Cumbres borrascosas y miradas opuestas: el milagro y la catástrofe económica
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Por José Luis Stella
Licenciado en Economía
Javier Milei y Axel Kicillof convivieron durante dos días bajo el cielo de Nueva York sin verse, pero muy atentos a lo que decía uno del otro. Ofrecieron ante inversores y dirigentes políticos una visión antagónica sobre la Argentina. El Presidente habló de crecimiento, consumo y una economía a la que “los dólares le van a salir por las orejas” mientras que el Gobernador bonaerense describió, una “catástrofe”, con empresas quebradas y desempleo masivo. Según M. Rodríguez Yebra, “lo que dejaron fue una estela de desconfianza, acompañada por una suba del riesgo país hasta el nivel más alto desde abril”.
El problema no es solamente la distancia entre ambos diagnósticos. En Uruguay, Chile y Brasil donde precisamente se vienen elecciones, cambia el presidente, pueden alternar gobiernos de izquierda con gobiernos de derecha con cambio de matices, pero sin cambio de rumbo. En Argentina la alternancia, implica un giro de ciento ochenta grados de la política económica, lo que llamamos “el péndulo”.
Milei eligió polarizar con Kicillof, que desde el acto de Villa Domínico elevó su candidatura presidencial al pedir que “cuenten con él”. El enfrentamiento será uno de los ejes de la política argentina hasta 2027. No ahorró descalificaciones. Llamó a Kicillof “enano soviético” y afirmó: “Si aparecen pelotudos hablando por Nueva York, el riesgo país sube, obvio”. También instaló la expresión “riesgo kuka”. Kicillof, por su parte, aprovechó su visita para cuestionar de raíz el rumbo liberal y desregulador del Gobierno y reivindicar un Estado con mayor presencia en la economía. El Ministro de Economía Luis Caputo antes de viajar a Francia extendió la crítica: “El kirchnerismo es el infierno y Kicillof es el anticristo, así está visto realmente”.
Como señaló el domingo pasado, Alejandro Borensztein en Clarín, bajo el título “Dos argentinos en Nueva York”, “mientras Milei explicaba que el problema del país eran Kicillof y los kukas, el otro decía exactamente lo mismo pero al revés. Mejor descripción imposible”.
La ironía resume un problema que excede la pelea personal.
Ante inversores internacionales, la Argentina volvió a mostrar dos dirigentes enfrentados que parecen tener respuestas para explicar por qué el otro está equivocado, pero pocas coincidencias sobre las condiciones mínimas que el país necesita para crecer. Dos diagnósticos opuestos, para una economía bastardeada desde el exterior, con viento en contra, y muy aletargada en el interior con distintas velocidades de caída o crecimiento según el sector de la actividad que se observe.
Milei insiste en presentar a la Argentina como una oportunidad extraordinaria para la inversión. Su apuesta está centrada en una economía abierta, con protagonismo del sector privado y potencial para convertirse en un proveedor relevante de minerales críticos, energía y recursos destinados al desarrollo de la inteligencia artificial. “Argentina es la nueva tierra prometida”, afirmó en Nueva York donde pudo exhibir un acuerdo con Estados Unidos sobre proyectos de infraestructura estratégica en gas natural licuado principalmente por US$7.000 millones, financiados por el Exim Bank aunque su concreción dependerá de que la incertidumbre política y económica no vuelva a alterar las expectativas.
Los datos que aparecen en paralelo son menos alentadores: caída del consumo y de la inversión, empleo estancado, aumento de la mora crediticia y una pobreza que continúa siendo un problema estructural. En apenas diez días, se conoció una tasa de desempleo del 7,9%, una caída del PBI del 0,6% en el 2do. trimestre, un retroceso mensual de la actividad del 2,9% del EMAE de julio, una baja del consumo masivo del 1,5% interanual y una pobreza del 32,3%. El dato positivo fue la reducción de la inflación al 1,7%, que luce como poco.
Nadie niega los avances de la estabilización macroeconómica, lo que está en duda, es si ese ordenamiento alcanza para generar crecimiento, empleo y una mejora perceptible de los ingresos.
Kicillof cuestiona la política económica del Gobierno, advierte el deterioro del empleo, la educación y la salud y reivindica una mayor intervención estatal. Su discurso deja también preguntas sin respuestas: si la situación es tan crítica como sostiene, ¿cuál es el programa concreto para revertirla, generar inversión, aumentar la productividad y volver a crecer?
El problema de fondo es la confianza. Los mercados evalúan la consistencia de las políticas y la capacidad de sostenerlas en el tiempo. La confrontación permanente tiene un costo económico. El Gobierno esperaba transitar los mejores 18 meses de su gestión, pero enfrenta una actividad que pierde dinamismo, empleo prácticamente estancado y dificultades para que la mejora macroeconómica llegue al bolsillo.
El riesgo país por encima de los 600 puntos no puede atribuirse exclusivamente a la pelea entre Milei y Kicillof: también influyeron la suba de las tasas de los bonos estadounidenses, la caída de la actividad y SI, la incertidumbre electoral. Pero la confrontación política tampoco ayuda a construir la previsibilidad que reclama cualquier proceso de inversión.
