CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Opinión 23 de septiembre de 2026

¿Estamos criando niños con problemas o niños demasiado cansados?

Agregar La Capital en

por Florencia Sanabria (*)

 

La pregunta no es solamente qué le pasa al niño. También deberíamos preguntarnos qué tipo de vida le estamos pidiendo que sostenga.

En el consultorio veo una escena que se repite cada vez con más frecuencia: niños que llegan porque no prestan atención, están irritables, se mueven demasiado, no toleran la frustración, bajaron su rendimiento o parecen no poder aprender al ritmo esperado. Y, casi siempre, antes de pensar qué diagnóstico tienen, aparece una pregunta mucho más sencilla: ¿a qué hora descansa realmente este niño?

Cuando uno reconstruye su día, muchas veces la respuesta es preocupante. Colegio durante gran parte de la jornada, traslados, horas de terapia, apoyo escolar, deporte y, en algunos casos, dos o tres idiomas. Después vienen las tareas, las pantallas, las obligaciones familiares y una nueva jornada que empieza temprano al día siguiente. Hay chicos con agendas que se parecen mucho más a las de un ejecutivo que a las de una persona de seis, siete u ocho años.

Nos convencimos de que sumar siempre es mejorar. Más estimulación, más horas de terapia, más actividades, más idiomas, más objetivos. Incluso se ha instalado una especie de competencia silenciosa entre adultos: mi hijo hace esto, aprende aquello, habla tres idiomas, tiene la agenda completa. Pero el desarrollo infantil no funciona como una cuenta bancaria en la que cada hora agregada produce automáticamente un beneficio. A veces ocurre exactamente lo contrario.

Existe además un problema que me preocupa especialmente: alrededor de la infancia se ha construido un verdadero comercio de horas. Si un niño tiene una dificultad, con demasiada facilidad la respuesta es agregar otra intervención, otra sesión, otro profesional o más horas de tratamiento.

Rara vez alguien se detiene a preguntar si ese niño tiene tiempo para jugar, aburrirse, estar con su familia o simplemente no hacer nada. El descanso también es una necesidad del desarrollo.

Un niño cansado no necesariamente se queda dormido sobre un pupitre. Muchas veces ocurre lo contrario: se vuelve más inquieto, más impulsivo, más irritable y más desorganizado.

Puede disminuir su capacidad de atención, su memoria de trabajo y su disponibilidad para aprender. Puede llorar con facilidad, oponerse, tener explosiones emocionales, mostrarse ansioso o parecer incapaz de permanecer quieto. Esos comportamientos existen y deben ser evaluados, pero no siempre significan que exista un trastorno primario detrás de ellos. El riesgo aparece cuando transformamos rápidamente una conducta en un diagnóstico.

Hoy existe una enorme tendencia a ponerle nombre a todo lo que se sale del comportamiento esperado: TDAH, ansiedad, trastornos de conducta, autismo. El diagnóstico es fundamental cuando corresponde, pero no puede reemplazar a la evaluación clínica. Antes de etiquetar, deberíamos reconstruir la vida cotidiana del chico: cuánto duerme, cómo come, cuántas horas permanece en la escuela, cuántas terapias realiza, cuánto tiempo pasa frente a pantallas, qué nivel de exigencia recibe y cuánto espacio real tiene para ser niño.

En mi libro Niños bajo presión planteo justamente esta preocupación: estamos construyendo infancias atravesadas por expectativas adultas. Queremos que aprendan antes, rindan más, aprovechen cada minuto y desarrollen todas sus potencialidades. Pero en ese intento podemos olvidar algo básico: el cerebro infantil también necesita pausas. El juego libre, el sueño, el aburrimiento, el movimiento espontáneo y el tiempo sin objetivos no son espacios vacíos; son parte del desarrollo.

Esto no significa negar los trastornos del neurodesarrollo ni desaconsejar terapias necesarias. Significa exactamente lo contrario: evaluar mejor. Una terapia indicada, con un objetivo claro y medible, puede cambiar la trayectoria de un niño. Diez intervenciones superpuestas sin revisar su necesidad pueden terminar agotándolo. Más tratamiento no siempre significa mejor tratamiento.

Como adultos deberíamos empezar a preguntarnos qué modelo de infancia estamos ofreciendo. Porque un chico puede cumplir con el colegio, las terapias, los idiomas y todas las actividades previstas y, sin embargo, estar exhausto. Y un niño exhausto aprende peor, regula peor sus emociones y disfruta menos.

(*) Médica pediatra, psiquiatra infantil y especialista en neurodesarrollo. Autora de los libros No todo es autismo: 100 razones para mirar más allá y Niños bajo presión: El estrés infantil disfrazado de trastorno (Ed. Universo de Letras).