¿Destino o herencia familiar? Virginia Bamonte propone una nueva mirada de las heroínas griegas
La profesora en Letras analiza a Electra, Antígona, Penélope y Medea en "Las raíces del destino" desde un enfoque innovador: cruza literatura, biodecodificación y búsqueda personal. El libro inaugura el catálogo de Pandora, la nueva editorial dirigida por Evangelina Aguilera.
Virginia Bamonte, docente de literatura y autora de “Las raíces del destino”. Fotos: Mauricio Arduin.
Por Rocío Ibarlucía
El estreno de “La Odisea”, la superproducción de Christopher Nolan, volvió a poner en el centro de la conversación a los mitos griegos. Después de la película, crecieron las ventas de distintas ediciones del poema de Homero y muchos lectores volvieron a sus personajes en busca de nuevas interpretaciones.
Es que los mitos griegos no dejan de ofrecer posibilidades de lectura. Cambian las épocas, pero esas historias continúan siendo revisitadas desde la literatura, la historia, la filosofía, el psicoanálisis y otras perspectivas para encontrar nuevas capas de significado y ponerlas en relación con nuestro presente.
En este contexto de renovado interés por la literatura clásica, Pandora, la nueva editorial dirigida por Evangelina Aguilera, acaba de publicar su primer libro: “Las raíces del destino”, de Virginia Bamonte. La obra toma a cuatro mujeres de la mitología griega –Electra, Antígona, Penélope y Medea– para indagar que detrás de sus decisiones y conflictos, se esconden mandatos, lealtades invisibles y emociones que atraviesan generaciones.
Profesora en Letras, docente en escuelas desde hace más de dos décadas y coordinadora del área de Estudios del Lenguaje en el curso de ingreso al colegio dependiente de la UNMdP, Bamonte cruza en este libro su formación literaria con la Biodecodificación Transgeneracional, a la que llegó por un recorrido personal de autoconocimiento tras ser diagnosticada con cáncer. A esa forma de leer los textos la denomina “Bio Literatura”: una perspectiva que le permite analizar las decisiones de estas cuatro mujeres desde sus historias familiares y los mandatos heredados, para preguntarse hasta qué punto pueden interrumpir los patrones que se repiten de una generación a otra.
El libro se mueve entre la lectura ensayística de los mitos y la ficción. Cada capítulo comienza con un texto literario de distinto género –un monólogo, una consulta, un poema y una noticia periodística– que funciona como puerta de entrada a la historia de cada mujer. A partir de allí, Bamonte construye su interpretación en diálogo con distintas lecturas y marcos teóricos, que incluyen aportes de la teoría literaria, la espiritualidad y los feminismos, así como abre preguntas al lector para pensar sus propias historias.

La autora conversó con LA CAPITAL sobre mitología, espiritualidad y feminismo antes de la presentación del libro, que será el sábado 29 de agosto, a las 18, en Café Marilyn, ubicado en La Pampa 1906.
“Después de este libro, soy otra”, escribe Bamonte. La frase resume, como cuenta a este medio, el recorrido de una escritura que terminó convirtiéndose para la autora en una forma de descubrir otras maneras de leer y de leerse a sí misma.
— Tu libro propone un cruce entre literatura, biodecodificación transgeneracional y búsqueda personal, ¿cómo es que se cruzan estos mundos en tu camino para llegar a este libro?
— En la literatura empiezo. Tiene un origen en mi profesión como profe en Letras. La literatura me apasionó siempre, como lectora y como escritora, pero en mi juventud abandoné el hábito de la escritura, aunque siempre seguí, pero nunca nada que pudiera ser publicado.
Por otro lado, vengo de una familia católica. De adulta abandoné la religión como tal, pero no la espiritualidad, la búsqueda interna, el mirarse a una misma, el revisar.
También tengo que decir que en el momento de mayor actividad en la vida, con hijos, con trabajo, me alejé de mí misma. Y el cuerpo me lo hacía notar, no lo podía leer, hasta que a los 40 años tuve cáncer. Bueno, lo traté, pero yo sabía que ahí algo había sucedido.
Y en pandemia llegué a través de las redes sociales a un círculo de mujeres que se llamaba La Mujer Salvaje. Hace años, había leído el libro de Clarissa Pinkola Estés, “Mujeres que corren con los lobos”, que habla del arquetipo de la mujer salvaje. Claramente, a mis 30 y pico no lo había entendido, pero lo había archivado en mi inconsciente. Entonces, ese nombre del grupo me conectó con el libro, y, a partir de ahí, empecé en el mundo de la espiritualidad femenina, de reencontrarse con una misma, de revisarse, de ver los relatos que a una la van armando. Incluso también hasta me acercó más al feminismo, digamos, a un feminismo de espiritualidad.
