Cultura

Darío Sztajnszrajber: “El amor es una experiencia de derrumbe”

El filósofo pasó por Mar del Plata, ocasión en la que tuvo una charla mano a mano con LA CAPITAL para hablar de su último libro “El amor es imposible. Ocho tesis filosóficas”. Con su estilo coloquial y profundo, reflexionó y dejó muchas respuestas sobre el amor, pero sobre todo dejó preguntas, algo que le apasiona.

Por Dante Galdona

Dos horas antes de la entrevista, ya espera una cola de gente impaciente de entrar al auditorio donde dará una charla en el marco del ciclo Verano Planeta, aprovecha para saludar y sacarse fotos. Se nota que le encanta mezclarse con sus lectores, es el paradigma del pensador popular, la gente lo lee mucho y lo quiere más. En la entrevista, despliega sus conceptos con amplitud docente, le brillan los ojos y se entusiasma cuando habla, apela a los gestos para afirmar ideas, piensa y repiensa lo que ya pensó y escribió. “Somos palabras con patas”, dice y LA CAPITAL pone en palabras esta exquisita charla.

Darío Sztajnszrajber salió a sacarse fotos con sus seguidores, quienes hicieron una larga fila para poder escucharlo hablar sobre el amor, el pasado lunes. / Foto: Marcela Golfredi.

-Para la primera pregunta voy a citar a Carver: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?

-Fundamentalmente hablamos porque, como intento desarrollar en la tesis tres, hay una relación fuerte entre el amor y la palabra. En especial porque no nos alcanza con amar, sino que intentamos infructuosamente comprenderlo, ponerlo en la palabra. De hecho, la categoría del “te amo” es en sí misma un acto de amor y es un acto de amor que no deja de ser una enunciación, entonces hay una necesidad existencial de comprender al amor, siendo, paradójicamente, el amor lo que hace en algún punto desestabilizar toda palabra porque hay como una sensación de que la palabra no alcanza. En esa tesis tres un poco voy en esa dirección, retomando a muchos autores, que es que el amor es imposible porque no puede ser dicho, que es inefable, que no significa que no pueda decirse, sino que todo lo que decimos sobre el amor nos deja una sensación de falta, de que no alcanza. Me gusta más en ese sentido que el lenguaje nos ayude a deconstruir el amor más que alcanzar su naturaleza última.

-Ahí dialogás bastante con Platón.

-Sí, bastante con Platón y bastante con las lecturas que se hacen de Platón. Pensemos que la mayoría de los pensadores antiguos y de los textos ancestrales, además de ser esos textos escritos, tienen multitud de interpretaciones encima, entonces hay un Platón cristiano, hay un Platón cartesiano, vos vas leyendo a Platón desde distintos lugares. A mí me gusta mucho leer a Platón desde (Jacques) Derrida, quien leyó mucho a Platón, que es intentar hacer una deconstrucción del texto platónico y más de un texto como “El banquete”, que no solo habla sobre el amor, yendo al inicio de tu pregunta, sino que, entre otras cosas, intenta demostrar la inefabilidad del amor. De hecho, en el discurso más famoso que es el de Aristófanes sobre el mito del andrógino sobre el amor, cuando las dos mitades se vuelven a encontrar y se fusionan, Platón dice que no hay ninguna palabra ni ningún saber que pueda de algún modo transmitir lo que están sintiendo en ese momento, se quedan en silencio.

-¿Por qué creés que desde que el hombre es hombre tiene esa necesidad de expresar el amor, de explicarlo, además de sentirlo?

-Estás planteando ahí uno o dos problemas filosóficos como estructurales a la condición humana que tienen que ver justamente con esta frase de Derrida que dice “nada hay fuera del texto”. Entonces, pensarnos los humanos como un efecto del lenguaje hace que todo tenga que ser puesto en la palabra. Cuando vos decís “¿por qué no nos alcanza con sentir?”, la pregunta que yo me haría es cuánto podemos escindir el sentir de su conceptualización. Hacemos mil intentos, por eso nos vinculamos tanto con las filosofías orientales, culturas originarias, que de algún modo muestran el andamiaje lógico que nos constituye como seres pensantes, como algo impuesto, como algo que viene del exterior. Pero somos lenguaje con patas, es muy difícil: ¿cómo aislás y circunscribís la sensación amorosa absolutamente por fuera de la palabra? Pero ahí el problema no es el amor, el problema es que el ser humano está atravesado en esta constitución por la necesidad de explicarlo todo. Y eso yo creo que no es algo totalmente natural, sino que es una construcción epocal, es parte de una cultura que es la occidental que se forja a través del logos, que es la racionalidad por encima de todo.

Foto: Marcela Golfredi.

-Si bien estás separando tu tema de la cultura oriental, en algún punto tu texto también se acerca al budismo, conceptualemente.

-Yo creo que hay otras narrativas que intentan llevar a fondo esa especie de separación con la razón y en la medida en que Occidente busca conversar con esas otras culturas -un diálogo muchas veces imposible o infranqueable-, pero en ese intento algo se mueve. Entonces ahí entiendo que te haya resonado…

-Precisamente en “El amor es inefable”, ahí sobrevuela el concepto budista de la dualidad, un budista trata de escapar del pensamiento dual, de estos blancos o negros. Daisetsu Teitaro Suzuki define la iluminación, que es el acto más sublime del budismo, igual que vos definís al amor.

