El primer cuento publicado por el autor marplatense, en el que un niño y su único amigo hablan de el Vampiro de Flores, un ser que anda rodando por las noches de aquel barrio porteño.
Por Mariano Grilli (*)
A veces me desvelo al recordar aquellas tardes con Enzo mateando en la cocina de casa, cuando mis dolores de cabeza aflojaban un poco. Enzo, el encargado del edificio: el único que me cuidaba mientras mis padres trabajaban horas extras para pagar los tratamientos; mi único amigo.
Un día me lo encontré muy concentrado en el diario, como si estuviera leyendo un suceso terrible.
A pesar de ser bastante chico, yo era muy culpógeno, y lo primero que se me ocurrió pensar fue que su preocupación se debía a mi enfermedad. Hacía poco me habían diagnosticado un extraño cáncer. Un tumor crecía en mi cabeza, y no había nada que hacer.
Me senté con él, cauteloso, y me cebó un mate.
—¿Qué estabas leyendo? Parecías triste. —Se quedó mirándome sin decir nada, como quien duda de hablar. Lo animé—. Tengo cáncer, Enzo. Ya nada me da miedo.
—Ya lo sé, Miguelito, pero te aseguro que la vida siempre encuentra la manera de asustarte.
MACABRO HALLAZGO EN EL BAJO FLORES, decía el título. La foto mostraba un baldío cerrado con una cinta perimetral. Dos policías cargaban una gran bolsa negra. Hasta podía olerse el hedor a podrido.
—Lo encontraron cerca de acá al pibe. De tan desfigurado, no pueden identificarlo. —Cerró el diario, me miró serio—. ¿Alguna vez escuchaste del Vampiro de Flores?
—¿Y ese quién es, un tipo del barrio?
—No se trata de quién es, sino de qué es.
—¿Estás hablando de un vampiro como Drácula y ese tipo de monstruos?
—Tal cual, Miguelito. Pero este es real.
—Papá dice que los monstruos no existen.
Me pasó otro mate.
—Los monstruos existen, muy a pesar de tu papá. Viven entre nosotros, escondidos en ciudades grandes. Y la gente no los ve.
—¿Vos sí los ves, Enzo?
Negó con la cabeza.
—Una vez conocí a alguien que sí vio uno: al Vampiro de Flores.
Se levantó y fue a calentar agua. Mientras cambiaba la yerba, me contó sobre un tal Pedro Almirón.
—Pasó hace mucho, cerca del cementerio. Los gritos de Pedro despertaron a todo el Bajo Flores. Pedía ayuda, desesperado. Yo vivía a la vuelta, así que fui uno de los primeros en llegar corriendo. La mujer de Pedro estaba tirada sobre la cama empapada de rojo. Su cuello había sido desgarrado, como a mordiscones. Un vecino médico descubrió que el cadáver estaba increíblemente frío, como si la pobre llevara muerta varias horas. Pero Pedro juró que había estado hablando con ella hacía pocos minutos. —Enzo sorbió el mate—. Al volver del baño, Pedro había visto sobre la cama una enorme sombra. Podía oír cómo esa cosa devoraba a su mujer. “Olía a agua estancada”, dijo. Lo único que pudo distinguir de esa sombra oscura fueron los ojos. “Eran como dos chispas”, le había dicho a la Policía. Pensó que iba a atacarlo a él también, pero esa cosa se esfumó. A Almirón lo hicieron quedar como un loco. Aunque todos sabíamos que a la mujer la había asesinado el Vampiro de Flores.
No sé por qué, le creí. Es más: una parte de mí se aterrorizaba ante la idea de que ese vampiro se me cruzara en alguna noche desierta. Pero había otra parte que quería, que necesitaba saber si verdaderamente existía.
—¿Alguien intentó atraparlo alguna vez?
—Los vampiros no son fáciles de atrapar, Miguelito: son muy astutos, además de increíblemente fuertes y escurridizos. Y si alguien llega a ver uno, le quedan pocos segundos de vida.
Esa franqueza en los ojos de Enzo y en el tono me provocaba aún más terror.
—¿Por qué me contás todo esto? A mamá no le gusta que me asusten.
—Mi intención no es asustarte, sino advertirte. Vos te vas a curar, y cuando tengas edad vas a salir de noche. Es normal. Y no quiero… —Volvió a señalar el artículo del diario—. No quiero que termines como él. Quiero que tengas una larga vida.
¿Una larga vida?
Yo entendía muy bien la biología de mi enfermedad: mi vida se iba acortando con cada visita al médico.
