Cultura

Entretextos: “En guardia, Zorro” de Oscar Muñoz

El periodista con más de tres décadas de experiencia en medios gráficos comparte con los lectores de LA CAPITAL uno de sus cuentos que está situado en Mar del Plata.

Para mi amigo el Francés, por su justa venganza

El hecho desencadenante sucedió en esas vacaciones en la costa atlántica, en las que Guy Williams, el Zorro, se presentaba como estrella invitada de un espectáculo circense que levantaba su carpa y estacionaba sus carromatos en el predio del puerto de Mar del Plata, que por entonces adoptó, o le impusieron, sin mucha sutileza, la denominación de la Manzana de los Circos.

Así que yo debía tener unos ocho años, o a lo sumo, no más de diez, aunque los años se contaban distinto en aquella época.

La ingenuidad podía durar, incluso, hasta ingresados al colegio secundario.

Del programa de circo, un repertorio de números gastados y sin gracia, recuerdo todavía haberme entusiasmado apenas con la sorpresa de las aguas danzantes.

Nunca me gustaron demasiado los payasos, no sé apreciar los trucos de magia, ni admiro las acrobacias áreas, y con el tiempo, desarrollé una aversión mayúscula por las pruebas con animales amaestrados, sean perros, elefantes o leones.

Mi espíritu vengativo se expresa también de esa forma: ojalá un buen día, un domador pierda la cabeza en medio de su rutina de meterla en la boca del león.

Literalmente.

De cualquier manera, aquella sucesión de lugares comunes no tenían, para mí, como para todos, otro sentido que prologar la actuación de nuestro héroe de tantas meriendas frente al televisor, recién salidos de la escuela.

La presentación del Zorro, en vivo y en directo.

De capa y espada.

Lo secundaba, en los papeles, un jovencito con chapa de campeón de esgrima deportiva, que luego desarrolló una carrera como comediante de televisión.

El juego de identificación, se me ocurre ahora, ponía a todos los espectadores en el rol del desafiante.

Quien no quería batirse con el Zorro.

Quien no soñaba emularlo.

El número central consistía en un lance, donde estaba en juego la sucesión simbólica del personaje, que consistía en arroparse en su disfraz y empuñar su espada invencible.

Después de un par de alternativas donde ambos lucías sus habilidades, y los filos relampagueaban en el aire quieto de la carpa, manteniendo contenida la respiración de todos los chicos que éramos en aquellos años, y no pocos grandes, el pleito se derimía previsiblemente en favor del viejo Guy, con algunos kilos de más y el pelo oscurecido al tono de antaño.

Todo el acting no duraba más de quince minutos.

El momento culminante de la presentación era la cesión de los atributos, a pesar de la derrota del desafiante, para lo cual el Zorro consultaba al público, noche tras noche, repitiendo la actuación con su inalterable sonrisa de siempre debajo del antifaz.

Todos dábamos nuestro consentimiento, con una ovación, y ahí concluía el espectáculo.

O casi.

Podía suceder que el Zorro quisiera compartir el legado con alguien del público, un chico de los tantos luciendo un antifaz de utilería comprado a instancias de los padres, en el puesto de merchandaising de la entrada.

Yo era uno de ellos.

El azar nos había instalado en las primeras filas y por eso no perdí detalle de la justa de espadas, recuerdo también ahora, desprovistas de punteras. Un mal movimiento podía causar una herida sangrante de verdad y no de utilería, eso lo supe después.

Así que cuando el Zorro convocó a un espectador cualquiera a recibir su saludo, me sentí señalado por el destino, salté como un resorte del asiento y abrí mis brazos para corresponderlo.

Pero la mirada de Guy Williams estaba posada dos filas detrás nuestro y yo me quedé con las brazos abiertos, mientras el dichoso elegido se llevaba todos los aplausos, y de yapa, una espada de juguete de regalo.

Esa afrenta no podía quedar impune.

Sería ocioso, innecesario, hablar del tiempo transcurrido.

Baste decir que mientras mis amigos se calzaban botines para probarse en equipos de fútbol o aprendían a tocar la guitarra eléctrica para impresionar a las chicas, yo me encapriché en tomar clases de esgrima con un profesor de San Telmo, con el pulso deteriorado por el alcoholismo pero todavía buen docente en la práctica.

Mientras tanto, tras los estudios secundarios de rigor y una carrera universitaria tediosa pero indispensable para ser alguien en la vida, conseguí un buen trabajo como administrador de propiedades de lujo.

Guy Williams ya residía largamente en Argentina, asimilado al medio local como una celebridad, después de reiteradas visitas y prolongadas estadías y diferentes emprendimientos, que incluyeron el frustrado proyecto de una película producida por Palito Ortega.

En alguna reunión de consorcio, tuve oportunidad de ganarme su confianza que él confundió fácilmente con la misma admiración que le prodigaba el resto de los vecinos. De tal manera, que una tarde me presenté en su departamento, con un estuche conteniendo dos floretes conseguidos a precio de joyas de colección.

Le recordé aquella vieja deuda pendiente, que él, como era natural, simuló no recordar.

Pronuncié la clásica advertencia repetida en los incontables episodios de televisión que llevaba viendo, para estudiar su técnica.

En guardia, Zorro.

Pero esta vez iba en serio.

Debo aclarar.

Yo no quería matarlo.

No quería matar al Zorro, porque era matar una parte, tal vez la mejor, la más feliz de mi infancia.

Pero las espadas no llevaban punteras, y la sangre que se vertió generosamente sobre el alfombrado piso del departmento de Recoleta, tampoco fue de utilería.

Oscar Muñoz es periodista con más de tres décadas de experiencia en medios gráficos nacionales, se desempeñó en todos los rubros posibles, desde la confección del horóscopo hasta la entrevista en profundidad, pasando por las secciones Política, Internacionales, Negocios, Sociedad, Ciencia & Tecnología, etcétera. Escribió los guiones para sendos documentales: Abril/ Norte (Mundial de Cortos de Fútbol 2014) y Calesitas porteñas, una vuelta más (Selección Oficial Festival Internacional de Cortos Tandil 2017) y el corto de ficción “Después de función” (Primera Semana del Cine Marplatense, 2019). Condujo y participó de programas de radio en FM Supernova y Radio Retruco (CABA). Publicó “Los ex. Historias con separaciones, separados & separadores”. Viajado y viajero por los cinco continentes, sus crónicas de color o actualidad aparecieron en los diarios BAE Negocios, La Nación, La Prensa y LA CAPITAL y en las revistas GABO, Maxim, R.S.V.P. y Foto Imagen. Comparte imágenes y vivencias en su cuenta de IG: @elinfinitoviajar.

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