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Opinión 26 de marzo de 2020

Doce reglas para la cuarentena

Y ante una situación que roza lo trágico como la que estamos afrontando, tenemos la obligación de intentar escrutar la realidad y de alzar la voz, aun a riesgo de que cometamos algún yerro y se nos critique. Si alguno nos refuta, habrá tenido antes que detenerse a pensar, lo cual es ya una ganancia para todos.

Por Maximiliano Loria

Los filósofos no damos simplemente consejos sino que invitamos a otros a reflexionar. Y ante una situación que roza lo trágico como la que estamos afrontando, tenemos la obligación de intentar escrutar la realidad y de alzar la voz, aun a riesgo de que cometamos algún yerro y se nos critique. Si alguno nos refuta, habrá tenido antes que detenerse a pensar, lo cual es ya una ganancia para todos.

El mundo de hoy busca soluciones rápidas, sacarse velozmente de encima los problemas a fin de poder retornar, aún más rápidamente, a la distracción. Pues a nadie se le oculta que, si vivimos, vivimos para la diversión. Cuando impartía clases en la escuela media, siempre decía a mis estudiantes que ellos habían trastocado el orden de las cosas. Para la mayor parte de ellos, el trabajo escolar era, precisamente, aquello que venía a interrumpir el perpetuo recreo en el que aspiraban a instalarse. Yo los amonestaba diciendo que, en realidad, la cosa era al revés: la pausa era en realidad aquello que les permitía recobrar fuerzas para el estado de trabajo que juntos debíamos abordar, si es que deseábamos vislumbrar algo de la alegría propia del aprendizaje. Demás está decir que nunca comulgué demasiado con los pedagogos de moda que dicen que los chicos tienen que divertirse mientras aprenden y que es preciso hacer un juego de todo acto educativo. La adquisición de la ciencia es algo hermoso pero arduo. Los jóvenes, claro está, tenían sus motivos para exigir su recreo eterno, pues los medios que ellos masivamente consumen no suelen pregonar otra cosa que la búsqueda de dispersión, mediante el consumo de bienes materiales y placeres corporales.

En síntesis, el corona virus vino a interrumpir nuestro perpetuo recreo y nos puso, cual añejo maestro, a todos en penitencia, llamados a reflexionar en un rincón del aula (jaula) de nuestra propia casa. Entonces, ¿qué podemos hacer ahora?, ¿qué tenemos que pensar en esta clausura que Dios o el destino nos han inexorablemente impuesto? Si bien no hay soluciones existenciales mágicas, pueden señalarse algunas verdades que la tradición filosófica y religiosa occidental ha sabido rumiar a lo largo de los siglos. Claro que no es sencillo ponerlas en práctica, porque de la cabeza al corazón (del saber al saber vivir),existe, en ocasiones, una gran distancia. Y es necesario reconocer que los afectos dominan mayoritariamente nuestra conducta. De aquí que, como nos enseñó Aristóteles, sea tan importante sentir lo que es debido, cuando es debido y del modo en que es debido.

He aquí mis doce iniciativas para pensar y hacer en esta cuarentena:

  1. Procura organizarte una rutina: es verdad que a veces los programas demasiados rígidos nos agobian, sobre todo cuando no están concebidos de manera realista, es decir, cuando pretendemos hacer más cosas de la que en verdad podemos. Pero la indecisión respecto a “qué voy a hacer ahora” puede constituir una gran fuente de angustia.

 

  1. Si tienes a cargo hijos, ordena sus tiempos pero respeta sus espacios y no los sobre-exijas. Haz que los niños colaboren en las tareas domésticas y cumplan sus obligaciones escolares pero no pretendas tener absolutamente todo bajo control. Deja que ellos exploren también sus propias maneras de vivir con naturalidad este encierro forzado.

 

  1. Dedica un tiempo a encontrarte contigo mismo. El ritmo vertiginoso por el que transcurre la vida en nuestras sociedades nos hace estar permanentemente fuera de nosotros mismos. Hemos de llegar a ser amigos de nosotros mismos y esta es una buena oportunidad para comenzar. Recuerda que la amistad procura anclarse en la verdad y no en el autoengaño. Aunque pueda ser doloroso, mírate con sinceridad ya que este es primer peldaño para el crecimiento.

 

  1. Si puedes, no hagas muchas cosas a la vez. El multitasking es alabado como una virtud en nuestro tiempo, aunque es en verdad algo que nos genera inquietud. Haz lo que haces; aplícate con toda tu inteligencia y afecto solamente una tarea y procura disfrutar de ella. Que en el fruto de lo que haces pueda verse reflejado tu propio espíritu, y que no sea simplemente algo más. Es preciso hacer de manera extraordinaria lo ordinario.

