El “marplatense” que encontró un galeón hundido hace 300 años y ahora busca el “tesoro más grande del mundo”
De fuerte vínculo con Mar del Plata, Germán Moro reconstruye el hallazgo hace 30 años de La Capitana, uno de los galeones más importantes de España. Y cuenta su nueva búsqueda de la que no revela la ubicación pero asegura: "No es un barco, es una flota y podría ser el tesoro más grande del mundo".
Germán Moro y Cristiana Chamorro, en 1996, durante el hallazgo de La Capitana.
Por Lucía Castorina
En 1654 el naufragio del galeón Jesús María de la Limpia Concepción impactó fuertemente a la corona española, que en ese entonces tenía serios problemas financieros. Transportaba los lingotes de plata de Sudamérica y no llegaban a cubrir los gastos de la Corte. Su tesoro era inmenso y su valor histórico y arqueológico, incalculable. Durante más de 340 años, La Capitana fue intensamente rastreada por cazatesoros y aficionados, pero quien finalmente la encontró en 1996 fue un argentino que se obsesionó con su historia y decidió hacer de su búsqueda un emprendimiento personal.
A 30 años de su hallazgo, Germán Moro conversó con LA CAPITAL sobre su travesía, la fiebre del oro, una nueva búsqueda y la posibilidad de haber logrado dar con un tesoro más valioso que las monedas de plata.
La familia entera mantiene un vínculo estrecho con Mar del Plata. Siendo el mayor de siete hermanos, los Moro se radicaron en la ciudad en 1988 cuando su padre, Rubén Moro, terminó su comisión en el extranjero y se instaló en la ciudad como jefe de base. Fue oficial de la Fuerza Aérea, héroe de Malvinas y piloto.
“Se mudó con casi toda la familia, y yo decidí quedarme en Estados Unidos. Hoy tengo cuatro hermanos viviendo ahí, mi mamá y un montón de sobrinos y amigos. Viajo muy seguido por cuestiones de familia y de amistad, a veces de algún que otro negocio o de arquitectura”, contó.

En 1996, LA CAPITAL cubrió el hallazgo y retrató al comandante Moro junto a Mónica, madre de Germán, y su hermana, Bárbara.
La búsqueda del galeón comenzó como un pasatiempo. Era 1992 cuando Gustavo Germán Moro y su esposa, Cristina Chamorro, se iniciaron en el mundo del buceo. Se habían instalado en Washington DC en su juventud, y su primer negocio fue una pequeña empresa de jardinería.
“Un detalle de la jardinería en Washington es que en invierno no hay nada que hacer. Teníamos, literalmente, tres meses de vacaciones. Ahí empezamos a bucear y fue entonces que nos enteramos de que existía la posibilidad de buscar naufragios antiguos, y que se podía hacer con tecnologías que en aquel momento eran nuevas”, contó.
Encontraron en la historia de La Capitana una gran atracción y se convirtieron en expertos en el tema, “sobre todo en la parte del archival research, todo lo que eran los museos, los archivos en España, en Sevilla”. Aprendieron a leer los documentos originales y se entusiasmaron. Aquel barco en particular había sido listado en una revista de buceo como uno de los 10 más ricos en todo el continente americano, y decidieron que Ecuador era un buen objetivo.

La cobertura de LA CAPITAL en 1996 ilustró el interior de La Capitana. Debajo se observa a Cristina Chamorro y Germán Moro durante una de sus vacaciones en Mar del Plata.
Comenzó entonces el proceso de negociar un contrato con el gobierno e iniciar la expedición; para la que fundó y presidió la empresa Subamerican Discoveries. Pero aquella travesía tomó cuatro años de trabajo… “después, lidiar con la problemática que significa trabajar en Latinoamérica con algo tan delicado como arqueologías y cuestiones que tienen valorizaciones a veces exageradas por los medios, y se habla de cantidades de dinero muy altas para países tan pobres. En Ecuador se llegó a decir que podían pagar la deuda externa con lo que sacaban de La Capitana”.
—Pero, ¿cuánto sacaron finalmente?
—Siempre es un poco difícil ponerle un valor a estas piezas, porque son piezas históricas. A veces uno puede asignarle un valor de mercado numismático a una moneda, pero en el momento en que vos sacás más de 25.000 monedas, como sacamos nosotros, entonces el valor pasa a disminuirse y a ser relativo. Por ahí, un par de miles de dólares por moneda, así que eso te puede empezar a dar una cuenta. Dividimos mitad y mitad con el gobierno. Tuvimos muchos socios y muchos gastos, y en definitiva no terminó siendo un gran negocio. Sí, ganamos un poco de plata, pero la verdad es que pensamos que íbamos a encontrar más tesoro en La Capitana. Habíamos hecho un cálculo muy exacto de cuánto iba a bordo, cuánto contrabando llevaba, cuánto se había rescatado. Y calculamos que debería quedar entre un 10 y un 20% de la carga original. Y terminamos esperando menos del 5%, porque lo que nunca tuvimos en cuenta fue lo que se habrán robado en aquella época mientras se trabajaba.
—¿Te referís a los buzos que participaron de la búsqueda?
—Sí, claro. Eso nunca formó parte de ningún tipo de contabilidad, y a veces uno cuando hace las cuentas tiende a ser positivo, y la verdad es que nosotros calculamos todo lo que sabíamos, pero no tuvimos en cuenta ese detalle.

