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Cultura 20 de julio de 2026

Entretextos: “Tarde de playa”, un cuento de Damián Pavón

Un vendedor playero, un público difícil y la arena caliente de un balneario privado son los elementos que conforman este relato veraniego.

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Por Damián Pavón (*)

—Buenas, ¿todo bien? ¿Les puedo mostrar mi trabajo?

—…

—Holaaa. —Tomás agitó la mano como quien dice acá estoy.

Nada. Ni pelota.

Siguió su camino esquivando sombrillas, hundiendo los pies en la arena. Llevaba un buen rato cargando por Playa Serena la mochila y el exhibidor de las acuarelas, un folio de un metro por cincuenta colgado de una correa de persiana, y el roce le irritaba la piel del cuello. Caminaba quince o veinte pasos y la acomodaba, sin tomar plena conciencia de la rozadura. Mantenía la calma, la ilusión. Quería vender. Necesitaba vender, mejor dicho. Ayer nomás el padre le había lanzado el ultimátum:

—Dejate de joder con esas pinturitas de mierda, ¿querés? ¿Qué tiene que andar mi hijo mendigando con dibujitos por la calle? Te venís a laburar al estudio y se acabó, Tomasito.

“Tomasito” sabía que sus acuarelas no eran la gran cosa. Pero también sabía que con empeño mejorarían. Pintaba a mano motivos marplatenses, a los que añadía personajes populares: la estrella culona roja del Conicet en el fondo del mar, con los ojos sugerentes de Patricio de Bob Esponja; el lobo marino de la Rambla, que aparecía con un Micky Vainilla apretándose la nariz entre el índice y el pulgar. El favorito de Tomás era el del muelle de Punta Iglesia, al que le había agregado la figura espectral que protagoniza El grito, de Edvard Munch. En otra pinturita, la que más había trabajado, un amanecer en el mar se veía a lo lejos desde una ventana maltrecha del departamento donde él vivía.

—Buenas, ¿todo bien? ¿Les pue…

—… no, gracias. —Un viejo bigotudo respondió por toda la piara: una chancha vieja con sombrero beige de alas anchas echada en su reposera; tres puercas jóvenes sonrosadas, que apenas interrumpieron sus chillidos con una mirada hostil; y un lechoncito abstraído en una consola de videojuegos portátil. Ninguno contradijo al chancho alfa.

Tomás hizo diez pasos mirando a la gente con cara de guita que plagaba esas playas del sur: en ellas no existían las preocupaciones. Eran caras de tenerlo todo resuelto, lucían prendas exclusivas: Paula Cahen D’Anvers, Jazmín Chebar y accesorios extravagantes tipo Zara o Jackie Smith; irradiaban un brillo particular, mezcla de fragancia importada y piel saludable. Hasta las palitas y los baldes de los nenes eran más llamativos, más grandes, más resistentes y más caros.

—…vieras lo impresionante que es el Victoria’s Secret de la Fifth, a dos cuadras del Madison Square Garden —le decía una rubia artificial a otra. Estaban acostadas en unas reposeras amplias, al reparo de una sombrilla blanca enorme. Tomás no recordaba haber estado debajo de una sombrilla así.

—¡Ay, me hiciste acordar al Dolphin Mall de Miami! —dijo la otra, que exhibía una malla animal print enteriza—. Es gigante, no sabés, nos perdimos una vuelta. ¿Te acordás, gordi? Esta malla me la compré ahí. Twenty dollars, oh my God. Mirá lo que es.

Tomás aprovechó un bache de silencio en aquella reunión de tres minas y dos chabones musculosos importados del set de Barbie.

—Buenas tardes, ¿les gustaría ver algo de mi trabajo?

Ni lo miraron los tipos. Las mujeres forzaron una sonrisa, y una le dijo:

—¡Qué lindas cositas! ¿A cuánto las vendés?

—Todas a tres mil pesos.

—¿Todas a tres mil pesos?

—Cada una, quise decir.

—¿Sabés qué? En Nueva York las podrías vender mucho mejor. Mínimo five dollars. Tenés que ir.

—Bueno, aprovechá que las tengo más baratas.

—¡Ay qué divino!, mirá, bajamos a la playa sin nada de plata. ¿Ves aquel departamento? —señaló un edificio de dos pisos con amplios ventanales, a unos treinta pasos del mar, sobre el médano—. Es nuestro, estamos tan cerca que salimos así nomás, con el mate y las reposeras.

—Me podés transferir, si querés —la sola idea de tener que ir a laburar con aquellos arquitectos recién recibidos, esclavos del padre, le infundía coraje.

—No tengo nada de plata en la cuenta. Cero.

—Bueno, gracias. Hasta la vista.

