Distopías en clave marplatense: nuevo libro de relatos de Jorge Pittaluga
El escritor, músico y docente imagina en "Naufragios futuros" mundos donde los tiempos se superponen y la memoria entra en disputa. El autor reflexiona sobre su inquietante versión de Mar del Plata, el avance del caos contemporáneo y la persistencia de la esperanza aun en escenarios adversos.
Jorge Alejandro Pittaluga es autor de libros de relatos, un ensayo sobre educación musical y la nouvelle “El marciano que duerme en el altillo”.
¿Qué ocurre cuando el tiempo se desordena y el futuro irrumpe sobre las ruinas del presente? Esa pregunta recorre “Naufragios futuros” (Caburé), el nuevo libro de Jorge Pittaluga, un volumen de cuatro relatos que retratan escenarios distópicos atravesados por la superposición de tiempos, tecnologías y versiones posibles del mundo.
Nacido en Mar del Plata en 1973, Pittaluga imagina qué ocurre cuando el pasado, el presente y el futuro dejan de estar ordenados y comienzan a invadirse mutuamente. El texto que abre el libro, “Delmar”, presenta una ciudad que alguna vez fue Mar del Plata y que ahora vive una transformación inquietante: reaparecen personajes y objetos del pasado, emergen estaciones de subte, circulan habitantes del futuro parcialmente incorpóreos y conviven conspiraciones, manipulación mediática y también la nostalgia. En ese escenario, el narrador intenta comprender qué está pasando mientras la costa, el puerto, la avenida Independencia y aquella ciudad turística apodada “La Feliz” se vuelve cada vez más extraña.
Los otros relatos amplían ese universo distópico hacia pueblos donde el tiempo se comporta de manera irregular, mundos subterráneos y versiones alternativas de la Tierra. Sin embargo, lejos de un pesimismo cerrado, en estos “naufragios” persiste una pregunta por la orientación posible en medio del desconcierto contemporáneo.
Su autor presentará “Naufragios futuros” en la librería El Gran Pez (Santiago del Estero 2052), este viernes, 27 de febrero, a las 18, en una charla que será coordinada por la escritora y docente Evangelina Aguilera.
Antes de su presentación, Pittaluga compartió con LA CAPITAL el proceso de composición de su libro, explicó los hilos que unen estas historias y el modo en que la imaginación puede volver a mirar desde la extrañeza el territorio de lo real.

—¿Cuál fue el disparador de “Naufragios futuros”? ¿Partió de una imagen, una preocupación temática-social-política o de una búsqueda formal?
—”Naufragios futuros”, como libro en sí, nació al ver que existía un hilo común entre cuatro historias que fui escribiendo a lo largo de seis o siete años. Probablemente, este hilo es la sensación de que vivimos rodeados de un cierto caos que, lejos de ser puro desorden, parece esconder una lógica. Me interesaba explorar también esa cosa tensa que a veces se esconde detrás de elementos aparentemente inofensivos. Las cuatro historias parten de situaciones muy distintas, pero en todas hay personajes que intentan descifrar el sentido de la realidad que les toca habitar. Cada uno enfrenta una forma propia de perderse, por así decirlo, y el desafío es justamente el de encontrar una orientación posible en medio de una especie de locura organizada.
—Los cuatro relatos pueden leerse de manera autónoma pero tienen resonancias temáticas entre sí. ¿Cuáles dirías que son esos temas que los entretejen? ¿Y sentís que hay un tono común?
—Los cuatro relatos (Delmar, Variaciones sobre un cometa, Un extraño día en Karmaville, y En Tierra-231) transcurren en escenarios que podríamos llamar distópicos, aunque no siempre con el mismo perfil. A veces es un presente que apenas se desplaza, otras es un futuro posible, o una realidad paralela. Más allá de este marco, lo que entreteje a estos textos es la experiencia de habitar un mundo que parece haberse “movido”, que ha salido de foco, como el Mundo Medio de algunas de las historias de Stephen King. En medio de esos contextos aparecen vínculos muy concretos –historias de amor, amistades, recuerdos de infancia–, como si lo humano insistiera y resistiera incluso en los entornos más adversos. Si hay un tono común, diría que es el de una “fuga hacia adelante”, ya que los personajes no regresan a un pasado ideal ni se resignan, sino que buscan una forma de seguir. Y esa búsqueda, aun en escenarios oscuros, no excluye la esperanza.
“Yo quería una Mar del Plata con subte y, como no había, la tuve que inventar”
—¿Por qué “Naufragios futuros”? ¿Qué significados tiene para vos el título?
—El título fue lo último que surgió, luego de poner cada historia una al lado de la otra y analizar su alcance y profundidad, como tratando de que los personajes se conozcan e interactúen de alguna manera. Así, la Mardel futurista convive con los exiliados que se refugian bajo tierra, e incluso con ese niño de un pueblo en donde cada mañana la gente amanece con una edad nueva, o con alguien que puede contarnos lo que sucede en distintas versiones de este planeta. A pesar del concepto de naufragio, como decía antes, la esperanza no queda excluida, para nada.