La réplica a escala de La Capitana quedó alojada en Casa Moro, actual residencia de Thorsten Hilker.
En el caso de La Capitana, en 1992 comenzaron a investigar en el Archivo General de Indias. La identificación histórica de la ubicación del naufragio fue “relativamente sencilla”, porque en esa época no existía Internet y la única manera de obtener un archivo era viajando a Sevilla, trabajar con el museo y pedirles que hagan una copia del legajo.
“Lo cual, en nuestro caso, hicieron y enviaron. Mandaron un reel con microfotos de miles de páginas que existían en ese legajo. Nosotros ya habíamos identificado dónde estaba la información, pero ahora había que leerla, materializarla y estudiarla”, detalló.
Leer un legajo de aquellos no es fácil. “Todo eso llevó tiempo, pero tuvimos suerte, porque encontramos una pequeña frase escondida entre todos esos documentos que identificó con bastante exactitud el lugar del naufragio”.
—¿Qué decía esa frase?
—Decía que estaba “a una cuadra del negro”, a una cuadra del negro… Entonces había que identificar qué era una cuadra, que en ese momento terminó siendo un cuarto de milla, o el aproximado a 400 metros ahora. El problema era que sabíamos a ciencia cierta que el naufragio había ocurrido a una milla de la costa, y mirando la costa y las cartas náuticas, no había nada que estuviese a una milla en esa zona de lo cual La Capitana pudiera estar “a una cuadra de”. No había ningún accidente geográfico. Era un enigma. Teníamos esa cita que decía dónde estaba, pero por otro lado, era imposible que aquello existiera.
En uno de los primeros buceos con su esposa Cristina, exploraron el lugar con un pescador local de un pueblo llamado El Real. Germán le indicó que saliera a mar abierto, hasta aproximadamente 1 milla. “Entonces anclamos en ese lugar. Había como 15 metros de profundidad. Empecé a ponerme el traje de buzo cuando veo que se arma una ola cerca nuestro, viniendo hacia nosotros. Me asusto, no quería que nos rompiera en la cabeza, pensé que podía dar vuelta el bote. Entonces se lo comenté al pescador, que se llamaba Cruz, pero la ola se levantó y bajó de vuelta, como si fuera una aparición”, recordó.
Cuando volvió a calzarse el equipo y estaba a punto de tirarse al agua, Germán observó que otra ola se formaba. Alertó nuevamente al pescador, que respondió: “No pasa nada, ese es el negro”.
“El negro” resultó ser un arrecife que no se veía a simple vista y cuando llegaban las ondas del mar se armaban arriba, para luego desarmarse por la profundidad. “Así fue como lo descubrimos, y efectivamente La Capitana estaba a una cuadra de ahí… pero para eso pasó mucho tiempo, trabajo, plata y sufrimiento”, narró.

