Cultura

Entretextos: Peligro de gol, en un taxi en El Cairo

En esta entrega de la sección "Entretextos. Literatura de acá", un relato de Oscar Muñoz ambientado en Egipto.

Por Oscar Muñoz

Hubiese jurado que el relator del partido había anunciado peligro de gol antes de explotar en ese grito trasnacional que sacude las tribunas de un estadio o cancha en cualquier lugar del mundo. Urbi et orbi.

—Egyptian League —me informa el chofer del taxi abordado en las inmediaciones del predio de las Pirámides, ya completada la visita obligada a las estructuras más famosas del mundo antiguo—. Do you like football?

Cómo explicarle. Por un instante, se me nubla la vista por el calor sofocante que se respira en el interior del vehículo sin más ventilación que una ventanilla a medio bajar. Casi todo en El Cairo y sus alrededores está roto, o casi roto, legado o consecuencia de la crisis política y económica que siguió al régimen de Hosni Mubarak (1981-2011) y la fugaz “primavera árabe” que se consumió sin alumbrar brotes verdes. El impacto era especialmente visible en el Museo Nacional, donde las momias de antiguos faraones se conservaban y exhibían en dudosas condiciones de seguridad, mejor preservadas por la ciencia ancestral de sus embalsamadores que por la tecnología contemporánea.

Había descendido en la estación de metro El Giza, convenientemente prevenido de no confundir con la siguiente, Giza Suburban, que a priori parecía más acorde al límite con el desierto que se extiende en las faldas de la ciudad. En todo caso, intenté ratificar el dato con el agente de policía destacado en el puesto de la estación Altaba, mi punto de partida.

—You speak arabic? —me interpeló, más indiferente que fastidiado por mi consulta. Claro, si yo no hablaba árabe, entonces por qué él debería entender inglés…

O algo así.

A la salida, me había encontrado en medio de una avenida, no tardé en ubicar un taxi y acordar con el conductor el precio estimativo que me habían sugerido en el hotel. En medio de un tránsito caótico de vehículos públicos y particulares, la mayoría desvencijados, avanzamos a los tumbos hasta el parque arqueológico, donde estacionó a la espera de turistas, que le justificaran el regreso a la urbe junto al Nilo no tan inmóvil.

La fauna de buscavidas de esos lugares turísticos acomoda su oferta de souvenirs al hito iconográfico local, sin importar su origen, que puede reiterar su procedencia Made in China en India, París o Egipto. Un vendedor de baratijas me acomodó como por pase de magia un trío de pirámides en miniatura en la mochila de mano, que no tardé en sacarme de encima lo más cortesmente que me salió.

Otro pretendido guía se ofrece a retratarme con la pirámide de fondo y accedo. Trato de retribuirlo con una propina en moneda local, que rechaza desdeñosamente. Sólo acepta dólares o euros, y se queda sin nada, porque no llevo encima ni unos ni otros, por más que mi aspecto extranjero me confunda con una divisa ambulante.

Después de deambular por el extenso terreno apuntalado aquí y allá por obras de mantenimiento de antiguas y más recientes excavaciones, me zambullo en el interior de la Gran Pirámide por una escalera de madera. La sensación de opresión es tal que apenas me doy tiempo para registrar en imágenes esa recámara vacía que alguna vez albergó el sepulcro de un dios en la tierra, pero en la que nunca sopló una brisa de aire puro. Dos piernas y sendos brazos apenas me alcanzan para emprender la subida a toda velocidad, casi conteniendo la respiración.

Los huéspedes y el entorno del alojamiento habilitado en el quinto piso de un vetusto edificio de la era colonial británica, respondían al molde más o menos tradicional. Esa misma mañana me había cruzado con una pareja de recién llegados; ella, muy joven, de riguroso velo negro. El marido, informal como correspondía a un viajero de paso en cualquier latitud occidental.

En otra ocasión, un amigo del manager había arribado en horas de la oración de la tarde, requiriendo de un improvisado operativo para adecentarle las plegarias con una sábana dispuesta sobre el piso de la única sala común. Un tanto incómodo lo había visto prostrernarse en dirección a La Meca orientado por esa brújula mental que deben cargar los musulmanes entre sus valores espirituales, mientras disimulaba una botella de cerveza a medio consumir. Solo una de la docena que ya acumulaba vacías en el armario de mi habitación,

El expendio de bebidas alcohólicas perdura sino como prohibición, como tabú, aun en el Egipto más turístico. Por lo usual, está en manos de descendientes de armenios que regentean espacios licenciados. En mis incursiones por el local más cercano, con nombre de casa de alfombras, me había desconcertado la inclinación de los compradores furtivos por las bebidas blancas. Como si la censura potenciara la demanda en términos de graduación alcohólica. Parecía un remedo de la Ley Seca.

Aunque Majed, el encargado de la tarde, me había recomendado la Stella Artois, 100% producción local, una criteriosa comparación de etiquetas, me mantenía fiel a la Heneiken importada, que cargaba en six pack refrescado en una bolsa negra de nylon, tan obvia como segura.

En esos primeros días, había eludido las alternativas gastronómicas exóticas, conformándome con la variada oferta de Gad, una popular cadena local estrictamente non alcoholic. Cuando no, una incursión por el Koshinary, donde no valía preguntar por la especialidad de la casa, desde que ofrece un plato único, consistente en un guiso de fideos, lentejas y albóndigas. En tres medidas, eso sí.

El color local lo subrayaba el llamado del muezín a la oración de madrugada, que invariablemente me sobresaltaba el sueño, con su voz tamizada por el altavoz de la mezquina contigua, que descargaba una fritura eléctrica muy poco celestial. Aunque en sintonía con el ruido que atrona a El Cairo a toda hora, especialmente en el tránsito que avanza a fuerza de bocina.

Pero estaba volviendo al hotel (en el recorrido por el parque arqueológico, casi se me pasa por alto la desangelada esfinge que conoció mejores siglos), buscando la manera de corresponder al interés del chofer del taxi sobre mis gustos futboleros. Cómo explicarle que llevaba puesta la camiseta de un modesto club de Mar del Plata, con la que me había fotografiado con fondo de pirámide, simplemente para dejar constancia de mi viaje en el Facebook oficial.

Al fin y al cabo, I’dont speak arabic, neither (*).

(*) “Ni yo tampoco hablo árabe”.

 

Biografía

Oscar Muñoz es periodista con más de tres décadas de experiencia en medios gráficos nacionales. Se desempeñó en todos los rubros posibles, desde la confección del horóscopo hasta la entrevista en profundidad, pasando por las secciones Política, Internacionales, Negocios, Sociedad, Ciencia & Tecnología, etcétera. Escribió los guiones para sendos documentales: “Abril/ Norte” (Mundial de Cortos de Fútbol 2014) y “Calesitas porteñas, una vuelta más” (Selección Oficial Festival Internacional de Cortos Tandil 2017) y el corto de ficción “Después de función” (Primera Semana del Cine Marplatense, 2019). Condujo y participó de programas de radio en FM Supernova y Radio Retruco (CABA). Publicó “Los ex. Historias con separaciones, separados & separadores”. Viajado y viajero por los cinco continentes, sus crónicas de color o actualidad, aparecieron en los diarios BAE Negocios, La Nación, La Prensa y LA CAPITAL; las revistas GABO, Maxim, R.S.V.P. y Foto Imagen. Comparte imágenes y vivencias en su cuenta de IG @elinfinitoviajar.

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