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Interés general 18 de octubre de 2023

El fútbol total

Por Walter Vargas

 

Sin que la metáfora guarde equivalencia literal con la Holanda que revolucionó el fútbol en el Mundial de 1974, bien puede deducirse, sin temor a las exageraciones, que la Selección Argentina de estos tiempos juega una suerte de “fútbol total”. Es decir, un fútbol expansivo, abarcador y demoledor.

La legendaria Naranja Mecánica pergeñada por Rinus Michels y liderada en la cancha por el también inolvidable Johan Cruyff marcó el fuego el 4-3-3 como sistema de partida y un dinamismo capaz de aprobar las materias más exigentes en la siempre dificultosa alternancia de roles.

¿Dónde reside, entonces, el vigor de la alegoría que propone el autor de estas líneas?

Pues en el pasmoso llenado de casilleros al que nos ha acostumbrado ese flor de equipo que, además de ser campeón del mundo en términos formales, cada vez que entra a un campo de juego demuestra con creces que es el máximo exponente del planeta.

El mejor, sin derecho ajeno a maledicencias y pataleos: el mejor por beneficio de pruebas.

Hagamos el siguiente ejercicio: aceptemos que un equipo de fútbol bien puede ser evaluado con los vectores de las cinco P: P de posición, P de posesión, P de progresión, P de profundidad y P de poder de fuego, léase contundencia.

Argentina tiene todo eso.

Es un equipo ordenado y confiable en la movilidad de sus bloques (¿han notado que ataca con muchos y defiende con muchos?) el que dirige Lionel Scaloni: ejerce una tenencia de la pelota a menudo humillante para sus adversarios (esta misma semana les pasó a Paraguay y Perú: 75/25 y 66/34), gana terreno con fluidez y precisión, genera un buen número de situaciones de gol y por lo menos convierte lo necesario para ganar.

Es cierto, admitido, que salvo en las vigentes Eliminatorias con Bolivia en La Paz, no ha sacado diferencias apreciables en el score, pero deberá concederse que tiene toda la cara de un fenómeno temporario.

Así parece con Lautaro Martínez y Julián Álvarez, inapelables en sus equipos y víctimas del síndrome del cinco para el peso con la casaca nacional.

Nada para preocuparse, desde luego: cuando menos se lo espere, el arco y la red habrán de sonreírles. (Tampoco debe perderse de vista que ni Messi ni Di María han jugado los cuatro partidos. Messi, baste el renovado botón de muestra del martes en Lima, es enganche, manija y goleador supremo. Y Angelito, a qué abundar, supone un interlocutor de primera gama).

Además, conste, tampoco es que Argentina haya sufrido demasiado esa merma de contundencia, en la medida que sus modos y su poderío anulan los riesgos de cambiar ataque por ataque y por ende Emiliano Martínez goza de los privilegios de jornadas apacibles.

En fin: ya fue subrayado y la oportunidad consiente la permanencia en una satisfacción y una alegría, por qué no, que los futboleros argentinos recibimos con gratitud.

Nuestra Selección juega fenómeno, diríamos en una tertulia de café.

Claro: la Selección juega fenómeno. Y desde hace un buen rato.

También, por último, asoma en el horizonte la certeza de que esta Argentina campeona del mundo parece haber suprimido la falsa opción eficacia/belleza y deja mal parada a las machaconas parroquias de bilardistas, menottistas y afines, pero esa es una historia de la que nos ocuparemos en otro momento.