-Me encanta, y por eso el amor es imposible, porque nosotros estamos estructurados por el binario, claro, a lo sumo lo que podemos hacer con ese binario es visualizarlo y tratar de escaparle, pero no sé si hay un ”lugar otro”, porque uno es hijo obviamente de la cultura en la que nace y me parece que la gran apuesta de la deconstrucción como filosofía, que podemos decir entre paréntesis que el libro lo que intenta hacer es eso, es una deconstrucción del amor, es buscar los lugares donde el binario colapsa. ¿Dónde colapsa el binario? En las paradojas, porque para el pensamiento occidental las aporías deben ser resueltas. Para la deconstrucción filosófica, la aporía es como un lugar de llegada que evidencia que todo es mucho más ambiguo, confuso y conflictivo de lo que parece y que en todo caso esa supuesta resolución es una resolución que siempre supone una jerarquía, siempre supone una relación de poder decir así. Entonces de alguna manera en el libro, el binario más elemental que está en la base de cualquier vínculo, que es uno y el otro, se plantea aporéticamente, la aporía fundamental, eso está muy desarrollado en la última tesis, que dice que el amor es imposible porque el amor es el otro y el otro es imposible porque no hay manera nunca de poder conectar de modo definitivo con el otro, ya que esa conexión última lo “des-otra”, o sea, encontrarlo al otro es al mismo tiempo perderlo porque lo definitorio del otro es justamente que nunca terminás de acceder, y eso en el amor para mí es el motor más importante, el deseo de ir hacia un otro que nunca vas a terminar de encontrar.

“Amar al otro es que el otro te saque de vos mismo y ese exilio de uno con uno mismo es un hecho ultra perturbador”.

-Cuando hablás de la necesidad de deconstrucción del amor resuena la idea del amor institucionalizado, heteronormativo, patriarcal. ¿Siempre es insano el amor patriarcal? ¿Siempre nos destruye?

-(Risas) Que quede claro que esa es tu pregunta. Pero solo para molestarte, insano-sano o sano-enfermo también es un binario, entonces habría que delimitar ahí de qué tipo de sanidad y de enfermedad hablamos. Lo sano y lo enfermo son categorías fuertes de lo binario.

-¿No está en esa categoría el amor heteronormativo?

-(Risas) Yo creo que justamente la heteronormatividad lo que instaura es una estructura al interior de la cual se define lo sano y lo enfermo, lo bueno y lo malo, no son categorías previas para mí, sino que son categorías que siempre suponen esa estructura que se instaura como si fuese algo propio de la naturaleza de las cosas. No te quepa duda que para la heteronormatividad todo lo que escape a la heteronormatividad es enfermo, esa es su lógica. Yo creo que uno nunca viene de ningún lugar, nosotros de algún modo nos vamos analizando a nosotros mismos en nuestras experiencias, al interior de una sociedad capitalista, democrática, patriarcal, heteronormativa, y en todos esos ámbitos vamos viendo de qué modo vamos lidiando con eso. En qué situaciones uno puede plantear paradigmas alternativos, cuándo lo que uno puede hacer es distender o desactivar la fuerza de esas estructuras. Por ejemplo, en la tesis siete hablo de los condicionamientos institucionales del amor, que es donde más trabajo en el libro la cuestión de la monogamia. Y en el desarrollo del tema monogámico está por un lado entenderlo desde un eje más económico-político y no afectivo, que ya es una manera de entender cuál es la fuerza de la monogamia y en qué tipo de relación social con el otro nos coloca y esto más allá de cómo vos te podés relacionar con tus afectos. Estoy apuntando a que vos podés tener una relación monogámica con alguien y al mismo tiempo ser muy consciente de la condición económico-política de los monogamia. Entonces, ante la pregunta de que si siempre es nocivo en una estructura, el tema es cómo vos te relacionás con esa estructura, eso me parece clave. Si te creés el relato de que la monogamia expresa la verdadera, entre comillas, naturaleza de las relaciones entre los seres humanos o si viendo esa condición más socioinstitucional de la monogamia la desactivás -acá me gusta usar ese término que usa Agamben, que es la “desactivación”-. Está ahí, pero la desactivás, le desactivás su supuesta fuerza metafísica, su solemnidad, entonces si tenés ganas de tener un vínculo monogámico, lo tenés y si no, no. Me parece que está bueno en ese sentido, y quiero rescatar otro término de Agamben: “jugar con el sistema”. Reconciliarnos con el carácter revolucionario del juego, el juego desactiva la seriedad de todo lo que nos rodea. Me parece que es una manera de buscar una salida.

Foto: Marcela Golfredi.

-¿Vos creés que está tomando conciencia la sociedad de que hay una necesidad de deconstruir el amor patriarcal?

