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Opinión 3 de noviembre de 2026

El “general” de WhatsApp y la remontada de Lula

El papel atribuido a André Janones en la elección brasileña revela cómo las plataformas, los algoritmos y la acción conectiva organizan la conversación pública en la democracia.

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Por Gabriel Coronello Aldao

La historia es demasiado buena como para no contarla. Luiz Inácio Lula da Silva perdió la primera vuelta de las elecciones brasileñas por unos 2,2 millones de votos y, tres semanas después, ganó el balotaje con una diferencia superior a los 4,4 millones. En el medio, el diputado André Janones convirtió un canal de WhatsApp en una formidable maquinaria de movilización digital que reunió a casi once millones de personas.

La tentación fue inmediata: Janones había “dado vuelta” la elección. Es una buena explicación. Probablemente demasiado buena.

Pero entre un video visto y un voto emitido hay demasiadas cosas: situación económica, identidades políticas, campaña territorial, acontecimientos de las últimas semanas, conversaciones familiares y millones de decisiones individuales. No tenemos elementos para atribuir semejante remontada a una estrategia digital. Pero eso no vuelve menos interesante lo que ocurrió. Al contrario: permite mirar el fenómeno sin necesidad de convertirlo en una explicación mágica.

Un ejército sin cuarteles

Janones se hacía llamar “general”. Sus seguidores integraban el “Exército do Lula”, recibían “misiones” y debían ejecutarlas. La metáfora tiene una ironía evidente: una campaña enfrentada al bolsonarismo terminó apropiándose de parte de la gramática militar que durante años había caracterizado a su adversario.

Sólo que estos soldados no tenían que marchar. Tenían que mirar el teléfono.

Una misión podía consistir en compartir un video, etiquetar o intervenir en otra plataforma a una hora determinada. En otras ocasiones la orden era justamente no intervenir. Si un contenido adversario estaba circulando, responderlo -incluso para criticarlo- podía regalarle la interacción que necesitaba para seguir creciendo.

Es una pequeña lección de gestión de información en red: a veces comunicar es hacer circular; otras veces es saber qué no alimentar.

Y también muestra por qué WhatsApp resulta tan interesante en este caso. No fue solamente otro lugar donde publicar propaganda. Funcionó como una suerte de sala de máquinas para coordinar lo que luego debía ocurrir en Instagram, X, YouTube u otros espacios.

La operación puede resumirse bastante fácilmente. Desde un punto central se distribuye una consigna. Miles o millones de personas realizan pequeñas acciones. Las plataformas registran de pronto una concentración de actividad. Sus sistemas pueden interpretar esas señales como relevancia y aumentar la exposición del contenido.
Esto es bastante más que “saber usar las redes sociales”. Es convertir una audiencia en una organización.

La investigación académica llama acción conectiva a fenómenos de este tipo: la comunicación digital deja de ser solamente una herramienta de una organización y pasa a formar parte de la propia organización. Cada participante hace muy poco, pero la suma coordinada puede producir mucho.

Brasil, además, conoce bien esta historia. WhatsApp ya había sido una pieza central de las redes bolsonaristas en 2018. Investigaciones posteriores encontraron grupos coordinados, participantes particularmente activos y una circulación permanente entre WhatsApp y otras plataformas. Por eso la explicación de que “la derecha sabe usar las redes” y ahora “la izquierda aprendió” resulta bastante pobre. Las tecnologías no pertenecen a una ideología. Existe es aprendizaje y eficiencia sobre cómo organizar personas y circulación dentro de determinadas infraestructuras.

Un episodio del último debate permite verlo casi en cámara lenta. Flávio Bolsonaro se refiere despectivamente a los nueve dedos de Lula. Lula recuerda que había perdido uno trabajando como obrero metalúrgico. Poco después aparece #SomosTodos9Dedos.

La burla había cambiado de dueño

Un ataque se convierte en una historia, la historia en una consigna y la consigna en miles de pequeñas acciones distribuidas. No hacía falta comprender un programa político ni asistir a una reunión. Bastaba con apropiarse de una frase y hacerla circular.