Tomás siguió caminando, y mientras se alejaba oyó que cuchicheaban.

—¡Vení, crack! —le gritó un Ken.

Tomás volvió sobre sus pasos, se acomodó la correa en el cuello. El calor era bochornoso.

—Decime.

—Te doy un consejo —dijo el otro, boqueando fanfarronería—. Tenés que encarar más convencido, mostrándote exitoso. Hablar fuerte y seguro, no tímido y en voz baja. Así hablan los perdedores, flaco. Y a la gente no le atraen los loosers. Le atraen personas exitosas. —Y se señaló con el pulgar, quebrando luego la muñeca y alzando los hombros cobrizos de fierros y de sol, como si no hiciera falta explicar obviedades.
Tomás los miró uno a uno, sin saber qué decir. La aprobación era unánime. Movió la correa y dijo gracias alejándose rápido.

Estaba empapado de transpiración y le ardía el cuello.

—Hola, qué vendés —le preguntó un gordo con gorra, lleno de cadenas y anillos de oro—. A ver.

—Hola, son acuarelas que pinto yo. Están tres mil pesos.

—Están buenas, eh. ¿Qué es esa de ahí —el gordo señalaba la de la ventana—, que no entiendo?

La suerte suele cambiar de manera imprevista: alguien, finalmente, prestaba atención.

—Es un amanecer que pinté desde el departamento donde vivo.

—Ah, mirá. Es retriste ese dibujo, campeón. Es más: creo que con esta cadena de oro te podés comprar un departamento mejor.

Tomás hizo un gesto involuntario, como de náusea, y siguió caminando. Algo en la expresión o el tono del gordo le recordó a su padre y al porvenir al que lo forzaba.
Más adelante, un DJ tocaba música estridente. Sobre una barra improvisada dos bartenders preparaban tragos, sin dejar de bailar. La gente estaba absorta, con la felicidad etílica dibujada en la cara.

—Hola, ameo —le dijo uno de los muchachos con la pechera del sindicato—. ¿Qué vendés? ¿Vos sabés cómo son las cosas acá? Poniendo estaba la gansa.

Tomás lo sabía bien, así que pagó el “permiso de venta”, respiró hondo y se sacudió para liberar tensiones. Debía vender. Se secó la transpiración de la cara, se acomodó la correa. Pensó en los horarios de oficina y en los esclavitos del Autocad. Se descolgó la mochila para sacar la botella de Gatorade, y un chispazo de estática le hizo apartar la mano.

Cruzó una escollera y llegó a playa San Patricio, donde casi no había espacio público.

—Acá no se puede vender —le dijo un empleado que custodiaba el acceso restringido.

—Ya sé. —Tomás se encogió de hombros. Un vago zumbido se mezclaba con el rugir de las olas.

Una vieja toda operada, y mal operada, con ese gesto de crueldad perpetuado en las cejas, le preguntó si tenía autorización para vender, le dijo que ahí no podía entrar cualquiera y que llamaría a seguridad si no se iba.

—Aire, pibe. Tomatelás.

Tomás siguió caminando sin decir nada. Se alejó mirando los alambres que delimitaban el balneario privado.

—¡Vení, Tommy! —dijo la vieja.

Confundido al oír su nombre, se dio vuelta para mirarla. Y se dio cuenta de que llamaba a otro Tomás: un rubiecito de unos diez años, con una malla verde flúo, que salió corriendo de una carpa privada. El viento arreció. Unas gaviotas revoloteaban y graznaban enardecidas. El mar, en cambio, se había quedado quieto. Tomás sintió que la arena le quemaba los pies. El zumbido se volvía omnipresente.

—¡Por ahí no, Tommy! —gritó la vieja.

El rubiecito intentó saltar el cerco, pero tocó el alambre con un pie. Se sacudió en la arena con una convulsión feroz y quedó encogido, echando humo.

Gritos, alaridos, gente de guita corriendo y clamando al cielo, olor a pelo y carne chamuscados.

Mirando hacia el interior de la playa concesionada, Tomás descubrió un cartel:

PELIGRO
PERÍMETRO ELECTRIFICADO
GARANTIZAMOS TU SEGURIDAD

Y Tomás, por primera vez en esa mañana de mierda, sonrió.


Damián Pavón

(*) Damián Pavón (Merlo, Buenos Aires, 1988). Durante su viaje de mochilas por Latinoamérica, y tras una experiencia epifánica, decidió dedicarse a escribir. Vende en la calle sus relatos autopublicados. Escribe cuentos, poemas y crónicas. A principios de 2026, trabajando en la playa, conoció a Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. Marcelo lo llamó para preguntarle qué hacía, y desde ese momento participa del Taller de Corte y Corrección que él dirige.