 

  1. No te angusties pensando en el mañana. A cada día le vasta su afán. Lo que hoy estamos viviendo puso de manifiesto nuestra vulnerabilidad y la vanidad de muchos de nuestros proyectos y programas. Si tienes fe sabrás que todo tiende al bien de aquellos que aman a Dios y que ni un solo cabello cae de tu cabeza sin que el Padre lo permita. Si no tienes fe, resulta a todas luces absurdo preocuparse por lo que no está bajo tu control y dejar de atender lo que ahora nos demanda y ocupa.

 

  1. Escucha y valora a quienes están a tu lado. No hay nada más maravilloso que experimentarse escuchado y amado. Práctica, pues, el reconocimiento con aquellos que convives o están próximos a ti. Verás cuanta mayor alegría hay en el dar (el propio tiempo, la propia vida) que en el estar todo el tiempo queriendo ser objeto de atenciones y mirándose el propio ombligo.

 

  1. No te contamines con exceso de información. Sobre informarse es como comer múltiples cosas y a toda prisa. Uno queda luego como indigesto y asqueado, sin aprovechar para la propia nutrición nada de lo que ha consumido. Recuerda la distinción entre informarse y formarse. Selecciona cuidadosamente aquello que ves, escuchas o lees, de modo tal de poder ir conformando una síntesis adecuada y lúcida de todo lo que acontece. Piensa eso de que, para novedad, nada mejor que los clásicos. Les recomiendo la Consolación de la Filosofía, aquella obra cumbre que Boecio escribió mientras se encontraba preso aguardando pacientemente su momento. Y otra contemporánea de un filósofo no creyente: La felicidad desesperadamente, de André Comte-Sponville.

 

  1. Recurre a la oración. Si eres creyente, habla con Dios, desahoga ante Él tu corazón, cuéntale de tus miedos y pídele por tus esperanzas. Pero hazlo con confianza, en la certeza de que serás escuchado. ¡Ojo! Ser escuchado no equivale a que se cumpla todo aquello que pides. Bueno es Dios que no nos da siempre todo aquello que le pedimos a fin de darnos aquello que le pediríamos si nuestro corazón fuese más semejante al suyo. Si piensas que Dios es malo, díselo también, pídele explicaciones y ábrete a la escucha, pues Él te hará comprender el motivo de muchos acontecimientos dolorosos. Y si no crees, no te afinques en el absurdo; no te encierres en tu propia angustia. No eres fruto del azar, ya que cada uno de nosotros ha sido pensado desde toda la eternidad por un motivo. No somos de la noche ni de las tinieblas.

 

  1. Juega con tus hijos. Tómate un tiempo para lo lúdico, para aquello que no es algo útil, un medio para obtener otra cosa. El juego, cuando uno se entrega a él, nos regresa al tiempo de la infancia, a aquel tiempo en el que solo nos preocupaba cuál iba a ser la próxima diversión. Sé como niño por un rato y descansa en la convicción de que todo aquello que acontece, aunque de momento no podamos entenderlo, es, en realidad, lo mejor. Juega, haz ese ridículo baile frente a los que amas; canta fuerte esa fea canción de los ochenta para que todos en la casa pidan a gritos que te calles; ensaya la vuelta carnero en calzoncillos y verás como el dolor se mitiga, al menos por un instante.

 

  1. Ten la humildad de pedir perdón. Si has sido rudo o egoísta; si fuiste necio o injusto; si no has sido fiel o has desatendido a quienes en verdad amas. Ten el valor de afrontar las cosas. Subsana los vínculos heridos mientras tienes tiempo. El coronavirus seguramente pasará, pero hoy tienes la oportunidad de arrepentirte y restablecer la paz de tu alma.

 

  1. No pierdas en absoluto la esperanza. Hay un mañana para cada uno de nosotros. El dolor, la enfermedad y la muerte, en absoluto tienen la última palabra. La oscura tormenta pasará y lo importante es que hayamos aprendido algo de ella. Propónete no ser el mismo luego de esta prueba. Que lo urgente deje de desplazar siempre en tu vida a lo necesario. Que lo superficial no siga tomando el espacio de lo importante. Y sobre todo, comparte lo que no necesitas con aquellos que menos tienen. Lo que te sobra, en verdad, no es tuyo.

 

  1. Sé agradecido. Muchas personas se han desvelado seguramente para que tú hayas llegado a ser lo que eres. No esperes para que falten para darles gracias. La persona agradecida no se envanece, porque sabe que mucho de lo que es, se lo debe al auxilio de otros. Anda, di gracias mirando a los ojos. Llora de emoción por lo que has recibido. Ser agradecido posibilita concebir la vida como una donación. Pon al servicio del bien común aquello que eres. Todos tenemos un talento para dar. No derroches tus capacidades y energías persiguiendo cosas superfluas. Ama y descansa en aquellos que te aman.

 

Buena cuarentena