Por Jorge Manzini
Hoy decidí ponerme delante de la hoja en blanco y ver si me salía algo decente para escribir. La famosa hoja en blanco que produce pánico a los escritores profesionales que tienen un plazo para entregar algo a su editora (en general han recibido un pago a cuenta de esa entrega). Me acuerdo por ejemplo que esto le pasó varias veces a Dostoievski, que encima era jugador compulsivo: se gastaba el adelanto y los editores lo perseguían. También contrajo impagables deudas de juego por lo que debió exiliarse por varios años. Pero a todos nos aterra. Tener por delante la hoja y que no se nos ocurra nada…
Aunque uno no sea profesional, puede ser que escriba para un concurso, para un premio, o simplemente para publicar. Porque a mi juicio, el que escribe quiere ser leído, para bien o para mal. Sea que lo feliciten o lo critiquen, aun ferozmente. Y poder intercambiar con los lectores. Recibir opiniones, contestar preguntas, a veces ácidas. Para esto son un buen ámbito las sociedades literarias, y aún los grupos pequeños, de escribidores que intercambian sus producciones.
Esto de la hoja en blanco también le pasa a los periodistas, a los columnistas con o sin tema prefijado, a los redactores de una revista, y desde ya se podría hablar de una “hoja en blanco oral”, por ejemplo para los locutores que incursionan en el terreno de emitir opinión, para tantos periodistas que se expresan por estos medios, a los políticos o a los que escriben los discursos de los políticos… Y ni que hablar de los que se manifiestan en las “redes sociales”.
Hoy en día la hoja (para escribir) es virtual, en general en una PC. Yo empecé escribiendo en una maquinita portátil marca TIPPA, borrando con unas tiritas de papel que tenían un polvo blanco de no sé qué, cada vez que quería corregir. O, si esto ocurría muy frecuentemente, tirando la hoja y empezando de nuevo.
Desde hace muchos años hasta hace unos meses, yo tenía una gran productividad. Cuentos, relatos, ensayos, poemas, y hasta una novela corta que escribí sin esfuerzo y de un tirón. Pero la musa se retiró. Pasa el tiempo y no vuelve.
Quienes escribimos solemos decir que todo se trata de diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración. Pero lo primero es la inspiración. Si no se empieza a escribir porque uno se siente inspirado (la musa, decimos), por más que transpiremos no saldrá nada en limpio o el producto será mediocre.
¡Cuántas obras maestras habrán empezado con un escriba estupefacto frente a su hoja en blanco, hasta que la musa se dignó aparecer! O quizás se puso a escribir cualquier cosa y en ese ejercicio apareció una idea, una frase inicial, geniales, y el resto fue el correr de la pluma (o de la PC hoy)…
Estoy contento porque esta página ya no está en blanco. Tenía algo que decir al respecto y lo hice. Es como si la hubiera hecho retornar a ella, la musa.
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