Enzo miró el reloj:
—Bueno, es tarde. Acostate, a ver si cae tu mamá y se arma.
Antes de irse me cantó una canción tradicional italiana que su mamá solía cantarle de chico. Según Enzo, la canción tenía el poder de espantar toda enfermedad. Si tengo que hablar por mí, eso es cierto.
Al día siguiente, mis padres aparecieron al mediodía. Habían ido a hablar con el médico: los resultados de los últimos estudios habían dado muy mal.
Ahí empecé a fantasear con la muerte, a pensarla como un ente con perfiles vagos y vida propia. Un bulto que iba redondeándose en un tumor grotesco y pulsátil, decidido a expandirse en una forma más… humana. Aunque no era del todo humano, sino más bien una fuerza animal: una bestia negra y fría, con un par de diminutos ojos rojos, chispeantes en las tinieblas.
Estaba obsesionándome con el Vampiro de Flores. Simplemente, me atraía mucho más de lo que me aterrorizaba Y no pude evitar lanzarme a la demencial misión de buscarlo, en la noche más calurosa de la primavera.
Enzo había estado bastante reacio esa tarde. Mateamos poco, y hablamos casi nada. Cuando mis padres volvieron del trabajo, me despidió con un beso seco en la frente.
Esperé a que todos se durmieran y me tomé dos Tramadol. Cambié el piyama por un jean y una remera y no tardé en abrir la ventana de mi cuarto y saltar a la calle. No pisaba esa vereda desde hacía mil años.
Atravesé el aire espeso, la oscuridad de las calles silenciosas. Cuando llegué al cementerio de Flores, no había rastros de ningún vampiro. Di una vuelta alrededor del cementerio: no, nada de monstruos.
Volviendo a casa, tuve la horrible sensación de que me seguían. Me di vuelta: no había gente, ni gatos ni perros ni murciélagos. Nada. Y eso era lo terrorífico. Corrí a esconderme entre los arbustos de un baldío. Y ahí mismo oí un chirrido detrás de mí. Me pareció que algo se escabullía entre la negrura. El baldío olía a agua podrida.
Y entonces pude ver entre la penumbra, con una nitidez irreal, una figura que se movía con una agilidad imposible. ¿Sería el Vampiro de Flores? A veces, con tanto analgésico me costaba diferenciar lo real de lo imaginario. Pero cuando esa figura oscura estuvo lo suficientemente cerca supe que era tan real como el tumor que crecía en mi cabeza.
Recordé las palabras de Enzo: “Si alguien llega a ver uno, le quedan pocos segundos de vida”.
Esas dos chispas casi imperceptibles que tenía por ojos se acercaban. El olor a podrido se volvía cada vez más irrespirable. Parecía como si el silencio de la ciudad –del mundo entero– me estuviera ahogando.
Traté de salir corriendo, pero caí de rodillas. Volví la vista hacia la oscuridad, y la figura había desaparecido. Quise creer que yo era la excepción a la regla de Enzo, pero cuando un vaho gélido y podrido me rozó la nuca, entendí que estaba equivocado.
Usando las pocas fuerzas que me quedaban me levanté, y eso fue todo: no volví a moverme. Esa cosa me tenía dominado.
Lo que sucedió enseguida me resulta, aún hoy, tan confuso como un sueño. El vampiro apoyó su garra sobre mi hombro. Con la otra, ladeó en ángulo mi cabeza. Enseguida, todo el dolor que venía soportando hacía meses desapareció. También desaparecieron el miedo y el cansancio. Una tranquilidad inédita me tomó por sorpresa.
En eso, dos agujas húmedas me rasgaron el cuello, los músculos…
…y la carótida.
No hubo dolor.
Fue como si estuviera sedado.
De a poco me fui adormilando. Me sumergí en un estupor febril aunque agradable, hasta caer rendido en los brazos del monstruo.
Y oí su voz. Su voz tenue como un murmullo, el eco de la noche.
—Ahora ya nada puede hacerte daño. Ahora vas a vivir para siempre.
Y sobrevino una sinfonía espectral: el Vampiro de Flores entonó una vieja canción italiana que espantaba el dolor y sus demonios.
(*) Mariano Grilli nació en Mar del Plata en 1986. Es médico, y desde mediados del 2025 integra de manera presencial el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, en el corazón de Parque Luro. Después de entablar duros y apasionados combates con el cine de John Carpenter, Steven Spielberg y Brian De Palma, y la literatura de H. P. Lovecraft, Stephen King y John Connolly, este es el primer cuento que publica.