Cultura

Diario de lector: Más que el bronce

Por Gabriela Urrutibehety

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El lector que escribe un diario lee y piensa -lo ha hecho otras veces- en cómo los libros permiten construir ciudades. Caso Macondo, o Santa María o Yoknapatwapha, tan alineadas ellas en una misma arquitectura. Pero también las otras, las ciudades literarias que tienen una que se llama como ellas en los mapas, que repite el nombre de sus calles en los GPS, que pueden encontrar una réplica en los libros de Geografía: la Dublin de Joyce, París de Joyce, Nueva York, la de la Trilogía. Todas tan distintas de sus gemelas.

El lector, que es lector de estos pagos, piensa en las muchas Buenos Aires que va leyendo. Como en un tango, vuelve a los primeros años del siglo XX, cuando la tecnología comenzaba a sorprender a los habitantes de las ciudades, donde se iban produciendo transformaciones rotundas. La ciencia vomitaba productos tecnológicos que modificaban la vida cotidiana de una manera impensada poco tiempo antes, aunque también resonaba la Primera Guerra Mundial en la que los nuevos inventos habían jugado un papel central en la destrucción masiva. Y las ciudades eran el punto en donde se cruzaban los dos fuegos.

“¡Cantar de las canillas mal cerradas! -único grillo que le conviene a la ciudad!”: el lector que escribe un diario relee el Nocturno que figura en “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” que Oliverio Girondo publicó en 1920: poemas que se tejen en el cruce entre el optimismo de las promesas que ofrece la tecnología y la angustia de un mundo que ha cambiado definitivamente.

Otra es la solución que propone Borges: huir hacia un pasado mítico -como la Fundación de Buenos Aires- y una geografía marginal, la de las orillas. Un universo cerrado en torno al valor del cuchillo, transportado por la tradición familiar hasta la voz del escritor, privilegiado locutor que puede decidir que Buenos Aires tiene un omphalos, un ombligo fundacional, y que está ubicado en “la manzana pareja que persiste en mi barrio:/Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Nada de electricidad ni de motores ni de cables en los techos en esa ciudad sin vereda de enfrente.

El asombro ante lo nuevo, la fuga hacia el pasado: el lector que escribe un diario piensa en Roberto Arlt, quien simultáneamente está escribiendo otra ciudad, una ciudad que es claramente un cross a la mandíbula. “Detrás del descuido de Roberto Arlt, yo siento una especie de fuerza. De fuerza desagradable, desde luego, pero de fuerza.

Yo creo que “El juguete rabioso” de Roberto Arlt es superior no sólo a todo lo demás que escribió Arlt, sino a todo lo que escribió Quiroga”, le dijo Borges a Fernando Sorrentino en la década de 1970. En ese libro, Arlt construye los márgenes de una Buenos Aires que no es la misma sino un espacio cosmopolita, que se urbaniza veloz y desordenadamente, donde la vida moderna de las ciudades aliena a los hombres y el trabajo rutinario los convierte en seres despreciables.

Un verso de Horacio aparece en el diario del lector, venido de quién sabe dónde. “Construí un monumento más perenne que el bronce”, dice el poeta refiriéndose a su obra. Tres ciudades distintas, en los mismos años, sobre un mismo territorio: el lector que escribe un diario piensa que la literatura puede ser una rama más que productiva del urbanismo y la arquitectura. Que, por suerte, trabaja con materiales sutiles más sólidos que las piedras y el cemento.

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