Cultura

Entretextos: “Infidelidad”, un cuento de Graciela Saizar

Una mujer dividida entre dos amores emprende un viaje íntimo y perturbador, donde la culpa, el deseo y la búsqueda de sentido se entrelazan con una naturaleza tan bella como inquietante.

Por Graciela Saizar (*)

Jamás se propuso ser infiel. Se enamoró de dos almas al mismo tiempo con la misma intensidad, en medio de una profunda y vasta confusión de sentimientos que la tenían inmovilizada.

No fue una ilusión, fueron amores fuertes, íntimos, maduros y hasta imprudentes.

Cuando sintió que no podía seguir así, no supo dónde buscarse… perdida como estaba. Y entonces hizo todos los esfuerzos por no sentir, por no agredir, por no caminar caminos tan distantes, ni imponer sus sensaciones. Sin embargo, no lo logró, no podía permitirse a sí misma vivir pausada, a media capacidad, en permanentes crisis.

Pensó que lo justo era la audacia de vivirlo, que el miedo no podía ser su elección, que algo la empujaba mientras se encontraba abroquelada en el conflicto, en convergencia con el sentimiento de partida que la honraría como mujer.

Indefensa, con su voz rota, intentó acostumbrarse a la rebeldía del destierro imponiéndose a su nuevo mundo, libre e insolente.

Pero la realidad fue más fuerte, no pudo asimilar los acontecimientos nuevos y sin pensarlo demasiado, se dedicó a quererlos nuevamente. Sí, a los dos, sabiendo que nada más sucedería sin luchar.

No hubo treguas, ni apariencias, ni rodillas en reclinatorios de oración.

¿Cómo continuar en ese desierto?

¿Cómo mentirle a su verdad?

Desesperada, corrió hacia ellos, creyendo ingenuamente que en su mundo de traiciones, esos amores en contienda alguna vez volverían a ser mágicos, suficientes, protegidos por un sol eterno incapaz de enfrentarlos con sus sombras…

Tiempo después, el paisaje que observaba desde el ventanal del hotel donde se recluyó a pensar, combinaba a la perfección distintas sensaciones. Le permitía recordar la arboleda cargada de colores discontinuos, las sombras aledañas, el aroma a fresco y a vida que respiró la tarde anterior, mientras caminaba por los senderos de lengas que bordeaban el lago y que de a poco, como manifestando un respeto adicional, se bifurcaban hacia la magnitud del bosque. Le costó estar allí sola, en medio de una infinidad de rayos de sol que creaban atajos al intentar adueñarse, tímidos, de cada imperfección en el manto que formaban las copas, como protegiendo a ese lugar milenario, de tanta oscuridad que atravesaban cotidianamente los viajeros.

Quizás fue esa ambigüedad aquello que le provocó la sensación de soledad infinita en la que había quedado después que todo se supo. O tal vez fue el estremecimiento, la impresión de que algo la observaba o simplemente la aterradora idea de perderse, aunque eso resultara poco probable. Los circuitos permitidos estaban bien señalizados y, cada tanto, se cruzaba con algún peregrino.

Sin embargo era otra la soledad que la acosaba y otros los lugares donde su alma podía extraviarse. Quizás en la culpa, quizás en el retorno a esos amores fragmentados.

Más allá de tanta incongruencia estaba segura de algo concreto.

Durante todos los momentos en soledad, percibió entre los árboles, una presencia íntima, subyugante.

Confundida, habló con personas que se cruzaron, preguntando si a ellos les sucedía lo mismo y por toda respuesta recibió el asombro de aquellos turistas distendidos, que solo buscaban halagar el alma con esas vistas de ensueño.

Intentó relajarse. El viaje tenía un objetivo totalmente opuesto al frio que recorrió su espalda al momento de sentir que todo a su alrededor parecía en crisis.

Atardecía y cuando se disponía a volver, a lo lejos, cerca del abedul plateado, en el escarpado claro del bosque, una flor solitaria en su mejor momento de apertura, la sedujo por su color púrpura y su forma esférica. Decida a ir por ella, caminó sin conciencia del peligro que significaba adentrarse en el lugar. Solo escuchaba su propia necesidad y los sonidos exacerbados de la naturaleza, las hojas secas al pisarlas, la lluvia que apareció de imprevisto, el viento suave, el arrullo del agua al caer por el sendero de lutitas y arenisca. No podía volver sin ella, faltaban tan solo unos pocos metros para obtener su trofeo. “Mínimo esfuerzo”, pensó, ante tremenda belleza.

Ya estaba allí, al alcance de su mano, dueña absoluta del capullo.

Al llegar, un ruido a su derecha la distrajo y de pronto notó que todo se detenía.

