Cultura

Entretextos: “El campito” de Tomás Rodriguez

El escritor marplatense de narrativa y poesía comparte con los lectores de LA CAPITAL uno de sus cuentos. En mayo, publicará su primer libro de poemas titulado “Anticipación perpetua”.

Por Tomás Rodriguez

Verano, o como le decíamos entonces, la temporada de los mosquitos.

El silencio absoluto después de dar algunos pasos me toma por sorpresa, aturdiéndome de un golpe, aislándome por completo de los ruidos de la ciudad. Miro hacia atrás: un colectivo y algunos autos se deslizan por la avenida en completo silencio, como si fueran la escenografía muda de una película vieja. A lo lejos, ladra un perro. Avanzar se me vuelve a hacer extremadamente difícil. Cierro los ojos por un segundo antes de seguir y me concentro. Intento despejar la cabeza y de a poco algunos sonidos empiezan a aflorar, pero no son los de lo urbano, sino los de un universo distinto: el graznido quedo de algún pájaro, el viento cálido moviendo las hojas de los eucaliptus, el canto discreto de las ranas que empiezan a despertarse y el ruido sostenido de las cigarras, ese insecto tan extraño que siempre oía desde mi cuarto pero nunca había logrado ver.

Me concentro en eso y cuando vuelvo a abrir los ojos, intento prestar atención a cada detalle de lo que me rodea. Lo primero que veo, claro, es lo que se mueve y me distrae: Rufina se pasea inquieta entre las plantas que hay al costado del camino de tierra, mientras estira la correa y hace crujir la vegetación bajo sus cuatro patas. Olfatea con esmero las plantas que por alguna razón están húmedas, como si conservaran el rocío de la mañana o anticiparan la lluvia. Le doy una palmadita en el lomo negro mientras intenta seguir un rastro viejo que parece no llevar a ningún lado en particular. De repente, descubre algo o tan sólo se aburre y sale disparada entre los pastizales, intentando arrastrarme con ella. Suelto la correa, cómplice de esa libertad simulada; se aleja varios metros y por fin se voltea a mirarme, intentando entender por qué no la sigo.

Me abro paso en ese océano de retamas en flor, de pimpollos salvajes, mientras el pasto crecido y los yuyos me acarician las piernas desnudas. Como si fuera un nene de nuevo, me asombro con lo maravilloso de lo cotidiano, la sencillez de lo que estuvo siempre ahí, oculto a simple vista, del otro lado de esa calle donde viví casi treinta años: las matas de manzanilla, los cardos salvajes, las libélulas aparecidas como por arte de magia, la infinitud del descampado. A lo lejos, escucho sonidos ahogados que parecen risas, o tal vez gritos. Intrigados, nos abrimos paso entre las selvas impenetrables de maleza y las nubes de mosquitas que flotan inmóviles en el aire. Finalmente, a unos cuantos metros, veo a dos nenes azotando los pastos altos con dos ramas verdes. No se dan cuenta de que los vemos y siguen riéndose y gritando, hablando entre ellos en un idioma que por la distancia o por la edad me resulta inentendible. Cuando se percatan de nuestra presencia, nos miran con recelo, sobre todo a Rufina. Me siento incómodo de repente, y dejo que mi compañera me guíe en el camino de tierra bordeado por dientes de león ya soplados, cuyos deseos ya se los llevó el viento.

La mía es una perra magnífica, una ovejera alemana joven con un lomo tan negro y opaco que parece un manchón de brea. El pecho, en cambio, es tan blanco y suave como el de un peluche. Se inquieta cuando ve que me quedé rezagado; no le gusta estar quieta ni sola por mucho tiempo. Sin embargo, se queda sentada entre las campanillas, esforzándose por ser paciente ante cada una de mis pausas, que parecen ser demasiadas para ella. En esos ratos, se limita a mirarme inquisidora hasta que estoy a su lado. Le palmeo la cabeza y siento cómo sus ojos me buscan, ansiosos. Tras mordisquearme suavemente la camisa sin lograr que le preste atención, da un salto y se apoya sobre mis hombros. Me agacho y dejo que me lama la cara; como siempre, lo hace con ternura y dedicación.