La Capitana era parte de la flota del Mar del Sur, que en ese momento estaba compuesta solamente por dos galeones. Hacía el tramo entre el puerto de Callao, Lima, donde cargaban toda la plata del Perú, sobre todo la que venía del Cerro de Potosí, que estaba en pleno esplendor. Para ir de Perú a Panamá hay que cruzar el golfo de Guayaquil, viaje que lleva aproximadamente tres días y durante el que la costa no es visible.
Durante el trayecto las corrientes son duras. El piloto erró el curso, “con tanta mala suerte que se metieron dentro del Golfo y llegaron a la costa norte, el Golfo de Guayaquil, de noche. La Capitana, que iba delante, se chocó con un bajo y se hundió, pero se salvaron prácticamente todos porque quedó varada a una milla de la costa. Al otro día lograron desembarcar e hicieron un fuerte en la playa”.
“Leyendo los documentos originales, me encuentro con una frase que decía que la gente había acampado en El Real, que resultó ser el campamento que hacía el rey o el general arriba de la colina, desde el cual observaban las batallas. El campamento siguió vivo durante 10 años en los que los españoles siguieron trabajando en el naufragio”, relató. Y agregó: “Yo sabía que si podía encontrar los restos del campamento de El Real, entonces podía inferir que enfrente de esa zona debía estar hundido el barco”.
En el lugar había un pueblo —ahora casi una pequeña ciudad— llamado Chanduy. Allí comenzó la búsqueda. Durante unas vacaciones recorrieron la zona, caminaron por la playa buscando restos arqueológicos del campamento, encontrando pedazos de barro roto por todos lados…
“Todo Perú y Ecuador está plagado de piezas arqueológicas rotas, de cerámicas y demás. Pero hay una diferencia muy importante entre la cerámica precolombina y la cerámica española. Después de estar ahí todo el día, decidimos que no había mucho por hacer y emprendimos el regreso al hotel que estaba en la ciudad de Salinas, bastante lejos. Teníamos que caminar para poder salir a la ruta”, rememoró.

Parte del tesoro de La Capitana.
Cuando emprendieron el regreso, les llamó la atención una huella en el camino, marcada por el paso de los autos. Al lado, un cartel oxidado decía: “El Real”. “No lo podía creer”, confesó.
Resultó que existía un pueblo llamado El Real, que al igual que “el negro”, no figura en ningún mapa. “Era chiquito, son cuatro casas de pescadores. Se ve que en algún momento, 50 años atrás, alguien le puso un cartel de esos que pone vialidad. Al otro día volvimos, y allí fue donde conocí a Cruz. Cuando le expliqué lo que estaba buscando, enseguida me llevó al campamento de los españoles, y adquirimos bastante certeza de que estábamos en el camino correcto”.
—¿Cuánto tiempo después se produjo el hallazgo del lugar donde ocurrió el naufragio?
—Inmediatamente después descubrimos lo del negro. Es más, creo que fue un día uno y al otro y al día siguiente.
—¿Cuántas personas participaron de la expedición?
—Un montón. Fuimos un grupo grande. Hicimos participar a un grupo local ecuatoriano y habremos terminado siendo en total unos 30 participantes.
—Y ustedes no eran los únicos que lo estaban buscando…
—Correcto, había otros intereses. La situación se complicó mucho porque cuando la encontramos informamos al gobierno de Ecuador, que decidió mantener la información en secreto para que nadie supiera hasta que nosotros llegáramos con nuestra embarcación y estuviéramos listos para empezar el trabajo de investigación. Un par de meses después llegamos con el Explorer. Un barco lindo, grande, de trabajo, importante. Estando en la Rada de Salinas esperando las instrucciones, resultó que una compañía dirigida por el uruguayo Roni Almeida también estaba buscándola en otro paraje, y tenía inversiones muy importantes con una empresa noruega. Cuando ve que estábamos a punto de hacer pública la noticia y colocarnos arriba del naufragio, salió él primero a decir que había encontrado La Capitana en otra parte. Revolucionó todo. Esa primicia del uruguayo dio la vuelta al mundo.
—Aunque no era verdad.
—No, no era verdad. Nosotros nos quedamos con la boca abierta. A partir de ahí se generó una dinámica muy especial con la prensa, en la que el conflicto era más noticia que la noticia misma. Nos llevó bastante tiempo empezar a trabajar, comenzar a sacar tesoros, hasta que las cosas se acomodaron. Es como que le sacaron el brillo y la gloria del hallazgo…

El Explorer.
Un nuevo proyecto a la vista
Mientras conversa sobre sus aventuras a bordo del Explorer, Germán Moro acaba de regresar de un mes en el mar. “Si algo aprendí de La Capitana es que no quería volver a hacer un proyecto donde los españoles ya hubieran trabajado en el lugar. Quería buscar un barco intacto, por así decirlo. Pero los barcos intactos son difíciles, porque la mayoría de los que están enteros es porque se hundieron en aguas profundas. Y los naufragios de agua profunda en el medio del mar no son lo mío, son muy difíciles de encontrar, imposibles de bucear y carísimos en toda su dimensión comercial”, explicó.
Encontrar un barco de esas características es al menos raro, porque ¿cómo utilizar los documentos que generaron los españoles al momento del hundimiento para encontrar un barco que ellos mismos no pudieron encontrar?
“Es una chance entre mil. Ahí es donde tuvimos suerte. Estamos buscando lo que nosotros calificamos, quizás de manera exagerada, pero no por eso menos cierta, como el tesoro más grande del mundo, porque no se trata de un barco, sino de una flota entera”, reveló. En ese sentido, esperan poder completar la primera fase del proyecto y compartir la noticia en los próximos meses, o bien en 2027. “Ya completamos la fase histórica: tenemos certeza de dónde están los barcos. Y ahora estamos completando la fase de búsqueda. Después vendrán las primeras partes de exploración y confirmación, el inicio de los procesos legales y ahí es cuando podremos hacerlo público”.

