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Opinión 10 de noviembre de 2019

Cuando las democracias representan y no participan

Por Raquel Pozzi

Desde Quito a Santiago de Chile se evidencia el desgaste y el hartazgo de los ciudadanos contra las decisiones e indecisiones de los responsables de la política en sentido estricto. El ahogo económico que se cierne sobre el esfuerzo que han llevado adelante sectores sociales para mantener la confianza, y por ende, la legitimidad en las promesas gestionadas desde el establishment político, ha encontrado un cauce peligroso por donde ríos de indignación desbordan.

Las protestas comenzaron en la región, lentamente a enardecer los ánimos de quienes se manifiestan, propagándose con virulencia hasta llegar a los extremos de un tipo de sordera fetichista arengada por la propia desconfianza y la inoperancia institucional. La violencia desde arriba, desde el poder en todas sus formas gestiona dudas sobre los tipos de democracias: ¿representativas o participativas? O ¿representativas y participativas?

Para poner en contexto y apelando a la síntesis forzada, el modelo de democracia representativa surge a partir de la Revolución Francesa, donde el pueblo delega poder en cada elección a los representantes, transformando la participación de los ciudadanos en una acción indirecta en favor de líderes y élites políticas. En definitiva, un método sin contenidos ni fines.

Este paradigma deja expuesta sus debilidades sobre todo cuando las élites políticas no canalizan las necesidades urgentes de nuevos tiempos económicos. Los politólogos Giovanni Sartori y Robert Dahl irrumpen en la ciencia política contra la idea de la existencia de una única teoría clásica de la democracia y de manera arquitectónica construyen otros paradigmas que pretenden quebrar la idea binaria de: elites gobernantes y pueblo gobernado.

El lugar cedido por los escuetos fundamentos morales de la praxis política actual activa la idea de mayor participación de los “gobernados” en los espacios políticos a través de la deliberación. La tensión entre democracias representativas y participativas puede rastrearse con claridad en las oleadas de descontento que atraviesa la región, destacando específicamente aunque con profundas diferencias a Ecuador; Chile y Bolivia.

Sociedad civil movilizada

Se percibe en la atmósfera una conjunción de desencanto y oportunismo. El desencanto fluye rápido como la lentitud de las decisiones en las esferas gubernamentales. Es allí donde los sistemas colapsan y la admiración atónita de quienes gobiernan los condena a perder la capacidad de reacción. La zona de “confort” es el lugar más placentero pero a la vez peligroso. La mayoría se pregunta: ¿por qué en Chile?, ¿por qué en Bolivia?

Los dos estados, de alguna u otra forma, son el prototipo del confort y el elixir del poder. Ambos proponen sistemas democráticos representativos aunque uno más participativo que otro. La alternancia de los partidos políticos en el gobierno de la República de Chile es venerada como modelo a seguir, sin embargo, no alcanza ni el ejemplo de convivencia política ni tampoco la prolijidad a la hora de exponer los números macro-económicos. Subyace en la sociedad chilena el hastío por la polarización social y el esquema social dónde la dinámica parece detenida en el tiempo, representando el ideal compteano tan criticado de una sociedad que responde a la estática y dinámica social dentro de un esquema sin posibilidades de cambio. Los vestigios de leyes pinochetistas han sido funcionales para sostener esa alternancia pacífica y ejemplar de los dos partidos políticos y de dos líderes diferentes pero no tanto como: Bachelet y Piñera.

Los estudiantes marcaron el compás de las protestas para echar a andar la deliberación y sobre todo zamarrear a sus ascendentes para salir a las calles a manifestarse contra la confiscación del futuro. Ya no es suficiente la división horizontal de los poderes ni el control verticalista de los ciudadanos cuando eligen sus candidatos. No alcanza. La zona de confort de los actuales mandatarios en conjunción con la apatía política de una parte de la ciudadanía originaron una especie de muerte súbita de la representatividad -gobierno- y de la participación -ciudadanía-; de dicho letargo las masas reaccionaron con mayor rapidez y efectividad ya que el espacio temporal del distanciamiento y la indiferencia depende del sector social al que pertenezca.

Quienes pueden, esperan. Y quienes no, reaccionan. La ciencia política y la sociología proponen herramientas para analizar estos fenómenos regionales alejándose de las circunstancias específicas que llevaron tanto a la República de Chile; al Estado plurinacional de Bolivia como a la República del Ecuador a atravesar procesos de movilizaciones sociales violentas. La idea del complot por comandos organizativos para crear un nuevo esquema político y económico en la región, también sobrevuela en el mundillo del análisis político. Quizás se le esté dando mayor trascendencia a los grupos oportunistas que a las fallas de fondo del sistema político.

A Evo Morales no le alcanzó y renunció

Al mandatario del Estado plurinacional no le alcanzó la estructura representativo del estado. Evo Morales prometió y cumplió, es cierto, pero la sobredosis de elixir del poder político y otras cuestiones alentaron al mandatario con mayor imagen de la región a tomar decisiones equívocas dentro de un esquema de democracia más participativas que sus vecinos.

La confusión surge cuando se considera la apatía política como un síntoma del descontento y ahí radica el error. La apatía va dirigida a todos los asuntos políticos, el descontento es el sentimiento de valoración que los ciudadanos realizan sobre el desempeño económico de los gobernantes. El mandatario boliviano creyó más en la apatía y consideró el camino allanado para romper con el pacto social que lo llevó a gobernar por tres períodos consecutivos con crecimiento económico sostenido, pero no fue suficiente ni para Evo Morales, sus detractores ni tampoco para aquellos que en su primer gobierno habían sido reivindicados como los movimientos indígenas.

El gobierno con democracia participativa se transformó en el modelo de democracia representativa, conformando una élite política narcisista en una zona de confort y creyendo en la apatía más que en la desesperanza. El resultado es un escenario que se complica con la renuncia del presidente por el vacío de poder, la desestructuración y la presión ejercida por las Fuerzas Armadas.

Aunque la altas esferas gubernamentales en Chile y Bolivia tomen nota del hastío social quizás también se repita el esquema y asistamos a otras formas de representación y participación, pero este momento de “Alerta Máxima” en la región con la renuncia de Evo Morales, no es un síntoma halagüeño ni para los pueblos que dejaron la apatía y prefieren el sentimiento de desconfianza ni para la élite política. Con máxima tensión la región se mece en un péndulo con dos matices democráticos: ¿representativa o participativa?