Una vez perdí un peluche en este mismo campito. Era un conejo llamado Pericles y me lo había regalado mi papá cuando dejé de chuparme el dedo, años antes del incidente. La imagen me viene de golpe, como una de esas escenas olvidadas por meses que reflotan sin razón aparente y cuesta horrores distinguir si es un sueño, un recuerdo o producto de la imaginación. De un momento a otro todo se siente una seguidilla de déjà vu y todas las casas bajas que se ven en el horizonte de pasto amarillento infinito parecen fotocopias una de la otra. Rufina vuelve a tironear de la correa, impaciente, y cuando miro alrededor me doy cuenta de que en todo el rato que pasé perdido en mis pensamientos, seguimos caminando.

Algunas hojas sueltas atraviesan el descampado impulsadas por una ráfaga y se enganchan entre los cardos, mientras en una mata de flores cercana se pelean dos pájaros: sus cantos y gorjeos resuenan distorsionados en mis oídos, como si hubieran pasado por algún filtro. Los ojos caninos me miran con insistencia, y decido darle el gusto. Empiezo a trotar y Rufina redobla la apuesta con la lengua afuera y la correa colgando, más radiante que nunca. El viento anticipa una tormenta que parece no llegar nunca mientras corremos a la par por el campo abierto, hasta que a lo lejos suena una alarma llamativamente alta, seguida de una sirena insistente. Rufina se detiene en seco, con las orejas erguidas y el cuerpo rígido, a la espera de cualquier posible amenaza.

A la derecha del sendero hay un pozo inmenso, apenas escondido entre los pastizales. Por alguna razón, lo primero que pienso es que tiene el tamaño perfecto para enterrar un cadáver. El borde está cubierto por unas flores violetas que jamás vi. Los cardos, casi tan altos como yo, ocultan una piedra lisa de cemento. En un extremo hay un balde de plástico lleno de agua, cuyo fondo está cubierto de verdín. Del otro lado, cerca de donde Rufina está husmeando, hay un manojo de huesos troceados con una precisión casi quirúrgica. De entre los pastos asoma un perro callejero, que de tantas cruzas ya no hay rasgo que permita distinguir ninguna en particular. Contra mi voluntad, Rufina se acerca, curiosa. El otro perro gruñe con un sonido de motor ahogado antes de volver a meterse entre los cardos. Llego a ver que le faltan varios dientes y tiene un colmillo roto. Un poco jugando, un poco en serio, Rufina y yo huimos corriendo por el sendero.

A lo lejos se asoma la capilla. Los nubarrones grises se amontonan en el cielo mientras algunos retazos de sol se cuelan por los huecos. Un escalofrío me recorre el cuerpo de repente. No hay nada más siniestro que un frío de invierno en pleno verano. Intento acompasar mi respiración agitada y me siento sobre una piedra chata. La sensación febril del cuerpo desacostumbrado a la actividad física se extiende como un calambre por mis extremidades. Antes de que pueda acomodarme, Rufina insiste en el tironeo de la correa y me conduce por un camino casi inexistente, escondido entre la maleza, dibujado en un tiempo ya lejano por el paso de una bicicleta.

De un momento a otro llegamos a un claro gris del descampado. El pasto ralea y grandes manchones de tierra seca aparecen aquí y allá. Cuanto más miro, más cosas noto: es un sector donde se amontona todo lo desechado, lo feo, como atraído por un agujero negro. Un inodoro roto vomita basura y a cada lado lo acompañan cables muertos, fundas sin cobre, como una piel seca de serpiente que se despliega en semicírculo delimitando el territorio, conteniéndolo todo en ese perímetro. Me apoyo contra un árbol, y noto que justo donde descansa mi espalda hay un pedazo grande de botella de cerveza incrustado. El tronco se cierra a su alrededor en un proceso lento de cicatrización, como si intentara fagocitar el vidrio por completo desde hace eones y no tuviera ningún apuro por terminar de devorarlo. Miro el suelo y me doy cuenta de que parece estar cubierto en su totalidad por esquirlas verdes. Rufina se dedica a olisquear todo sin cuidado alguno y me asusto, pero parece que sus patas son más resistentes de lo que yo pienso.

