El escritor e historiador vuelve a la ficción con “El crimen de Año Nuevo”. Antes de su exitosa charla en el Festival Penguin Libros, el autor conversó con LA CAPITAL sobre la Buenos Aires de 1880, atravesada por la inmigración, los prejuicios sociales y una justicia en formación.
Por Rocío Ibarlucía
Daniel Balmaceda vuelve a la novela policial histórica con “El crimen de Año Nuevo”, un relato basado en un hecho real ocurrido en las primeras horas de 1881, cuando Buenos Aires comenzaba a convertirse en una ciudad moderna en plena transformación. En ese escenario convulsionado, reconstruye un asesinato cometido en un conventillo del barrio Norte, con el que abre una trama cargada de suspenso, pasión y prejuicios.
Divulgador clave de la historia argentina –autor de libros como “Historias inesperadas de la historia argentina”, “Romances turbulentos de la historia argentina”, “La comida en la historia argentina”, “Qué tenían puesto” e “Historias de la Belle Époque argentina”–, Balmaceda se apropia una vez más del género policial para iluminar procesos sociales más amplios: la llegada masiva de inmigrantes al puerto de Buenos Aires, sus primeros días en el Hotel de Inmigrantes, la dificultad de conseguir trabajo y alojamiento, la vida cotidiana en los conventillos, el trazado urbano, el cruce de lenguas en los mercados, el mundo del delito y los límites de una justicia todavía en formación. Todo eso ocurre bajo el telón de fondo de la consolidación del Estado nacional y el ascenso de la Generación del 80.
No es la primera vez que Balmaceda se mueve en ese territorio. En “Los Caballeros de la Noche” (Sudamericana, 2024) ya había incursionado en el policial histórico a partir de un caso real: una banda integrada por inmigrantes europeos que hasta llegó a robar el cadáver de un miembro de la familia Dorrego para pedir rescate. Aquella novela permitía rastrear los orígenes del hampa porteña; ahora, vuelve a la ficción porque, según explica, le ofrece una libertad que el ensayo no le daba.
“Más que el ensayo, es la narrativa la que me permite generar escenografías completas, profundizar en los personajes y activar los sentidos. Un ensayo se limita a contar un hecho concreto; en cambio, la novela te abre mucho a la escena”, cuenta el autor a LA CAPITAL.
El punto de partida de su segunda novela fue el descubrimiento, mientras escribía “Los Caballeros de la Noche”, de un expediente judicial conservado en el Archivo General de la Nación. Ahora bien, para reconstruir las costumbres, pieza fundamental de la novela, el autor recurrió a diarios de época y a la correspondencia privada entre inmigrantes, donde encontró detalles reveladores: “Casi todos se maravillaban de que en la Argentina se comiera carne todos los días, porque en Europa comían carne cada quince días”. Esos intercambios epistolares, dice, le permitieron entender cuánto de la identidad cultural argentina se forjó en ese período. “Hoy somos mucho más parecidos a los inmigrantes de 1880 que a nuestros patriotas de 1810”, afirma, y ubica allí el origen de la tonada, la gastronomía y buena parte de la vida social contemporánea.
Las descripciones de las costumbres de los inmigrantes resultan, entonces, centrales en la novela. Balmaceda, de hecho, subraya que durante buena parte del libro el lector sabe que habrá un crimen, pero ignora tanto la identidad de la víctima como la del culpable. “Recién alrededor de la página 100 empezás a entender quién es quién”, señala. Antes de que el policial se active por completo, “El crimen de Año Nuevo” se detiene en una minuciosa reconstrucción del pasado, en la que la historia social es tan importante como el suspenso.
Balmaceda reconstruye en esta novela el mapa de la Buenos Aires finisecular. A través de la historia de sus protagonistas, el lector puede viajar al pasado y recorrer desde la mirada de los recién llegados las calles de esta ciudad atravesada por el afán de progreso pero también por la marginalidad, meterse en los mercados y escuchar una ciudad caótica, desigual y ruidosa, saturada de lenguas, olores y sonidos.
Para darle cuerpo a ese escenario, el autor comparte que se apoyó en “planos de la época, diarios, crónicas y fotografías”, con el objetivo de devolverle movimiento a Buenos Aires. A través de esos materiales, Balmaceda buscó que el lector pudiera “caminar por la ciudad como lo hicieron nuestros abuelos”.
Los mercados aparecen como uno de los escenarios centrales de la novela, verdaderas torres de Babel al aire libre. “Había vendedores ambulantes de todo tipo de mercadería y cada uno pregonaba su producto en el idioma que conocía. Gallegos, andaluces, genoveses, sicilianos, franceses, turcos, todos gritando sus comidas típicas”, describe el autor.