Germán Moro y su esposa, Cristina Chamorro. “Después de La Capitana, mi esposa me dijo: ‘Me divorcio si te decidís a hacer otro proyecto de naufragio’. La verdad es que son proyectos difíciles. Ahora la convencí de que este valía la pena”, aseguró.
—¿Qué sentían internamente ustedes cuando se encontraban con estas pistas?
—Convencimiento total. Es como un rompecabezas. Tenés todas las piezas históricas que a veces coinciden, pero generalmente no, y tu trabajo es hacer sentido de esas piezas. Hay veces que querés creer algo por algún motivo, intentás forzar una pieza para que encaje, y no quiere encajar porque algo en tu teoría es incorrecto. Con La Capitana, cuando terminamos de juntar toda la información y descubrimos El Real, descubrimos el campamento de los náufragos, descubrimos los negros, es como que todas las piezas del rompecabezas entraron en su lugar y no teníamos la más mínima duda de que a una cuadra de ahí estaba el barco. Y ahí estaba. Pero a partir de ahí llevó cuatro años más de tecnología, juntar el dinero, distintos problemas con el gobierno, la competencia, entre otras cosas que ni se pueden contar.
—¿Quién fue el primero que buceando encontró alguna parte del tesoro?
—Lo “gracioso” es que con toda la tecnología que utilizamos, al barco lo terminamos encontrando porque, después de una tormenta, un pescador capturó en sus redes un pequeño platito de mayólica, hermoso. Como sabía que estábamos trabajando, nos hizo llegar la información, a ver si queríamos comprar el plato. Obviamente le dijimos que sí, pero que además queríamos pagarle para que nos mostrara el lugar. Lo marcamos con el GPS y al otro día buceamos. Robert McClung fue el buzo que primero volvió con un detector de metales y con monedas en la mano y la confirmación de que, efectivamente, se trataba de La Capitana.

Germán Moro enseñó la transformación de las monedas de plata extraídas de La Capitana, conservadas con el método de electrólisis.
—¿Qué sentiste, y qué sintió todo el equipo, toda la tripulación, cuando finalmente encontraron el galeón?
—Siempre hay una parte simpática en la respuesta a esa pregunta y es que yo le digo ahora a mis socios, a mis compañeros de trabajo, que no pasaron por la misma experiencia que yo, que aprendan a disfrutar esta parte del proyecto, la búsqueda. Porque es un sueño buscar un barco hundido, y el momento en que lo encontrás, la pesadilla comienza. Y es automático: uno pasa de estar absolutamente, increíblemente contento, a un segundo después estar absolutamente preocupado por todo lo que significa y todo lo que viene, y todos los problemas. Se pasa de un extremo al otro. La fiebre del oro es un fenómeno real que trastorna las personas, y hace que todo lo que era una linda aventura se convierta en un juicio de socios en el futuro, y por eso es que quiero estar particularmente prevenido esta vez para no sufrir esos aspectos que conllevan este tipo de de proyectos.
“Buscar un barco hundido es un sueño, y el momento en que lo encontrás, la pesadilla comienza”
Su libro, “Quimera”, refleja el sentido de la realización de los sueños, “y tiene un final con esta idea de que por ahí el tesoro está en otro lado. Por eso es que los tengo a todos preparados para disfrutar esta parte y no concentrados. Es más, saben que el día que encontremos los naufragios, es el día que yo renuncio como presidente de esta empresa. Es el trato que tengo con mi esposa”, argumentó.

