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Cultura 11 de abril de 2022

Cuento de Marcelo Sanjurjo: De las enormes desventajas que ocasionan las transmisiones de fútbol en diferido

Uno de los textos que el músico Marcelo Sanjurjo, recientemente fallecido en Mar del Plata, escribió para el sitio web La palabra precisa.

por Marcelo Sanjurjo

La verdad, la verdad… yo al tipo ni lo conocía. La voz aguardentosa de Raúl “Mané” Cerolini quebró el silencio que reinaba en el desértico pasillo. Bueno, no es que NO lo conocía. Lo había visto, sí, dando vueltas por el barrio…no sé…dos o tres veces. Lo que pasa es que yo estaba poco en casa. Las concentraciones, los viajes. Vio cómo es el Nacional B: hay que cruzar la Argentina, que es un hermoso país, pero en bondi. Hoy jugás en Jujuy, el domingo que viene en Puerto Madryn…y en el medio los entrenamientos…en fin, como le digo, estaba poco en casa. Y además acá, bueno…allá, en el barrio me conocen todos. No soy Mascherano, pero para los pibes soy el que pudo llegar a primera, el que jugó en Alemania, en la sub 20… entonces me mangan: fasos, guita, camisetas, entradas. Por eso, cuando volvía a casa, me guardaba todo lo que podía. Ya estoy de vuelta, amigo, quince años en primera. Ya está. Y otra cosa: el barrio no es lo que era. Hay lío con la falopa, te cortan la cara por veinte mangos. Si hasta me había comprado un chumbo –a pedido de Mirta- para tenerlo a mano cuando entramos el auto, por ejemplo.

Qué loco eso, no?

Le cuento que Mirta se encargaba de todo. Llevaba los melli -Francisco y Lucas- al colegio, pagaba las cuentas, hacía las compras, un fenómeno. Lo único que nunca dejé de hacer es llevar el auto a arreglar al taller mecánico de Pirueta, mi amigo de la infancia. Ni bien le escuchaba algún ruidito, una excusa en realidad, rajaba para allá. Ahí me relajaba de verdad, tomábamos mate, contábamos chistes. Buen pibe Pirueta. Asador tremendo. Miércoles por medio se armaba una peña fenómena con tres o cuatro muchachos amigos. Un vermouth, un vinito, un partidito de truco y vuelta a casa.

Ya me fui por las ramas no? Y usted quiere saber del asunto este…le digo que a mí lo que me cagó es la cantidad de partidos que dan por tele. Así como le cuento. Primera, Nacional B, B Metropolitana, Copa Argentina, todas las ligas de Europa, los goles del campeonato de Nepal, qué se yo…y claro, no alcanza el día para pasar tantos partidos en directo. El Chungo Jiménez, amigo de Pirueta, nos aseguró haber visto en el canal Gourmet una definición por penales del campeonato escocés. Qué fenómeno el Chungo !!!

Una vez me llevó de prepo a una canchita en la villa de Los Polvorines porque jugaba un sobrino suyo de 11 años que, según él, era un monstruito. Y quería que le consiga una prueba en Vélez. Llegamos, empezó el partido, a los tres minutos el árbitro cobró un penal insólito y de atrás del arco salió un gordo interminable que le metió tal bife al pobre tipo que le bajó cuatro dientes. Fin del picado y de la esperanza del Chungo.

Otra vez me fui por las ramas…es que me cuesta hablar del temita este, vio? Es que ahora que lo pienso bien, al tipo aquel que le contaba –se llamaba Miguel Funes, según me enteré después- lo vi varias veces más. Pero eso me lo contó mi hermana Lucy, la que vive al lado de casa. Me decía “acordate Mané, es el que siempre estaba sentado en la esquina con el buzo rojo y la capucha puesta”. Pero yo, como le digo, daba poca bola a las cosas del barrio.

Vamos a los bifes. Le cuento: ese domingo jugábamos contra Douglas Haig en Pergamino. Viajamos el sábado, dormimos en un hotel “medio pelo”. Encima en el salón principal festejaban un cumpleaños de 15. Y nosotros queriendo descansar. Apenas pegué un ojo en toda la noche. Y mi compañero de habitación, el pibe Reynoso –un ocho interesante- me cagó a cumbiazos todo el tiempo. Además esa misma noche la AFA decidió que el partido se juegue a las diez de la mañana del domingo. Porque a las tres se jugaría el partido suspendido entre River y Lanús. Ya no estoy –no estaba- para estos trotes. La operación de ligamentos y los años me juegan en contra, sabe? Encima perdimos dos a cero con baile. Y el técnico amarrete que nos manda pegar el culo contra el arco nuestro. Si no fuera por el Indio Cáceres, el arquerito, nos comíamos ocho. Así que volví al hotel recaliente, muy cansado y medio dormido. La vuelta a Capital, un velorio. No estamos preocupados por el descenso, pero perder siempre es un garrón, por el orgullo y por la guita; y la verdadera derrota –no sé, pienso ahora que tengo más tiempo- es la vuelta en bondi hasta tu casa. Nadie está salvado acá, y cuando perdés, encima, volvés seco. Y la mayoría de los pibes está pagando la casita, el terreno…

Me escapé de nuevo del asunto…ya le dije que me cuesta hablar del tema. Es como que todo lo que pasó me dejó sin palabras.

Mire cómo me viene a complicar la vida que hayan pasado el partido, en diferido, a las tres de la tarde !! Estaba previsto que se juegue a esa hora, como ya le conté.

Llegué a casa cuatro menos cuarto. Todo en orden. La verdad me extrañó la tele prendida y muda. De reojo vi que estaban pasando un partido (después, cuando ya no importaba me di cuenta de que éramos nosotros contra Douglas Haig). Todo el recorrido por la casa lo hice tratando de no hacer ruido. No quería despertar a Mirta…digamos…porque para ella la siesta es sagrada vio? y yo siempre le respeté sus momentos…porque un hombre, entre otras cosas, es aquel que respeta los tiempos de la mujer que ama y la petisa (yo le decía así aunque a ella mucho no le gustaba) me bancó toda la vida: las mudanzas, las ausencias; la saqué de Villa Luzuriaga para llevarla a Hamburgo a cagarse de frío. En fin…

Bueno, no lo distraigo más: después vi el buzo rojo en la silla del comedor, esos susurros que ahora se me han vuelvo griterío adentro de la cabeza y, sinceramente, es lo último que recuerdo. Después las luces de colores de la ambulancia, los vecinos, la cana, los movileros… Discúlpeme, lo tengo que dejar, empieza la visita y mi vieja me trae los nenes. Panchito la mueve, ojo, va a llegar, va a llegar…