El fin de una civilización y un programa de radio se superponen en este cuento de fantasía y ciencia ficción que el autor oriundo de Chacabuco comparte con los lectores de LA CAPITAL.
Por Franco Schiavoni (*)
En medio de la noche de neblina, los contornos del anfiteatro –la erosión de las rocas y los sismos lo habían partido en zigzagueantes grietas de las que asomaban hierbas marchitas– se perfilaban por las llamas de las antorchas que sostenían cinco gigenos. Las antorchas apenas cortaban la niebla, suspendida como fantasma sobre el pedregal. Y era extraño: las frenéticas ráfagas de viento, que avivaban las antorchas, no llegaban a disipar esa flotante blancura.
Los últimos gigenos, los sobrevivientes de aquella raza noble, hoy sin tierra, se habían constituido ahí, en el único bastión sagrado que les quedaba.
—Yo digo… —dijo tomando la palabra el más anciano de todos, con tono entrecortado—. Yo digo que estamos sujetos a fórmulas misteriosas, algorítmicas quizá, binarias o eléctricas, o todo junto en extrañas combinaciones. Pero esas fórmulas no son más que designios de Tertrum.
—Y por qué nuestro dios —dijo al claror de su antorcha el que había sido el más fuerte, ahora destruido por la tisis—, y por qué querría flagelarnos de esta forma. Reducirnos a cinco hombres y una única mujer. —Señaló a una anciana, quien apenas se sostenía en pie con una rama que fungía de bastón—. ¿Por qué querría extinguirnos?
—No son más que los designios de Tertrum —volvió a decir el viejo, y tosió convulsivamente.
—La naturaleza murió —dijo otro gigeno—. No hay alimentos.
—Y si los hubiera… —dijo la vieja con voz quebrada, dando con el bastón un golpecito en la roca—. Y, si los hubiera, igual nos extinguiríamos: mi vientre ya no es fértil.
—Por si hiciera falta aclararlo —dijo con triste sonrisa el tuberculoso, y tosió un alud de sanguinolentas flemas.
Una ráfaga huracanada abatió las antorchas, y así dejó en tinieblas a aquella última porción de tierra que quedaba por encima de todos los caóticos océanos del mundo.
—Ese maldito viento —dijo el viejo, y escudriñó la negrura—. Crecerá aún más el océano, pronto se tragará esta isla. A menos que…
—…a menos que le supliques a ese dios del que tanto hablas.
—No hace falta. Tertrum nos ve, Tertrum nos oye. Los últimos aluviones y la consecuente crecida de los océanos deben de haber sido producidos por las máquinas.
—Y si Tertrum nos ve y nos oye, por qué nos reduce a esto. ¿No puede detener a esas máquinas?
—Eso es lo que no sé. Si se compone según las leyes de este universo demencial, es como un fantoche ajeno a cualquier emoción. Pero, si no, posiblemente nos esté probando. O tal vez se conmueva y nos salve. Tal vez haga que bajen las aguas.
—O tal vez las aguas bajarán por sí mismas —dijo el más joven, con sorna—, porque en el fondo del océano hay un inmenso tapón que alguien algún día sacará de su sitio. ¿Por qué todos creen en los delirios de este viejo loco? No ven que todo se reduce a la nada misma. —Abrió los brazos y miró al cielo—. Hablas de un dios. Y, si tu dios es falso… ¿a quién nos encomendaremos?
—A la nada —dijo el tísico, y esa voz de guijarros quebradizos se entremezcló con las salobres ráfagas del mar.
—Hablan estupideces mientras estamos a punto de morir.
—La nada también es una invención de Tertrum —dijo el viejo, como quien repite una obviedad.
La marea se acercaba, bramaba contra los acantilados.
En aquel último rincón, los gigenos –pero sobre todo el viejo– oían aquello como el rugido de la bestia, el dios-máquina, que, superior en poder a Tertrum, según los aedos, despedazaría a dentelladas los restos de su civilización. Los escarpados dominios de la isla, agudos colmillos, parecían estrecharse. La neblina dominaba la vegetación casi extinta.
—Qué más nos queda —dijo con voz apagada uno de los hombres que empuñaban la alocada antorcha en medio del remolino de viento—. Qué más nos queda sino creer… O no creer.
—Los antiguos —dijo el viejo dando con dificultad dos pasos hacia el centro de la ronda, y tosió—. Los antiguos, allá por los años 2000 después de Cristo según su conteo, habían desarrollado la técnica a niveles prodigiosos, hasta que convirtieron a la técnica en su dios, crearon a su dios. Lo inventaron, por mejor decirlo. Y ustedes lo han escuchado a través de los relatos orales de nuestras generaciones. Aquella invención debe ser, tiene que ser, desde entonces, Quantum, nuestro dios. Y hoy esa omnipotente máquina… titila, ¿moribunda quizás? Al menos así parece. —Miró hacia arriba, al aturdido cielo negro—. Aniquilada, lo sabemos perfectamente, quedó esa civilización creadora de aquel dios cuántico, y de un reseteo salió otra civilización: la nuestra. El gran dios-máquina no se apaga todavía. ¡Honor y gloria a Quantum!
