. Y cuando hay problema, hay literatura. La hipálage es eso: un adjetivo que se muda de casa sin avisar. Un corrimiento indebido. Un pequeño acto de rebeldía sintáctica.
—O sea que es poner mal un adjetivo.
—No. Es ponerlo donde mejor trabaja, aunque la gramática proteste. Si el adjetivo estuviera bien educado, no pasaría nada. La hipálage existe porque el lenguaje, a veces, necesita desobedecer para decir algo verdadero.
—¿Y Borges hacía eso a propósito?
—Borges no hacía nada sin saber exactamente qué estaba haciendo. Esa es una de las primeras cosas que tienen que entender, Pukkitas. Borges no improvisa. Ajusta. Corrige. Lima. Y cuando finalmente mueve una palabra de lugar, lo hace porque ya pensó todo lo demás.
—¿Y la usaba mucho?
—No. Y eso también es clave. El que abusa de la hipálage se delata enseguida. Empieza a parecer un decorador de interiores del lenguaje. Borges la usa poco, pero cuando la usa, deja marca.
—¿Por ejemplo?
—“La noche insomne”. “El espejo vigilante”. “La vana espada”. Si nos ponemos literales, podríamos objetar todo. Las noches no duermen, los espejos no vigilan, las espadas no tienen vanidad. Pero el lector no está leyendo un informe técnico. Está entrando en una experiencia.
—¿Qué experiencia?
—La del sujeto que mira el mundo cargado de tiempo, de memoria, de culpa, de destino. Borges no escribe sobre objetos: escribe sobre la conciencia que los atraviesa. Y la hipálage le permite decir eso sin explicarlo.
—O sea que evita decir “yo”.
—Exacto. Borges es un maestro en eso. En borrar el yo sin borrar la subjetividad. No dice “yo me siento cansado”. Dice “la tarde cansada”. El cansancio está ahí, flotando, sin confesión, sin psicología barata.
—Eso suena difícil de hacer.
—Lo es. Y por eso no conviene copiar la superficie. Muchos leen a Borges, ven el truco, y salen a repartir adjetivos como si fueran volantes. Resultado: textos inflados, falsos, con olor a taller mal entendido.
—Entonces, ¿qué falta ahí?
—Pensamiento. Antes de la figura, tiene que haber una idea. Borges puede decir “la vana espada” porque antes pensó la vanidad del honor, de la épica, del coraje masculino. El adjetivo no adorna: juzga.
—O sea que la hipálage no embellece.
—No necesariamente. A veces embellece, sí. Pero sobre todo condensa. Ahorra explicaciones. Es una forma de decir mucho con poco. Y eso, Pukkitas, es ética literaria.
—¿Ética?
—Sí. Borges odiaba el relleno. Detestaba la prosa que se explica a sí misma. Prefería una frase torcida pero cargada, antes que un párrafo correcto y vacío.
—¿Y cómo se aprende a usarla bien?
—Primero, no usándola. Entendiéndola. Leyendo cómo funciona en otros. Viendo qué desplaza y por qué. La hipálage no se practica como un ejercicio gimnástico. No es “hoy escribimos con hipálage”. Es una consecuencia.
—¿Consecuencia de qué?
—De haber pensado. De haber vivido algo. De haber mirado una tarde y sentir que no es la tarde la que está ahí, sino tu cansancio proyectado sobre ella.
—¿Como ahora?
—Tal cual. Esta tarde en La Anita ya está medio vencida. Y no porque el sol esté bajo, sino porque nosotros venimos hablando hace rato. Si yo escribiera “la tarde cansada”, no estaría siendo poético: estaría siendo preciso.
—¿Y eso Borges lo sabía?
—Lo intuía. Y confiaba en el lector. Borges nunca subestima. No te explica la figura. Te la tira y se va. Si la entendés, bien. Si no, también. El texto sigue.
—Eso hoy no se hace mucho.