La Argentina ya conoce el costo de los cambios bruscos de rumbo. La inversión de largo plazo necesita reglas relativamente estables, independientemente de quién gobierne. La economía no puede vivir de promesas y Milei ha ido desplazando hacia adelante sus expectativas. “Si somos reelectos, el 2028 va a ser el mejor año de la Argentina”, afirmó. El problema es que una economía con dificultades presentes necesita resultados concretos, no solamente la promesa de un futuro mejor.
Kicillof, en sentido inverso, pone el acento en las consecuencias negativas del modelo libertario, pero tampoco termina de explicar cómo financiará y ejecutará, si es elegido, una estrategia alternativa de crecimiento. Entre el “milagro” que anuncia Milei y la “catástrofe” que describe Kicillof existe una economía real que necesita respuestas.
La encuesta de Moiguer explicada en todos los medios por Juan Lautaro Lucarini resume ese cambio de humor social con una frase contundente: “La Argentina mejora, yo no”.
La pobreza dejó de ser un fenómeno coyuntural. Desde hace años permanece por encima del 30%, atravesando gobiernos de distinto signo político. El problema excede, por lo tanto, a una administración determinada y revela una transformación estructural de la sociedad argentina. El trabajo perdió parte de su capacidad como vehículo de ascenso social; la educación ya no garantiza como antes movilidad y oportunidades, y las familias enfrentan crecientes dificultades para funcionar como red de contención.
La disputa entre ambos funcionarios es políticamente funcional para sus protagonistas. Para nuestra economía resulta difícil encontrarle beneficios.
Milei tiene derecho a defender su programa de estabilización, apertura económica y reducción del déficit. Kicillof tiene derecho a cuestionarlo y a proponer un Estado con mayor intervención. Pero una democracia madura debería permitir que, además de confrontar, puedan discutirse políticas de Estado, mínimos consensos que sobrevivan a los cambios de gobierno. Sin él, cada elección vuelve a convertirse en una amenaza de cambio de rumbo y cada gobierno hace su presentación fundacional criticando la herencia anterior. La economía se paraliza.
Entre el milagro que promete uno y la catástrofe que denuncia el otro hay una línea muy delgada. Pero, sobre todo, hay un país que necesita dejar de mirar la política como una pelea permanente y empezar a discutir cómo crecer, generar empleo y mejorar los ingresos de manera sostenible. Ese debería ser el verdadero desafío económico de los próximos años.
Nuestra tésis sin desconocer la situación económica vigente, es que el problema no es económico, el problema actual es político y damos una breve prueba. Cuando el representante de Irán en Naciones Unidas dejó en claro que no iba a existir un pronto acuerdo con EEUU sumado a la suba de la tasa de interés fueron dos noticias que generaron las caídas de los bonos de los países latinoamericanos, pero como pasa con frecuencia los que más cayeron en la región fueron los bonos Argentinos.
La Argentina se encamina a tener en 2026 el tercer año consecutivo de superávit primario de cerca del 1,4% del PBI. Y si le agregamos 2027, tendríamos cuatro años consecutivos de superávit, mientras que países como Brasil o Colombia tienen déficits primarios con tasas de riesgo país de 162 y 205 puntos básicos, respectivamente.
La deuda neta Argentina es del 35% del PBI, un nivel similar al de Chile, cuyos bonos forman parte de la elite de créditos considerados “investment grade”, y que tienen un riesgo país de solamente 87 puntos básicos.
Decía Marcos Buscaglia “es decir, no es lo económico lo que explica el desanclaje de los activos argentinos de los del resto de la región. Ese diferencial viene de la política, ya que la Argentina es el único país de la región en donde en cada elección están en juego definiciones tan elementales como el cepo, el déficit fiscal, el financiamiento monetario del déficit, la apertura de la economía y hasta si las deudas se pagan o no”.
Los datos recientes no ayudan a mejorar el ánimo: la actividad económica cayó un 2,9% mensual en julio, tras una contracción del 0,6% en el segundo trimestre. Por definición, los economistas entendemos la recesión técnica como dos trimestres consecutivos de caída en la actividad. Aunque el dato de agosto se publicará el 21 de octubre según el INDEC y el de septiembre recién en noviembre, Carlos Bianco afirmó en su conferencia de los lunes que “estamos en recesión”, algo que técnicamente los números aún no confirman. También es una definición política que muestra que se ha lanzado la campaña electoral.
Distintos economistas que advierten que por ahora ni el crédito, ni la inversión, ni el consumo están siendo motores de una expansión sostenida, y que por ahora lo único que tracciona son las exportaciones, Luis Caputo, aseguran que “a la larga, los modelos con ese driver siempre funcionan”. Cita especialmente el caso de Chile, liderado por las ventas de cobre al mundo, y de Australia, también potenciando la minería. En otra escala, añade, se puede pensar en casos como los de Taiwán, Vietnam y Corea del Sur, además de Perú en Latinoamérica, indican en el Palacio de Hacienda. “Las transiciones fueron más o menos rápidas, pero en ningún caso terminó con un fracaso de modelo de país”.
La tormenta política ha comenzado, no de la mejor manera. Milton Friedman decía que «Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería». Por favor, estemos atentos.
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