Cultura

Diario de lector: Milagros pisoteados

Por Gabriela Urrutibehety

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El lector que escribe un diario lee “La amiga estupenda”, el primer volumen de la tetralogía “Dos Amigas” de Elena Ferrante. El lector ha tenido noticia de los fuegos artificiales de una investigación periodística que finalmente reveló -como si se tratara de un nazi escondido en la Patagonia- la identidad de la escritora detrás del seudónimo.

Una autora que había sostenido el anonimato porque “creo que los libros, una vez escritos, no necesitan a sus autores”. Como los milagros, dice también. Y en nombre de los milagros, el lector que escribe un diario ha olvidado la identidad que hay, si es que la hay, detrás de Elena Ferrante.

La cita de Goethe que abre el volumen es una síntesis del argumento: “El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio”. De eso se trata, precisamente, la historia: de Elena y su demonio, Lina.

Un prólogo nos ubica en la voz de Elena cuando ambas tienen 66 años y Lina ha logrado desvanecerse de la realidad. Y desde allí -hay un hijo de Lina al que Elena desprecia, hay una referencia a que Lina se ha convertido en una maga de las computadoras- comienza la tarea de contar desde el comienzo -como pedía Lázaro de Tormes, para que se entienda bien- la historia de ambas.

Y el comienzo es un barrio pobre de Nápoles, en los años de 1950, porque “La amiga estupenda” contará la niñez y la adolescencia de Elena y Lina, dejando el resto para los tres volúmenes siguientes.

La historia comienza con las dos niñas en primer grado de la escuela primaria y los personajes son los chicos con los que se relacionan y sus familias. El barrio, en definitiva, es el punto de partida, la marca más fuerte para una historia que tendrá a la violencia como condimento esencial. Pero no se trata de la violencia de un thriller o de una novela negra: es la violencia cotidiana, la naturalizada, la que se disfraza porque se justifica, la que se esconde detrás de cada casa y de cada puerta, de cada uno de los que amamos.

Una escena subraya en su libro el lector que escribe un diario: cuando tenían 10 años, en medio de una discusión, el padre de Lina la arroja por la ventana desde un piso de alto y, al caer, se fractura un brazo. “Los padres podían hacerles eso y otras cosas más a las niñas petulantes”, anota Elena.

Y de eso va buena parte de la historia: la propiedad de los cuerpos de las mujeres por parte de los padres, de los hermanos, de los maridos, de los hombres en general.

La propiedad: ese es el punto. Es el dinero lo que define las vidas miserables del barrio. Tener o no tener, esa es la cuestión. Y como la mayoría no tiene nada, la tensión es precisamente por tener. Ahogados hasta las orejas en la miseria, la búsqueda por respirar en la superficie es precisamente lo que se está contando en la novela.

Salir del barrio como sinónimo de salir de la miseria: las dos niñas se prometen ser ricas y con el dinero que les da don Achille, el ser más odiado del barrio, se compran un ejemplar de Mujercitas y deciden que escribiendo van a hacer fortuna.

El dinero es todo: los hermanos Solara, los hijos del dudosamente enriquecido amo del barrio, pueden llevarse a Ada, hija de la mujer que friega las escaleras, y hacerle quién sabe qué “porque tienen dinero”. Y Lina se va a casar a los 16 años tal vez por eso.

“La amiga estupenda” pone en escena la voz de Elena, cuya apuesta para salir del barrio es el estudio, algo absolutamente ofensivo para la familia en cuanto se lo propone la maestra de la primaria: el reproche de los padres -no sólo los de Elena- es que el hijo quiera ser más que ellos. El barrio es una figura omnipresente y poderosa que señala, atrapa, ahoga.

“¿Qué marca llevaba encima, qué destino? Pensé en el barrio como un torbellino del que era ilusorio tratar de salir”, copia el lector que escribe un diario. Y es esa la tensión que atraviesa toda la historia: salir, salir, salir de un organismo vivo que chupa y envilece, pero en el que, simultáneamente, están los amigos, los conocidos, uno mismo.

El barrio es el dialecto, es la sangre, es la vida a los gritos: la plebe, en palabras de la maestra. En la fiesta de casamiento, Elena comprende, con dolor, que “La plebe éramos nosotros. La plebe era ese disputarse la comida y el vino, ese suelo mugriento por el que los camareros iban y venían, esos brindis cada vez más vulgares”.

Y la escena que cierra el volumen cachetea a todos con la única verdad de esta realidad: el dinero es finalmente lo único que vale y a él se subordinan los cuerpos y las voluntades.

Y por él se pisotean -literalmente- los milagros.

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