Es una formidable reducción del costo de participar. Y también una razón para no confundir participación con ciudadanía.

Ciudadanos usuarios de plataformas

Nunca fue tan sencillo sumarse a algo. Alguien propone y los demás reaccionan: damos un like, compramos, compartimos, comentamos, posteamos, matcheamos, seguimos o dejamos de seguir. Las plataformas fueron diseñadas precisamente para eso: para que hagamos cosas.

Una democracia puede valorar que alguien se informe, escuche argumentos, delibere, se organice o participe de instituciones. La plataforma necesita señales. Si un mensaje político genera interacción, excelente. Si lo hace un partido de fútbol, una receta o un video de gatitos, también.

No toda interacción produce dinero de manera directa, pero casi toda deja algo aprovechable: atención, datos, conocimiento sobre preferencias, tiempo de permanencia o nuevas posibilidades de monetización.

La plataforma no necesita ser de izquierda ni de derecha. Necesita seguir siendo plataforma. Pero eso tampoco significa que sea neutral.

Las empresas deciden cómo está construida la cancha: qué acciones pueden realizarse, qué información se registra, qué contenidos se recomiendan, qué formatos reciben mayor exposición y qué visibilidad puede comprarse. Después los jugadores intentan aprender esas reglas y utilizarlas a su favor.

Janones parecía haber entendido muy bien esa lógica.

Una de las historias más ilustrativas de la campaña fue la instrucción de ejecutar determinadas acciones exactamente en determinado horario. Ni antes ni después. La idea era provocar una concentración repentina de actividad que pudiera ser detectada por los sistemas de recomendación.

No hace falta “hackear” un algoritmo en el sentido informático del término. Puede alcanzar con sospechar qué señales valora y organizar a suficientes personas para producirlas.

La política habla así simultáneamente con dos destinatarios: las personas y las máquinas que deciden qué mostrar.
La inteligencia artificial introduce otra complicación. Durante la campaña circularon también imágenes y videos sintéticos. Y allí aparece algo que quizá sea más inquietante que el engaño clásico.

Estamos aprendiendo a convivir con contenidos frente a los cuales ya no sabemos si es pertinente preguntarnos “¿es verdadero?” o “¿es falso?”.

A veces sospechamos que algo fue creado con IA y aun así lo compartimos porque nos divierte, nos indigna, representa algo que pensamos o sirve para burlarnos de alguien.

El contenido puede fracasar como prueba de realidad y funcionar perfectamente como generador de conducta.
La pregunta deja entonces de ser únicamente “¿esto ocurrió?” y comienza a aparecer otra: “¿qué consigue que haga quien lo recibe?”.

Ese cambio importa mucho. Para el periodismo y para el conocimiento, la diferencia entre verdadero y falso sigue siendo fundamental. Para la circulación digital, en cambio, ambos pueden generar actividad. Y una estrategia política puede sentirse tentada a medir una pieza menos por su verdad que por su rendimiento.

Quizá por eso el caso Janones sea más interesante si no intentamos convertirlo en la causa de la victoria de Lula. Lo que deja ver es otra cosa.

Millones de personas pueden ser coordinadas casi instantáneamente desde una red y actuar de manera distribuida sobre otras. Las campañas aprenden a convertir pequeñas interacciones individuales en fuerza comunicacional. Los algoritmos forman parte de esa circulación. Y todo ocurre dentro de infraestructuras privadas cuya principal necesidad no es producir mejores democracias, sino mantener activos sus sistemas.

La acción conectiva puede cambiar una conversación, instalar un tema, organizar una campaña y eventualmente contribuir a ganar una elección. Pero después del voto empieza otra historia.

No hay un like que construya una escuela, un repost que mejore un hospital ni un hashtag que reduzca por sí mismo la desigualdad. El algoritmo no vota. Pero organiza buena parte de la cancha en la que hoy discutimos cómo hacerlo.

(*): Director del Observatorio Universitario de la Ciudad (UFASTA) y docente de la cátedra Gestión de la Información en Red (UNMDP).