CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Opinión 8 de abril de 2026

El Paraná en disputa: dragado infinito o soberanía logística

Por Horacio Luis Tettamanti

La discusión sobre el futuro del río Paraná ha sido deliberadamente reducida a una cuestión técnica. Se habla de profundidades, de pies de calado, de contratos de dragado y de pliegos licitatorios. Pero esa reducción no es inocente. Es, en realidad, el mecanismo mediante el cual se oculta lo esencial.

El problema del Paraná no es el dragado.

El problema es el modelo.

Lo que está en juego no es una obra hidráulica. Es la matriz logística de la Argentina. Es la forma en que el país se conecta con el mundo. Es, en definitiva, una decisión geopolítica de largo alcance: si la Argentina será un país integrado, con control sobre sus flujos estratégicos, o si continuará subordinando su sistema de transporte a intereses externos.

Durante más de un siglo, la navegación fluvial argentina se apoyó en un principio simple y eficaz: utilizar los cauces naturales del sistema del Plata. Esos cauces, resultado de procesos morfológicos complejos pero estables, permitían una navegación eficiente con intervenciones relativamente acotadas.

Sin embargo, a partir de la década de 1990, ese paradigma fue abandonado.

En su lugar, se impuso un esquema basado en la artificialización del sistema. Se definieron trazas que no respondían a la lógica natural del río, sino a la necesidad de consolidar un modelo de negocios concentrado. Se forzó al Paraná a comportarse como un canal, cuando en realidad es un sistema deltaico dinámico, vivo, en permanente transformación.

Esa decisión, que en su momento fue presentada como una modernización, es hoy el origen de una trampa estructural: el dragado infinito.

Cuando se interviene un sistema deltaico con criterios rígidos, se altera el equilibrio entre erosión y sedimentación. Los sedimentos que el río transporta —y que son la base de su propia dinámica— dejan de distribuirse de manera natural y comienzan a acumularse en sectores no previstos. El resultado es conocido: hay que dragar cada vez más, cada vez más profundo, cada vez más caro.

El sistema entra en una espiral de dependencia.

Esto no es una hipótesis. Es un fenómeno ampliamente documentado a nivel internacional. Los trabajos del instituto neerlandés Deltares, particularmente en el estudio del Wadden Sea mediante el modelo ASMITA y en el análisis del puerto de Eemshaven, son concluyentes: la intervención sostenida sobre sistemas sedimentarios complejos genera desequilibrios acumulativos que, lejos de estabilizar el sistema, incrementan su fragilidad.

El paralelismo con el Paraná es evidente.

Pretender profundizar indefinidamente la vía navegable sin considerar la dinámica del sistema es desconocer la naturaleza misma del río. Es ignorar que cada metro adicional de dragado no es un logro técnico, sino un compromiso futuro. Es hipotecar el sistema en nombre de una eficiencia aparente que solo se sostiene a costa de mayores costos y mayor dependencia.

Pero el problema no se agota en lo ambiental o lo técnico.

El esquema que hoy se pretende consolidar mediante una nueva licitación profundiza una lógica de fragmentación del sistema logístico argentino. Se separa artificialmente la navegación fluvial de la marítima. Se desarticula la continuidad natural del sistema del Plata. Se impide la construcción de un esquema integrado que permita optimizar costos y fortalecer la posición estratégica del país.

En este contexto, la Argentina queda atrapada en una paradoja.

Posee uno de los sistemas fluviales más importantes del mundo, pero no logra capitalizarlo en términos de desarrollo nacional. Exporta volúmenes crecientes, pero lo hace bajo condiciones logísticas que incrementan sus costos estructurales. Tiene capacidad potencial para consolidar puertos de escala global, pero termina subordinando su operatoria a nodos externos.

El caso del Puerto de La Plata es emblemático.

Se trata del único puerto fluvial argentino con condiciones naturales y técnicas para alcanzar profundidades del orden de los 14 metros, lo que lo posicionaría como el puerto rector de la cuenca del Plata y del Atlántico Sur. Sin embargo, el modelo vigente no solo no potencia esa capacidad, sino que la clausura de hecho.