De este modo, en “El crimen de Año Nuevo”, Buenos Aires funciona como un personaje más, que, tanto por sus promesas como por sus hostilidades, interviene en el destino de los protagonistas.
El crimen sucede en un conventillo, presentado en la novela como un espacio de convivencia forzada, atravesado por tensiones, peleas y precariedades, pero también como un microcosmos donde surgieron prácticas sociales que todavía persisten.
En especial, Balmaceda recupera una costumbre: “El único momento que tenían los inmigrantes para descansar y disfrutar era el domingo a partir del mediodía, cuando todos comían juntos en el conventillo”. De esas reuniones surgieron las mesas largas que terminaron por consolidar una forma de sociabilidad característica de nuestro país. “Si hoy somos tan domingueros, proviene de esas reuniones”, señala Balmaceda. Algo que, remarca, suele llamar la atención fuera del país: “En Europa o en Estados Unidos no entienden por qué nos gusta tanto juntarnos los domingos”. La explicación, dice, está en aquellos “abuelos inmigrantes que trabajaban de lunes a sábado y encontraban en ese mediodía libre un espacio para el encuentro con otros, el descanso o el paseo por el río o el Parque 3 de Febrero”.
Daniel Balmaceda en la plazoleta Almirante Brown. / Fotos: Archivo LA CAPITAL.
El crimen, además, ocurre en la noche de Año Nuevo, una fecha que permite asomarse a las celebraciones y confirmar que en la mesa de los conventillos de 1880 ya estaban presentes platos que hoy reconocemos como propios: “el matambre arrollado, el ‘vitello tonnato’ lombardo, la pata de cerdo o de pollo”, y, como broche, “el panettone de Milán”. El pasado, sugiere Balmaceda, explica muchas de las formas en que los argentinos seguimos viviendo y conviviendo.
La novela también pone el foco en el choque para los inmigrantes entre la expectativa de “hacerse la América” y la dura realidad de conseguir trabajo y un alojamiento digno. Buenos Aires, recuerda Balmaceda, “era tan receptiva como hostil. Podías encontrar facilidades o un montón de impedimentos”. De hecho, resalta que “uno de cada tres inmigrantes regresaba derrotado, porque no había cumplido las expectativas con las que había viajado”. Incluso, explica que la hostilidad muchas veces venía de parte de extranjeros “que veinte años antes habían llegado y despreciaban a los recién arribados”.
Al mismo tiempo, el Estado ofrecía ayudas: “Buenos Aires recibía a los inmigrantes con muchas facilidades. Por ejemplo, te pagaban el hotel durante los primeros cinco días, te pagaban la comida, había una oferta de trabajo importante y se trataba de facilitar que viajaran al resto del territorio nacional. Los pasajes en tren eran gratis. Si vos te ibas con tu familia a Mendoza, por ejemplo, el gobierno te pagaba los pasajes para que te trasladaras, a Mendoza o a donde quisieras instalarte. En ese sentido eran muchas ventajas”.
También funcionaban con eficacia las asociaciones de socorro mutuo, organizadas por nacionalidades. En la novela, los protagonistas recurren a una entidad italiana para conseguir trabajo, como también existían asociaciones francesas o españolas. “Esos espacios ayudaban a establecerse cuando llegabas a un lugar donde no tenías conocimiento de nada”, explica.
En ese contexto desigual, el delito aparecía como una posibilidad latente. De cierto modo, las desigualdades y obstáculos que imponía Buenos Aires a los recién llegados afectan los destinos de los protagonistas. El escritor aclara que ellos pertenecen a “a un grupo de inmigrantes trabajadores o con buenas intenciones de prosperar y a quienes el destino los arrastró a una situación criminal”.
En paralelo, explica que también había organizaciones delictivas: “Por supuesto, muchos inmigrantes querían tomar atajos para llegar cuanto antes a lograr sus objetivos y eso los hacía justamente delinquir, participar en bandas, como ocurrió, por ejemplo, con el caso que escribí en ‘Los Caballeros de la Noche’. Y ese mundo estaba muy extendido y se enfrentaban a quienes querían trabajar”.
Estafadores, bandas y oportunistas se aprovechaban en especial del desconocimiento de los recién llegados. Balmaceda recuerda figuras típicas de la época, como los “vendedores de buzones” o los famosos “cuentos del tío” cuyas víctimas solían ser los inmigrantes. Por ejemplo, “un caso típico era que cerca del Hotel de Inmigrantes aparecían ofreciendo alojamiento económico. Y ante la desesperación, muchos inmigrantes aceptaban, les daban sus valijas y, de un momento a otro, los estafadores salían disparados o desaparecían, se llevaban el baúl con toda su ropa, su dinero, todo”, cuenta Balmaceda.
