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Opinión 19 de septiembre de 2021

El gobierno y su menosprecio al mensaje de las urnas

Maximiliano Abad.

Por Maximiliano Abad | Presidente de la UCR Provincia de Buenos Aires

A menudo, en la política y en la vida en general, la desesperación es el telón de fondo de la irresponsabilidad. Nadie puede liderar una crisis si no sabe, o no puede, controlarse a sí mismo. La derrota que recibió el gobierno en las urnas lo llevó a convertir una interna por el poder en un avance -otro más- sobre las instituciones del Estado.

Ante semejante acto de menosprecio político por lo que millones de Argentinos expresaron con su voto, lo primero que cabe es exigirle al gobierno que gobierne, porque esta semana, a pesar del mandamiento de las urnas a cambiar el rumbo, nadie se ocupó de las cuestiones urgentes que enfrenta el país.

El oficialismo reaccionó mal y tarde a lo que fue dicho el domingo. Lo redujeron a su pelea por la supervivencia, preocupados por quién ganó o perdió las elecciones. Pero el mensaje es otro: los que gobiernan están gobernando mal, sin rumbo ni claridad, y la incertidumbre en el poder es siempre falta de poder.

Así, mientras el oficialismo dirime sus internas, hay una agenda que espera y desespera. Una situación económica insostenible, una pandemia de la que el gobierno dejó de hablar, pero cuyas consecuencias perdurarán más allá de la enfermedad, un pueblo abatido desde lo anímico y lo moral, un tejido social roto.

Frente a esto, el llamado a la responsabilidad institucional es imprescindible, pero no alcanza, porque esta situación no es puramente coyuntural, no se resuelve con el cambio de nombres en el gabinete o con los consensos de una transición que les permita relanzar la gestión con los ojos puestos en noviembre. Esto va más allá, responde a un modo de entender la política y el Estado, como hicieron con las vacunas, como quisieron hacer con Vicentín, como hicieron con las escuelas y el futuro de miles de chicos y chicas: ellos creen que el Estado le pertenece a quien gobierna, y por eso pueden disponer de él de acuerdo a sus lógicas internas.

Por eso, en todo esto hay también una interpelación a la oposición. Hay un rol que cumplir, más allá de las peleas palaciegas del partido gobernante. Nosotros tenemos que construir la alternativa republicana, centrada en el desarrollo y en la institucionalidad que ponga fin a la decadencia que estamos viendo. Nadie puede desconocer que en el mandato de las urnas quedó claro que en Argentina no hay más margen para quienes se pusieron por encima de las leyes, se robaron vacunas o festejaron en medio del dolor ajeno. Se pide una dirigencia a la altura del sufrimiento de todo un pueblo en un momento crítico.

El camino al futuro, entonces, es poner a la política al servicio de las transformaciones: la educativa, primero; la productiva y la científica. La innovación tecnológica que genere empleo, valor agregado, diversificación económica. Y, fundamentalmente, una verdadera revolución moral. Porque el espectáculo lamentable del gobierno mancha a toda la política, a la credibilidad en el sistema, y no hay peligro mayor para una democracia.