Cultura

Cuento: La cobija de mar

(A partir de una obra de Jim Warren, creador de sueños)

Por Jorge Luis Manzini

Mirar el mar, escuchar el mar, oler el mar, tocar el mar.

El mar calmo de un día de estío, y el mar enojado

con la tormenta que lo agita.

Mojarse en el mar, zambullirse bajo la ola que rompe.

Sentir el gusto del mar. Jugar con las olas;

nadar; mecerse, sumergirse en el mar …

Eso y más es lo que el mar representa para mí.

Y voy a contar algo que me sucedió alrededor de un año atrás, que estoy seguro de que en la mayoría de los que lo lean despertará una sonrisa escéptica, irónica, que comprendo, porque hasta a mí que lo viví me sigue resultando un enigma.

Era una de esas tardes tristes del invierno marplatense, fría, lluviosa, con mucho viento. El cielo y el mar, color plomo, se confundían en el horizonte, donde sólo se adivinaba la línea por alguna nube o alguna ola que se destacaban del gris que teñía todo el paisaje.

Según mi costumbre, con ropa abrigada e impermeable desde los pies hasta la calva, había salido a caminar por una playa solitaria, de acantilado.

Superado un recodo que no me había dejado ver más allá hasta, se me apareció algo que me dejó perplejo por un momento: una mujer hermosa, durmiendo casi boca abajo, en la orilla, donde el mar, como solidificado, la cubría amorosamente hasta la mitad del torso. Allí se había detenido y el límite entre el agua y la arena configuraba una verdadera cobija para ella. La arena sostenía su cabeza y su brazo izquierdo flexionado, adecuándose a la presión como lo hace una almohada.

Estaba vestida, con un ligero camisón o algo así, bajo el cual se adivinaba un sostén.

Cuando me acerqué procurando no hacer ruido para no despertarla, abrió los ojos, me miró, y me tendió una mano, lo cual, de modo casi reflejo, bastó para que empezáramos a meternos en el mar, ella siempre llevándome de la mano.

Su ropa se había esfumado por completo. Esas manos no eran como las mías, porque tenían entre los dedos una membrana que le facilitaba las poderosas brazadas con las que me llevaba, incansablemente, una tras otra, con el brazo libre.

La parte inferior de su cuerpo, desde la raíz de los muslos… estaba cubierta de escamas, como las de los peces. Y sus piernas se fundían en una sola estructura que terminaba en una gran cola…de pez, que era su verdadero motor para nadar.

Así nos introdujimos en el mar profundo. Al instante, en mi cuello se abrieron unos surcos por los que entraba y salía el agua salada y yo podía respirar sin dificultad; después me dí cuenta de que ella tenía algo similar. Al rato, noté que la parte inferior de mi cuerpo también comenzaba a cubrirse de escamas, y que finalmente tomaba la misma forma que la de ella. Y mi mano se adaptó más a la suya porque mis dedos se empezaron a unir con la consabida membrana. Caí en la cuenta de que yo también estaba completamente desnudo.

En las profundidades todo era negro, yo no distinguía nada, pero ella me guiaba con gran seguridad, hasta que llegamos al lecho marino, donde tenía un refugio, especie de caverna.

Allí, tallados en el lecho marino, había unos sillones, una mesa, una cama. Se acomodó en uno de los sillones y me invitó a hacer lo mismo, a lo cual accedí y la copié, porque no era fácil con la cola. Este viaje me había fatigado. Luego cogió un pez de buen tamaño que nadaba cerca de ella y se lo comió con toda naturalidad. Yo tenía mucha hambre pero no pude saciarla, porque me repugnó comerlo así, vivo, crudo, en movimiento.

Después de descansar un rato seguimos nuestro viaje, ya integrado yo al mar, cumpliendo mi sueño de siempre, moviéndome detrás de ella. No era la primera vez que yo observaba esta geografía y sus habitantes; había vivido la magnífica experiencia sumergiéndome con snorkel, a veces con tubos, unas cuantas veces en diferentes lugares. Pero era maravilloso cruzarse con los cardúmenes, ver el encaje multicolor, a veces luminiscente, de la cola de las medusas, oscilando como la de un barrilete, hasta una formación coralina que sobrepasamos, y todo eso a ojo desnudo, a una profundidad impensable para mí y por la simple propulsión de los elementos con que estaba yo ahora dotado.

Luego de un par de horas, calculo, en silencio absoluto, terminamos emergiendo en una pequeña isla de contornos recortados y costas escarpadas, a unos mil quinientos metros de la tierra firme, donde se distinguía un pequeño poblado lamido por el mar.