El caso del Puerto de Mar del Plata es igualmente revelador.

Otro puerto rehén del sistema fragmentado.

Sin la concreción del Canal Magdalena, Mar del Plata queda estructuralmente condicionado a operar como un puerto pesquero, limitado en su proyección y desconectado de un sistema logístico integrado. Se le niega la posibilidad de convertirse en un nodo estratégico del Atlántico Sur, capaz de articular flujos comerciales, industriales y energéticos.
De este modo, no solo se desaprovecha su infraestructura y su capacidad instalada, sino que se bloquea el desarrollo del sudeste bonaerense, privándolo de una herramienta clave para mejorar su competitividad y su inserción en los mercados globales.

No es una limitación natural.

Es el resultado de un diseño logístico que fragmenta, en lugar de integrar.

Al consolidar un esquema de navegación que deriva los flujos hacia Montevideo, se condena a la Argentina a comportarse como un país mediterráneo. Se resigna la posibilidad de controlar la salida de su comercio exterior. Se transfiere valor agregado logístico a terceros países. Se debilita la proyección marítima y antártica.

No es un problema técnico.

Es una decisión política.

Y es, además, una decisión profundamente regresiva.

Porque no solo compromete el presente, sino que condiciona el futuro. Una concesión de 30 años en estas condiciones no es un contrato más. Es la consolidación de un modelo que será extremadamente difícil de revertir. Es la institucionalización de una dependencia.

Frente a este escenario, resulta imprescindible recuperar una mirada estratégica.

La Argentina no necesita más dragado.

Necesita un sistema.

Un sistema integrado, que articule la navegación fluvial y marítima, que reduzca costos logísticos, que fortalezca la soberanía y que se apoye en la lógica natural del territorio.

Esto implica, en primer lugar, revisar el trazado de la vía navegable.

No se trata de eliminar el dragado, sino de racionalizarlo. De volver a los cauces naturales que durante más de cien años garantizaron la navegabilidad del sistema. De aprovechar la propia dinámica del río en lugar de combatirla. De reducir la necesidad de intervenciones permanentes y costosas.

En segundo lugar, implica redefinir el rol de los puertos.

El Puerto de La Plata debe ser concebido como un nodo central del sistema, no como un actor marginal. Su desarrollo no es una cuestión local o provincial, sino una pieza clave de la estrategia nacional. Lo mismo ocurre con los puertos patagónicos, cuya integración al sistema es fundamental para consolidar una proyección atlántica efectiva.

En tercer lugar, es necesario avanzar en la consolidación de un esquema institucional que priorice el interés nacional.
La gestión de la vía navegable no puede quedar subordinada a lógicas puramente concesionales. Requiere planificación, control y una visión de largo plazo. Requiere, en definitiva, que el Estado asuma su rol indelegable en la definición de las políticas estratégicas.

Finalmente, es imprescindible incorporar la dimensión ambiental como un componente central del diseño.
No como una restricción, sino como una condición de sostenibilidad. Los sistemas deltaicos no son infraestructuras inertes. Son ecosistemas complejos, cuya estabilidad depende de equilibrios delicados. Ignorar esa realidad no solo es irresponsable, sino también ineficiente.

El debate sobre el Paraná no puede seguir siendo postergado ni simplificado.

No estamos discutiendo una obra.

Estamos discutiendo un modelo de país.

Un modelo que, en su versión actual, reproduce la fragmentación, incrementa los costos y debilita la soberanía. O un modelo alternativo, basado en la integración, la eficiencia y el aprovechamiento inteligente de nuestros recursos naturales.

La disyuntiva es clara.

O persistimos en el camino del dragado infinito, con sus consecuencias económicas, ambientales y geopolíticas, o avanzamos hacia un sistema logístico integrado que permita a la Argentina recuperar el control sobre su destino.

El Paraná no es un canal.

Es una llave estratégica.

Y como toda llave, define qué puertas podemos abrir.

La pregunta es si estamos dispuestos a usarla.