De un montículo de bolsas rotas y comida a medio podrir se desprende una hilera de hormigas negras inmensas. Las sigo con la mirada a medida que se alejan hasta llegar y perderse dentro de una montaña de tierra, tan grande como mi cuerpo, un hormiguero monumental. No muy lejos de donde estoy, Rufina olisquea una torre impresionante de caca llena de papeles amarillentos. Es como si alguien se hubiese tomado el trabajo de acumular cada una de las cosas del campito que no encajan en el canon de lo bello para dejarlo todo en ese rincón, lejos del paraíso.

Más adelante puedo ver el desarmadero. Un puñado de autos viejos carcomidos por el óxido y el abandono se arrumban unos sobre los otros en un cementerio de metal. El tramo del camino que nos separa está bloqueado por una valija que se asoma entre los yuyos. Me acerco algunos pasos y ya más cerca veo que le faltan dos ruedas. Tiene el forro destrozado y el cierre roto. A su alrededor se amontonan un sinfín de prendas viejas, mustias y endurecidas. Muevo la valija con el pie: algunos insectos con la cola como tijeras se escabullen entre la lana sucia de un suéter. Me pone incómodo ver esos vestidos floreados, esas calzas rojas, esa bota de cuero sin lustrar tirada en el medio de un camino de tierra que pronto, cuando el chaparrón se desate, será todo barro. Siento que en alguna parte, su dueña está en el mismo estado que esa ropa: destrozada y escondida en su abandono.

A Rufina ya no le gusta estar en ese lugar, lo noto al mirarla. Camina intranquila, con las orejas paradas y la cola inmóvil, lista para atacar cualquier peligro que pueda asaltarnos. La alejo del pozo, de la caca, de las plantas pinchudas, del inodoro, del hormiguero, del desarmadero, y retomo ese sendero diminuto que parece diseñado para gnomos. Llegamos hasta la bifurcación del sendero principal, donde parece que estuvimos hace horas. Por primera vez me doy cuenta de que casi todos los eucaliptus lindando ese camino tienen el tronco abierto de par en par, como si les hubieran efectuado una cirugía a corazón abierto. Su interior está completamente renegrido, calcinado hace quién sabe cuántos años y con qué propósito; sin embargo, en la copa, las ramas crecen más verdes que ninguna otra en la manzana.

Lentamente, como si despertáramos progresivamente de un sueño, vemos que otras personas se acercan al camino, invadiendo el que hasta ese entonces había sido nuestro terreno particular. Miro mi muñeca y el reloj me indica que es la hora en la que los chicos salen de la escuela. Rufina le gruñe a una mujer y a su hija que pasan junto a nosotros en bicicleta, pensando que son ellas las culpables de que se termine nuestro recreo. Tironeo de la correa y la arrastro hasta la vereda, mientras siento la culpa carcomiéndome por dentro al coartarle su libertad de nuevo. Ella, por su parte, parece resignada a seguir mis comandos. El ruido del tráfico y de lo humano inunda de golpe mis oídos cuando cruzamos la calle, después de que pasara el colectivo. Justo en ese instante, sutil pero marcado, atravesamos la nube de polución y volvemos a la realidad.


Tomás Rodriguez nació en Mar del Plata en 1992. Estudió Letras y Gestión Cultural. Participó de la organización del ciclo de eventos literarios ELiCSyR (2016-2020) y trabajó como asistente de producción en la edición internacional de Filba. Escribió narrativa toda su vida y en los últimos años empezó a incursionar en la poesía. Actualmente, está a cargo de la dirección del espacio cultural de la Fundación Cepes y se desempeña como coordinador editorial en Cepes Ediciones. Entre 2009 y 2012 recibió varios reconocimientos literarios, entre los que se destacan el primer lugar en los concursos “La democracia da frutos”, “Contemos la ciencia” y el concurso nacional de cuentos organizado por la Universidad de la Marina Mercante, así como la mención de honor en el concurso internacional de cuentos del Banco Interamericano del Desarrollo (BID). En 2019 recibió el primer lugar de la categoría menores de 35 años del VII Concurso de Relatos Breves “Osvaldo Soriano”. Su primer libro de poesía, “Anticipación perpetua”, está programado para publicarse en mayo de este año. Facebook//Twitter//Instagram: @tomorodo

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