— ¿Y ahí te adentraste en la biodecodificación?
— Encontré en uno de esos círculos de mujeres a una profe que hablaba de biodecodificación. La reacción que tuve primero fue: “Esto es coherente”, porque cuando analicé mi síntoma, el tumor de recto que yo tuve, con lo que en biodecodificación ese síntoma viene a decir, que tiene que ver con cuestiones de territorio, de identidad, y recordé mi sentir, le vi toda la lógica. Entonces, empecé a estudiar. Y una vez que empecé, no pude parar, porque se me estaba desmoronando un mundo y abriendo otro. Fue un cataclismo porque empecé a revisar mi vida y la relación con mi cuerpo. Durante el tiempo que tuve que hacer los tratamientos, la operación, etcétera, estuve muy enojada con el cuerpo. Y esto me ayudó a reconciliarme con mi cuerpo y entender que el cuerpo me estaba avisando de que algo había pasado. Entonces, me empecé a adentrar en ese camino de autoconocimiento. Eso me llevó a los lenguajes simbólicos, como el tarot.
— ¿Qué encontraste en estos otros lenguajes?
— Me pareció muy interesante entender el mundo como un gran texto, incluso el propio cuerpo. Todo es posible de ser leído. Desde esa idea empecé a escribir un montón de cosas. Sabía que tenía una idea germinando, pero no sabía exactamente cuál. Y el año pasado fue que me pregunté cómo no se me había ocurrido unir la literatura y la biodecodificación. Bueno, no se me ocurrió tan fácilmente. Tuve que transitar, escribir, borrar, reescribir, tachar, tirar, dejar un tiempo de vacío, volver a empezar, hasta que pude unir.

“Me pareció muy interesante entender el mundo como un gran texto, incluso el propio cuerpo. Todo es posible de ser leído”, analizó Virginia Bamonte en diálogo con LA CAPITAL.
— ¿Podrías definir qué es la biodecodificación transgeneracional? Porque hay mucho desconocimiento, prejuicios, simplificaciones al respecto.
— Lo podría definir como un paradigma diferente de mirar el propio cuerpo y de mirar lo que el cuerpo y la realidad nos están diciendo. Me alejo acá un poco de la escuela de biodecodificación, porque yo lo resignifico para mí. Es un nuevo lente, una nueva forma de mirar y de entender el síntoma. El síntoma es un mensajero que tiene una base biológica, pero también tiene una base cultural.
Por ejemplo, un dolor de rodillas. Las rodillas, todo lo que sea óseo, tiene que ver con desvalorización, porque los huesos están asociados a una de las capas de desarrollo cerebral, y eso tiene que ver con un momento en el que los seres vivos tenían que luchar por la supervivencia. Ahora, la rodilla, a nivel cultural, está asociada a la reverencia, la sumisión, a estar de rodillas, muchas veces en contra de la voluntad, tiene que ver con algo que uno no quiere hacer, pero que no puede dejar de estar por debajo de ese otro.
Entonces, la biodecodificación trabaja sobre las historias en las que cada persona ha leído y su cuerpo ha entendido de esa manera, a nivel inconsciente, que lo estaba viviendo en sumisión y en desvalorización. Esa sumisión desvaloriza a la misma persona. Son procesos inconscientes que uno va después, en las diferentes consultas, trabajando. Desde ya esto no quita ir al médico, al traumatólogo, a la psicóloga, o sea, es una forma más de mirarlo. Así lo tomo yo. Y es biodecodificación transgeneracional porque leo cómo se cargan las memorias de las generaciones anteriores en esa persona.
— ¿Y cuándo aparecen los personajes mitológicos?
— Empecé trabajando con Antígona, una mujer a la que a mí más me resonaba lo transgeneracional. Después, cuando me pongo a trabajar con Eva Aguilera, la editora, la cabeza de Pandora, y a quien reconozco por su trayectoria en Mar del Plata como escritora, como poeta y como acompañante en sus clínicas de escritura, ella me dice: “¿Y por qué no escribir sobre otras mujeres más?”.
“Quizás el destino de los griegos era seguir replicando un patrón heredado hasta que alguien frenara la rueda. Bueno, ellas frenan la rueda, pero a costa de terminar su legado”.
— ¿Por qué Electra, Antígona, Medea y Penélope?
