Cultura

El artilugio de los espejos y del puro devenir

La lectura "Cornelia en el espejo", cuento de Silvina Ocampo, despierta el trazado de una serie literaria que va desde Lewis Carroll y Virginia Woolf a Amélie Nothomb y Mariana Enríquez, así como permite entablar cruces con series y películas recientes, como la última ganadora del Oscar, "Everything Everywhere All At Once".

Por Carla Duimovich

Hace pocos días leí “Cornelia frente al espejo”, un cuento de Silvina Ocampo escrito en 1988 (Tusquets). Al terminarlo no pude evitar una (probable) comparación con “Alicia en el país de las maravillas” (1865) y “Alicia a través del espejo” (1871), ambos de Lewis Carroll. En el cuento de Ocampo, Cornelia es una joven que acude a su espejo para suicidarse. Pero el espejo solo es tal a través de su función reflejante (en este caso, de la propia Cornelia) y esto resulta un modo de autoreconocimiento que, al tiempo que forja identidad, la destruye. Es decir, Alicia atraviesa el espejo y se encuentra con el otro lado del país de las maravillas, Cornelia ya habita en él.

El cuento de Silvina Ocampo se construye a partir de un diálogo continuo, verborrágico, con el reflejo de sí misma y con otros personajes que eventualmente aparecen y desaparecen, pero que también podrían tratarse de la fantasía de la propia Cornelia. En este diálogo continuado no hay una coherencia comunicativa, muy pocas veces hay respuesta a las preguntas, no se resuelve un diálogo propiamente dicho. Lo que aquí encontramos es lo que el filósofo francés, Gilles Deleuze, explica como puro devenir: “un devenir-loco, que no se detiene jamás, en los dos sentidos a la vez, esquivando el presente, haciendo coincidir el futuro y el pasado”. Esto escribía Deleuze en la primera de las series de “Lógica del sentido”, publicada en 1969 y en donde ejemplifica la idea platónica de la realidad con “Alicia en el país de las maravillas”.

Como en Alicia, “Cornelia frente al espejo” habita este puro devenir que se manifiesta en la apertura al diálogo con sí misma, una liberación del inconsciente que se produce en ciertos estados psíquicos. Para desarrollarlo, Carroll encontró el mundo de los sueños de Alicia; por su parte, Ocampo, el reflejo en el espejo. En ambos no se habita el tiempo ni los espacios como los conocemos. Mejor dicho, se habitan todos a la vez: la niñez, las personas que podríamos ser, las que seremos, el abajo, el arriba. Es decir, como sucede en “Orlando” (1928) de Virginia Woolf, Cornelia es infante, adulta, hombre… Pero, también, un ratón y una niña fantasma. No es algo singular de este cuento, estos pasajes se repiten muchas veces a lo largo del universo literario de Silvina.

“Podría tener cuarenta años; ilusoriamente los tengo esos cuarenta años, que jamás cumpliré”, se dice Cornelia. Deleuze escribe: “¿En qué sentido? ¿en qué sentido?”, pregunta Alicia, presintiendo que es siempre en los dos sentidos a la vez (…) todos estos trastocamientos tal como aparecen en la identidad infinita tienen una misma consecuencia: la impugnación de la identidad personal de Alicia, la pérdida del nombre propio porque el nombre propio o singular está garantizado por la permanencia de un saber. Cornelia como Alicia, también transita la realidad como un loco-devenir, en donde los acontecimientos (otro concepto platónico) se adueñan de cualquier idea cristalizada, de cualquier sentido común. “Podría llamarme Cornisa, sería lo mismo”, dice el personaje de Silvina Ocampo, adentrándose a la pérdida de la permanencia de cualquier saber, en este caso, de la noción del yo, tal cual se lo conoce.

Alicia habita un sueño, Cornelia una percepción de la realidad en la cual su identidad se ve fragmentada y su mente responde de manera dual frente al reconocimiento de este hecho, porque esa es su realidad permanente. Cornelia no se cuestiona este estado de las cosas, Alicia sí. busca explicarlo y en consecuencia, explicárnoslo, hasta que la entrega es tal que se “despierta”. Cornelia (que va a suicidarse o ya está muerta o está agonizando, vaya a saber uno) se libera de las categorías, de los sentidos. Ella sabe (además) que está hablando con su reflejo, que son dos y al mismo tiempo una y cien. Al comienzo, apenas se encuentra Cornelia con su imagen reflejada, la utiliza como excusa para decirse aquello que no admite si no es entregándose a este devenir. “La avaricia, con su cara filosófica”, dice Cornelia. “¡Nunca fui avara!”, se reprocha a sí misma. Este ir y venir de oposiciones, en una suerte de sinceridad con una misma, me recuerda a los diálogos frenéticos en “Cosmética del enemigo” (2001) de Amélie Nothomb. Pero Nothomb no elige un sueño ni un reflejo, elige un aeropuerto. Otro lugar en donde el tiempo no existe, en donde se está en tránsito, y en un espacio medio neutro, un no-lugar. Y en donde su personaje se desdobla en un trastorno de identidad disociativo, psicótico, para admitirse a sí mismo un trauma bloqueado. En “Cosmética del enemigo”, Textor Texel se dice: “soy la parte de ti que no olvida nada”, y no olvida nada porque es todas las edades del personaje, en todos los lugares: habita el puro devenir, es, en definitiva, la mirada atemporal que nos devuelve el espejo cuando lo observamos.