—¿Cómo te llevas con la tensión con el sector de la arqueología que no está muy de acuerdo con este tipo de búsquedas y de hallazgos?
—Es una batalla que, lamentablemente, por más optimista que uno sea y que piense que tiene que existir un punto intermedio donde las empresas privadas y las académicas pueden coincidir en hacer algo juntos. Los arqueólogos submarinos enseñan en un centro académico, trabajo que depende de su reputación. Asociarse y trabajar con una empresa de arqueología comercial sería, en muchos casos, el final de su carrera. Es entonces que se ven ante la necesidad de elegir una fase académica y anticomercial. Hay algunos que, por su amor al mar y a la exploración, deciden hacer trabajos comerciales que arruinan completamente sus credenciales académicas. Es una lástima que tenga que ser o uno o lo otro. Entiendo que es un problema sin solución, que podría estar cada vez más difícil en la medida en que los países se atrincheren cada vez más en defender sus su patrimonio cultural. Lo que pasa es que el patrimonio cultural no puede ser descubierto si no hay una inversión importante de dinero antes. Entonces, no hay nada por lo que pelear si nada se descubre, y nada se va a descubrir si no hay un incentivo económico por detrás.
Además, declaró: “Es difícil ponerle un título a lo que hago. A mí me gusta la palabra Treasure Hunter, que solía ser algo glorificante, pero hoy en día es más mala palabra que otra cosa. Estudié antropología con un minor en arqueología, pero nunca terminé la carrera de arqueología submarina porque me encontré con este problema académico. Un título que me gusta es el de Ocean Explorer, porque la verdad es que somos eso”.
—Mencionabas que hubo gran parte de lo encontrado que fue sustraído ilegalmente. ¿Cuáles son todos los trámites, los permisos y las cuestiones de seguridad que hay que tener en cuenta cuando se encuentran estos tesoros, para que no caigan en manos equivocadas?
—En el caso de La Capitana, nosotros teníamos un oficial de la marina a bordo. Todo lo que rescatábamos iba a parar a ellos, y cada tres o cuatro días hacíamos un viaje en el barco de la Marina. Con ese barco íbamos a la base naval, donde la Marina había montado un laboratorio para la preservación de las piezas. Todo eso fue a parar al Banco Central ecuatoriano, hasta que dos años después estuvimos en posición de repartirlo a mitad y mitad. Desde el punto de vista de la seguridad, nosotros buceábamos y teníamos buzos de la marina al lado nuestro, pero nunca tuvimos posesión de lo que íbamos recuperando hasta que finalmente se produjo la división con el gobierno. En el 95% de los países no tenés manera de legalmente hacer un proyecto de estas características sin repartir nada, porque o bien todas estas cosas son tesoros arqueológicos que pertenecen a la nación, o le dan el derecho a lo que se llama la bandera del barco original, significando que todo lo que vos encontrás, si es en un barco español, le pertenece a España.
—¿Cuál crees que es la importancia y el valor de estos hallazgos a nivel histórico y arqueológico?
—El valor es inmenso, porque en sí mismos estos galeones, con todo lo que llevan dentro, conforman una colección de objetos increíbles. Desde el punto de vista arqueológico el valor es relativo ya que no existe la palabra ‘tesoro’, tiene tanto valor un anillo de oro con esmeralda que un clavo oxidado viejo, porque de los dos se puede aprender algo de la historia. Lo que pasa es que a las personas quizás no les interesa ir a un museo a ver un clavo oxidado y mueren por ver una moneda de plata, los cañones o cualquier cosa pirata. Eso es lo que atrae, no un paper técnico sobre cómo se hacían los clavos que sostenían el maderamen de un barco como estos. Ahí es donde está la diferencia en términos arqueológicos. Yo creo que una exhibición de uno de estos galeones, con todo lo que llevaba dentro, todas sus riquezas, sus ánforas, sus esmeraldas, sus barras de plata, sería magnífica. Sería un polo de atracción internacional. La gente viajaría de todas partes del mundo para verla, tendría un poder económico muy importante, que beneficiaría a toda la ciudad.

—Con esta historia de un hombre que busca naufragios y tesoros en barcos hundidos, ¿cómo te llevas con la asociación al término pirata?
—Es una linda palabra. Mi última fiesta de Halloween me disfracé de pirata, justamente. Creo que todos soñamos con buscar tesoros hundidos y ser piratas, y tenemos cierta simpatía. Personajes como Johnny Depp, películas como Piratas del Caribe… perdiendo completamente el contexto de las figuras terribles y homicidas que eran en términos generales históricos los piratas, ¿no? Sé que es una palabra que despierta la imaginación de la gente, y una palabra con la cual no me molesta tanto asociarme, no porque nosotros estamos pirateando nada, ni se nos ocurriría hacer nada ilegal ni nada por el estilo, pero a veces nos sentimos un poco así, y no me da miedo decirlo.
—Cuando decís “el tesoro está en otro lado”, ¿te referís a que está en la búsqueda en sí?
—Absolutamente. Como digo, el sueño está en la búsqueda y la pesadilla, a partir del descubrimiento. Lo mismo ocurre en otros aspectos de la vida también. Pasa que con esto de los tesoros sumergidos es bastante exagerado, ¿no?
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