La segunda parte de “El crimen de Año Nuevo” se concentra en el proceso judicial. La novela narra los avances y retrocesos del caso, las interpretaciones de los distintos jueces, fiscales y defensores, que aparecen como piezas de un sistema todavía rudimentario, pero “con un sistema claro”, explica Balmaceda, que incluía expedientes, careos, análisis de la caligrafía y acuerdos inesperados. Así, la novela permite ver las limitaciones y las singularidades de una justicia que empezaba a institucionalizarse.
Al mismo tiempo, deja en evidencia el peso del prejuicio social a la hora de construir la verdad judicial. “La portación de cara era muy fuerte y podían darse injusticias a partir de prejuzgar”, señala el autor, y recuerda la influencia de teorías criminológicas como el positivismo lombrosiano, que analizaba los rostros antes de que se generalizara el uso de las huellas digitales.
“La investigación es lo más atractivo que tiene mi trabajo. Si tuviera que elegir entre escribir o investigar, me quedaría investigando”.
Más allá de la reconstrucción histórica, “El crimen de Año Nuevo” se inscribe en la tradición del policial, un género que Balmaceda conoce, disfruta y proyecta hacia el futuro. De hecho, el autor anticipa a LA CAPITAL que su próxima novela también será un policial basado en un caso real, aunque situado en una época más cercana.
La elección no es casual. Balmaceda encuentra en los expedientes judiciales un territorio fértil para la narración y, de este modo, hace convivir el dato duro con el drama humano. El crimen, más que un enigma a resolver, se convierte en una herramienta privilegiada para indagar el funcionamiento de la Justicia y la policía, los prejuicios sociales sobre los extranjeros, las tensas relaciones entre inmigrantes y las fuerzas de seguridad, y las lealtades y traiciones dentro de la comunidad de italianos.
“Escribo policiales porque siempre me gustó el género y porque al tener mucha facilidad para la lectura de esos expedientes, voy descubriendo datos muy interesantes. La justicia comercial no me da esos elementos, la justicia penal sí, y entonces me dispara ideas de próximos libros”, confiesa, aunque también aclara: “Y eso no quiere decir que no vuelva a esta época con alguna historia o que vaya más lejos en el tiempo. En 1810, en 1800, hay historias muy atractivas, también policiales, y en algún momento por ahí vaya por ese lado. Pero es el género el que me gusta mucho”.
Y resalta: “Me gustan el género policial y el del romance. Las historias de amor o de pasión y los crímenes me resultan muy atractivos” y son motores igualmente potentes para pintar una sociedad.
A diferencia de “Los Caballeros de la Noche” –“un caso increíble pero que fue muchas veces contado”, añadió el autor–, “El crimen de Año Nuevo” narra un caso que había caído en el olvido: “Nunca se había contado y eso me pareció muy curioso”.
El asombro se profundizó cuando empezó a estudiar el expediente judicial. “Por experiencia, era obvio que nunca se había abierto, que era el primero que desataba las cintas que lo mantenían cerrado”, recuerda. Incluso, en su momento, el crimen pasó casi inadvertido en la prensa, hasta que una denuncia anónima lo activó. “Si no hubiera aparecido ese anónimo, jamás nos hubiéramos enterado de este crimen que ocurrió el primero de enero de 1881”, afirma.
Esa posibilidad de rescatar lo olvidado es, para Balmaceda, el motor de su escritura. “Me gusta siempre en todos mis libros que surjan cosas nuevas. El día que escriba un libro que ya esté todo dicho por otros autores, tendría que empezar a dedicarme a otra cosa”, confiesa.
La investigación aparece así como el núcleo más atractivo de su trabajo: “Me fascina escribir, pero mucho más investigar. Si tuviera que elegir entre una sola de las dos tareas, seguramente me quedaría investigando”. Investigar, para él, implica asumir la ignorancia como punto de partida: “Tenemos que aprender a decir no sé más seguido, porque no sabemos nada”.
No es casual, entonces, que cierre “El crimen de Año Nuevo” con un epílogo donde afirma que “las historias del pasado no son ecos lejanos”, sino relatos que dialogan de manera persistente con el presente. Al rescatar un expediente que el tiempo intentó sepultar y darle vida a través de la narrativa, Balmaceda invita a viajar al siglo XIX y pensar cuánto de aquella sociedad sigue latiendo en la Argentina actual.
El Festival Penguin Libros, el ciclo de charlas con escritores al atardecer que se realiza en Villa Victoria, continuará con Viviana Rivero. La autora cordobesa conversará sobre su novela “Secretos de sangre”, este miércoles 21 de enero a las 19. La entrada es libre y gratuita.