Mientras escribo esto, me encuentro con varios trabajos de análisis académicos sobre la interpretación de Cornelia en términos deleuzianos. En este sentido, desde el periodismo de investigación, en “La hermana menor” (2018), Mariana Enríquez describe el boom que desde hace un tiempo viene aconteciendo alrededor de la figura y la obra de Silvina Ocampo en todas partes del mundo. Con esto quiero decir que no hay nada en esta reflexión comparativa que no se haya pensado antes. Pero me interesa volver a Cornelia para rescatar algunos aspectos de la función de los espejos en la literatura y en el cine. La función reflejante del espejo, despojada de tiempo, en donde se procede (no podemos decir establece) este puro devenir, nos ha regalado grandes momentos.

En “Quién te cantará” (2018) de Carlos Vermut, Najwa Nimri interpreta a Lila Cassen, una cantante famosísima que sufrió (aparentemente) pérdida de memoria absoluta. Aquí el espejo funciona como reflejo de la nada misma, porque Lila no recuerda nada: no tiene pasado, no reconoce su presente, no puede construir futuros, no sabe quién es ni qué hizo. Esta película maravillosa admite otro tipo de puro devenir: el de la nada, el de una existencia que es en tanto vacío. En este sentido el reflejo funciona como afirmación de ese vacío y, también, como dispositivo de una búsqueda trunca, porque, naturalmente, dentro del espejo, dentro de sí misma, encontrará nada, no encontrará sentidos.

Ejemplos hay miles: en “Circe” (1964), de Manuel Antin, escrita por Héctor Grossi y Julio Cortázar (una adaptación del cuento del propio Cortázar), hay una escena maravillosa en donde Delia (Graciela Borges) se entrega a un juego de seducción consigo misma frente al espejo, en una especie de momento-verdad, porque nadie puede acercarse lo suficientemente a ella salvo ella misma: no se deja alcanzar, y nadie puede satisfacer su deseo más que ella. En Circe, Delia seduce al reflejo en el espejo, se besa. La Cornelia de Silvina Ocampo dirá: “me acercaré a besarte, espejo. Qué fresca, qué incontaminada, qué parecida a nadie eres. Pego mis labios en tus labios como si nadie pudiera separarnos jamás. Deja que me mire. Soy lo único que no conozco”.

La famosa escena parodiada hasta el hartazgo de “Taxi Driver” (1976) de Martin Scorsese, quizás una de las mejores películas de la historia del cine, cuando Travis Bickle (Robert De Niro) habla frente al espejo: “¿Me hablás a mí? Entonces, ¿A quién demonios le hablás si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién creés que estás hablando?”. Naturalmente, Travis le está hablando a una persona imaginaria, pero en verdad se está hablando a él mismo. Sucede que está intentando construir un personaje para llevar a cabo su plan, y para ello busca un interlocutor en el espejo pero, singularmente, con quien se encuentra en el reflejo es consigo mismo: “No hay nadie más que yo”. Es los dos lados del espejo.

En la última serie del gran director español Álex de la Iglesia, “30 Monedas” (HBO), el padre Vergara se refleja en un ser maligno que toma posesión de él, secuestrándolo dentro del espejo. Paco y Elena atraviesan el cristal para salvarlo. Al otro lado del espejo nos encontramos con una realidad alterada, en donde, otra vez, todo existe al mismo tiempo: todos los lugares y todos los tiempos; un lugar X en donde se consagran personas en busca de las 30 monedas pagadas a Judas para entregar a Jesús.

La película que ganó en la última edición de los Premios Óscar, “Everything Everywhere All at Once” (Todo en todas partes al mismo tiempo), de Daniel Scheinert y Dan Kwan, es una expresión frenética de este puro devenir del que habla Deleuze, esta vez sin espejos, ni sueños, ni aeropuertos sino a través del Alphaverso; un multi(uni)verso en donde los personajes “saltan” de realidades: pasadas, paralelas, posibles, y en donde los sentidos no están determinados.

Gracias a la ficción, grandes autores y realizadores han encontrado formas para expresar este aspecto inabarcable de la existencia, este habitar, este zambullirse sin condiciones. Sin duda, los reflejos resultan una fuente para el puro devenir, quizás por su infinidad, por lo inabarcable que resulta observar el reflejo de nuestra propia mirada en el espejo. Quizás sea (también) aquello que envolvió a Narciso cuando “se enamoró” de sí mismo. Sin duda, Silvina Ocampo, una de las escritoras más enigmáticas y universales de nuestros tiempos, ha sabido volcar en su narrativa mucho de lo que ocupa al espíritu y, no por nada, está siendo releída como nunca antes.

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