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Cultura 25 de mayo de 2018

Darío Sztajnszrajber: “El poder siempre se ha aprovechado de las angustias existenciales”

Lleva la filosofía a los lectores que quieren pensar sin ser subestimados. Y los desafía, socráticamente, con una convicción: todos podemos hacer filosofía aunque no lo sepamos.

Darío Sztajnszrajber. Foto: Télam

por Claudia Lorenzón

En el libro “Filosofía en 11 frasesDarío Sztajnszrajber propone distanciarse del lugar común que por repetición adoptaron ciertas ideas filosóficas, y de esta manera desestabilizar toda comprensión inmediata y sumergirse en la problematización filosófica.

“Solo sé que no sé nada”, de Sócrates, “Pienso, luego existo”, de Descartes, “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, de Marx y “Donde hay poder hay resistencia” de Foucault son algunas de las once frases que desarrolla el filósofo para rescatar el valor deconstructivo de la filosofía y develar los intereses que se tejen detrás de “la supuesta normalidad con que se presentan ciertas formas”.

Ese recorrido filosófico está acompañado en el libro, editado por Paidós, de un texto de ficción que refuerza las disertaciones y el desglose de ideas que realiza Sztajnszrajber.

Autor del libro “Para qué sirve la filosofía”, el filósofo que viene difundiendo a través de su programa televisivo “Mentira la verdad” y de ciclos en el Centro Cultural Konex, en escuelas, universidades de la Ciudad de Buenos Aires y el interior del país su mirada del mundo a través de esta disciplina, y explica en diálogo con Télam que las frases elegidas son las que lo han interpelado en su búsqueda filosófica.

– Un tema que atraviesa en varias oportunidades el libro es el de la angustia.

– Para nosotros hacer filosofía es recuperar la angustia existencial, que nada tiene que ver con las angustias cotidianas como que aumenten las tarifas de luz o gas, y tampoco con las angustias patológicas, sino con recuperar la conciencia de nuestro carácter. Esa angustia es lo que busca la filosofía: asumirnos contingentes y a partir de ahí generar un diálogo con todo ese sistema de certezas con el que vivimos, certezas que están para apaciguar la angustia. Lo que la filosofía ve es que detrás de ese apaciguamiento hay siempre instrumentaciones de poder, el poder siempre se ha aprovechado de las angustias existenciales, entonces buscamos trabajar contra ese poder reconciliándonos con la angustia como algo liberador.

– ¿Cómo te configura desde tu ser filosófico la tarea de cuestionar constantemente la realidad?

– Uno puede hacer filosofía siendo complaciente con el sistema vigente y utilizar las categorías de la filosofía para justificar el status quo, como hacen muchos pensadores no solo de la política, sino en general, como justificar una sociedad patriarcal o el capitalismo. Pero uno también puede tener una actitud que es la que me interpela y que Derrida llama deconstructiva: que todo el tiempo te estás, de algún modo, peleando con las formas que se presentan como normales, porque estás visualizando que detrás de esa supuesta normalidad hay intereses en juego. Y una vida llevada a través de esos ejes me parece que sería una vida más libre pero no necesariamente más feliz. Creo que la felicidad como ausencia de conflicto o de problema implica en algún punto cierta abdicación de la libertad. La libertad angustia, porque te hace dar cuenta de esas limitaciones en las que uno se ve de algún modo sumergido.

– ¿Y qué pasa en la sociedad en la que vivimos?

– No existe la sociedad como algo homogéneo, y menos una Argentina como si fuese todo lo mismo: hay un campo de fuerzas en conflicto, entonces hay muchísima gente que se acerca a la filosofía y le parece fascinante lo que le provoca en su transformación de su manera de pensar. Y hay otra que dice que esto no sirve para nada, que es una pérdida de tiempo. Las personas que se acercan a la filosofía tienen una vocación de querer resquebrajar lo instituido o salirse de ellos mismos. Emanuel Lévinas decía que ser libre no es apropiarse de uno mismo sino salirse de uno mismo. Me parece que hay algo de eso en quien busca el lenguaje filosófico, como que es una propuesta para poder escapar a la peor de las normalizaciones que es la normalización del yo, de que uno es dueño de sí mismo. Me parece que es un movimiento de salida y mucha gente lo busca en una sociedad como la nuestra sobrepoblada de sentido, porque todo el tiempo nos dicen cómo hay que hacer las cosas, todo está al alcance de la mano y se va perdiendo la pregunta por el ser.