— Porque las he leído mucho y, salvo Medea, las trabajo mucho en las aulas. Porque me fascinan esas mujeres. Porque vos las leés y decís: “Acá hay algo más atrás de esta mujer”. Y pasa lo mismo con las reescrituras, por ejemplo, “Antígona Vélez” (de Leopoldo Marechal) o “El reñidero” de (Sergio) De Cecco. Y me pareció que era interesante dejar de tener esta idea medio vaga de: ¿por qué Antígona, aun a pesar de ser una joven que tenía toda una vida por delante, que estaba a punto de casarse, posterga todo eso y pone en riesgo su vida para darle sepultura a su hermano? ¿Es tan suyo ese, entre comillas, capricho?
— ¿Hasta qué punto es una elección personal de Antígona y hasta qué punto responde a un mandato?
— Claro, me permitió ver que había algo detrás de lo que ella no podía escapar. Y a mí misma me hizo pensar en el concepto de destino de los griegos. ¿Eso era el destino? Quizás no. Me permitió preguntármelo. Quizás el destino era seguir replicando un patrón que venía siendo así hasta que alguien frenara la rueda. Bueno, ella frena la rueda, pero a costa de terminar su legado, porque no deja descendencia ni ella, ni Electra, ni Medea que mata a los hijos.

Virginia Bamonte, en el archivo de LA CAPITAL.
— En el caso de Electra, desplazás el foco de la venganza por la muerte de su padre Agamenón hacia una herida más profunda: el abandono de su madre.
— Eso fue una revelación para mí en la escritura. Por eso me parece que es poderoso el acto de escribir. Porque no lo había visto hasta que empecé a escribir la presentación de ella. Se ve que eso estaba tan digerido adentro que la escritura me lo reveló. Y digo: “Claro, Clitemnestra estaba en otra, estaba en la hija que perdió”. Esto me hace pensar en lo poderoso y en lo necesario que es el acto de la escritura.
— ¿Y esa revelación se te presentó en la escritura de ficción más que en la ensayística?
— Total, en la escritura de ficción. Después, sobre eso, yo pude trabajarlo y analizar lo que se reveló.
— Bueno, cada capítulo empieza con un texto ficcional diferente: un poema, un monólogo, una noticia, un diálogo. ¿Qué te permitieron estos textos para entender mejor a cada personaje y por qué elegiste esos géneros para cada una?
— Primero surgió el de Antígona, con el propósito de imaginar qué contaría si fuera a consulta. Después, cuando Eva me propuso hacer el libro, apareció la necesidad de que las historias pudieran llegar también a quienes no habían leído las tragedias. Entonces pensamos cómo presentar brevemente la historia de cada mujer, sin que resultara pesado.
El texto de Antígona ya lo tenía y, para Electra, tenía muy presente a Elena de “El reñidero”, porque amo ese personaje. Me interesaba ese soliloquio constante, esa necesidad de hablarle al aire y expresar toda esa rabia, de sacársela de encima y sincerarse. Por eso pensé que Electra podía expresarse de esa manera, y ahí apareció ese texto.
Después, Eva me sugirió escribir un poema para Penélope. Yo le dije: “Poesía épica no voy a hacer, Eva, porque es una cosa muy titánica. Voy a ver por dónde puedo ir”. Y fue un desafío. Lo lindo del libro fue que en todo momento me fue desafiando a hacer un poquito más de lo que había imaginado.
Como Penélope, “las mujeres tenemos que hacer un viaje interno para recuperar nuestra autoridad y volver a querernos tal como somos. Estamos despiezadas”.
— Penélope suele quedar asociada a la mujer que espera fielmente el regreso de Odiseo. Pero vos planteás que mientras él realiza un viaje exterior, ella emprende un viaje interior. ¿Qué te aportó sobre Penélope la biodecodificación?
— Sí, que Penélope hace un viaje interno. Entre los numerosos cursos que he hecho, leí bastante sobre el viaje del héroe y el viaje de la heroína, que está ahora tan en boga. Hay una autora, Maureen Murdock, que en “Ser mujer, un viaje heroico” habla de esta dimensión del viaje de la mujer como un regreso para recuperar sus propias partes, algo de lo que también habla Pinkola Estés. Si bien entiendo que el viaje del héroe lo hacemos todos, porque tiene que ver con el camino que recorremos en nuestra vida, las mujeres, en este sistema patriarcal en el que hemos estado tan silenciadas, juzgadas y sometidas, tenemos que hacer además un viaje interno para recuperar nuestra autoridad y volver a querernos tal como somos. Me parece que estamos despiezadas, diría Casilda Rodrigañez, que es otra autora que me enseñó mucho. Es decir, estamos fragmentadas. Por eso me parece que Penélope, en esa aparente quietud, hizo un movimiento interno de soberanía. Odiseo pudo contra todo: el cíclope, las sirenas, Circe y tantas otras cosas no le movieron tanto la aguja. Pero cuando Penélope le pide que traiga la cama, él se desboca. No puede entender cómo la cama está en otro lado y enseguida piensa que la mujer estuvo con otro. Ahí se revela algo de su interior. Me da esa sensación. Esa fue mi lectura.