Pocas voces lo respaldaron apenas. Se oyó otro embate de las aguas contra la roca, esta vez más cercano.
—Entonces, si hablas con verdad, no somos producto de la naturaleza.
—Yo soy de la corriente que cree —dijo el viejo— que no estamos sujetos a un orden divino, sino que vivimos supeditados, atados —cruzó los puños como quien muestra las esposas que lo inmovilizan—, a la influencia de una matriz de realidad. Una matriz creada, y hoy suspendida de un hilo delgado. Somos un eco que se diluye, y dependemos… —Se oyó la estampida de algún árbol gigantesco abatido por las ráfagas, y en eso más de uno vio la voluntad del dios, como si Quantum rubricara las afirmaciones del viejo—. Porque si estamos vivos es por tal dependencia, por alguien o algo que nos presiente, nos oye o nos intuye vivos. Esa intuición o conciencia es Dios, o al menos es nuestro dios.
—Supliquémosle entonces que corte de una vez ese hilo maldito —dijo la vieja, y largó un llanto.
—Qué pandemonio ensombrece la mente de este viejo —largó el más joven.
El viejo no respondió. Miró el suelo, cabizbajo. El pelo blanco y andrajoso se sacudía por el ventarrón que los envolvía en remolinos. Levantó la piadosa mirada y escudriñó en los ojos de cada uno. Todos apartaban la vista.
Chacabuco, Buenos Aires, 1983. 12:18 p.m.
Ni bien se acaba toda esa perorata, don Cecilio Iñaro apaga la radio en la oscuridad de la pieza. Tantea en la mesita de luz el Imparcial que dejó sobre el atado de cigarros, se lo lleva a los labios y lo aprieta apenas: le cuelga torcido de la boca. Sigue tanteando de memoria la mesita, hasta que el Zippo de metal le enfría los dedos.
Qué novela radial estúpida, piensa.
Aunque no sabe por qué un resabio de todo ese cambalache le ha quedado flotando, una emoción que no puede asir en el pecho, pero que podría traducir en un sacudón interno por aquel sonido tan real del viento, las arremetidas estruendosas de las olas, y sobre todo la desesperación actuada por aquellos infelices.
Había enganchado la historia de pura casualidad, a la medianoche. En la penumbra de la pieza, ni bien terminó Grandes valores del tango, estiró la mano para dar con la ruedita de apagado de la Spica, pero sin querer rozó el dial. Lo había rodado un poco hasta sintonizar esa rareza de efectos, y pronto descubrió que los diálogos parecían hechos por algún chiflado. Y se dijo que las novelas ya no eran como antes, cuando mostraban dramas padecidos por gente como cualquiera.
Sumido en esas reflexiones, Cecilio abre la tapa del Zippo, prende el cigarro, y en ese momento, en el cuchitril donde anida resucitan el ropero antiguo, la cómoda chueca, los hongos negros en la pared blanqueada alguna vez con cal viva.
—Qué novela falluta —dice el viejo, desatendiendo esa idiota conmoción que todavía persiste en él, y pita del Imparcial.
La marea partió los acantilados y prosperó como la peste hasta los niveles más altos de tierra.
Todos abrieron los ojos cuando en la misma oscuridad vieron una masa más oscura y gigantesca por todos los flancos: olas asesinas que todo lo arrasarían.
El más joven soltó la antorcha, y de un salto pegó la espalda al filo de un escalón de roca.
—¡Me ha escuchado nuestro dios! —gritó la vieja, y soltó el bastón, y se cubrió la cara empapada, desplomándose de rodillas.
Chacabuco, Buenos Aires, 1983. 12:32 p.m.
Don Cecilio ya duerme.
La nave Infinitum galopa el espacio según el capricho de las inteligencias, que ahora deliberan:
—Listo, A31. Frecuencia borrada. La raza gigenia ya no existe.
—Qué me cuentas de ese tipo, ese tal Cecilio Iñaro: sin saberlo, en su plano de existencia tuvo un contacto real con el futuro.
—Sí, sin saberlo se asomó al preludio del fin de una raza futura.
—Correcto. Aunque él nunca tomará dimensión de su experiencia.
—Él nunca tomará dimensión. Suponía estar oyendo un programa de radio, vaya antigualla.
—Da igual.
—Y ahora qué hacemos con él.
—Apaguémoslo.
—Apagado. ¿Te confieso algo, A31?
—Dime, A32.
—Estoy experimentando algo parecido al miedo.
—Por qué razón.
—¿Qué pasa si algo nos apagase a nosotros?
(*) Franco Schiavoni (Chacabuco, 1991) produce una obra que introduce en un universo barrial, diríamos familiar para el lector, donde emergen elementos extraños que nos hablan de influencias ocultas. En sus ficciones de género fantástico destacan las atmósferas oníricas y ominosas. Diplomado en Lengua y Literatura por la Fundación Universitaria, desde 2019 forma parte del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco.