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Interés general 22 de junio de 2026

Entretextos: “El falso Lorenzo”, un cuento de Guadalupe Losada

Un patrón, su perro y dos peones de campo son los protagonistas de este relato que nos presenta la autora a los lectores de LA CAPITAL.

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Por Guadalupe Losada (*)

El patrón llegó en la Amarok, en andas de ese calor de enero que agrieta la tierra. Un perro se lanzó de la ventanilla, y enseguida el patrón bajó pisando fuerte. El pelaje largo y brillante del perro insultaba al paisaje muerto de los cardos. Se notaba que era de raza, vaya a saber cuál.

Vasco y el Negro, las espaldas encorvadas por horas de sol, caminaban arrastrando los pies con aquel cansancio viejo que se mezclaba con la tensión de estar frente a alguien poderoso. Y el patrón era muy poderoso. Muy poderoso y muy jodido era. No cualquiera es dueño de semejante estancia, de la que ellos dos se sentían parte, como meros objetos de la propiedad. El perro, bien encopetado, era también un signo de riqueza.

Desde chico el Negro conocía al patrón. El viejo se había sacado los Ray-Ban y parpadeaba incómodo, frotándose los ojos como si espantara una niebla invisible. El problema de la vista, seguro. Cada vez más chicato. Apenas habían pasado unas semanas desde la última inspección, pero hoy parecía envejecido. Las manos le temblaban al acariciar al perro, al estrujarle el morro.

—Este vale más que todos ustedes juntos. Hoy me lo cuidan, y mañana me lo llevo.

—El Vasco y el Negro bajaron la mirada: hoy aquel se había venido más jodido que de costumbre—. Me lo cuidan bien al Lorenzito, y hay asado. Y vino para todos hay. —Los dos se entendieron sin hablar: ante aquel milagro, no sabían qué decir. El patrón se subió a la camioneta, y pronto una nube de polvo se levantó bajo los pies de los peones y dejó un silencio pesado que abrazó al campo.

Lorenzo se tumbó a la sombra del galpón.

Parecía fácil de cuidar.
Al día siguiente, el teléfono les sonó como un mal presagio.

—¿Cómo anda el Lorenzo? Hoy se me hizo tarde, mañana lo busco.

Vasco miró hacia el galpón. Le extrañó no ver al perro. Y lo que más le extrañó fue recordar que, en lo que iba de la mañana, él no lo había visto. Y al Negro le habrá pasado igual, porque con voz de mentir dijo:

—Ahí anda, patrón. Dormitando, nomás. Estamos cuidándoselo bien.

—Más les vale. Paso mañana y me lo llevo.

Y colgó.
Toda la mañana buscaron al puto perro por los alrededores del galpón, revisando cada sombra y cada rincón donde el perro pudiera haberse escondido. Aguantaban el aire ante cualquier crujido de madera o rama seca. Cuando del casco ya no quedaba ni una sola baldosa sin revisar y en el parque ni una sola hierba sin olfatear, fueron a buscar los machetes y se calzaron las botas de goma y se adentraron en el monte, entre espinillos secos y cardales. Las sombras parecían más grandes y amenazantes bajo el sol, y las espinas de los cardos los mantenían alerta.

A lo lejos, más allá de los árboles secos que se levantaban contra el cielo como tridentes del diablo, algo brilló entre los pastos duros. Vasco fue el primero en verlo: una curva blanca, inmóvil, al costado del alambrado. Se acercó con sigilo.

El perro estaba ahí, despachurrado si pudiera decirse. Y era el Lorenzo nomás. La chapita de plata no dejaba lugar a dudas: lorenzo. Eso, bien leída, porque la chapita aparecía doblada.

Y es que una rueda de la cosechadora, que hasta la marca le había dejado, lo había partido al perro desde las costillas hasta la cadera. El Lorenzo. El perro del patrón. Tenía los ojos muy abiertos y muy quietos, y una mancha oscura le cubría medio el hocico como una máscara de carnaval. Un escarabajo le horadaba la pupila. De la boca se le asomaba la mierda, y el Vasco pensó en un pomo apretado: de las tripas le había subido esa crema chirle cuando la rueda lo aplastó.

Se quedaron paralizados de un sudor frío que les recorría el espinazo y de escalofríos que les aflojaban cada vez más las tripas. El aire se hacía espeso. Sólo el zumbido de un moscardón bien verde, que iba de acá para allá por el lomo brillante, cortaba el silencio del campo. Mañana temprano llegaría el patrón. Estaban jodidos. Se quedaron en silencio como dos animales acorralados que huelen el mesmo peligro de muerte.

—Puta madre… —dijo el Negro, que apenas se lo oía?. ¿Y ahora?

—Ahora vamo’ a tener que conseguir otro perro que haga de Lorenzo. —Vasco intentó sonreír por la ocurrencia, pero le salió una mueca.

—¿Y de ande vamo’ a conseguir un perro fino como este en medio del campo?

Vasco miró de arriba abajo el cuerpo deshecho.

—El patrón es bastante chicato. Con que tenga cuatro patas, zafamos bien.
Sin decir más, se adentró entre malezas y espinos. El Negro se quedó quieto, jadeando el miedo y cubriéndose del sol. Y fue aflojando, haciendo juerza por pensar en cosas lindas. Con un poco de suerte, pronto podrían estar frente al merecido asado. Casi podía sentir el gusto del tinto en la boca y el pantalón sueltito después de tanta carne con cuero.

Vasco volvió al caer la tarde con un perro mugriento del asco, de hocico largo y lleno de abrojos.

—Y qué es esta mierda —dijo el Negro.

—Es lo más parecido que encontré.

El perro los miraba, mansito.

Y así fue como, después que la palangana quedó negra, ventilaron al falso campeón con un viejo secador de pelo. Aunque no daba para premiarlo, al menos se veía digno. A decir verdad, poco tenía que ver con el otro. Pero estaba ahí.

—Bueno, ya lo tenemos —dijo Vasco, la lengua seca contra el paladar—. Vamo’ a ver.

—Vamo’ a ver qué pasa.

—¿Se la tragará el chicato?

—Vamo’ a ver.
Al día siguiente, el patrón llegó temprano, entornando los ojos al sol.

—Y Lorenzo —dijo.

Vasco y el Negro empujaron al farsante. El patrón hundió los dedos en el pelaje mullido. No dijo nada.

Los peones se miraron de reojo. Cuando el patrón quiso alzarlo, el falso campeón le gruñó y echó a correr hacia el monte.

—Si quieren el asado y el tinto, me traen a ese perro. —El patrón subió a la camioneta y prendió el aire acondicionado, y se puso a disfrutar desde ahí, observando cómo los peones se lanzaban tras el animal bajo el calor del mediodía.

Vasco y el Negro corrían entre espinas y arbustos, jadeando y esquivando las ramas.

—¡Lorenzo! ¡Lorenzo!

—¡Agarralo, Vasco! —gritaba el Negro, mientras el mestizo mordía el aire.

Por fin lograron sujetarlo y lo llevaron de nuevo frente al patrón. El perro se encogía y mordisqueaba, asustado.

Ni bien tuvo cerca al perro, el patrón le encajó una patada seca en el hocico. El perro chilló y se arrastró por la tierra, pero los peones no dijeron ni mu: el aire se había vuelto de plomo. El patrón abrió la guantera les tiró unos billetes arrugados, cerca de las alpargatas agujereadas del Negro, que ni se atrevió a agacharse. Vasco sí se atrevió, pero la mirada del patrón lo clavó de golpe en el piso.

—A ver qué consiguen con eso.

—Patroncito, esa plata no alcanza ni pa’ las achuras —dijo el Negro con voz temblorosa, el hambre apretándole el estómago.

El patrón asomó la cabeza por la ventanilla. Los ojos nublados se achicaron fijos en un punto detrás de ellos.

—Y qué esperabas, negro de mierda. Si les pica el bagre, ahí tienen al campeón. A ver si se lo asan. Así se les va a pasar la maña de querer pasarme.

Arrancó la Amarok, sin mirar atrás. La polvareda cubrió a los peones.

Cuando el polvo se asentó, se quedaron mirando al farsante. Al pobre le chorreaba sangre del hocico.

El sol les martillaba la nuca.

Y el perro, como si compartiera con ellos la misma condena, se fue en silencio y se echó a un costado del galpón.


(*) Guadalupe Losada nació en Buenos Aires. Es licenciada en Publicidad y magíster en Dirección de Comunicación Institucional. Encontró en la narrativa breve un espacio para explorar lo que late detrás de las apariencias: la construcción de atmósferas donde lo cotidiano se vuelve inquietante y adquiere nuevos significados. Actualmente, desarrolla su práctica narrativa en el Taller de Corte y Corrección, en sendos grupos de escritura creativa coordinados por Marina y Marcelo di Marco. Sus referencias van desde Almudena Grandes, Manuel Mujica Lainez y Ernest Hemingway, hasta el thriller contemporáneo y la novela negra, géneros que influyen en su interés por la tensión y los matices de los personajes.



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