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La Ciudad 17 de julio de 2026

De apuestas para la final y venta de camisetas: la Scaloneta también juega el partido de la economía

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

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Cuando rueda la pelota, el mundo parece detenerse. Pero mientras millones de personas siguen la suerte de la Selección, hay otro campeonato que se disputa lejos de las canchas: el del consumo, las audiencias y los negocios. Y ahí también Argentina está entre los grandes protagonistas. La final del domingo entre Argentina y España promete convertirse en uno de los eventos deportivos más vistos de la historia. Las consultoras internacionales ya anticipan que podría establecer un récord global de audiencia, impulsada por dos seleccionados que llegan con enorme convocatoria, figuras de talla mundial y una rivalidad futbolística que trasciende continentes. Si las proyecciones se cumplen, cientos de millones de personas seguirán el partido en vivo por televisión, plataformas digitales y pantallas gigantes distribuidas en todo el planeta.

 

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Ese fenómeno tiene una traducción inmediata en la economía. Las empresas lo saben. Por eso hace semanas que adaptaron campañas, promociones y estrategias comerciales al calendario del Mundial. Lo que ocurre durante noventa minutos termina impactando en el comercio electrónico, el consumo masivo, la gastronomía, la venta de televisores, la indumentaria deportiva y hasta en el transporte. Uno de los datos más llamativos lo aportó el universo de las camisetas. Según cifras difundidas en estos días, la camiseta oficial de la Selección argentina es la más vendida del Mundial, con alrededor de tres millones de unidades comercializadas, por encima de España (2,5 millones), Brasil (2,4 millones), Inglaterra (2,2 millones) y México (2 millones). A eso hay que sumarle un mercado paralelo que multiplica esas cifras con las réplicas, presentes prácticamente en cada ciudad del país.

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Hay una explicación que excede al fútbol. La camiseta dejó de ser únicamente una prenda deportiva. Se convirtió en un símbolo. En una forma de pertenecer. En un uniforme emocional que iguala edades, clases sociales y generaciones. La usa el chico que juega en la plaza, el abuelo que vio todos los mundiales y el oficinista que el domingo dejará el traje para ponerse la celeste y blanca. Las grandes marcas también hicieron su propio Mundial. Adidas, por ejemplo, llega a la final con los dos equipos que viste: Argentina y España. Un escenario soñado para cualquier fabricante de indumentaria deportiva. No solo asegura una exposición global incomparable sino que además anticipa una nueva ola de ventas apenas termine el partido. El campeón estrenará una camiseta con una estrella más y miles de fanáticos querrán tener esa versión casi de inmediato.

 

Pero el entusiasmo no se refleja únicamente en las compras. También aparece en las expectativas. La experiencia “Fixture 2026” organizada por Mercado Pago reunió durante todo el torneo a más de 10,8 millones de argentinos que fueron pronosticando los resultados partido a partido. En la previa de la final apareció un dato contundente: el 96% de los participantes cree que la Selección será campeona del mundo. El optimismo no termina en las fronteras argentinas. En México, el 52% también imagina una victoria albiceleste. En Uruguay la mitad de los participantes apuesta por Argentina. Brasil ofrece el panorama más equilibrado: allí el 46% cree que ganará la Scaloneta, otro 46% se inclina por España y un 8% pronostica un empate en el tiempo reglamentario. Son números que hablan de fútbol, pero también del lugar que ocupa hoy la Selección en el imaginario colectivo. Después de años de éxitos, el equipo de Lionel Scaloni construyó algo más difícil que ganar partidos: generó confianza. El hincha ya no mira cada encuentro con resignación o miedo. Lo hace convencido de que Argentina puede imponerse frente a cualquiera.

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Y esa confianza tiene consecuencias concretas. Cada victoria dispara ventas, activa promociones, modifica hábitos de consumo y altera incluso la actividad cotidiana. En los partidos anteriores ya hubo empresas que registraron fuertes caídas en las operaciones durante los noventa minutos y picos extraordinarios antes y después del encuentro. La economía también entra en modo Mundial. La final será, probablemente, el punto más alto de ese fenómeno. Habrá calles vacías durante el partido, reuniones familiares, bares repletos, pantallas gigantes, comercios que cerrarán antes de tiempo y una enorme cantidad de personas pendientes de una misma transmisión. Pocas veces un acontecimiento consigue sincronizar de esa manera la atención de un país entero. Este Mundial volvió a demostrar algo que ya intuían las grandes marcas y ahora confirman los números: la Scaloneta no solo juega para ganar una Copa. Además, mueve emociones, mercados y millones. Y el domingo, con buena parte del planeta mirando la misma pantalla, ese partido también puede hacer historia fuera de la cancha.

Los bares volverán a estar repletos por el partido de la Selección.

Los bares volverán a estar repletos por el partido de la Selección.

¿Y vos quién querés que gane el domingo? En estas horas consumimos reels y programas del exterior para saber cómo viven la presencia argentina en otra final. Hay una escena que se repitió durante la semifinal entre Argentina e Inglaterra y que llamó la atención de la prensa internacional. Mientras millones de argentinos alentaban a la Scaloneta, en buena parte de América Latina ocurría exactamente lo contrario. El New York Times dedicó un artículo al fenómeno y planteó una pregunta incómoda: ¿por qué tantos latinoamericanos prefieren que gane Inglaterra antes que otro país de la región? A simple vista, parece una contradicción. Si existe una identidad latinoamericana, si compartimos idioma, historia y tantos desafíos comunes, lo lógico sería imaginar un apoyo regional. Pero en el fútbol hace tiempo que esa lógica desapareció. Para muchos hinchas de Brasil, Chile, Uruguay, México o Colombia, Argentina se convirtió en el rival a vencer. No por cuestiones políticas ni históricas, sino porque gana demasiado. El éxito genera admiración… y también cansancio.

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Después de la Copa América, la Finalissima, el Mundial de Qatar y ahora otra final de la Copa del Mundo, la Scaloneta dejó de ser el simpático equipo que perseguía un sueño para transformarse en la potencia dominante del continente. Y cuando alguien domina durante tanto tiempo, aparecen los que quieren verlo caer. El propio artículo recoge testimonios de hinchas latinoamericanos que reconocen abiertamente que preferían un triunfo inglés. Algunos hablan de la rivalidad deportiva. Otros mencionan la soberbia que históricamente atribuyen a los argentinos. También aparece el viejo estereotipo del argentino “agrandado”, un cliché que resurge cada vez que la Selección vuelve a ganar. Lo curioso es que esa mirada contrasta con la imagen que hoy transmite el equipo de Lionel Scaloni. Difícil encontrar una selección más austera, más respetuosa y menos provocadora que esta. Messi casi no habla. Scaloni nunca entra en polémicas. El grupo evita los excesos y celebra más desde el compañerismo que desde la ostentación. Sin embargo, los prejuicios parecen sobrevivir a los protagonistas. Quizás porque, en el fondo, el fútbol necesita un villano. Durante años lo fueron Brasil, Alemania o Italia. Hoy ese papel parece recaer sobre Argentina. Y tal vez sea el precio inevitable del éxito. Porque nadie discute al que pierde. Al que todos quieren derrotar es al que lleva demasiado tiempo levantando la copa.



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