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Cultura 14 de junio de 2026

El Indio, los de Ricota y otras disquisiciones

Desde los años del under platense hasta las convocatorias multitudinarias, un recorrido por la construcción de una leyenda que desafió las lógicas tradicionales del éxito. Apuntes para entender un caso único.

El Indio Solari en uno de sus últimos shows.

Por Oscar Muñoz (*)

Las últimas filas de asistentes desconcentrando, ya son fotos viejas. Las calles laterales del centro de peregrinación ya recuperaron su normalidad suburbana, un tanto a trasmano del centro neurálgico de la gran urbe contigua. Esa aparente lejanía e incomodidad que favoreció, en definitiva, el desenvolvimiento de la multitud que acudió a la cita.

Cientos de miles, seguro. Las estadísticas de la memoria histórica fijarán el número en un millón, y no estarán del todo erradas.

De cualquier manera, fue la despedida más multitudinaria para un ídolo popular, desde Gardel y más acá, Julio Sosa. La del Diego, atenazada por la pandemia y los forcejeos familiares y políticos, tuvo otra dimensión, desprolija y hasta injusta.  

Basta recordar la foto en exclusiva del barra Rafa Di Zeo, para medir el dislate.
Cabe subrayar aquí, el carácter del despedido. Compositor, poeta, intérprete. En los últimos tiempos, hizo pública su veta visual y también recabó interés de propios y ajenos con su exposición Brutto.

En suma, Artista. En esta Argentina con índices económicos complicados, incluso para los exégetas del oficialismo, en este arrabal del mundo, en esta sociedad colonizada en el complejo de inferioridad, un millón de argentinos de todas las edades y clases sociales concurrieron a despedir a un Artista.


“En el caso del Indio Solari, no puede aplicarse el lugar común del nacimiento del mito que sucede a su partida física, porque él se encargó de construirlo en vida”.


Ojalá Dios guarde muchos años a Bob Dylan, para evitar odiosas comparaciones.
Su fallecimiento, inesperado, a pesar de los rumores más o menos conocidos sobre su estado de salud, de los que nunca renegó, alimentó la grilla de los canales de noticia de manera excluyente, todo el fin de semana. Resultó un regalo para una programación habitualmente vacía y forzada, sin competencia siquiera de la actualidad política, que muchos prefieren relegar de acuerdo con sus intereses. En el caso del Indio Solari, no puede aplicarse el lugar común del nacimiento del mito que sucede a su partida física, porque él se encargó de construirlo en vida, una obra maestra del perfil bajo, casi hasta hacerse invisible, distante, o mejor expresado, inaccesible.

Redonda paradoja, una de tantas, alrededor de esa deidad bizarra, Patricio Rey. El ídolo que no firmaba autógrafos, que no se prestaba a las fotos con los fans y concedía pocas, privilegiadas entrevistas, se brindó de cuerpo  yacente para compartir la liturgia del adiós.

Del under a la masividad, de los sótanos Avant Garde a los estadios de fútbol, y luego a predios habilitados exprofeso, escribió, al frente –y bien al frente de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, su agrupación icónica–, los lineamientos de una leyenda única. Muchos grupos de rock o pop, casi todos, excepto los prefabricados en oficina de marketing, recorrieron ese intrincado “camino al éxito”. Pero ninguno alcanzó el grado de identificación o  apropiación por parte de sus seguidores, las bandas ricoteras.

Si bien los Redonditos son un fenómeno estrictamente argento, quizás convenga asomar la mirada hacia los grandes centros generadores de cultura rock para encontrar afinidades que trascienden lo artístico. Hace muchos años, en la redacción de una revista de target adolescente, el periodista especializado Claudio Kleiman, quien estableció con Solari y cia. (por entonces, la tríada compuesta con el guitarrista Skay Beilinson y la Negra Poli, mánager todo terreno) una relación de intimidad y confianza desde los tiempos fundacionales, remitía a Grateful Dead. Una banda de culto masivo, oriunda de California, y que compartió escenario con los Rolling Stones, en el tristemente célebre concierto de Altamont (1969).

Los Dead, como los Redonditos, empleaban seguridad propia, en sus convocatorias, por el efecto provocador que representaban las fuerzas institucionales. Los Redonditos lo aprendieron duramente y en la práctica. Le costó la vida a Walter Bulacio, en las inmediaciones del estadio Obras (abril de 1991), un oscuro episodio jamás esclarecido.