-No soy sociólogo, ni periodista. No tengo idea, así a grandes rasgos, qué es lo que está pasando, descreo de las categorías universales. O sea, me cuesta pensar a la sociedad como un todo homogéneo. Habría que ver qué está pasando con los vínculos amorosos en Namibia, qué está pasando en China, qué está pasando en la zona rural de China que no es lo mismo que Pekín, ni hablar en Argentina, si vos diferenciás clases sociales, campo, ciudad, distintas provincias. Sí puedo percibir cierto descentramiento, cuasi anárquico, quiero decir que no creo que haya un modelo hoy. Creo que hubo un tiempo de un modelo muy claro, tradicional, donde ser cuestionador a ese modelo te colocaba en un lugar de rebeldía. Creo que hubo un tiempo donde la deconstrucción empezó a circular con mucha más fuerza. Yo creo que hoy hay de todo. Hay lugares donde los matrimonios tradicionales tienen más fuerza que nunca, hay gente que jamás se casaría y hay gente que no entiende la vida sin casarse, hay gente que jamás tendría hijos y hay gente que entiende que solo se realiza como persona en la medida en que es madre o padre. Entonces me parece que estamos en una época sin un patrón único y donde obviamente se da una confluencia de opciones varias en conflicto, porque no es pacífico.

-¿Lo ves en términos hegelianos, una realidad que supera a la anterior?

-No, no veo una superación en términos generales. Lo que veo es un descentramiento. Algo que me parece que tiene su lado positivo también, que no haya ningún modelo que se vuelva el único. Obviamente, hay una contienda fuerte en términos de cultura general, obviamente de distintos sectores por instalarse en lo público como un parámetro. Eso sí. En ese sentido rescato la frase “Lo personal es político”. Nadie piensa el amor como un lugar de disputa y de disputa política. Y yo creo que algo que trae la deconstrucción como lectura es que en los lugares donde menos uno piensa que se juega el poder es donde más se juega, y más en estos lugares que hacen a cierta representación de uno mismo, como el amor, la belleza, la felicidad, son lugares donde se da un poco esa disputa.

-“Lo imposible asedia, nos tienta con el riesgo”. Esa frase de tu libro me llevó a Anne Dufourmantelle: “El amor es un riesgo, asumir el riesgo es una posición ética”. Llevar el riedgo al sentido común parece ser la propuesta. ¿Te acercás a ella?

-Me encanta Anne Dufourmantelle, es maravillosa. Llegué a ella a través de Derrida, tienen un texto en conjunto sobre la hospitalidad. Vos citás “Elogio del riesgo”, pero también hay uno que se llama “En caso de amor”. Yo creo que toda afrenta contra el sentido común es riesgosa y lo más eficaz que tiene el sentido común es que te contiene, te da borde, te hace parte. La deconstrucción tiene un elemento profundamente dionisíaco que es el desborde, entonces obviamente supone un riesgo, pero ¿cuál es el riesgo más importante? Es el riesgo a la propia destitución, o sea, el principal riesgo es el propio derrumbe. Entonces es un poco el juego en todo el libro que yo propongo, que es que amar al otro es que el otro te saque de vos mismo y ese exilio de uno con uno mismo es un hecho ultra perturbador porque uno nace, recibe toda una instrucción acerca de cómo es el mundo, se siente más o menos en pie y de repente el flechazo amoroso tiene un efecto desestabilizador importante. Pero ¿por qué? Porque nada de lo que hasta ese momento uno creía que era propio, fácil, comprensible, se sostiene en pie, entonces todo empieza como una especie de gran terremoto a derrumbarse hasta que se termina derrumbando uno mismo y lo que uno pensaba de sí mismo. Para mí el amor es una experiencia de derrumbe, claramente.

-¿Por qué decís que el amor es un acontecimiento religioso además de farmacológico? Parecieras decir que el amor es el opio de los pueblos.

-Porque estamos poniendo en cuestión de qué tipo de amor hablamos. ¿Cuál es el amor religioso y farmacológico? El amor romántico, el amor del sentido común, el ideal romántico del amor. Esto sí, subrayémoslo, porque yo defiendo el romanticismo, lo que no defiendo es lo romántico en su ideal desde el sentido común. Al revés, me parece que hay que deconstruir el uso de lo romántico por el sentido común para reapropiarse, porque no hay nada más hermoso que ese romanticismo en la medida en que se vuelva algo genuino, propio de tus manifestaciones más cotidianas, pero lo perdimos, nos expropiaron la idea de lo romántico como nos expropiaron un montón de ideas que pasaron a ser parte de este sentido común. ¿Por qué es religioso y farmacológico? Juntamos ambas porque proponen un ideal de realización imposible que es la idea de la plenitud tal como se narra en la metáfora de la otra mitad. Entonces hay una idea de que vos enamorándote, encontrás eso que te falta, alcanzás la plenitud y sos feliz para siempre. Ese es el mismo ideal presente en la idea de Dios, en la idea del cielo, en toda metafísica que viene con el manual de instrucciones de cómo acceder a ese lugar sublime y que esconde una forma de disciplinamiento, porque para alcanzar esa plenitud tenés que hacer ciertos deberes y esos deberes en general siempre chocan y se pelean contra el propio deseo.

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