Las hojas que el viento levantaba parecían flotar estáticas, las gotas de lluvia no terminaban de caer, el viento ya no avanzaba y los pájaros interrumpían su vuelo.

No lograba interpretar el suceso que la disminuía. Se negaba, de manera terminante, a pensar que otra vez tendría que pasar por lo mismo de años anteriores.

Es solo mi imaginación gritaba incongruente ante la certeza de estar entre dos mundos distintos. De pronto un ahogo repentino le paralizó el cuerpo. Con esfuerzo, volteó entregada, anhelante y en disputa con su arrojo.

Al hacerlo comprobó que solo una porción del universo conservaba la luz sagrada del crepúsculo, la magia del abandono, el milagro.

Allí estaba, solemne y atrevida, desafiándola una vez más. Ese era el lugar.

Fueron muchas las incógnitas que la sensación le produjo, sintió que sus fuerzas se hundían en el fango, que olvidó hacer lo necesario para evitarlo, que su corazón no podía distinguir las barreras, que no le quedaba mucho más que marchitarse.

Más relajada un vestigio de su espíritu le indica el último recurso: convocar la palabra de su padre, buscar en los territorios intangibles del más allá su consejo, la fuerza necesaria para desentrañar los misterios de la vida, la sabiduría en la mesa blanca, la explicación certera en el tesauro.

Organiza la ceremonia, el amparo del ritual que la llevará hasta él. Se coloca una túnica azul, lava sus manos con polvo de incienso y espera que el aroma a sándalo de su último sahumerio, se apoderare del lugar.

Ya en trance contemplativo, reza, suplica, implora, lo busca en la esfera del poder, en la penumbra, en la estrofa sagrada, en algún sonido aislado que la ilusione.

Nada sucede, su padre ignora los reclamos, las oraciones, la necesidad de encontrarse en un plano subjetivo. Y eso la hiere aún más, le confirma que del otro lado de la vida solo hay silencio.

Él jamás lo hubiera hecho. A pesar de su severidad, del juzgamiento inapelable hacia su conducta le hubiera extendido su mano y en pocos minutos estarían fundidos en un abrazo protector. Sabe que habita sus emociones, su corazón, sus recuerdos. Pero lo necesita allí, tangible, mecenas, pronto a reaccionar. Lo necesita con su sabiduría y con su dominio. No lo piensa más, no puede permitir que decida su ausencia o su propio temor y entonces entiende que volver es la respuesta. Sabe que en el horizonte la espera el mar y las campanas que siempre quiso escuchar y por sobre todo, la esperan ellos… a como sea…

Una vez allí, sabrá aquello que Dios quiso decirle, que no será igual la primavera, ni las cobas, ni el tropel, que ya no habrá alabanzas, ni inciensos, ni caminos invernales en los campos nevados de Aconquija. Se fueron los jinetes con aire de laureles al río más viscoso de Monagas, abandonaron el relato sobrio, el desafío, la versión inalcanzable del destierro y la promesa mentirosa. Ya no habrá más aquelarres en busca del olvido, ni disputas por el honor envejecido, ni lagos de lava estancados en el fuego del Tambóra, ni sequías, ni espigas dotadas del nopal. No será necesario hacer preguntas, ni burbujeo en las gotas del champagne, ni redoble de tambores, ni emociones, ni fluidos oscuros, ni derrota…

Ya no habrá belleza poética en el rencor, ni filósofos líricos que tantas veces la emocionaron. Atrás quedaron la libertad, la sociedad relegada, epíteto heroico, la evolución en las letras del poeta, las mutaciones, el arte.

Solo queda un ramo de flores marchitas, el castigo y quizás, con el tiempo, la ilusión de que alguna vez ambos entiendan, acepten y sean felices así, como si nada pudiera ser de otra manera.


(*) Graciela Saizar es bibliotecaria egresada de la UNMdP, con Estudios Terciarios de Formación y Capacitación Docente y Profesorado en Informática. Se desempeña como vicedirectora en el Instituto de Enseñanza Secundaria Galileo Galilei de Mar del Plata, donde promueve la lectura como herramienta para el desarrollo del pensamiento crítico, la sensibilidad y la construcción de identidad. Lectora desde siempre, encontró en la escritura una extensión de ese vínculo con los libros, un espacio para comprender, expresar y dar forma a lo que no siempre puede decirse. Su obra se inscribe en el cruce entre la docencia y la creación literaria. Fue finalista del II Certamen Literario “Relats Curts. Jaume I” (Tarragona, España, 2025) y obtuvo el tercer premio en el Concurso de Microrrelatos Aldea Nueva del Camino (2025). Participó en antologías como “Pueblos y Caminos” y en publicaciones culturales. Sus novelas, poemarios y cuentos para adultos y para niños están disponibles en Amazon.

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