— Decís que Medea es el personaje que más te desafió, por ser una mujer que asesina a sus hijos. ¿Qué cambia en la lectura del personaje cuando, sin justificar su crimen, intentás comprender qué hay detrás del filicidio?
— Sí, insistí mucho en eso en el libro, porque no quería justificarla, no es la idea. Tampoco quiero enjuiciarla, porque me parecía que detrás de esa violencia había algo: la ira de un sistema y de un mundo que se está cayendo. También aparecen otras mujeres de su propio legado, como Circe, por ejemplo, o Pasífae, la esposa de Minos, mujeres que quedaron al margen, como exiliadas, excluidas. Y ella estaba a punto de quedar excluida. Su forma de generar un movimiento, de buscar un reconocimiento o de expresar un dolor, fue esa: hacer doler a su esposo, Jasón, a través de los hijos, porque sabía que era donde él iba a sufrir más. Fue una lectura muy cautelosa, te diría. Releí la obra y leí mitos que hablaban sobre ella, también mitos tardíos, busqué en la genealogía para ir indagando y encontré esas vinculaciones, incluso con la diosa de la triple cara, Hécate.
“Las mujeres estamos haciendo, en general, un movimiento interno y externo muy grande”.
— Antes asociaste la biodecodificación transgeneracional y la espiritualidad femenina. ¿Por qué resuena más en las mujeres?
— Y lo vinculo porque las mujeres estamos haciendo, en general, un movimiento interno y externo muy grande. Creo que las generaciones más jóvenes ya están más imbuidas de todo esto, pero las mujeres de mi edad estamos en una transición: somos el nexo entre las juventudes –nuestras hijas, sobrinas, alumnas– y las generaciones mayores, nuestras madres, mujeres que vivieron otra época. Y muchas veces somos nosotras las que sostenemos ciertos patrones o conductas que las generaciones más jóvenes nos hacen ver. Entonces, yo siento que estoy en un aprendizaje permanente, tanto de un lado como del otro, diciendo “esto ya no va más para este mundo”, “esta respuesta ya no sirve” o “este silencio tampoco”.
Me pasa, por ejemplo, con ciertas cosas que antes no decía, o con querer agradar o dejar pasar situaciones que, en la figura de mi madre, yo veía y terminé adoptando. Pero ella era una mujer del siglo pasado. Yo también nací en el siglo pasado, pero hoy estoy en este siglo, en contacto con estas generaciones, y eso me interpela como madre y como docente. Los feminismos también me atraviesan, sobre todo al ver a estas chicas que alzan la voz y ponen límites, esos límites que antes no pusimos. Me parece que estas mujeres lo plantean muy bien y me hicieron pensar justamente en esos límites que muchas veces dejamos que se corran, permitiendo que el otro avance sobre una misma. Y, en ese límite que no se pone, se enferma el cuerpo, se enferma el alma.
— Al final escribís: “Después de este libro, soy otra”. ¿Qué cambió en vos?
— Me permitió ver que podía cerrar algo. De hecho, hice consultas de biodecodificación con una persona a la que le dedico el libro, y mi tema era justamente ese: “No termino ningún proyecto”. Tenía muchas ideas, pero ninguna llegaba a materializarse. De alguna manera, yo quería que el libro existiera, no tanto para difundirlo, sino para que existiera para mí. Lo iba a imprimir, leer y guardar, pero necesitaba que el objeto existiera para poder decir: “Bueno, terminé un proyecto”. Cuando Eva (Aguilera) me lo propuso, pensé que era una forma todavía más contundente de demostrarme que podía terminarlo. Entonces sí, creo que soy otra. El proceso me permitió mirar de otra manera a las mujeres y también reconocer, de alguna forma, mi propio potencial, sin llegar a envanecerme. Puedo decir: me gustó escribirlo, creo que lo escribí bastante bien, le puse el corazón y me parece que eso se nota.
Lo más visto hoy
- 1Cómo estará el clima este domingo en Mar del Plata « Diario La Capital de Mar del Plata
- 2Asaltan a un jubilado en su casa, le roban ahorros y una carabina « Diario La Capital de Mar del Plata
- 3Operativo de saturación en Bosque Peralta Ramos: secuestraron más de 4 millones de pesos « Diario La Capital de Mar del Plata
- 4Sigue Damonte en Aldosivi « Diario La Capital de Mar del Plata
- 5Le robaron el auto a un chofer de Uber en la ruta 2 y lo hallaron minutos después « Diario La Capital de Mar del Plata