—En “Delmar” narrás una Mar del Plata distópica, transformada por una invasión en la que los tiempos se superponen. ¿Cómo fue el proceso de construcción de Delmar como espacio narrativo y cómo la definirías?
—Yo quería una Mar del Plata con subte y, como no había, la tuve que inventar. Luego, noté que las estaciones de subterráneo que aparecían eran de un futuro que surgía, de forma fantasmal, un poco aquí y un poco allá, mientras también “resucitaban” varias figuras del pasado que se horrorizaban al ver el estado actual de su antiguo poblado. De ahí a reconocer una crisis “de superposiciones” y a tratar de resolverla, hubo apenas un paso. De eso trata la historia, de una ciudad en la que el pasado y el futuro irrumpen al mismo tiempo, obligando a revisar qué estamos haciendo con el presente.

Jorge Alejandro Pittaluga es músico y Profesor Superior de Educación Musical, Licenciado en Artes y Magister en Educación Artística.
—Recupero un fragmento de “Delmar”: “Esta ciudad no respeta nada ni a nadie, y no necesitamos que ningún evento sobrenatural venga a trastocar nuestra realidad, cuando bien podemos deshacer lo que está hecho con un par de votos interesados, otro par de sobornos y muchas responsabilidades ignoradas”. ¿Hasta qué punto esa distopía funciona como una lectura crítica de nuestro presente?
—Hay un poco de todo eso, igualmente creo que terminé haciendo algo más relacionado a lo de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, focalizando aquí, allá, y hablando en realidad de “en todas partes”. Cuando lo sobrenatural llega, el caos resultante no termina siendo tan diferente de aquel caos que nosotros mismos creamos, y en el que aprendimos a vivir.
—Otro tema del libro es la disputa entre la verdad y las teorías conspirativas. ¿De dónde nace tu interés por explorar esa zona incierta entre memoria, ficción y manipulación del relato, y en qué medida sentís que esa preocupación dialoga con el clima cultural y político de nuestro presente?
—Es un mal de época, aunque estuvo siempre. Una buena teoría conspirativa tiene un gancho que atrapa a la gente que necesita urgentemente una respuesta atractiva, incluso antes que una prueba fehaciente de algo concreto. No creo que haya una crisis de fe en general, sino que hay un exceso de respuestas que no exigen nada más que un poco de fidelidad y compromiso para seguirlas. Es cierto que la verdad nos hará libres, aunque lo cierto es que hay múltiples verdades, y aún hay más gente dispuesta a no quedarse sin alguna de ellas. Quiero creer, como decía el afiche colgado en la pared en la oficina de Mulder, en los Los Expedientes Secretos X, aunque tal vez la frase hoy sea “voy a creer”, resaltando el “voy”. Y nadie me lo va a impedir.
“Los personajes avanzan, y a veces avanzar ya es una forma de resistencia”
—El libro evita una distopía cerradamente pesimista y deja un margen, como dijiste, de esperanza. ¿Es una toma de posición frente al clima de época?
—Sí, cada personaje hace lo mejor que puede en el lugar en donde está. Y aunque a veces el día a día se transforme en un ciclo repetitivo, a veces cercano a un delirio febril en donde no hay claridad ni salida a la vista, creo que nadie se resigna, nadie abandona. Aunque no haya luz al final del túnel, los personajes avanzan, y a veces avanzar ya es una forma de resistencia.
—¿Qué tradiciones o autores sentís cercanos a tu proyecto narrativo?
—Estoy terminando de escribir otras cosas, y esas cosas me llevaron a releer a Ray Bradbury, al que tenía medio olvidado en mi biblioteca, y quizás ahí descubrí que hay algo de él infiltrado en estos textos. Otro autor que noto cercano, más como algo espiritual que subyace en cierta parte del desasosiego de varios personajes es quizás J. G. Ballard, cuyas distopías no van hacia el afuera del ser humano, sino que se focalizan en ese espacio interno, mental, en donde uno crea y lucha, y en donde busca sobrevivir. Hay mucho de una locura en segundo plano, por cierto, y no siempre las respuestas son claras, cuando las hay.
—¿Qué te gustaría que le quede resonando al lector después de atravesar estos “naufragios”?
—Me gustaría que quede la sensación de que, incluso cuando el mundo parece inestable o desplazado, le seguimos buscando un sentido. Que esa necesidad de comprender y de avanzar, aunque no haya garantías, es algo profundamente humano, y que los naufragios del libro no son solamente pérdidas, sino que también son momentos en donde nos obligamos a reconfigurarnos y a adaptar nuestro paso. Mientras se camina, claro.
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