Ahí terminan las semejanzas.


“Muchos grupos de rock o pop recorrieron ese intrincado camino al éxito. Pero ninguno alcanzó el grado de identificación o apropiación por parte de sus seguidores, las bandas ricoteras”.


La bestia pop

Oriundos de La Plata, como los hermanos Moura (Virus), emergentes de una escena de renovación rockera, que cultivó esos “raros peinados nuevos”, que lucían los Soda Stereo de los comienzos, compartieron con estos, cuna de bautismo en esa palermitana Esquina del Sol, de acotada existencia temporal e imperecedera nostalgia, en la que Charly también hizo de las suyas, incluso de incógnito.

Si el poder de convocatoria fue in crescendo hasta adueñarse primero de la escala de Paladium, otro reducto extinto, en el bajo porteño, promediando los 80, donde presentaron y dejaron registro extraoficial de su segundo trabajo, Oktubre, no abandonaron nunca su marca de culto, su espíritu vanguardista y esa actitud autogestiva y de independencia que los caracterizaba.  

En verdad, dicha política los precedía. Era inspiración de la cofradía Vitale para su proyecto M.I.A. (Músicos Independientes Argentinos), gestado en plena dictadura. Como consecuencia directa, Lito fue productor artístico de su debut (Gulp!) y apareció de invitado en trabajos posteriores, casi una cábala.

¿Cuándo se disparó el fenómeno de los Redondos? Germán Daffunchio (Las Pelotas) deslizó en alguna entrevista que fueron herederos indirectos de la partida de Luca Prodan (diciembre de 1987) y la consiguiente extinción de Sumo. Con trazo grueso, sería un enroque entre calvos.

Es tentador y hasta oportunista, pero no caprichoso, asociar las figuras del Indio y el tano. Los Redondos no cultivaron amistades conocidas entre el establishment rockero, pero la cesión de la letra de una canción originalmente compuesta por el primero para su grupo, le deparó a Sumo, uno de sus primeros hitos. Mejor no hablar de ciertas cosas, con su calidoscopio de imágenes y significado críptico, se diferencia bastante de la lírica habitual de Luca.

Todavía militaban en la segunda línea de la escena, cuando dejaban en claro que no participaban de festivales ni se prendían a la comodidad de los sponsors de grandes marcas, que ya valoraban el impacto publicitario entre el público de rock. La declaración de principios adquirió otro valor cuando ellos mismos produjeron sus propios espectáculos en esos ámbitos multitudinarios, pero también surgieron crecientes problemas de logística y seguridad.

En ese sentido, los conciertos de Huracán (1994) marcaron un punto de quiebre. En un momento del primer show, cuando se liberaron los accesos para que ingresaran muchos fans sin entradas, el Indio trató de calmar los ánimos desde el escenario. No fue escuchado y fue visible su impotencia, prefiriendo sacar el concierto adelante, para no pasar a mayores.

Los Redondos, una de las bandas inspiracionales para este espectáculo.

Los Redondos no abandonaron nunca su marca de culto, su espíritu vanguardista y esa actitud autogestiva y de independencia que los caracterizaba.

Mejor hablar de ciertas cosas

De ahí en más, las presentaciones del grupo se transformaron en acontecimientos más dignos del análisis sociológico que de la crítica de espectáculos, corregidas y aumentadas con la separación (en términos poco gratos para todos, incluyendo el público) y la posterior proyección del Indio como mega star sin corona, en el liderazgo de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

Su despedida no anunciada, en Olavarría (2017), fue el paroxismo para los medios de noticias que se regodearon con las postales de “tierra arrasada” y testimonios de espectadores (muchos sin entradas) que más parecían extraídas de un frente de batalla, traicionando el pacto establecido.

Autogestión, independencia, distanciamiento y complicidad al mismo tiempo. ¿Cómo explicar al Indio y su capacidad de convocatoria?

Investigador de la música popular, autor de una profusa bibliografía al respecto y de un texto particularmente necesario (“Banderas en tu corazón. Apuntes sobre el mito de los Redondos”), Marcelo Gobello admite su desconcierto: “Ni ellos lo sabían, porque nunca tuvieron una estrategia de marketing. Se alinearon una serie de coordenadas y se produjeron ciertas resonancias. No hay una fórmula para explicarlo. Fue un fenómeno único”.


(*) Periodista de la revista Caras y Caretas.