—Porque hay miedo. Miedo a no ser entendido. Borges escribía como quien deja una puerta entornada. No te obliga a entrar, pero tampoco te la cierra.
—Entonces la hipálage también confía en el lector.
—Claro. Le pide que haga un pequeño trabajo. Que acepte el desvío. Que no se quede en la literalidad. El lector literal se queda afuera de Borges.
—¿Y qué pasa si el lector no entiende?
—Nada grave. Borges no escribe para convencer. Escribe para decir lo que tiene que decir. Si alguien no entra, no pasa nada. El texto no se disculpa.
—Eso suena bastante antipático.
—Suena. Pero no lo es. Es honesto. Borges no seduce: propone. Y la hipálage es parte de esa propuesta.
—Tío Marce, hoy se habla mucho de la IA escribiendo. ¿Ahí también hay hipálage?
—Claro que hay, Pukkita. Mirá: ‘la IA escribió una página ansiosa, mientras el texto dudaba frente al escritor paciente’.
—Pero la IA no se pone ansiosa.
—No. Y el texto no duda. Y sin embargo, así se siente. La ansiedad, la duda, la paciencia: todo eso es humano, pero hoy aparece desplazado. La página carga con la inquietud, el texto con la vacilación, la máquina con una responsabilidad que no le corresponde del todo. Esa frase no describe cómo funciona la IA: describe cómo nos relacionamos con ella.
—O sea que la hipálage sirve para hablar de lo contemporáneo.
—Sirve para hablar de lo que todavía no sabemos nombrar bien. Cuando no entendemos del todo qué está pasando, el adjetivo se mueve. Y ahí aparece algo verdadero.
—¿Podemos decir que es una figura intelectual?
—Sí, pero no fría. No es un juego mental vacío. Está cargada de emoción, solo que sin sentimentalismo. Borges logra algo raro: emoción sin desborde.
—¿Y eso se puede aprender?
—Se puede intentar. Pero primero hay que desarmar una idea falsa: que escribir bien es escribir lindo. No. Escribir bien es escribir justo. El adjetivo justo en el lugar justo, aunque esté mal puesto.
—¿Y qué errores son comunes cuando se intenta usar hipálage?
—Dos. Uno: usarla como adorno. Dos: usarla sin haber pensado la experiencia. Si escribís ‘la mesa triste’ y no sabés por qué está triste, el lector tampoco.
—Entonces hay que preguntarse algo antes.
—Siempre. Y la pregunta es simple: ¿qué experiencia humana estoy desplazando al lenguaje? Si no hay experiencia, no hay figura. Hay ruido.
—¿Y Borges siempre parte de una experiencia?
—Sí, aunque no siempre biográfica. A veces es una experiencia intelectual, una lectura, una idea. Pero siempre hay algo vivido, pensado, rumiado.
—Como el tiempo.
—Exacto. El tiempo en Borges no es un tema: es una obsesión. Por eso puede cansarse, agotarse, volverse circular. El adjetivo desplazado no inventa nada: revela.
—¿Y por eso funciona?
—Por eso. Porque no está ahí para llamar la atención. Está ahí porque no hay otra manera de decirlo.
—Tío Marce, ¿y vos usás hipálage?
—Cuando hace falta. Y cuando no, no. Uno no elige la figura: la figura te elige. Si estás atento.
—Eso suena medio místico.
—No. Suena atento. Escribir es prestar atención. A lo que decís y a lo que el lenguaje te pide. Borges escuchaba mucho el idioma. Por eso podía mover una palabra sin que se caiga todo.
—Entonces, para cerrar…
—Para cerrar nada. Esto no se cierra. Se sigue leyendo, escribiendo, equivocándose. Pero si se llevan algo de esta charla en La Anita, que sea esto: la hipálage no es un lujo. Es una necesidad expresiva cuando el mundo ya no entra en la frase correcta.
—¿Y la tarde?
—Esta ya está agotada. Vamos guardando el mate. Mañana seguimos. Capaz con la sinécdoque. Si el sueño no se nos adelanta primero.
(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.