– ¿Cómo evaluás a filosofía en relación con la educación en este momento?

– En Chile hay desde hace dos años un proyecto de sacar la filosofía de las currículas, y voy a mitad de año invitado por el cuerpo docente que está desesperado por esta cuestión. En España hay una discusión permanente porque hay intención de sacar a la filosofía porque piensan que el pensamiento crítico es negativo, y se quedan con una definición ingenua de negatividad como opuesta a productividad: para qué vamos a perder el tiempo en que nuestros alumnos debatan grandes cuestiones existenciales cuando lo que necesitamos es que sean hiperproductivos en la resolución de los problemas inmediatos. Creo que la filosofía no es solo necesaria sino que atraviesa toda la lógica docente, hacer filosofía tiene que ver con inspirar a que el otro, alumno o estudiante, se transforme a sí mismo y esa es la clave de la filosofía. Me parece fundamental la presencia de la filosofía en la escuela entendiendo que la escuela es en sí mismo un problema filosófico, un espacio donde intentamos inspirar que los chicos se abran y transformen, en un sistema que al mismo tiempo es normalizador, serializante y normativista.

– Hay una cita en el último capítulo del libro que dice “El poder más eficiente es el poder que no se ve”, en referencia a los resortes que el poder busca disimular para accionar.

– Esa idea está presente en la última de las frases de Foucault, “Donde hay poder hay resistencia”, ahí está la idea más desarrollada de cómo Foucault entiende al poder como normalización y ya no tanto como represión. Entiende que es mucho más eficiente un poder que logra inmiuscuirse en la construcción misma de nuestro deseo, de nuestra espontaneidad, entonces la invisibilización del poder hace que uno lo incorpore como algo propio y uno crea que está siendo autónomo, cuando lo que está haciendo es reproduciendo las necesidades de otros.

– ¿Por qué los comportamientos o conductas sexuales que se salen de lo considerado normal alteran tanto a la sociedad y al poder?

– Paul Preciado plantea poner la construcción de una sexualidad normalizada en el eje de las nuevas formas de ejecución del poder. En un libro que se llama “Testo yonqui” explica que estamos viviendo en una sociedad farmacopornográfica, donde pone a la farmacopornografía en el desarrollo exacerbado de la industria de los fármacos y en el consumo radicalizado de la pornografía, que se ha vuelto uno de los mayores consumos culturales de nuestros tiempos, una nueva mutación del capitalismo actual: cómo las pastillas están presentes en la definición directa de lo que es nuestra corporalidad. Hay una frase que leí y dice que “al poder hoy uno se lo traga” y uno se lo traga en cada pastillita que ordena nuestras fuerzas y del mismo modo la sexualidad va tomando un lugar central, porque la identidad sexual me parece una de las claves para repensar el lugar de la identidad en su totalidad. O sea la deconstrucción de la identidad sexual que empezó a darse hace algunos años con la revuelta feminista excede el tema sexual y se vuelve o nos habilita a hacer deconstrucción de la identidad toda, y uno empieza a ver que el binario macho-hembra, heterosexualidad o no, es una de las formas de ordenamiento de una supuesta naturaleza que de natural no tiene nada.

– ¿Que pensás que sucede en Argentina detrás de la aceptación y el rechazo de lo diferente en relación a la sexualidad?

– Hay en las últimas décadas una compulsa entre una lectura más de apertura y una más conservadora. El conservadurismo siempre lo que provee es tranquilidad existencial porque ubica las cosas donde se debe y toda la narrativa de la grieta a la que estamos acostumbrados parte de esa misma lógica: los que están de los dos lados de la grieta se sienten cómodos, tranquilos y seguros porque saben quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos. El tema es que, como dice Nietzsche, “mi mejor amigo también puede ser mi peor enemigo”.

Télam.