El lugar era muy acogedor y la temperatura muy agradable. La playa era de tosca, angosta, y bordeada apenas más allá, de acantilados rocosos, típicos de una geografía volcánica y, brotando de las grietas de las rocas, vegetación, exuberante como de clima tropical o subtropical.

Sorprendido ví asoleándose sobre las rocas a otras criaturas como ella. Todas eran muy bellas, y cantaban una melodía subyugante que me dí cuenta de que me iba como embriagando, erotizando progresivamente. Mi acompañante se sumó inmediatamente al coro. Nunca había yo escuchado algo semejante que emergiera de una garganta humana.

Mientras cantaba, la criatura se me fue acercando lentamente y pensé que quería iniciar un juego sexual conmigo.

Pero me tomó firmemente de un brazo con sus manos y me mordió. La primera vez suavemente, y lo interpreté como parte del retozo. Pero la segunda me desgarró piel y músculos y se llevó mi carne entre sus dientes. Entonces se me hizo evidente que lo que pretendía era ¡comerme!

De reojo alcancé a ver sobre otra de las piedras cómo otro ser similar al que quería convertirme en su almuerzo, con evidente fruición, estaba devorando y engulléndose a un hombre.

En un flash de esos que uno puede tener cuando está sometido a una situación límite y por su cuerpo circula toda la adrenalina que tenía guardada, atiné a zambullirme en el mar y nadar con todas mis fuerzas hacia la tierra firme. A medida que me alejaba con fuertes coletazos de la parte inferior de mi cuerpo ayudados por mis brazos (soy buen nadador de aguas abiertas), sorprendentemente tuve que ir a la superficie porque ya no podía respirar el oxígeno del agua. Las hendiduras de mi cuello se iban cerrando, las escamas iban desprendiéndose de mi cuerpo, y pronto dejé de tener cola de pez, recobrando mis piernas, cuya fortaleza exigí al máximo. También se esfumó la membrana que había aparecido entre los dedos de mis manos, lo cual al principio lamenté porque me agregaban velocidad en mi huida.

Agotado y hambriento llegué a la tierra firme; allí quedé, exhausto, tirado boca abajo sobre la tosca, y de a poco fui recobrando el ritmo normal de mi respiración y de mi pulso, que me torturaba saltando en mis arterias. Estaba adelgazado, mi piel estaba reseca, y mi aspecto era realmente desagradable.

No había señales de que el monstruo o sus compañeras me hubieran seguido, y esto me sigue intrigando aún hoy. La única explicación plausible que he elaborado es que confiaban ciegamente en la infalibilidad del efecto hipnótico, soporífero de su canto, que ponía a sus víctimas a su merced y era impensable toda resistencia. Y que las había dejado turbadas, incapaces de una rápida reacción, que yo, uno más de esos desgraciados, hubiera podido desasirme de su maléfico influjo como para escapar, así, simplemente nadando, aprovechando la metamorfosis que había sufrido.

Las características del lugar eran similares a las de la isla. Más allá se veían simpáticas casitas encaladas de estilo mediterráneo.

Recuperadas un poco las fuerzas, desnudo como estaba empecé a recorrer la costa y encontré los restos de una sombrilla abandonada, de la que arranqué o que pude de la tela, y con eso me cubrí. La poca gente con la que me cruzaba me miraba con extrañeza pero en silencio.

A poco de andar, una pareja mayor me guió hasta su casa, donde me ofrecieron un baño de agua caliente, bebida y comida, todo lo cual agradecí mucho y disfruté a más no poder. Me hablaban en una especie de dialecto mechado con italiano, y nos pudimos comunicar bastante bien. Viendo mi lamentable estado me ofrecieron alojamiento, lo cual acepté de buen grado. Ante sus lógicas preguntas, mi mente confundida no pudo o no quiso referirles lo que me había ocurrido, e inventé la historia de un naufragio cuya factura se sostenía con mucha endeblez.

Cuando pude razonar con alguna lucidez, les pedí orientación para encontrar alguna legación diplomática argentina.

Encontré un consulado, y el cónsul y el los demás funcionarios me atendieron muy bien, pude comunicarme con mi familia que me buscaba desesperada desde la noche que siguió al comienzo de mi aventura, e hicieron los arreglos necesarios, incluido el pasaporte, para que pudiera volar hasta llegar de nuevo a estas tierras. Con lo cual, pienso ahora, de manera muy especial completé el universo de vivir en tierra, en el agua y en el aire…

Y voy a terminar aquí mi relato, porque, con ayuda de un psiquiatra, aún turbado, confundido, abrumado, sigo tratando de desentrañar qué fue lo que me pasó, y recordarlo una y otra vez me angustia muchísimo.

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