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Opinión 29 de enero de 2017

Creación de la Diócesis de Mar del Plata

Por el Padre Hugo W. Segovia

 

Comodoro Rivadavia, Formosa, Gualeguaychú, Lomas de Zamora, Mar del Plata, Morón, Nueve de Julio, Posadas, Reconquista, San Isidro, Santa Rosa, Villa María.

Uno por uno, y por orden alfabético, fueron surgiendo los nombres de las nuevas diócesis que, por la bula “Quandoquidem adoranda” Pío XII había erigido en la Argentina y que la radio recogía en su informativo.

Era el 11 de febrero de 1957, la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y, después de mucho tiempo, un sueño que se hacía realidad.

Ya antes de la crisis de fines de 1954, el Nuncio Apostólico, monseñor Mario Zanín, había llevado a Roma el proyecto. Lo sucedido después postergó la decisión y es así como teníamos una casi masiva ampliación del episcopado argentino.

Era muy importante la creación de estas diócesis, semejante a la que había tenido lugar en 1934, en las vísperas del Congreso Eucarístico Internacional de 1934. Había entonces sólo once diócesis (una sola arquidiócesis) y pasamos a veintiuna. EN el lapso de 1934 a 1957 sólo hubo dos nuevas diócesis (Resistencia en 1940 y San Nicolás de 1947).

Cuatro años después (1961), en vísperas del Concilio, habría otra lista grande de nuevas diócesis (Añatuya, Avellaneda, Concordia, Goya, Neuquén, Orán, Rafaela, Río Gallegos, San Francisco, San Martín y San Rafael) Completarían en 1963 este elenco, Concepción, Cruz del Eje, Presidencia Roque Saenz Peña y Venado Tuerto.

Iglesia peregrina

Casi en coincidencia con el día de la fundación de la ciudad (1874) y en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes que en su gruta del corazón del puerto viene a ser el centro más concurrido de devoción de residentes y turistas, Mar del Plata venía a ser sede de una diócesis.

No se trata de una sucursal del Vaticano como suele pensarse ya que los obispos son sucesores de los apóstoles, vicarios de Jesucristo también ellos.
La ordenación episcopal es más que un hecho jurídico, una realidad sacramental. La Iglesia diocesana conserva su identidad gracias a los lazos con las otras iglesias y, en modo eminente, con la iglesia de Roma.

Los documentos del Concilio fueron firmads por “Pablo, obispo, en comunión (“una cum”) con los demás obispos” y en nuestros días vemos cómo el papa Francisco ha priorizado su misión de obispo de Roma. Los padres de la Iglesia lo decía así: “la Iglesia de Dios que peregrina en tal lugar”. Y Pablo VI afirmaba que la vitalidad de la Iglesia se manifiesta en su capacidad de distinguirse del mundo y, al mismo tiempo, dirigirse a él. Es decir que cuanto más se adapta a la sociedad de su tiempo, más debe emerger su figura original. Y cuanto más marginada, más debe fortalecer sus lazos con Cristo”. “Más, decía el cardenal Etchegaray, envuelta en las turbulencias de la vida, más debe buscar a Dios bajo pena de vonertirse en un árbol sin raíces”.

Es la inversa de lo que sucede con el proceso de globalización que padecemos: nos resulta difícil entender cómo, en la sucesión apostólica, la unidad y la diversidad se implican mutualmente.

Pude experimentarlo en la clausura del Sínodo para América (1997) al ver pasar a monseñor Arancedo junto a los otros delegados del episcpado americano y era como si Mar del Plata se codeara con las otras ciudades. Aquello, también, que los padres de la Iglesia repetían: “el obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo”.

El primer obispo

La diócesis de Mar del Plata abarcaba un extenso territorio desmembrado de la arquidiócesis de La Plata por el norte y de la diócesis de Bahía Blanca (que era elevada, entonces, al rango arzobispal) por el sur.

Este territorio se mantuvo hasta que en 1978 fue creada la diócesis de Chascomús. Desde entonces abarca 22.895 km2. (los partidos de Balcarce, Gral. Alvarado, Gral. Madariaga, Gral. Pueyrredón, Lobería, Mar Chiquita, Necochea, Pinamar y Villa Gesell).

Aquella mañana del 11 de febrero fue también como el anticipo de lo que experimentaríamos un mes después cuando se hizo público el nombramiento de los nuevos obispos. Entre ellos, ocupaba un lugar preponderante la figura de monseñor Enrique Raul (obispo auxiliar de La Plata en 1951 y de Resistencia en 1955)

Aunque, a parimera vista, no parecía la persona más indicada para poner en marcha una nueva jurisdicción eclesiástica, era más grande aún el honor de contarlo como obispo. Un gran profesor, un gran escritor, un gran pastor también porque había sido primero, en la Argentina preperonista, pionero de la singular experiencia de la Juventud Obrera Católica (J.O.C.) y como auxiliar de monseñor Solari, recorrer la enorme arquidiócesis. Uno de los frutos fue la publicación de “Psallite” sobre la necesidad del canto litúrgico. Esa revista se unía a la audaz “Revista de teología” (primera en América Latina, en las vísperas de su episcopado) como a las “Notas de pastoral jocista”.

Esto último señala un lugar preponderante en su currículum: fue notoria la presencia del canónigo Josep Cardijn el 1º de julio de 1951 en su ordenación episcopal y no se puede pasar por alto lo que el padre Juan Carlos Ruta “descubrió” en la sede mundial de la J.O.C. en Bruselas al ver su retrato y el título (“doctor de la J.O.C.”) en la pared.

Faltaba poco, en 1957, para el Concilio y él lo vivió a fondo como lo decía monseñor Quarracino: “tendría que ser su predicador itinerante para que se hiciera carne en todas las comunidades”.

Y no solo él sino hasta Pablo VI que lo hizo, único latinoamericano, integrante del Consejo para la ejecución de la reforma litúrgica a la par de los más grandes expertos de todo el mundo.